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La torre de la golondrina

Электронная книга - «La torre de la golondrina». Краткое содержание книги:

Tras una larga espera por fin ha llegado esta Torre de la golondrina de Sapkowski, perteneciente a la mal llamada saga de Geralt de Rivia, ya que el protagonismo del brujo se va diluyendo conforme avanza la saga para dejar paso a la verdadera protagonista de la serie, la joven Ciri de Cintra, pieza central de todo lo que pasa en el mundo que la rodea. Esto se hace aun más evidente en esta entrega en la que Geralt aparece solo un par de capítulos en los que continua su marcha en busca de Ciri en compañía de Jaskier y el grupo que se reunión en la anterior entrega de la serie.
La acción comienza con Ciri llegando a una cabaña de un ermitaño al que va contando su historia, y así en un enorme flashback nos pone al día de sus andanzas. A lo largo de los recuerdos de Ciri tendremos momentos llenos de acción, de crueldad, Ciri lo pasa mal, muy mal, de ternura, de humor. Todo esto esta narrado, no solo por Ciri, sino por los numerosos personajes que van apareciendo en sus andanzas, conformando un complejo puzle, que a veces es difícil de seguir, pero que consigue recrear un fresco de las aventuras de la joven en el que una vez que todo encaja asistimos a un final tan climático y abierto que nos dejará ansiosos por comenzar a leer La dama del lago, última entrega de la serie, donde suponemos que asistiremos a un final a la altura de las novelas, en realidad una sola, que conforman la serie.
Como en todas las entregas anteriores destaca la habilidad de Sapkowski para dotar de voces personales a todos y cada uno de los personajes que aparecen, tanto a los viejos amigos como a los nuevos que se incorporan en esta entrega, como el ermitaño o algunos de los bandidos,merito compartido con la excelente traducción, entrelazar una estructura narrativa alambicada en la que las distintas lineas de acción van concordando con la precisión de un reloj, aunque en esta ocasión flojean un tanto las historias de Geralt y Yennefer, mas que nada por lo poco que aportan al destino final de la serie, en comparación con la importancia del personaje de Ciri, lo que lastra el resultado final de esta entrega, que aun así es sin duda uno de los títulos imprescindibles de la fantasía.
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El conde infante Troiden era formalmente vasallo de Redania, pero un vasallo atípico, que no conllevaba carga alguna ni obligaciones feudales. Ni siquiera tenía que ofrecer el juramento ceremonial de vasallaje, se exigía de él solamente lo que se denominaba promesa de no perjudicar. Unos decían que, simplemente, Radowid se había apiadado de él, sabiendo que la «joya de la corona» kovirana no daba ni para tributos ni para vasallaje. Otros por su parte afirmaban que Radowid simplemente no quería tener ante sus ojos al conde infante, se mareaba sólo de pensar que el hermanillo se podía aparecer personalmente en Tretogor con dinero o ayuda militar. Cómo había sido en verdad, no lo sabía nadie, pero sea como fuere, así se quedó. Muchos años después de la muerte de Radowid I, en Redania seguían rigiendo las leyes promulgadas en tiempos del viejo rey. En primer lugar: el condado de Kovir es vasallo, pero no tiene ni que pagar, ni que servir. En segundo: el infantado de Kovir es un bien de manos muertas y la sucesión está exclusivamente en manos de la casa de los troidenos. En tercer lugar: Tretogor no se mezcla en los asuntos de la casa de los troidenos. En cuarto: a los miembros de la casa de los troidenos no se les invita a Tretogor para las celebraciones de las fiestas nacionales. En quinto: ni en ninguna otra ocasión.

En suma, pocos sabían algo de lo que pasaba en el norte y menos aún se interesaban por ello. A Redania llegaban -principalmente por intermedio de Kaedwen- noticias de los conflictos del conde de Kovir con los señores menores del norte. De alianzas y guerras con Hengfors, Malleore, Creyden, Talgar y otros países de nombres difíciles de recordar. Alguien había vencido a alguien y lo había absorbido, alguien se había unido a alguien con un lazo dinástico, alguien había derrotado a alguien y le exigía tributo. En resumen, nadie sabía quién, a quién ni por qué.

Sin embargo, las noticias de guerras y luchas atraían al norte a una marabunta de matones, aventureros, buscadores de sensaciones y otros espíritus inquietos en busca de botín y posibilidades de enriquecerse. Venían aquéllos de todos los rincones del mundo, incluso de países tan lejanos como Cintra o Rivia. Pero sobre todo, habitantes de Redania y Kaedwen. En especial desde Kaedwen habían salido para Kovir verdaderos pelotones de caballería. El rumor decía incluso que a la cabeza de uno iba la famosa Aideen, la revoltosa hija natural del monarca de Kaedwen. En Redania hasta se decía que en el palacio de Ard Carraigh se jugaba con la idea de anexionarse el condado del norte y arrebatárselo a la corona redana. Incluso se suponía que alguien allá había comenzado a gritar que era necesaria una intervención armada.

