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Электронная книга - «El Sabor de la Tentación». Краткое содержание книги:

Jonas Tallent, emparentado con los célebres Cynster, es apuesto, rico y de buena familia, y se dedica a disfrutar de la vida. Juega a las cartas hasta el amanecer y coquetea con las damas más deseadas de la sociedad londinense. Cuando empieza a sentirse inquieto y aburrido por tanta frivolidad, se ve obligado a tomar las riendas de la hacienda familiar en el Devon rural. Una de sus primeras decisiones es contratar un nuevo encargado para la posada de su propiedad, pero descubre que hay poca gente dispuesta a vivir en un lugar tan pequeño y tranquilo.
Es entonces cuando Emily Beauregard, una refinada dama venida a menos, solicita el puesto. Jonas cree que las damas, en especial las que son tan atractivas como Emily, deben estar en los salones de baile o en los dormitorios, no en las posadas. Sin embargo, no tiene alternativa, y de mala gana permite que la joven demuestre su valía.
Pero Emily guarda un secreto. No ha llegado a Devon impulsada sólo por la necesidad de mantener a sus hermanos, sino que la anima un objetivo muy concreto y ambicioso…
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John Ostler entró en la posada e informó que no había encontrado ninguna pista de la pareja en los lugares en los que había estado buscando.

Entre todos, buscaron en la posada y en los alrededores. Al final Jonas miró a Em y preguntó lo que debía ser preguntado.

– Esto no es propio de ellas, ¿verdad? ¿Desaparecer de esta manera?

Con una expresión muy preocupada, la joven negó con la cabeza.

– Por lo general, van a su aire cuando les damos permiso para salir. Si saben que tienen algo que hacer o que alguien les está esperando, siempre vuelven aunque sea con retraso. Pero esto no es un simple retraso.

– No. No lo es. -Aquello era más serio.

Issy, con la cara muy pálida, se acercó al lado de Em.

– Han sido muy buenas últimamente, como si por fin hubieran aceptado que necesitan aprender todo lo que les he estado enseñando. Ni siquiera han intentado evitar las lecciones desde hace semanas.

Joshua dio un paso hacia delante y cogió la mano de Issy, haciendo un gesto con la cabeza en dirección a Em.

– No os preocupéis. Las encontraremos.

Jonas miró a Em a los ojos sin molestarse en indicar lo evidente.

– Dondequiera que estén, no pueden haber ido muy lejos… Hace menos de tres horas que salieron de aquí.

Levantó la cabeza y observó a los clientes del salón. Todos se habían levantado, incluso las mujeres en la zona femenina de la estancia. Se habían reunido un buen número de vecinos para tomar la merienda en la posada. Como era natural, todos escuchaban con atención el drama que se desarrollaba ante ellos. Alzando la voz para que todos pudieran escucharlo, Jonas anunció:

– Tenemos que organizar una búsqueda.

Todo el mundo se ofreció voluntario para buscar a las niñas, incluso las señoritas Sweet y Hellebore, que habían ido a la posada para probar los bollos de grosella de Hilda.

Em no podía quedarse quieta. Mientras Jonas organizaba a los hombres y a las mujeres más jóvenes para buscar en los campos cercanos, asignándoles zonas diferentes a cada uno de ellos, ella envió a Issy a por papel y lápiz, y les pidió a las señoritas Sweet y Hellebore que anotaran el nombre de cada buscador y de la zona donde emprendería la búsqueda antes de que abandonara la posada.

– Si la gente vuelve sin haberlas encontrado, por lo menos sabremos qué lugares debemos descartar.

Jonas salió con John Ostler y Dodswell, el mozo de Lucifer, para hacer una batida en el bosque detrás de la posada.

– Iremos hasta el río. Si encontramos algún rastro de las niñas que conduzca allí o incluso a la otra orilla, enviaremos de vuelta a Dodswell para avisaros mientras John y yo seguimos la pista.

Em asintió con la cabeza, le apretó la mano y luego la soltó. Ella esperaba, rogaba, que encontrar a las gemelas sólo dependiera de buscar en el lugar adecuado.

Joshua y Hadley buscarían en la iglesia, así como en la cripta y en el campanario.

– La cripta y la torre están cerradas, pero la llave está en la sacristía, colgando en un gancho a la vista de todo el mundo, y las niñas pueden haberla cogido. -Hizo una mueca-. Tanto la cripta como la torre tienen unas escaleras muy empinadas. Es posible que se hayan asustado y quedado atascadas en medio.

Em estaba a punto de asegurarle de que eso era muy poco probable, que a las gemelas les encantaba trepar a los árboles y colarse en lugares estrechos, pero antes de que esas palabras salieran de sus labios, se le ocurrió otro pensamiento. Miró a su hermana y vio que Issy tenía la misma expresión de aprensión en los ojos.

