El Tercer Lado De Los Ojos
- Автор: Фалетти Джорджо
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Tercer Lado De Los Ojos». Краткое содержание книги:
Después se oyó el estruendo de un motor que aceleraba violentamente y el chirrido de neumáticos sobre el asfalto, mientras la moto daba una vuelta que provocó la frenada seca y el bocinazo de un par de coches que venían por el otro lado de la calle.
Jordan alzó la cabeza, aturdido por el silencio que se hizo después del ruido de los disparos. Sentía la camisa húmeda y pegajosa en la parte derecha del pecho. Se levantó y se apartó, para que Lysa pudiera respirar.
– ¿Estás bien?
Lysa alzó todo lo que pudo la cabeza del suelo, tratando de alcanzar con la mirada alguna parte de su cuerpo. Jordan siguió la dirección de sus ojos y vio una mancha roja que se ensanchaba en la parte izquierda de su tórax y bajaba como una mano escarlata a acariciarle el pecho.
– Jordan, yo…
En un instante se puso de rodillas a su lado. Trató de encontrar el tono más tranquilizador que pudo.
– Calla, no hables. Todo saldrá bien.
Le abrió la blusa y vio que la bala había dado en la parte inferior del hombro, apenas un poco por encima del corazón. Acercó su cara a la de Lysa. Por la magia oscura del dolor, el color había vuelto a sus ojos, pero la luz se iba perdiendo.
– Lysa, ¿me oyes? No es grave, te pondrás bien. Aguanta. Ya llega una ambulancia.
Lysa no podía hablar, pero afirmó cerrando y abriendo los ojos.
En ese momento Annette salió corriendo del restaurante con una servilleta en la mano. Jordan pensó con gratitud que en aquella confusión era la única que tenía el valor de hacerlo. Cogió la servilleta, la dobló y la oprimió contra la herida de Lysa, que respondió con una mueca de dolor.
– Annette, ven, haz lo que estoy haciendo yo. Hay que detener la hemorragia.
Jordan se puso en pie, sacó del bolsillo el móvil y lo puso en la abertura delantera del delantal verde de la camarera.
– Llama al 911 y cuenta lo que ha pasado. Yo te llamaré en cuanto termine.
Cogió el casco y se lo puso sin abrochárselo mientras corría hacia la Ducati. La arrancó y salió zumbando. Pasó el cruce como un proyectil; tuvo que esquivar un pequeño vehículo verde con el logo de un servicio de catering cuyo conductor se vio obligado a hacer un brusco giro hacia el bordillo.
Jordan se metió en el tráfico, tratando de razonar mientras continuaba acelerando.
Era bastante improbable que la Honda hubiera cogido alguna de las calles laterales en dirección este, ya que eso significaba meterse en una maraña de cruces y semáforos. Y pasarse alguno en rojo o recorrer esas calles a toda velocidad equivalía a tener detrás en poco tiempo un coche de la policía.
Era más probable que los agresores hubieran seguido hacia el sur y cogido la Undécima Avenida, donde había menos tráfico y la velocidad era mucho más permisiva. La ventaja que le llevaban era casi insuperable, pero Jordan confiaba en lo que parecía imposible y que a veces el destino se digna conceder, tanto para bien como para mal.
Se introdujo en la gran arteria que bordeaba el río Hudson y bajó hacia el centro a la altura de la calle Catorce, donde la noche anterior con el arresto de Julius Whong habían puesto fin a una serie de muertes.
La Ducati roja corría a 150 kilómetros por hora, esquivando coches con la agilidad de la muleta de un torero; Jordan la conducía con angustia y con rabia.
La visión de la mancha roja que se agrandaba sobre la blusa de Lysa, quitándole la vida para ofrecerla al asfalto, lo había trastornado. No sabía quiénes iban en la Honda, pero estaba bastante claro que iban a por él y que por culpa de eso habían atacado a una persona que no tenía nada que ver.
A la altura del Pier 40 vio que la calle se estrechaba debido a unas obras, que estaban indicadas con letreros progresivos de advertencia y una fila de conos de plástico amarillo. Se había formado un pequeño atasco y, mientras se acercaba a él, Jordan pudo ver el faro posterior de una moto que se abría paso ágilmente entre los coches.
