Fuera de un evidente destino
- Автор: Фалетти Джорджо
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Fuera de un evidente destino». Краткое содержание книги:
Disponía de poco tiempo.
Debía apresurarse, porque con la oscuridad no conseguiría seguir el rastro de los hombres. Y nada deseaba más que encontrarlos. Aunque sentía que el coraje y el sentido de justicia combatían en su interior contra la razón.
Estaba solo y no podía hacer mucho contra cuatro individuos fuertes, decididos y bien armados. Ni siquiera tenía la posibilidad de arriesgarse demasiado porque, en aquel momento, él era la única referencia que les quedaba a Thalena y a su hijita.
Regresó a los arbustos donde se había ocultado y encontró el mustang en el lugar exacto donde lo había dejado. Lo montó y comenzó a escrutar el lado oeste siguiendo líneas paralelas hasta que halló señales de la llegada de los asesinos. Eldero sabía distinguir mejor que nadie las marcas que hombres y animales dejaban en la tierra, como si la propia tierra se abriera como una flor al alba para mostrar sus secretos a ese hijo tan cercano a su esencia.
Había en el terreno huellas de cuatro caballos que bajaban al galope, y en su secuencia se hallaba escrito todo lo sucedido en aquel lugar. Los cascos estaban todos herrados, lo que demostraba que One Feather había asimilado las costumbres de los blancos. Después de la matanza, dos jinetes se habían alejado para ir a coger otros dos caballos que se encontraban entre los árboles. Eldero vio huellas de la impaciencia de los animales y su reacción aterrada a los disparos. Después habían vuelto al campamento guiando a los animales que sin duda cargaban los cadáveres de los dos blancos, a los que habían dejado pastando para que no obstaculizaran el ataque.
Continuó dando vueltas hasta encontrar el rastro de los cuatro al marcharse. Poco más allá vio el cuerpo de una joven que había intentado desesperadamente alcanzar la protección del bosque. La habían matado justo antes de alcanzarlo.
Eldero la conocía, como conocía a todos.
Era la mujer de Copper Pot, uno de los hombres que él había asignado como ayudante del marido de Thalena para cuidar del rebaño.
Se apeó del caballo al ver una manta que la mujer había dejado caer, quizá para poder correr más rápido. Al tiempo que pedía disculpas a la muerta, la recogió y con un movimiento ágil volvió a montar el caballo.
Se alejó sin mirar atrás. Pensó en su pobre esposa, que había fallecido hacía tanto tiempo, cuando intentó, a una edad demasiado avanzada, traer al mundo otro hijo varón. Ella y el pequeño se habían ido juntos, como sucedía a menudo en esos casos. Él había llorado la muerte de ambos, pero ahora se dijo que no habría soportado ver a su mujer y a su hijo tendidos en la hierba asesinados por la furia de unos asesinos despiadados.
Siguió el rastro que se dirigía al este, del otro lado de donde habían llegado los atacantes. Por la humedad de la tierra musgosa supo que no debían de llevarle demasiada ventaja. No disponía de agua ni comida, pero no le preocupaba en absoluto. La convivencia con la naturaleza le había enseñado a encontrar alimento en los lugares más impensados, y el contacto con su espíritu, a desoír las exigencias de su cuerpo. Continuó tras las huellas, que perdía y volvía a hallar, hasta que cayó la oscuridad. Hizo un breve alto, a la espera de que la luna subiera lo suficiente para guiarlo con su luz pálida. Cuando las laderas de la montaña quedaron bañadas por una claridad plateada, reanudó la marcha, ayudado no solo por la luna sino también por su capacidad para distinguir en la oscuridad más profunda cosas que nadie más era capaz de ver. Sujetaba en una mano el jirón de camisa ensangrentada que había cogido de entre los dedos contraídos de Little Joseph. Eso lo ponía en contacto con el que había perdido esa sangre, establecía un vínculo que le indicaba el camino que recorrer para alcanzar a ese hombre.
