El Tercer Lado De Los Ojos
- Автор: Фалетти Джорджо
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Tercer Lado De Los Ojos». Краткое содержание книги:
Se apartó de la ventana; las cortinas ligeras cayeron suavemente para restablecer un sutil velo desenfocado entre ella y el mundo exterior. Se acercó al sillón situado junto a la ventana y, mientras se ponía los pantalones de un chándal, oyó tintinear el teléfono en alguna parte de la casa.
Para no perturbar su descanso, Mary Ann Levallier había dado la orden de desconectar el sonido del aparato de la habitación donde ella dormía. Poco después la puerta se abrió sin ruido y asomó la cara morena de Estrella.
– Ah, señorita, ya está despierta. Póngase al teléfono; es una llamada para usted, de Italia.
Maureen fue hasta la mesita de noche, de estilo imperio, situada junto a la cama y se puso al teléfono mientras se preguntaba quién podría ser. Intrigada, cogió el auricular.
– ¿Sí?
La sorprendió la voz tranquilizadora y positiva de Franco Roberto, su amigo y abogado.
– ¿Cómo está la comisario más guapa de la policía italiana?
Maureen lo conocía muy bien y sabía lo sensible y cuidadoso que era con las palabras. Su tono ligero no significaba una falta de tacto, sino una demostración de afecto.
– Hola, Franco, no me digas que todavía estás trabajando a esta hora.
– Claro que todavía estoy trabajando. He pasado todo el día y creo que pasaré buena parte de la noche revisando las notas para un juicio importante que tendré mañana. Como sabes, soy un hombre que debe ganarse el pan.
– Si no recuerdo mal tus honorarios, debe de ser un pan muy relleno.
Maureen siguió el tono alegre de la conversación, llevada, a pesar suyo, por ese optimismo que le llegaba desde seis mil kilómetros de distancia.
– A palabras necias, oídos sordos. Bueno, hablando de cosas serias, me he puesto en contacto con tu padre y me he enterado de las buenas noticias. Me ha dicho que la operación ha sido un éxito.
«Sí, aunque si te lo contara ni remotamente lograrías saber cuánto…»
No tuvo necesidad de hacer ningún comentario. Del otro lado, Franco continuó hablando, concentrado en el motivo de su llamada.
– También yo quería darte una buena noticia. El juicio por tu enfrentamiento con Avenir Gallani solo será una formalidad. Basándose en tu declaración después de lo ocurrido, la mitad de la policía de Roma se movilizó. Registraron al milímetro el bosque de Manzania y encontraron en un árbol un proyectil, que después del análisis balístico ha resultado ser igual al que extrajeron del cuerpo de Connor. Esto confirma tu versión de los hechos y significa que yo estoy a punto de dar en dos blancos de un solo tiro.
– ¿Es decir?
– Demostrar tu inocencia y cobrar un cheque con el membrete de la Policía del Estado. Quizá ni siquiera lo ingrese. Lo colgaré en mi estudio, como un exvoto.
Maureen permaneció un momento en silencio.
– ¿Qué pasa? No pareces contenta.
– Sí que lo estoy. Es una noticia magnífica.
Por lo menos, debería serlo. Poco tiempo atrás, en la misma situación, habría cogido el primer avión que la llevara junto a Connor, para abrazarlo y compartir la alegría con él. Ahora, ¿cómo podía sentirse contenta, si el precio de obtener aquello era la muerte de él?
Franco pareció intuir sus pensamientos, porque el tono de su voz se volvió comprensivo y reconfortante como solo él sabía hacerlo.
– Ya, ya. Piensa en todo lo que te espera. No soy tan tonto para pensar que todo podrá ser como antes, ni para tratar de hacértelo creer. Pero si me permites un comentario poco original, confía en el tiempo y en las personas que te quieren. No cambia las cosas, pero ayuda a soportarlas. Si de algo te sirve, aquí estoy.
– Lo sé, Franco, y no sabes cuánto te lo agradezco. Que tengas mucha suerte en el juicio.
