Carolina se enamora
- Автор: Моччиа Федерико
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Carolina se enamora». Краткое содержание книги:
Carolina no sólo tendrá que lidiar con este primer desengaño, que la alejará poco a poco de su infancia, sino que deberá enfrentarse a las difíciles relaciones familiares en la novela más intergeneracional de Moccia. La adolescente, como muchas otras de su generación, aprenderá a comprender las preocupaciones de su madre o a entender a su violento, aunque en el fondo adorable, hermano. Gracias a su admirada abuela, Carolina paso a paso irá averiguando qué significa crecer, hacerse adulto.
Como sus obras anteriores, Carolina se enamora, narrada en primera persona, conecta con los adolescentes, enganchados al iPod y a sus móviles. Aunque también deviene un libro imprescindible para los padres que quieran conocer qué hacen y sienten sus hijos cuando salen por la puerta de casa. Sin duda, los libros de Moccia radiografían con humor, ritmo y cascadas de emociones la juventud mediterránea de principios del siglo XXI. Los adultos del mañana.
– Entiendo.
La miro en silencio. Después de lo que le he dicho no consigo imaginarme lo que puede haber entendido.
– ¿Te gustan éstas?
Coge un ramillete de flores celestes preciosas, pequeñas, pero muy luminosas.
– ¿Qué son?
– Nomeolvides. Son las flores del amor juvenil.
– ¿Qué significa eso?
Erminia me mira.
– Todas las flores tienen su historia, la elección a veces traiciona, quiero decir que la flor revela el momento de amor que está viviendo una pareja. Por ejemplo, los de antes han perdido la pasión.
– ¿.En serio?
– Sí, un hombre que pregunta cuánto cuestan las flores es que ya no está muy enamorado.
– Quizá esté enamoradísimo pero no tenga mucho dinero.
Erminia suelta una carcajada.
– Te gustan éstas, ¿verdad? ¡Dame lo que quieras!
Poco después me encuentro de nuevo en la calle con esa preciosidad de flores en la mano. Las flores del amor juvenil. Son una maravilla. Las llevo envueltas en un ligero velo celeste pálido, gracias al cual resaltan, parecen más oscuras, y están sujetas por un lazo azul, chillón.
– ¡Caro!
¡Dios mío! Reconozco esa voz. Me vuelvo.
Rusty James en su moto.
Se detiene a un paso de mí y me sonríe.
– ¿Qué haces aquí?…
– ¿Yo?…
– ¡Sí, tú! ¿Quién si no?…
Escondo las flores detrás de la espalda. Tengo la impresión de que Rusty se ha dado cuenta, pero hace como si nada y sigue hablando.
– Te he llamado antes, pero no tenías cobertura… ¿Adónde vas?
– A casa de una amiga.
Rusty me sonríe, acto seguido se encoge de hombros. Al parecer, se ha dado cuenta. Mi primera mentira. Mejor dicho, la primera mentira que le digo a él. Rusty sacude la cabeza y arranca la moto.
– Vale… En ese caso, nada. Lástima, tenía una sorpresa para ti.
Parece de nuevo alegre. Quizá no se haya percatado de nada. Luego da la impresión de que cambia de opinión.
– Eh, Caro, quizá te llame esta tarde, ¿qué dices? O mañana. Eso es, quedamos para mañana, que es domingo. ¿Vale?
Le sonrío.
– Vale.
– En ese caso le reservaré a mi hermanita la magnífica sorpresa que quiero compartir con ella.
Y se marcha así, con el pelo asomando por debajo del casco, con sus gafas oscuras y esa maravillosa sonrisa en los labios. En cierto modo, me siento culpable. Es la primera vez, que le miento. Lo veo ya a lo lejos. Solo. Sin Debbie. Me gustaban mucho como pareja. Bromeaban y se reían juntos. Le di la carta sin leerla siquiera. Esperemos que vaya bien. Había otra pareja que también me encantaba, Francesco y Paola. Vivían en Anzio. Los veía todos los años, desde siempre, desde que empecé a ir a esa localidad. Recuerdo que iban a la playa en moto. Ella detrás de él, abrazándolo con fuerza. Tenían una Vespa de color gris metalizado y cuando llegaban él apagaba el motor, porque de lo contrario la señora que se ocupaba de los servicios se enfadaba. Sí, Donatella, la señora de los servicios. Era vieja y siempre tenía algo que objetar. Los servicios se encontraban justo a la entrada de las casetas de la playa y uno podía entrar para lavarse los pies, para sacudirse la arena y para hacer pis. Pero estaban tan sucios que si entrabas descalzo y el suelo estaba lleno de ese barro… Brrr. Sólo de pensarlo se me pone la piel de gallina. ¡Qué asco me daba! De manera que Francesco apagaba el motor de la Vespa, se bajaba al vuelo y metía una mano por la parte trasera, donde está la matrícula, y la hacía bajar por los tres escalones que había.
