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Электронная книга - «El Sabor de la Tentación». Краткое содержание книги:

Jonas Tallent, emparentado con los célebres Cynster, es apuesto, rico y de buena familia, y se dedica a disfrutar de la vida. Juega a las cartas hasta el amanecer y coquetea con las damas más deseadas de la sociedad londinense. Cuando empieza a sentirse inquieto y aburrido por tanta frivolidad, se ve obligado a tomar las riendas de la hacienda familiar en el Devon rural. Una de sus primeras decisiones es contratar un nuevo encargado para la posada de su propiedad, pero descubre que hay poca gente dispuesta a vivir en un lugar tan pequeño y tranquilo.
Es entonces cuando Emily Beauregard, una refinada dama venida a menos, solicita el puesto. Jonas cree que las damas, en especial las que son tan atractivas como Emily, deben estar en los salones de baile o en los dormitorios, no en las posadas. Sin embargo, no tiene alternativa, y de mala gana permite que la joven demuestre su valía.
Pero Emily guarda un secreto. No ha llegado a Devon impulsada sólo por la necesidad de mantener a sus hermanos, sino que la anima un objetivo muy concreto y ambicioso…
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Em levantó la mirada y sonrió al pasar junto a él. En silencio, volvieron sobre sus pasos, recorriendo el pasillo y bajando por la escalera de servicio. Al llegar al piso inferior, la joven abrió una puerta oscura. Jonas la siguió a la pequeña cámara que había detrás de su dormitorio.

Le condujo hasta allí.

Creyendo que ella tenía intención de llevarlo hasta la salita, cuando cruzaron el dormitorio Jonas la cogió de la mano y la hizo girar hacia él. Em alzó la vista a su cara y lo miró a los ojos, sonriendo. Se metió entre sus brazos y se apretó contra él, deslizándole los brazos alrededor del cuello. Entonces se puso de puntillas y le besó.

Profundamente. Libremente. Entregándose por completo.

Jonas la sujetó por la cintura sin pensar. Tardó un momento en saborear el regalo de Em. Cuando estaba a punto de asumir el control, ella se echó hacia atrás.

Em bajó los talones y sonrió con los ojos brillantes.

– Gracias.

El la miró a la cara, estudió la expresión de sus ojos y arqueó una ceja.

– No quiero que me des las gracias. -Se acercó a ella, estrechándola contra su cuerpo-. Ni siquiera quiero tu gratitud.

Em se quedó inmóvil entre sus brazos, con las manos en sus hombros, y le lanzó una mirada inquisitiva.

– Sólo te quiero a ti.

Aquellas simples palabras estaban cargadas de absoluta convicción.

Em ladeó la cabeza y le estudió el rostro iluminado por la suave luz de la luna que entraba por la ventana.

– ¿Por qué?

Ésa era la pregunta más importante que ella quería -necesitaba- que él respondiera. Y que lo hiciera con sinceridad y franqueza, sin andarse con rodeos.

El pareció entender aquella necesidad. No intentó soslayar la pregunta con una respuesta elaborada. Se lo pensó durante un momento y luego, suavemente, sin más vacilaciones, le dijo:

– Porque… -Se interrumpió, respiró hondo y continuó-. Porque sin ti mi vida no estaría completa.

– Oh… -Em le habría pedido una aclaración, pero él ya había dicho todo lo que tenía que decir. La atrajo hacia su cuerpo, inclinó la cabeza y la besó.

En cuanto los labios de Jonas rozaron los suyos, Em sospechó y se preguntó si aquel beso era parte de su respuesta, si él le estaría demostrando con las caricias de sus labios lo que no podía, o no quería, decir con palabras.

Jonas siempre se había echado hacia atrás en esos momentos para valorar la respuesta de Em al beso antes de continuar con la siguiente etapa sensual, con el siguiente placer visceral. Esa vez, sin embargo, parecía algo más que eso, más que un estudio posterior al beso, cuando, bajo la luz de la luna, tras el roce de sus labios, le perfiló las líneas de la cara con las puntas de los dedos.

Fue una caricia lenta, casi respetuosa. Luego, Jonas inclinó la cabeza y volvió a sellar los labios de Em con los suyos, conduciéndola hacia el fuego.

A. la familiar y creciente sensación de calor, a las llamas ardientes de la pasión. De sus pasiones unidas, compartidas, mutuas, inflamadas por un deseo que sólo se había vuelto más fuerte, más confiado, más exigente.

Quizá fuera la experiencia o el hecho de que se había acostumbrado a la manera en que crecía aquel placer abrasador en su interior lo que permitió a Em estudiar a Jonas con atención. Observar la intensa concentración con la que él la desvestía lentamente y dejaba caer con descuido la ropa al suelo mientras con sus ojos y sus sentidos se deleitaba en el siguiente tesoro revelado, en la siguiente parte de su cuerpo que quedaba al descubierto, que se rendía a él por completo.

