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Los hombres que no amaban a las mujeres [Män som hatar kvinnor - es]

Электронная книга - «Los hombres que no amaban a las mujeres [Män som hatar kvinnor - es]». Краткое содержание книги:

Harriet Vanger desaparecio hace treinta y seis anos en una isla sueca propiedad de su poderosa familia. A pesar del despliegue policial, no se encontro ni rastro de la muchacha. Se escapo? Fue secuestrada? Asesinada? El caso esta cerrado y los detalles olvidados. Pero su tio Henrik Vanger, un empresario retirado, vive obsesionado con resolver el misterio antes de morir. En las paredes de su estudio cuelgan cuarenta y tres flores secas y enmarcadas. Las primeras siete fueron regalos de su sobrina; las otras llegaron puntualmente para su cumpleanos, de forma anonima, desde que Harriet desaparecio. Mikael Blomkvist acepta el extrano encargo de Vanger de retomar la busqueda de su sobrina. Periodista de investigacion y alma de la revista Millennium, dedicada a sacar a la luz los trapos sucios de la politica y las finanzas, Blomkvist esta vigilado y encausado por una querella por difamacion y calumnia presentada por un gran grupo industrial que amenaza con arruinar su carrera y su reputacion. Contara con la colaboracion inesperada de Lisbeth Salander, una peculiar investigadora privada, socialmente inadaptada, tatuada y llena de piercings, y con extraordinarias e insolitas cualidades. Asi empieza esta magnifica novela que es la cronica de los conflictos de una familia, un fascinante fresco del crimen y del castigo, de perversiones sexuales y trampas financieras; un entramado violento y amenazante en el que, no obstante, crecera una tierna y fragil historia de amor entre dos personajes absolutamente inolvidables.
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Mikael abrió la puerta con la llave y, desde dentro, desatornilló las contraventanas. La estructura básica parecía ser un viejo granero de unos treinta y cinco metros cuadrados. El interior estaba revestido con unas tablas de madera y consistía en un solo espacio con amplias ventanas, a ambos lados de la puerta, cuyas vistas daban al mar. Al fondo, una escalera conducía a un loft abierto que abarcaba la mitad de la superficie de la cabaña. Debajo de la escalera había un pequeño hueco con una cocina de camping gas, un fregadero y un armario. El mobiliario era sencillo; a la izquierda de la puerta, un banco fijado a la pared, una desvencijada mesa de trabajo y una estantería con baldas de teca. Más abajo, en el mismo lado, había tres roperos. A la derecha de la puerta, una mesa redonda para comer con cinco sillas de madera y, en medio de la pared más corta, una chimenea.

La cabaña carecía de electricidad; en su lugar, había varias lámparas de queroseno. En una ventana había un viejo transistor de la marca Grundig con la antena rota. Mikael pulsó un botón para encenderlo, pero las pilas estaban gastadas.

Mikael subió por la estrecha escalera y paseó la mirada por todo el loft: una cama de matrimonio, un colchón sin ropa de cama, una mesilla de noche y una cómoda.

Mikael dedicó un rato a registrar la cabaña. Aparte de unas toallas y ropa blanca con un débil olor a moho, no vio nada más en el interior de la cómoda. En los armarios había unas viejas prendas de ropa de trabajo, un mono, un par de botas de agua, un par de desgastadas zapatillas de deporte y una estufa de queroseno. Los cajones del escritorio contenían folios, lápices, un cuaderno vacío, una baraja de cartas y unos puntos de libro. El armario de la cocina contenía platos, tazas de café, vasos, velas, unos paquetes de sal, bolsitas de té y cosas por el estilo. En un cajón de la mesa que servía para comer descubrió unos cubiertos.

Los únicos vestigios de naturaleza intelectual los encontró en la estantería de encima del escritorio. Mikael cogió una silla y se subió encima para echar un vistazo a los estantes. En el inferior, vio unos números atrasados de las revistas Se, Rekordmagasinet, Tidsfördriv y Lektyr, de finales de los años cincuenta y principios de los sesenta. También Bildjournalen de 1965 y 1966, Mitt Livs Novell y unos cuantos tebeos: 91:an, Fantomen y Romans. Mikael abrió un ejemplar de Lektyr de 1964 y constató que la mujer del póster central tenía un aspecto bastante inocente.