Maureen cortó. Sabía cuánta verdad había en las palabras de Franco.
Era joven.
Algunos decían que era guapa.
Alguno que otro decía incluso que era guapa e inteligente.
Pero solo en una ocasión la presencia de una persona había hecho que se sintiera la mujer más guapa, inteligente y deseada del mundo.
Y ahora su ausencia hacía de ella una mujer sola y obligada a esconderse.
El mundo no acepta de buen grado a las personas que sufren abiertamente. Todos quieren engañarse pensando que el mal no existe, y así nadie acepta compartir durante demasiado tiempo la prueba de lo contrario.
Maureen pensó que una taza de café no podría volver el día más amargo de lo que ya era. Solo un poco más cálido. Estrella se habría alegrado de llevárselo, pero prefirió salir de la habitación e ir a preparárselo ella.
La casa era bastante grande, distribuida en una superficie de casi cuatrocientos metros cuadrados, con una clara división entre la zona de día y la de noche; una amplia entrada se extendía hacia el interior de la zona de la cocina. Por su larga estancia en Italia, su madre había adoptado el gusto europeo, por lo que la decoración combinaba objetos de diseño actual y muebles antiguos españoles y franceses que se integraban a la perfección con las cortinas y los tonos tenues de las paredes.
En armonía con la personalidad de Mary Ann Levallier, no había nada dejado al azar.
Mientras avanzaba descalza por el pasillo, hacia la cocina, oyó voces que llegaban de la otra parte de la casa. Una parecía la de su madre. Le resultó extraño, porque en general a esa hora estaba en el trabajo, en un despacho de madera y con muchas ventanas que ocupaba la mitad de una planta en las Trump Towers.
Cuando llegó a la entrada, se encontró con su madre, que estaba en compañía de dos personas.
Una era un sujeto alto y musculoso, con el pelo cortado a cepillo y un cuello que a duras penas cabía en la abertura de la camisa, que llevaba abierta y sin corbata. Llevaba un traje negro; Maureen no pudo verle el color de los ojos porque estaban ocultos tras un par de gafas oscuras.
El otro era un hombre de unos sesenta años, más bajo y mucho más delgado, muy atildado, con una chaqueta cruzada de color oscuro, con un corte impecable. Tenía el pelo salpicado de canas, peinado hacia atrás, y sus ojos eran algo oblicuos, característicos de los asiáticos aunque se notaba la mezcla con otras razas. Su tez brillante recordó a Maureen una estatua del museo de cera de Madame Tussaud.
La voz con que hablaba a su madre era baja y profunda, y hacía un extraño contraste con su físico delgado.
– Señora Levallier, no sé cómo agradecerle que haya aceptado recibirnos en su casa, en lugar de en su despacho. Por motivos personales, creía más conveniente hablarle en un lugar menos… digamos… oficial.
– No hay problema. Hoy mismo empezaré a ocuparme del caso.
Advirtió la presencia de Maureen y dio un paso hacia ella.
– Ah, Maureen, estás aquí. Señor Whong, esta es mi hija, Maureen.
El hombre sonrió. La forma rasgada de los ojos se acentuó aún más y la sonrisa se convirtió en una gélida contracción de los labios, pese a la calidez que trataba de dar a su voz. Lo que pretendía ser un saludo no pasó de ser una fría formalidad.
– Es usted una mujer afortunada, y también su hija.
El hombre que acababan de presentarle como el señor Whong se acercó y le tendió la mano. Mientras se la estrechaba, a Maureen le asombró no sentir bajo los dedos las escamas de una serpiente.
– Buenos días, señorita. Me alegra conocerla en persona. Me llamo Cesar Whong y este es el señor Hocto. Es un hombre de pocas palabras pero, como podrá usted imaginar, no lo tengo a mi servicio por su elocuencia. Su madre ha aceptado recibirme y ayudarme en un asunto que me atañe muy de cerca.
Maureen lanzó una rápida mirada a Mary Ann y vio que se ponía tensa. Volvió a mirar el rostro de Cesar Whong y respondió como se esperaba.