Y que Jonas saboreaba. Reclamaba, apreciaba y poseía.

Pero no fue una simple y ávida posesión. Si bien le daba vueltas la cabeza y sus sentidos se recreaban en el deleite, Em pudo ver esta vez -quizá porque era eso lo que buscaba- la devoción de Jonas. La reverencia nacida de sentimientos más profundos; las emociones que procedían del corazón y que estaban envueltas en pasión y deseo, lo que las hacía infinitamente más poderosas.

Lo suficientemente poderosas para hacer que se detuviera cuando, desnudo, la tumbó sobre la cama y retrocedió, interrumpiendo el beso, para con sus ojos, sus manos y sus dedos, tocarla, acariciarla, esculpir su cuerpo, trazando cada línea, cada curva, extendiendo una red de posesión ardiente sobre su piel desnuda, antes de volver a repetir el proceso, desde la cabeza a los dedos de los pies, con sus labios, su boca y su cálida y áspera lengua.

Arrodillándose a los pies de la cama, Jonas le separó las piernas y le acarició el interior de los muslos. Em contuvo el aliento y se arqueó. Hundió las manos en el sedoso pelo de él, apremiándole manifiestamente antes de que Jonas enterrara la cara entre sus piernas y la condujera al paraíso.

Jonas la lamió y la saboreó, luego se levantó y se colocó entre sus muslos, cubriendo el cuerpo de la joven con el suyo para penetrarla con un brusco envite.

Em se quedó sin aliento y se arqueó bajo él, dispuesta a la invasión definitiva, ansiosa por recibirlo y albergarlo por completo en su interior.

Lo acogió profundamente en su cuerpo y sintió que la atravesaba una cálida emoción. Sintió que la hirviente marea la conducía a un mar todavía más profundo, más extenso y poderoso.

Más adictivo, más cautivador.

Más envolvente.

Atrapada en aquellas cálidas oleadas de placer, Em alzó un brazo y le tomó la mejilla. Le condujo los labios a los de ella y le dio un beso con el que le ofrecía y le entregaba todo.

Apoyándose en los codos, Jonas gimió, arqueando la espalda con fuerza mientras se hundía implacablemente en ella. Toda Em era flexibles curvas femeninas bajo él, una funda hirviente, resbaladiza y tensa que conducía a su cuerpo al máximo placer.

Jonas le cogió una rodilla y la subió hasta su cadera, luego hizo lo mismo con la otra, abriéndola completamente para él. La embistió con más fuerza, sumergiéndose en aquel delicioso calor para llenarla, poseerla y marcarla como suya.

Para hacerla completamente suya.

Y Em pareció entenderle, comprender aquella desesperada necesidad; le rodeó las caderas con las piernas, se arqueó hacia él, y dejó que se hundiera un poco más en su interior con ávida codicia.

Pero seguía sin ser suficiente, no bastaba para la fuerza que ahora impulsaba a Jonas. Se dejó caer sobre un codo, inclinando su peso hacia ese lado y bajó la otra mano, deslizándola por la cadera y las nalgas de Em, que amasó y agarró con firmeza para atraerla hacia él, atrapándola y llenándola con los intensos empujes de su cuerpo; reclamándola una y otra vez.

Ella se dejó llevar y, con un grito ahogado, alcanzó el éxtasis entre sus brazos.

Las intensas contracciones de los músculos internos de la joven atraparon a Jonas, le impulsaron y le arrastraron hasta el borde del punzante placer.

Y Jonas cayó en picado con ella, estremeciéndose una y otra vez cuando Em le reclamó, le abrazó y le ancló al mundo.

Se desplomó sobre ella, envuelto en las sensaciones, lleno de una indescriptible dicha de saciedad satisfecha. Como si una mano fría le refrescara la frente febril, le hiciera sentirse a salvo, seguro, y le proporcionara una serenidad que nunca antes había sabido que necesitaba.

Debajo de él, Em yacía agotada, cálida e inmóvil, con una expresión satisfecha en su rostro. Tenía los ojos cerrados y los labios curvados en una tierna sonrisa.

Tras unos momentos infinitos, él consiguió reunir la suficiente fuerza de voluntad para moverse. Se incorporó y rodó a un lado para no aplastar a Em con su peso. Cayó de espaldas, llevándola consigo. Ella no se resistió, apoyó la frente en su hombro y emitió un suave suspiro de profunda satisfacción.

La joven le puso la palma sobre el pecho, encima del corazón.

Jonas la miró durante un momento, luego levantó la mano y cubrió la de ella con la suya, inmovilizándola sobre su corazón.

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