Probablemente, al encontrarse con aquella interrupción, el conductor de la moto se había mantenido en el lado izquierdo y los coches que confluían en el paso obligado de la derecha lo habían bloqueado, con lo que lo forzaban a conducir a trompicones.
Jordan iba en la misma dirección, su golpe de suerte se desvanecería, porque su avance se vería entorpecido del mismo modo. Ciertas cosas suceden una sola vez en un día; sería demasiado pedir que ese pequeño milagro se repitiera.
En un instante tomó una decisión.
Frenó bruscamente hasta casi detener la Ducati, lo que provocó un aluvión de maldiciones de los automovilistas. Viró con decisión hacia la derecha y de golpe aceleró lo suficiente para que la moto se empinara un poco y se levantara sobre la rueda posterior.
Apoyó la anterior en el bordillo y superó el desnivel; dominó el ligero bandazo que hizo la moto con un desplazamiento del cuerpo.
Volvió a darle gas y la furia del motor se hizo eco de la de Jordan, mientras se lanzaba a toda velocidad por la zona peatonal del paseo fluvial; rogó que el neumático posterior no se hubiera dañado con el golpe contra el desnivel del bordillo.
Gracias a la velocidad a la que circulaba, alcanzó la moto, que ahora volvía a encontrar espacio libre. Hasta ese momento no había estado seguro de que fuera la misma; solo lo deseaba. Pero cuando vio los colores blanco y azul de la Honda, aunque alterados por la luz amarillenta de las farolas, lanzó un grito de alegría, que se perdió en el interior del casco.
– Sí, condenados hijos de puta.
Aceleró todavía más.
Un corredor que venía en sentido contrario se asustó y se apartó de un salto. Sus juramentos se perdieron en el ruido y se descompusieron en sílabas sin sentido.
En ese momento, Jordan no tenía miedo. Quizá lo sentiría después, si llegaba a contarlo, pero ahora la adrenalina le pedía velocidad y que hiciera pagar a aquellos individuos la blusa de Lysa manchada de rojo.
Cuando entró en su campo visual, el piloto de la Honda vio con el rabillo del ojo el relámpago escarlata de la Ducati que corría sobre la acera, a su derecha, y volvió la cabeza hacia Jordan. Inmediatamente comprendió y aceleró al máximo, al tiempo que la moto marcaba con breves sobresaltos el cambio rápido de las marchas.
Ahora las dos motos iban juntas.
Jordan vio que el pasajero levantaba el brazo derecho en dirección a él, y esta vez pudo adivinar la maciza silueta de la pistola. Con perfecto sentido de la anticipación, se ladeó a la izquierda en el preciso instante en que el hombre apretaba el gatillo. Vio el destello pero el sonido del disparo se perdió en el ruido de los motores.
Aprovechando un vado, Jordan bajó de nuevo al asfalto y se puso detrás de la Honda, a la izquierda, de modo que al hombre sentado en el lugar del pasajero, que empuñaba la pistola con la derecha, le costara apuntar.
Aun así, se vio obligado a desplazarse de nuevo, bruscamente, hacia el lado opuesto, porque el hombre cambió la pistola de mano y disparó contra él dos balazos casi a ciegas.
Jordan no podía distinguir qué arma empuñaba su agresor, por lo que no sabía cuántos disparos le quedaban aún en el cargador. Había disparado tres frente al restaurante y ahora otros tres contra él. Si era un arma automática común, debía de tener nueve o diez balas, por lo que todavía le quedaban por lo menos tres, según calculó.
Mientras, las dos motos casi juntas iban bordeando el Financial Center, con los edificios de Merryl Lynch y American Express a la derecha, y a la izquierda las luces de la Zona Cero apuntadas hacia el cielo, iluminando un vacío. Por primera vez los reflectores no servían para mostrar lo que había, sino para recordar lo que ya no existía.
Jordan vio un coche patrulla que venía en dirección opuesta con la sirena encendida, y que giró rápidamente a la altura de Albany para lanzarse a perseguirlos. No se sorprendió. Dos motos disparadas a toda velocidad por la Undécima, con un pasajero que disparaba como un loco contra el otro conductor, era para cualquier ciudadano motivo más que suficiente para llamar a la policía.