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MI CONFESION CARLOS CASTAÑO revela sus secretos

Электронная книга - «MI CONFESION CARLOS CASTAÑO revela sus secretos». Краткое содержание книги:

Este libro es algo más que las confesiones de Carlos Castaño, uno de los principales actores de la guerra colombiana hasta su misteriosa desaparición, en abril de 2004. El testimonio de este criminal de guerra es un reflejo de la descomposición de la sociedad colombiana, de la suciedad de un conflicto armado que hace años dejó de ser ideológico. Un documento periodístico que ayuda a conocer mejor a una persona que, desafortunadamente, influyó de manera decisiva en la Colombia actual y que ha sido uno de los protagonistas de los episodios más trágicos de las dos últimas décadas. Contribuye también, a comprender que las Autodefensas Unidas de Colombia no son los hijos díscolos del gobierno de turno y de los militares, sino que funcionan de manera autónoma, aunque con frecuencia las autoridades no las han combatido, se han beneficiado de sus actuaciones e inlcuso les han facilitado la comisión de actos ilegales.
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Yo en la muerte del humorista Jaime Garz�n no tuve nada que ver. Siempre he reconocido a qui�n he ejecutado y a qui�n no. Nunca estuve de acuerdo con la actitud que asum�a Jaime frente a los secuestros y a�n as�, no estoy implicado en su muerte. A Garz�n le pas� lo que le suele suceder a todos los negociadores de secuestros: terminan facilitando plagios y de favor a favor, se involucran m�s all�. S� de donde vino la muerte de Jaime Garz�n pero eso no es asunto m�o.

-��Ser� que la gente si le cree su versi�n, Comandante?

No lo s�. S�lo est� a mi alcance exponer lo cierto. Mi compromiso en este libro fue delatar la verdad, y ah� est�.

En esa misma revista �Semana� donde sali� publicado la denuncia de �La Terraza� �Ronald� admiti� que en algunos momentos fallaron y cit� como ejemplo el atentado a la concejal por la Uni�n Patri�tica, A�da Abello. Le contar� la verdad.

Un d�a se decidi� en el Estado Mayor de las AUC ejecutar a la concejal. Yo no emit� la ponencia y jam�s estuve de acuerdo con esa decisi�n. Siempre me he opuesto a ejecutar imb�ciles que el enemigo muestra como m�rtires y luego capitaliza pol�ticamente. Muchas veces le hace uno un favor a la guerrilla al ejecutar este tipo de personas, que ni les importan, ni les sirven para nada.

Al final de la votaci�n una persona dijo: �el Comandante nos deja contentos, pero no la ejecuta�. Y as� fue.

Habl� con Elkin y �l le asign� la tarea a �Ronald�, con la orden espec�fica m�a de fallar y no herir a la concejal. La orden era: �disparar el rocketazo sin darle al carro donde ella se movilizara�. Ten�a que ser convincente, que no se notara que fall� intencionalmente, para que el Estado Mayor no se enterara.

Elkin escogi� a �Ronald� para el atentado por su precisi�n y certeza. Realiz� el operativo mejor de lo que me esperaba. Era peligroso, fue uno de los pocos que recibi� formaci�n nuestra.

Al ejecutar a �Ronald�, yo cre� que �La Terraza� se acabar�a pero sobrevivieron dos; drogadictos y enfermos mentales que son los protagonistas de los �ltimos atentados como el del parque Lleras. Estos morir�n pues la sociedad no me lo perdonar�a�.

-��Esto significa que usted asume en parte la responsabilidad del vuelo que tom� esa banda?

-�No fue mi culpa haberle dado alas a �La Terraza�; mi responsabilidad est� en haber permitido que volaran. La alas las ten�an cuando los conoc�. Ellos fueron un engendro del narcotr�fico que pon�a huevos en todos los canastos, incluso el nuestro. Acepto que ejecutaron acciones para las AUC.

Casta�o y yo hicimos una pausa. El fot�grafo dijo que todo estaba listo y el comandante se par�. Nos dirigimos hac�a el kiosco. Posar para una fotograf�a no le llamaba la atenci�n y no fue buen modelo ese d�a. Casta�o quer�a terminar r�pidamente la cesi�n, algo le preocupaba. Lo not� m�s serio y cortante que cualquier otro d�a. En la noche me llam� a su cuarto y me dio la fotograf�a de su boda. No s�lo lo acompa�aba el cura y su esposa en plena ceremonia; tambi�n el cuerpo de Cristo, aparec�a comulgando.

XXIII. LA RENUNCIA

Cuando abr� la puerta de la peque�a casa de madera, me sorprendi� ver al comandante en el kiosco del frente, sentado en un inmenso tronco de �rbol seco que el d�a anterior pas� desapercibido para m�. Casta�o estaba tan concentrado en el tel�n de aquella fr�a y nublada ma�ana que ni siquiera not� mi presencia. Por ning�n lado divisaba a su escolta y aquel momento de soledad parec�a irreal. Siempre se le ve�a desde muy temprano caminando de un lado para otro, impartiendo �rdenes, rodeado de patrulleros o despertando a todos con un en�rgico ��buenos d�as, se�ores!�

Entonces lo salud� con una pregunta:

-��Por qu� tan pensativo?