Sin embargo, Tretogor anunció ostentosamente que no le interesaba el norte. Como reconocieron los juristas reales, la ley que regía era la de la reciprocidad, el principado kovirano no tenía obligación alguna para con la corona, así que la corona no le ofrecía ayuda a Kovir. Y cuanto más que Kovir no había pedido ayuda alguna.

Entretanto Kovir y Poviss habían salido de las guerras del norte más fuertes y poderosos. Pocos eran los que entonces lo sabían. La señal más clara de la creciente potencia del norte era su cada vez mayor actividad exportadora. Durante decenas de años se había dicho que la única riqueza de Kovir era la arena y el agua marina. Se volvió a recordar la broma cuando la producción de las fábricas y salinas de Kovir prácticamente monopolizó el mercado mundial del vidrio y la sal.

Pero aunque cientos de personas bebían en vasos con la señal de las fábricas de Kovir y aliñaban la sopa con sal de Poviss, aún seguía siendo en la consciencia de la gente un país increíblemente lejano, inaccesible, duro y hostil. Y sobre todo, ajeno.

En Redania y Kaedwen, en vez de «mandar al diablo» a alguien se decía «echarlo a Poviss». Si no os gusta mi casa, decía el maestro a los aprendices recalcitrantes, camino libre a Kovir. No vamos a tener aquí orden kovirano, les gritaba el profesor a los estudiantes que discutían como locos. A hacerte el listo a Kovir, le decía el campesino a su hijo que criticaba el arado antiquísimo y el sistema de barbecho.

¡A quien no le guste el orden ancestral, camino libre a Kovir!

Los receptores de estos mensajes poco a poco comenzaron a reflexionar y al poco se dieron cuenta de que, efectivamente, el camino a Kovir y a Poviss carecía de obstáculos. Una segunda ola de emigrantes se dirigió hacia el norte. Y como la anterior, aquella ola se componía de gente rara e insatisfecha, que eran diferentes y querían otras cosas. Pero esta vez no se trataba de aventureros enfrentados a la vida y que no cabían en ningún sitio. Por lo menos, no sólo.

Hacia el norte se dirigieron científicos que creían en sus teorías aunque se les gritara que aquellas teorías eran irreales y locas. Técnicos y constructores convencidos de que, contra toda opinión general, se podían construir las máquinas y herramientas concebidas por los científicos. Hechiceros para quienes el uso la magia para crear diques no significaba un desprecio blasfemo. Mercaderes para los que la perspectiva del incremento del beneficio era capaz de sobrepasar las fronteras rígidas, estáticas y cortas de vista del riesgo. Campesinos y ganaderos convencidos de que incluso de los peores suelos se podía hacer un campo fructífero, de que siempre se podía criar un tipo de animal que medrara en aquel clima.

Hacia el norte se fueron también mineros y geólogos para los que la severidad de las montañas salvajes y las rocas de Kovir significaba una señal inequívoca de que si en la superficie había tanta pobreza, en el interior tenía que haber mucha riqueza. Pues la naturaleza ama el equilibrio.

En el interior había mucha riqueza.

Pasó un cuarto de siglo y Kovir extraía tantas riquezas mineras como Redania, Aedirn y Kaedwen juntos. En la extracción y la transformación del mineral de hierro, Kovir tan sólo cedía ante Mahakam, pero hasta Mahakam llegaban transportes koviranos de metal que servían para realizar las aleaciones. A Kovir y Poviss les tocaba un cuarto de la extracción mundial de mena de plata, níquel, plomo, estaño y cinc, la mitad de las extracciones de cobre y cobre nativo, tres cuartos de las extracciones de mena de manganeso, cromo, titanio y volframio, y otro tanto de metales que sólo aparecían en forma nativa: platino, ferroaurum, criobelito y dwimerita.

Y más del ochenta por ciento de las extracciones mundiales de oro.

El oro a cambio del que Kovir y Poviss compraban todo lo que no crecía y no se criaba en el norte. Y lo que Kovir y Poviss no producían. No porque no pudieran ni supieran. No merecía la pena. El artesano de Kovir o Poviss, hijo o nieto de emigrante que llegara aquí con el saco al hombro, ganaba ahora cuatro veces más que su confráter de Redania o Temería.

Kovir comerciaba y quería comerciar con todo el mundo, a una escala cada vez mayor. No pudo.

Radowid III fue coronado rey de Redania. Con su bisabuelo Radowid el Grande le ligaba el nombre y también la avaricia y la codicia. Aquel rey, por sus lameculos y hagiógrafos llamado el Atrevido, y por todos los demás el Pelirrojo, se dio cuenta de lo que antes nadie había querido darse cuenta. ¿Por qué del gigantesco comercio que Kovir llevaba a cabo Redania no se llevaba ni un real? Pues si Kovir no es más que un insignificante condado, un feudo, pequeña joyita en la corona redana. ¡Era hora de que el vasallo kovirano comenzara a servir a su soberano!

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