El aprendiz de guerrero [The Warrior's Apprentice - es]
- Автор: Буджолд Лоис Макмастер
- Серия: Barrayar (es) #5
- Год: 1991
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-1783-6
- Переводчик: Paola Tizzano
- Жанр: Космическая фантастика
Электронная книга - «El aprendiz de guerrero [The Warrior's Apprentice - es]». Краткое содержание книги:
— Lo siento — dijo Elena entonces —. Pero sólo pensar que me haya estado manoseando en su retorcida imaginación todos estos años me descompone.
— Él no fue nunca una persona fácil… — empezó a decir Miles tontamentey se interrumpió. Se paseó, frustrado. Dos pasos, media vuelta, dos pasos. Entonces, tragó una bocanada de aire y se arrodilló de golpe frente a la mujer —. Señora, Konstantine Bothari me envía para pedir su perdón por los males que le hizo. Resérvese su venganza, si lo desea, está en su derecho, pero dése por satisfecha — le imploró —. Déme al menos una ofrenda mortuoria para incinerar por él, una prenda. En esto, le ayudo a él como mediador por mi derecho como su señor, como su amigo y porque fue para mí la mano de un padre, protegiéndome toda mi vida como a un hijo.
Elena Visconti se respaldó contra la pared como si estuviese arrinconada. Miles, todavía hincado sobre una rodilla, retrocedió un paso y se encogió sobre sí mismo, como si quisera aplatar toda huella de orgullo y coacción contra la cubierta.
— Maldita sea si no estoy empezando a creer que usted es tan raro como… Usted no es betano — murmuró ella —. Oh, levántese. ¿Se imagina si alguien viniera por aquí?
— No, hasta que me dé una ofrenda mortuoria — respondió Miles con firmeza.
— ¿Qué quiere de mí? ¿Qué es una ofrenda mortuoria?
— Algo de uno, algo que uno incinera para la paz del alma del muerto. A veces, uno lo quema por amigos o familiares y, a veces, por las almas de los enemigos muertos, para que no vuelvan a acosarte. Un mechón de cabello serviría. — Se pasó la mano por un pequeño claro en su propia coronilla —. Esto representa a veintidós pelianos muertos el mes pasado.
— ¿Es alguna superstición local?
Encogió los hombros con un gesto desvalido.
— Superstición, costumbre… Siempre me había considerado un agnóstico, es sólo que últimamente he… sentido la necesidad de que los hombres tengan almas. Por favor, no la molestaré nunca más.
Ella resopló con exasperación.
— Está bien, está bien; déme ese cuchillo que lleva en el cinturón, entonces. Pero levántese.
Se levantó y le entregó la daga de su abuelo. La mujer se cortó un pequeño mechón.
— ¿Es suficiente?
— Sí, está bien. — Lo cortó en su palma, frío y sedoso como agua, y lo apretó entre los dedos —. Gracias.
Elena sacudió la cabeza.
— Loco… — El anhelo asomó en su rostro —. ¿Eso apacigua los espectros?
— Eso dicen — respondió amablemente Miles —. Haré una ofrenda apropiada, le doy mi palabra. — Inhaló profundamente —. Y, como le ha dado mi palabra, no la molestaré más. Excúseme, señora. Ambos tenemos nuestros deberes.
— Señor.
Atravesaron el tubo flexible hacia el Triumph y cada uno siguió su camino. Pero la mujer de Escobar miró atrás, por encima del hombro.
— Estás equivocado, hombrecito — dijo lentamente —, creo que vas a molestarme por mucho tiempo todavía.
A continuación buscó a Arde Mayhew.
— Me temo que nunca pude hacerte el bien que me propuse — se disculpó Miles —. Me las he arreglado para encontrar a un capitán feliciano que va a comprar la RG 132 como carguero de cabotaje. Ofrece diez centavos por dólar, pero es dinero en efectivo. He pensado que podríamos liquidarla.
— Al menos es un retiro honorable — suspiró Mayhew —. Mejor que dejar que Calhoun la rompa en pedazos.
— Salgo mañana para casa, vía Colonia Beta. Podría dejarte allí, si quieres.
Mayhew se encogió de hombros.
— No hay nada para mí en Colonia Beta. — Miró a Miles con más agudeza —. ¿Y qué hay con todo ese asunto del juramento? Creí que estaba trabajando para ti.