No podía utilizar la rampa de madera de la señora de los servicios, porque en una ocasión Donatella le había gritado: «¡Es demasiado fina! ¡Es para las bicicletas y no para ese trasto de Vespa!» Y Francesco se había echado a reír. ¿Lo entendéis? En lugar de enfadarse se había reído. Y había bajado la Vespa él solo como si fuese una bicicleta. Tenía un físico que dejaba sin respiración. Después de aparcar la moto ahí abajo, cerca de la arena, Paola y él se dirigían a una sombrilla que no estaba muy lejos y luego jugaban con las palas, eran buenísimos. Jugaban en el agua, donde apenas cubría, con ímpetu, golpeando con fuerza y rabia la pelota.
Paola llevaba siempre unos trajes de baño minúsculos, de color naranja, cereza o amarillo intensó, en cualquier caso, nunca demasiado claros; no tenía mucho pecho, la melena castaña clara le rozaba los hombros y su cuerpo era esbelto y moreno. Francesco tenía el pelo rizado, una nariz un poco aguileña, los hombros anchos y las piernas largas, era también delgado, tenía unos abdominales fuertes, unas cuantas pecas debajo de sus ojos azules y una boca grande con unos dientes blancos y bonitos. Se reía con frecuencia. Sí, porque además no paraban de gastarse bromas. Divertidas. De vez en cuando, él se metía debajo de la sombrilla con un cubo lleno de agua y, mientras ella leía, se la tiraba despacio por el respaldo de la tumbona.
– ¡Así no se moja el periódico!
– ¡Ay, está helada! ¡Como te pille, verás!
Entonces Paola empezaba a perseguirlo mientras el serpenteaba a derecha c izquierda y desaparecía entre los patines; luego seguían corriendo alrededor de las duchas hasta llegar a las sombrillas que se encontraban junto a la orilla. A continuación, ella saltaba por encima de un patín y, en ocasiones, se abalanzaba sobre él y luchaban sobre la arena. Una vez Paola perdió la parte de arriba del biquini, pero le dio igual. Siguió luchando con los pechos al aire. La gente se detenía a mirarlos y se echaba a reír. Ellos eran así, guapos y salvajes, la atracción de la playa. Y ahora no recuerdo qué más sucedía. Ah, sí, a veces era ella la que le gastaba una broma a él. En una ocasión excavó poco a poco bajo la tumbona, durante mucho rato, ¿eh? Hizo un agujero muy profundo y la tumbona acabó bien hundida en la arena Él quedó atrapado en el agujero y, mientras ella lo cubría con la arena caliente, no dejaba de reírse.
– ¡Ay, Paola, quema!
Este verano, sin embargo, él estaba solo. No salía de debajo de la sombrilla y leía un libro tras otro, todos distintos. No sé por qué, pero pensé que debían de ser muy aburridos. Quizá porque siempre tenía el semblante algo triste. En ningún momento oí que alguien le preguntase por Paola. Pero alguna persona debía de saber lo que había ocurrido y tal vez se lo contó a Walter, el socorrista, quien, a su vez, se lo contó a una amiga de mi madre, Gabriella, que es incapaz de quedarse callada. Y, de hecho, al día siguiente: «Sí, sí, Walter me ha dicho que han roto.»
Y lo sentí. Muchísimo. Ahora nuestra playa me parece distinta. Es como si le faltase algo. Como si ya no estuviera el patín rojo, el socorrista, el hombrecillo de los periódicos que pasa con el carrito de vez en cuando, o ese tan moreno con una camiseta blanca y unos pantalones cortos de color azul que vende coco.
Francesco y Paola eran míos. Puede que ellos nunca se dieran cuenta de mi presencia, porque yo era pequeña e insignificante, pero toda su historia, cuando llegaban con la Vespa, el modo en que jugaban con las palas y sus bromas, las carreras y los besos llenaron mis veranos. Y, aunque ellos no lo sepan, echaré de menos a esos dos enamorados.
Casi sin darme cuenta, me encuentro delante de la iglesia. Y, poco a poco, subo la escalinata como empujada por un motivo indefinido. Abro el gran portón. Silencio. Una nave enorme, vacía y ordenada. Los bancos de madera están vacíos. Sólo veo a una señora anciana al fondo. Está quitando el polvo a unos cirios que rodean un pequeño altar. Recuerdo que ahí es donde se celebran los bautizos. Un día asistí a uno precioso. El bebé miraba a sus padres con los ojos muy abiertos. No lloraba. Esperaba curioso y algo asustado lo que le iba a ocurrir a continuación. Luego sonrío. ¿Por qué me habrá pasado por la mente la imagen de ese niño? Justamente hoy, además. Arqueo las cejas. No me atrevo a imaginar qué podría suceder. En casa. En el colegio. Mi padre, mi madre, mi hermano, la abuela Luci. Y lo que podría decir Ale… No quiero ni pensarlo.