Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » El Tercer Lado De Los Ojos
El Tercer Lado De Los Ojos - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El Tercer Lado De Los Ojos

Электронная книга - «El Tercer Lado De Los Ojos». Краткое содержание книги:

Nombre: Jordan Marsalis Nombre: Maureen Martini Estatura: 1,86 Estatura: 1,72 Ojos: Azules Ojos: Negros Pelo: Canoso Pelo: Negro Edad: 37 años Edad: 29 años Dirección: 54 West 16th Dirección: Via della Polveriera 44 Cargo: Ex teniente de Cargo:Comisario de policía policía Ciudad: Nueva York Ciudad: Roma Las vidas de Jordan y Maureen, que no se conocen entre ellos, se ven sacudidas por el azote del crimen. En Roma, la mafia albanesa acaba atrozmente con la vida del amante de Maureen y ella queda sumida en una profunda ceguera. A miles de kilómetros, el extravagante hijo del alcalde de Nueva York y sobrino de Jordan aparece brutalmente asesinado en su estudio de la Gran Manzana. Se trata del primero de una serie de crímenes que van a sucederse vertiginosamente, puntuados por enigmáticos mensajes. ¿Cuál es la misteriosa pieza que enlaza estas muertes? Unidos por las circunstancias, Maureen y Jordan han de enfrentarse juntos a la mente perturbada de un despiadado asesino que se divierte caracterizando de forma extraña los cuerpos de sus víctimas, después de torturarlos. Las cálidas calles romanas contrastan con la elegancia sombría de Nueva York: dos escenarios en los que Giorgio Faletti confirma su capacidad para tejer apasionantes tramas de novela negra.
1 ... 67 68 69 70 71 72 73 74 75 ... 101
Перейти на страницу:

Jordan no se preocupó por el coche que los seguía haciendo sonar una sirena que no podía oír. Continuó conduciendo y esquivando los coches que se cruzaban con él, con los ojos fijos en la moto que lo precedía. Solo veía con nitidez la silueta del vehículo que perseguía; el resto era un caos de estelas de colores estriadas por la velocidad, ahora algo más moderada pero suficiente para convertir en imperdonable la menor distracción.

También el conductor de la Honda debía de haberse dado cuenta de que los seguían, porque al final de la larga arteria enfiló directamente hacia Battery Park y se metió en los estrechos caminos asfaltados del parque. Era un excelente piloto y con toda seguridad confiaba en su capacidad para poner en dificultades a sus seguidores. En los recovecos de la zona arbolada el coche de la policía no podría entrar, y quizá gracias a su habilidad planeaba dejar atrás también a Jordan sin excesivos problemas.

Pasaron a toda la velocidad que permitía la calle junto a la construcción circular de Castle Hilton; allí giraron y Jordan vio que el conductor de la Honda se exhibía dando un bandazo perfectamente controlado, algo muy difícil de hacer teniendo en cuenta que la moto llevaba a dos personas.

Debía encontrar la manera de bloquearlo. Él conducía bien, pero el otro era claramente mejor. Si se caía o si el otro le sacaba suficiente ventaja para salir del parque por el otro lado, lo más probable era que no volviera a alcanzarlo.

Mientras tenía estos pensamientos, la Honda dobló a la derecha rumbo a la zona de los embarques para Ellis Island. Pasó velozmente, esquivándolos con agilidad, junto a los pequeños puestos de vendedores de souvenirs, que a esa hora estaban cerrados.

Jordan lo vio apuntar la moto en dirección al agua y acelerar con violencia. Supo de inmediato lo que se proponía hacer. El parque estaba separado del mar por un camino peatonal que llevaba a la terminal del transbordador para Staten Island, en un nivel más bajo, a la que se accedía bajando unos escalones.

El piloto de la Honda se proponía saltarlos.

Era una maniobra muy difícil, porque debía realizarse en diagonal, dado que el ancho del malecón no permitía detener la moto a tiempo para evitar el parapeto del otro lado. Si lo lograba, Jordan ya no lo alcanzaría, porque se sentía totalmente incapaz de hacer lo mismo.

Vio que la Honda se levantaba sobre la rueda posterior mientras el piloto la empinaba para evitar que el peso del motor la inclinara hacia delante durante el salto.

Un instante después, con un bramido, la moto estaba suspendida en el vacío.

Fue el pasajero, el que empuñaba la pistola, quien comprometió la maniobra. Quizá por miedo o quizá por inexperiencia, no se movió al mismo tiempo que el conductor y su peso desequilibró la moto en el momento de aterrizar. Un breve coletazo y la Honda rebotó y cayó sobre el lado opuesto. El pasajero salió despedido del asiento y tras un corto vuelo cayó de espalda sobre el borde superior del muelle, que era una gruesa barra de metal. Jordan vio que el cuerpo se doblaba en un ángulo antinatural; luego el peso del torso le levantó las piernas y lo hizo saltar hacia el mar con una perfecta vuelta de campana. El piloto, en cambio, quedó aprisionado bajo el carenado y fue arrastrado por el vehículo, que resbalaba sobre el pavimento, hasta que se detuvo, aplastado por el peso de la Honda, contra la base de cemento del parapeto.