— Yo… no creo realmente que te adaptes en Barrayar — dijo prudentemente Miles. El oficial piloto no debía seguirle a casa. Betano o no, el pantano mortal de la política barrayarana podría tragárselo sin una sola burbuja, en el remolino del hundimiento de su señor —. Pero, desde luego, tendrías uun sitio con los Mercenarios Dendarii. ¿Qué rango te gustaría?
— No soy soldado.
— Podrías volver a entrenarte. Algo en la parte técnica. Y seguramente necesitarán pilotos para viajes por debajo de la velocidad de la luz y para las lanzaderas.
Mayhew frunció el ceño.
— No sé… Conducir una lanzadera y todo eso fue siempre el trabajo menor, algo que uno hacía para llegar a saltar. No creo que quiera estar tan cerca de las naves; sería como estar hambriento, parado fuera de la panadería sin dinero para entrar a comprar. — Parecía bastante deprimido.
— Hay otra posibilidad.
Mayhew alzó las cejas en atenta interrogación.
— Los Mercenarios Dendarii saldrán a buscar trabajo por los límites del sistema. Las RG 132 nunca fueron contabilizadas en su totalidad; es posible que aún haya una o dos oxidadas opr ahí; en alguna parte. El capitán feliciano estaría dispuesto a alquilar la RG 132, aunque fuera por muy poco dinero. Si pudieras encontrar y salvar un para de varas Necklin…
La espalda de Mayhew emergió de un hundimiento que parecía definitivo.
— Yo no tengo tiempo de ir a buscar repuestos por toda la galaxia — continuó diciendo Miles —. Pero si aceptas ser mi agente, autorizaré a Baz a suministrar fondos para comprarlas, si encuentras alguna, y para que las envíe aquí en una nave. Como una pesquisa, digamos. Igual que Vorthalia el Audaz a la búsqueda del cetro perdido del emperador Xian Vorbarra. — Por supuesto, en la leyenda, Vorthalia jamás encontró el cetro…
— ¿De veras? — El rostro de Mayhew resplandeció de esperanza —. Es una apuesta arriesgada, pero supongo que remotamente posible…
— ¡Eso es espíritu! Impulso hacia delante.
Mayhew resopló.
— Tu impulso hacia delante algún día va a llevar a todos tus seguidores a un precipicio. — Se detuvo y comenzó a sonreir —. Cuando estén cayendo, los vas a convencer a todos de que pueden volar. — Se puso los pulgares en las axilas y meneó ligeramente los codos —. Guíeme, mi señor, estoy aleteando tan fuerte como puedo.
La dársena, con todas sus luces secundarias apagadas, producía la ilusión de una noche en el inalterable tiempo del espacio. Las únicas luces que seguían encendidas arrojaban una iluminación opaca, como trémulos charcos de mercurio, que permitía sólo una visión sin color. Los ruidos de la carga, leves golpeteos y rechinamientos se amoldaban al silencio, y las voces se amortiguaban a sí mismas.
El piloto correo feliciano sonrió cuando el ataúd de Bothari pasó a sus espaldas y se perdió en el tubo flexible.
— Cuando se ha reducido e equipaje hasta prácticamente una sola muda interior, parece excesivamente llamativo cargar eso.
— Todo desfile necesita un estandarte — observó Miles con aire ausente, indiferente a la opinión del piloto.
El piloto, como la nave, era meramente un préstamo cortés del general Halify. El general se había mostrado reticente a autorizar el gasto, pero Miles había sugerido que si su partida perentoria a Colonia Beta no le llevaba a tiempo para asistir a una misteriosa cita, los Mercenarios Dendarii podrían verse forzados a buscar su próximo contrato con el mejor postor que apareciera allí en el espacio local de Tau Verde. Halify lo había meditado sólo muy brevemente antes de apresurarse a acelerar la partida.
Miles estaba ansioso por irse antes de que empezaran las actividades que denotaban el inicio de un nuevo ciclo diurno. Ivan Vorpatril apareció portando cuidadosamente una maleta cuyo volumen, nuy seguramente, no se había malgastado en ropas. Las rayas en la explanada de la dársena, puestas para ayudar en las complejas maniobras de carga y descarga, formaban pálidas paralelas. Ivan pestañeó y caminó en línea hacia ellas con dignificada precisión, sólo ligeramente estropeada por una inclinación que lo antecedía como un equinoccio. Se puso al pairo junto a Miles.