Si una de las gemelas hubiera tenido un accidente -por ejemplo, que se hubiera caído y roto una pierna-, la otra no la dejaría sola para ir en busca de ayuda. Se quedarían juntas y esperarían a que alguien fuera a rescatarlas.

– Estén donde estén, no pueden andar muy lejos. -Em repitió las palabras de Jonas no sólo para tranquilizar a su hermana, sino también a sí misma.

Issy tomó aire y asintió con la cabeza.

– Henry y yo visitaremos las casas que hay junto a la carretera. Incluso aunque no estén allí, alguien puede haberlas visto.

Em les indicó que se acercaran a las señoritas Sweet y Hellebore para que anotaran sus nombres en la lista; luego miró a su alrededor. Además de las dos ancianas, sólo ella y Edgar, que estaba detrás de la barra, e Hilda y sus chicas, que hacían la cena en la cocina, permanecían en la posada. Todos los demás habían salido a buscar a las niñas.

Respirando hondo para tranquilizarse, se acercó a la barra de la taberna.

– Por favor, carga a mi cuenta todas las bebidas que sirvas a los que participan en la búsqueda.

Edgar estiró el brazo y le dio una palmadita en la mano.

– No se preocupe, señorita. Encontrarán a esos dos angelitos sanos y salvos muy pronto.

La joven intentó esbozar una sonrisa.

Luego esperó, pero aunque todos los buscadores regresaron, ninguno de ellos llevaba consigo a sus «angelitos». Siguiendo sus órdenes, Edgar abrió un barril de cerveza y les sirvió una pinta a todos los que estaban sedientos.

Poco a poco fueron llegando el resto de los buscadores. Las señoritas Hellebore y Sweet parecían cada vez más preocupadas al tener que tachar en la lista las zonas en las que no se había hallado rastro alguno de las gemelas. Cuando Jonas, John Ostler y Dodswell, los únicos que faltaban por volver, regresaron a la posada y Jonas miró a Em y negó con la cabeza, un murmullo de preocupación se extendió entre los allí reunidos.

Em sintió que le daba vueltas la cabeza y se acercó al mostrador para apoyarse en él.

Jonas se acercó a ella en dos zancadas y la cogió del brazo. La miró a los ojos y la hizo recuperar el equilibrio, tranquilizándola con su contacto, su atención, su mera presencia.

– Mandaré a alguien a Axminster para que avise a la policía.

Em intentó digerirlo y asintió con la cabeza. Si él pensaba que era necesario avisar a…

Una gran agitación alrededor de la puerta atrajo la atención de Em. La multitud se dividió y H aro Id se abrió paso entre la gente con aire fanfarrón.

El hombre estaba sonriendo y saludaba con una educada inclinación de cabeza a aquellos que conocía según atravesaba la estancia. Desconcertados por la actitud jovial del tío de Em, todos guardaron silencio, observando y aguzando los oídos.

La joven estaba igual de estupefacta. ¿Acaso Harold no había escuchado las últimas noticias cuando incluso la gente de las granjas más distantes se había enterado y se había acercado a la posada para echar una mano?

Harold no iba a echarles una mano, eso seguro, pero ¿a qué venía esa sonrisa?

Luchando por no fruncir el ceño, Em esperó a que él se acercara al centro del salón. Jonas se apartó de los hombres con los que había estado hablando para que alguien avisara a la policía de Axminster y se colocó a su lado, frente a Harold.

Por el rabillo del ojo, Em vio a Issy, con Joshua a su lado, al frente del gentío que ahora les rodeaba sutilmente.

Harold se detuvo ante ella con una sonrisa radiante que no disimulaba la satisfacción que sentía por sí mismo; un placer que no parecía querer ocultar.

– Y bien, señorita, ¿estás dispuesta a entrar en razón y recoger tus cosas?

Em sintió que la sangre se le helaba en las venas. Le bajó un escalofrío por la espalda y clavó los ojos entornados en su tío.

– Tío Harold… -Su propia voz, un tono gélido y contenido, la hizo parpadear. Respiró hondo antes de preguntar con voz tensa-: ¿Has visto a las gemelas?

El abrió los ojos como platos.

– Bueno, pues claro que las he visto. Es por eso por lo que estoy aquí.

Un gran alivio la inundó.

– Oh, gracias a Dios.

– Sí…, yo también doy gracias. -Le lanzó una mirada severa-. Las he metido en un carruaje y las he enviado a Runcorn, donde deberían estar, igual que tú y tus hermanos. Así que vosotros tres -desplazó la mirada por Issy y por Henry- ya podéis hacer las maletas y veniros conmigo.

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