Allí habría unos cincuenta libros. Aproximadamente la mitad eran novelas negras, edición de bolsillo, pertenecientes a la serie Manhattan de la editorial Wahlström. Mickey Spillane aparecía en títulos como No esperes ninguna clemencia, con la clásica portada de Bertil Hegland. También encontró media docena de libros Kitty, algunos ejemplares de Los cinco de Enid Blyton y un volumen de Los detectives gemelos de Sivar Ahlrud: El misterio del metro. Mikael sonrió con nostalgia. Tres libros de Astrid Lindgren: Los niños de Bullerbyn, El superdetective Kalle Blomkvist y Rasmus, y Pippi Calzaslargas. El estante superior tenía un libro que hablaba sobre la radio de onda corta, dos libros de astronomía, uno sobre pájaros, otro titulado El imperio del mal, que trataba de la Unión Soviética, uno más sobre la guerra de Invierno de Finlandia, el catecismo de Lutero, un libro de salmos y la Biblia.

Mikael abrió la Biblia y en la parte interior de la cubierta pudo leer: «Harriet Vanger, 12/5/1963». La Biblia de la confirmación de Harriet. Algo desalentado, dejó el volumen en su sitio.

Justo detrás de la cabaña había un cobertizo para guardar leña y herramientas, con una guadaña, un rastrillo, un martillo y una caja con un montón de clavos desordenados, cepillos de carpintero, sierras y otras herramientas. El retrete estaba situado al este, adentrándose unos veinte metros en el bosque. Mikael dio una vuelta para husmear un rato y luego volvió a la cabaña. Sacó una silla, se sentó en el porche y se sirvió café del termo. Encendió un cigarrillo y se puso a mirar, a través de una cortina de espesa vegetación, la bahía de Hedestad.

La cabaña de Gottfried era considerablemente más modesta de lo que esperaba. Éste era el lugar al que se había retirado el padre de Harriet y Martin cuando su matrimonio con Isabella empezó a hacer aguas, a finales de los años cincuenta. Éste era el lugar donde vivía y se emborrachaba. Y allí abajo, junto al embarcadero, se ahogó con una alta concentración de alcohol en la sangre. Sin duda, la vida en la cabaña sería agradable en verano, pero cuando las temperaturas se acercaban a los cero grados tenía que haber sido fría y miserable. Según Henrik, Gottfried continuó cumpliendo con su trabajo en el Grupo Vanger, con alguna que otra interrupción durante sus períodos de desenfrenadas borracheras, hasta 1964. El hecho de que viviera en la cabaña, de manera más o menos permanente y que, aun así, consiguiera presentarse en el trabajo recién afeitado, limpio y vestido con chaqueta y corbata, dejaba entrever, a pesar de todo, cierta disciplina personal.

A esa cabaña, asimismo, había ido Harriet con bastante frecuencia. No en vano, fue uno de los primeros lugares a los que, tras su desaparición, habían acudido con la esperanza de encontrarla. Henrik contó que a lo largo de su último año de vida Harriet acudía frecuentemente a la cabaña, según parece, para que la dejaran en paz durante los fines de semana y las vacaciones. Aquel último verano vivió allí tres meses, aunque se acercaba al pueblo todos los días. También Anita Vanger, la hermana de Cecilia, se alojó en la cabaña durante seis semanas.

¿Qué habría estado haciendo allí tan sola? Las revistas, Mitt Livs Novell y Romans, al igual que los libros de Kitty, eran elocuentes. Quizá el cuaderno perteneciera a ella. Pero también estaba su Biblia.

¿Quería sentirse cerca de su padre ahogado? ¿Un período de luto por el que debía pasar? ¿Era tan sencilla la explicación? ¿O tenía que ver con sus meditaciones religiosas? La cabaña era sobria y monacaclass="underline" ¿acaso quería vivir como en un convento?

Mikael continuó andando por la orilla en dirección sureste, pero el terreno estaba tan lleno de grietas y matojos de enebro que resultaba prácticamente intransitable. Regresó a la cabaña y volvió un trecho por el camino de Hedeby. Según el mapa, había un sendero en el bosque que conducía a un lugar que llamaban La Fortificación; le llevó veinte minutos encontrar la bifurcación del sendero, completamente cubierto por la vegetación. La Fortificación era lo que quedaba de la defensa de la costa que se hizo durante la segunda guerra mundial, búnqueres de hormigón con trincheras de combate distribuidas en torno al edificio del puesto de mando. Todo invadido de matorrales.

Mikael continuó caminando por el sendero y bajó hasta una caseta de barcos situada en un claro de bosque junto al mar. Al lado de la construcción encontró los restos del naufragio de un barco Pettersson. Regresó a La Fortificación y continuó por un sendero hasta un cercado: había llegado a la granja de Ostergården por la parte de atrás.

Siguió por el serpenteante sendero a través del bosque, que en algunos tramos discurría paralelamente a los sembrados de Ostergården. El camino resultaba de difícil tránsito: se vio obligado a vadear algunos humedales. Al final, llegó a un terreno pantanoso sobre el que había un granero. Según pudo ver, el sendero acababa allí, pero se encontraba a sólo cien metros del camino de Ostergården.

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