Dej� ver una leve sonrisa a manera de saludo y me contest�:

-�Existen decisiones que se toman en compa��a de la soledad y no se consultan con nadie.

-��Por qu� lo dice? -le pregunt�.

Cuando uno resulta el m�s idealista entre otros, que no lo son tanto, lo correcto es dejar de serlo. Al sumarse la mayor�a a lo incorrecto, es preferible adherir de forma moment�nea y no entrar a romperlo de una vez. Uno debe encontrar despu�s la forma para que cada uno de los equivocados retomen el camino preciso.

No comprend�a de qu� me hablaba y mucho menos que aquellas palabras eran la antesala de la renuncia a su cargo como comandante general de las Autodefensa Unidas de Colombia, decisi�n que divulgar�a al d�a siguiente en su p�gina de Internet.

Casta�o sac� de su bolsillo un par de hojas y me dijo:

Aqu� le resumo por qu� decid� relatar mi vida. Comienza con el verso de un poema de Antonio Machado que me encanta:

�Conoces los invisibles

hiladores de los sue�os?

Son dos: la verde esperanza

Y el torvo miedo.

Apuesta tienen de quien

hile m�s y m�s ligero,

ella, su copo dorado;

�l, su copo negro.

Con el hilo que nos dan

tejemos, cuando tejemos.

ANTONIO MACHADO

La guerra, como todo en la vida humana, es un tejido de historias personales. Cada quien, en su trayectoria, toca con otros caminos. Algunas veces ignoramos el desenlace de tal o cual evento que ce inicia con uno de nuestros encuentros cotidianos; otras veces, son las p�ginas impersonales y lejanas de un peri�dico las que nos dan luces del rumbo que toman esas historias que, de una u otra manera, ya tambi�n son ya las nuestras.

Con independencia de la responsabilidad moral por sus acciones, la percepci�n que tiene cada uno de si mismo y del mundo, estar� siempre mediada por su historia personal. Es por ello que dejando a un lado la subjetividad, no se trata de creerse encarnaci�n del bien, ni tampoco del mal. Sin duda que un hombre de guerra y de paz, es querido por unos y odiado por otros; cuando se est� al frente de un ejercito defensivo en medio de una guerra irregular, se siente uno a veces aplaudido y acompa�ado por multitudes, en otras ocasiones, sumergido en la m�s absoluta soledad.

Partiendo de reconocer que somos lo que somos, y no lo que creamos o no creamos ser, intent� ser lo absolutamente franco y desprevenido en mi narraci�n al Se�or Aranguren, a quien sin conocer previamente, le di mi palabra de contarle mi vida y la obra hasta ahora construida. En nuestro primer encuentro mi �nica exigencia fue la no tergiversaci�n de mis conceptos; la suya a m�, que le respetara sus criterio de escritor. Con esos presupuestos comenzamos a trabajar. Fueron muchos los momentos vividos de d�a y de noche con �l en las selvas del Paramillo, en las monta�as del Nordeste Antioque�o, en la Serran�a de San Lucas y en las Llanuras de C�rdoba y el Bajo Cauca, hablando de la guerra y la paz, de la vida y el perd�n, de la pol�tica de mis sue�os.

Sin duda alguna este ser� un libro controvertido. Sus efectos saldr�n a la luz, para bien y para mal, pues la verdad es justiciera, y as� como absuelve, tambi�n condena; obviamente, en su momento la verdad har� que las ratas salgan de sus laberinto antes que ahogarse dentro de �l. Supongo que algo de esto pasar�, pues s�lo he omitido contar verdades cuya divulgaci�n afectar�a la imagen de colombianos honestos quienes se vieron obligados a actuar de manera irregular en bien y defensa de la Patria. Puedo afirmar entonces que en esta obra no he dicho toda la verdad que conozco, pero s� puedo sostener la veracidad de todo lo dicho; por otra parte, tal vez nunca ning�n conductor de un ej�rcito ha hablado con tanta sinceridad, pagando el costo pol�tico que esto conlleva, pero no he dicho nada que no pueda demostrar.

Nadie sostiene hoy que la pol�tica sea bella, ni que los pol�ticos sean agradecidos; sin embargo, como dijo don Antonio Machado, para hilar nuestros sue�os, "con el hilo que nos dan tejemos, cuando tejemos", hay que seguir haci�ndola con lo que tengamos y con lo que queremos hacerlo, a ver si alg�n d�a logramos que el Estado colombiano sea un verdadero mediador entre nuestras necesidades y nuestras responsabilidades, entre nuestras esperanzas y nuestros miedos. Ese d�a cuando se encargue de canalizar y controlar nuestros conflictos ayud�ndonos a resolverlos sin matarnos, habremos construido una democracia y un estado social de derecho, eso con lo que tanto so�amos.

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