Jordan había frenado a tiempo y, usando el freno posterior en lugar del de doble disco de delante, consiguió detener la moto a pocos centímetros de los escalones donde los individuos de la Honda habían intentado su desafortunada maniobra. Aparcó la moto y bajó los escalones corriendo hacia el lugar del impacto.

Cuando a la luz incierta de las farolas pudo ver al hombre tendido bajo la Honda abollada, supo, por la posición de la cabeza con respecto al cuerpo, que no volvería a disparar a nadie. Ni siquiera le hizo falta comprobar las pulsaciones en el cuello para saber que estaba muerto.

Se quitó el casco, lo dejó en el suelo y sé inclinó sobre el hombre.

En ese momento oyó un ruido de pasos que corrían a sus espaldas, y desde atrás le enfocó la luz de una linterna, seguida de una voz que conocía.

– Eh, tú, levántate con las manos en la cabeza, ¡pronto! Luego vuélvete despacio y échate en el suelo.

Jordan imaginó la escena. Uno de los dos agentes lo enfocaba con el haz de luz y el otro se quedaba al lado apuntándolo, listo para disparar a la menor reacción.

Obedeció las órdenes y se enderezó con las manos en la nuca. Era la primera vez que sufría lo que él tantas veces había impuesto a otros.

– No estoy armado.

La voz desconocida repitió, imperiosa como le habían enseñado en la academia de policía:

– Haz lo que te he dicho, cabrón. Recuerda que te estamos apuntando. Un solo movimiento y disparo.

Jordan se volvió y dejó que el cono luminoso lo enfocara. Se dirigió a la voz oculta en la oscuridad, detrás del haz de luz.

– Si tenía que suceder, me alegra que seas tú el que me arresta, Rodríguez.

La luz permaneció aún un instante sobre la cara de Jordan; después el haz bajó y enfocó la moto destrozada contra el parapeto y lo que se entreveía del cuerpo que había debajo. Volvió a oírse la voz, pero esta vez la eficiencia había dado paso al asombro.

– Joder. Es el teniente Marsalis.

«Ya no soy teniente, Rodríguez.»

Esta vez Jordan no consideró oportuna la aclaración.

– ¿Puedo bajar las manos?

Los dos policías guardaron las armas. Jordan vio cómo se acercaban soldados azules a la luz ámbar de las farolas.

– Pues claro. Pero ¿qué ha ocurrido? Nos avisaron que siguiéramos dos motos que estaban haciendo una especie de carrera en la…

Jordan lo interrumpió aun a costa de parecer grosero.

– Rodríguez, por favor, préstame tu móvil y dame solo un segundo. Hago una llamada y después te cuento todo lo que ha sucedido.

Se acercaron, y el policía le tendió su teléfono. Jordan marcó el número como si las teclas quemaran. El móvil que había dejado en el bolsillo de Annette comenzó a sonar, y ella respondió enseguida.

– Diga.

– Soy Jordan. ¿Dónde estáis?

– En el hospital Saint Vincent, en la Séptima Avenida, a la altura de la Doce.

– Sí, sé dónde es. ¿Cómo está ella?

– La ambulancia llegó enseguida. Todavía está en el quirófano.

– ¿Qué dicen los médicos?

– Por ahora nada.

Jordan se alegró por la penumbra, gracias a ella los dos policías no vieron sus ojos húmedos.

– Yo estoy en un apuro. Llegaré en cuanto pueda.

– Quédate tranquilo. Aunque estuvieras aquí no podrías hacer mucho más de lo que estoy haciendo yo.

– Si hay novedades, llama al número que te ha aparecido en el visor.

– De acuerdo.

– Gracias, Annette. Ya encontraré un modo de agradecértelo.

– Soy yo la que te está agradecida, Jordan. Aunque lamento demostrártelo en esta situación.

Jordan cortó la comunicación y devolvió el teléfono a Rodríguez. Durante la llamada, sin darse cuenta, perdido en su angustia, se había alejado unas decenas de metros del lugar del accidente.

El otro policía, que Rodríguez le presentó como el agente Bozman, estaba en cuclillas junto a la moto e iluminaba dos ojos sin vida en un rostro de piel oscura que asomaba por la abertura del casco.

– Este se ha ido -dijo mientras se incorporaba.

– Os conviene llamar a los de la policía fluvial y pedirles que vengan con buzos. Había otro; salió despedido del asiento y cayó al mar. Por el golpe que se ha dado contra la baranda, no creo que le haya ido mejor.

Rodríguez se fue a pedir ayuda y Bozman se asomó al parapeto para iluminar con la linterna las oscuras aguas que se agitaban entre los pilotes del muelle.

Jordan volvió a agacharse junto al cuerpo del hombre tendido bajo la moto. Por costumbre, aprovechando que nadie se ocupaba de él, lo registró rápidamente, como suele hacer un policía en un caso así. En los bolsillos no había nada. Abrió la cremallera de la chaqueta de piel y en el bolsillo interior encontró un sobre blanco, sin dirección ni ninguna otra cosa escrita.

1 ... 67 68 69 70 71 72 73 74 75 ... 101
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)