Y en consecuencia a los demás…
Prosiguió durante casi toda la noche, hasta que vio contra el fondo de un pequeño valle que se abría a sus pies el temblor de un fuego entre los árboles. Lo habían encendido intentando evitar al máximo que se notara, pero aun así Eldero se quedó atónito. Esos hombres debían de sentirse muy seguros para permitir que las llamas del vivaque revelaran su presencia.
«El fuego y el agua son hijos rebeldes.»
Esto decía la sabiduría de Eldero, pero en ese momento le alegró que así fuera, porque de este modo el agua y el fuego se tornaban aliados suyos. Bajó de la cabalgadura sin soltar la manta que había cogido de la squaw muerta a un paso de la salvación. La cortó con el cuchillo y envolvió con los pedazos los cascos del caballo.
Era una precaución que le daría una pequeña ventaja en caso de que debiera atravesar un tramo rocoso. De cualquier modo, en algún momento debería dejar el mustang y continuar a pie, para no alertar a los hombres acampados.
Habría deseado tener consigo a los guerreros que conducía en los tiempos en que todos eran libres, mucho antes de que muriera Barboncito y Ganado Mucho ocupara su puesto en ese ridículo papel de jefe mandado por blancos. Y mucho antes de que Manuelito el Guerrero aceptara convertirse en el cabecilla de esa policía indígena que jamás entregaría a la justicia a ninguno de los asesinos a los que él había seguido hasta allí.
En otros tiempos habrían bajado de la montaña como las sombras de la noche y en pocos instantes esos hombres habrían muerto. Al día siguiente sus cueros cabelludos habrían sido colgados a secar junto a la puerta del hogan de la purificación.
Apartó de su mente ese momento de añoranza, ese instante de flaqueza. El pasado yacía sepultado en la tierra como una simiente, y él debía actuar solo cosechando los frutos del presente.
Eldero no pensaba nunca en el futuro, para no tener que pensar, al mismo tiempo, en el destino de su gente.
Dejó el caballo al lado del tronco de un enorme pino, y simplemente ató las riendas en una rama baja. Con ese sencillo gesto daba al animal la orden de no moverse, y además evitaba, en caso de tener que partir con urgencia, perder un tiempo precioso deshaciendo nudos.
Sin el menor ruido, se acercó a la luz de la fogata que un poco más abajo titilaba entre los árboles. Trató de distinguir el lugar donde los cuatro hombres habían atado los caballos. No temía que los animales lo oyeran llegar. Ante todo, porque se hallaba a sotavento, y además estaba seguro de que esos sujetos acostumbrados a matar, y por ende a ser perseguidos, utilizaban caballos adiestrados para no revelar su presencia.
Prosiguió con una lentitud que solo la prudencia justificaba. Al final llegó a una distancia suficiente para poder observar con tranquilidad a los hombres sentados alrededor de la fogata.
Se dijo que tanta prudencia había sido en parte inútil.
Junto a las piedras, dispuestas en forma de cono con una gruesa losa en lo alto para disimular al máximo la luz, brillaba el vidrio de una botella vacía. Eldero vio que era una botella de whisky y comprendió que los cuatro hombres dormidos a la tibieza del fuego estaban completamente ebrios.
Uno de ellos roncaba como un cerdo, con esos gruñidos sordos que solo provoca el alcohol.
Eldero conocía bien los efectos de esa bebida y recordaba los daños que había causado a todos los indígenas que se habían convertido en sus esclavos y aún lo eran. Volvía necios a los hombres sabios, frágiles a los guerreros y valientes en la batalla a los temerosos, en la medida justa para procurarles una muerte rápida y estúpida.
Sintió que una ira fría crecía en su interior. Esos asesinos estaban tan orgullosos de su fechoría que habían querido emborracharse para festejarlo. Estaban tan seguros de su fuerza que no imaginaban que alguien pudiera desafiarla.
Y ahora, si él hubiera querido, se hallaban a su merced…
En otros tiempos habría empuñado la escopeta y los habría matado a todos, uno por uno. O habría muerto en el intento. Ahora la sabiduría debía llenar el vacío dejado por los años transcurridos o, de lo contrario, habrían pasado en vano.