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Электронная книга - «La Casa De Riverton». Краткое содержание книги:

Un suicidio inesperado marcará para siempre a los habitantes de Riverton Manor
En el verano de 1924 todo es felicidad en la mansión de Riverton Manor… hasta la noche de la fiesta. Toda la alta sociedad se está divirtiendo entre el glamour y la elegancia del paraje. Pero en medio de la noche se escucha un disparo. El joven poeta Robbie Hunter se ha quitado la vida a orillas del lago de la mansión. Las hermanas Hartford, Hannah y Emmeline, serán las únicas testigos y se convertirán además en las protagonistas de toda la prensa del momento.
Unas cuantas décadas después, en 1999, Grace Bradley, la que fuera en su día doncella en Riverton Manor, recibe la visita de una joven directora de cine que está preparando una película sobre el suicidio del poeta. Tras años de silencio y olvido, los fantasmas del pasado empiezan a aflorar; y un terrible secreto intenta abrirse paso, un secreto que Grace no ha podido borrar jamás de su memoria. Los recuerdos siguen vivos en esta novela llena de amor, celos, odios y rivalidades, recuerdos que se gestaron en un verano de los decadentes años veinte.
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Para cuando los bomberos llegaron, era demasiado tarde. Sólo pudieron sacudir la cabeza y lamentar el hecho, poco frecuente, de que una fábrica se incendiara en pleno invierno. En verano el sol calentaba el metal y bastaba con que alguna máquina se recalentara para que el entramado de madera se inflamara y el fuego se propagara por todo el edificio. Un infierno en invierno era algo prácticamente inimaginable. Dicho lo cual, llamaron a la policía.

En el pueblo cercano circulaban rumores sobre el señor Frederick y las dificultades que tenía para pagar a sus empleados. Su capataz, Jack Bridges, había esperado su último cheque durante un mes y -como le dijo a la señora Bridges, que a su vez se lo contó a las damas de su congregación religiosa, una de las cuales era la prima de la señora Townsend- si lord Ashbury no hubiera sido tan buena persona, él habría renunciado a su puesto y habría vuelto a trabajar en la fábrica de acero del pueblo vecino, donde el sindicato era fuerte y a los trabajadores se les pagaba un salario más alto que el estipulado por convenio.

Por supuesto, cuando estos detalles llegaron a Riverton ya había transcurrido más de una semana de la catástrofe. El incendio ocurrió el domingo, y los invitados al baile se quedaron hasta el lunes. La casa estaba llena de huéspedes que habían hecho un largo viaje en pleno invierno y estaban decididos a pasar unos días agradables. En consecuencia, nosotros seguimos adelante con nuestras tareas: limpiamos las habitaciones, servimos el té y las comidas.

No obstante, el señor Frederick no se sentía obligado a seguir actuando como si nada sucediera y, mientras sus huéspedes se entretenían en su casa, comían su comida, leían sus libros y criticaban su fábrica, él permaneció recluido en su estudio. Sólo cuando los últimos invitados se marcharon, salió y comenzó a vagar por la casa en silencio, como un fantasma, con el rostro tenso, atormentado por las cuentas impagadas y las perspectivas futuras. Una actitud que se volvió costumbre y lo acompañó hasta sus últimos días.

Los abogados comenzaron a hacer visitas regulares y se le pidió a la señorita Starling que se trasladara desde el pueblo para buscar en los archivos los documentos legales. Se rumoreó acerca de facturas de seguro impagadas, pero el señor Hamilton desestimó esos chismes y nos aconsejó que no diéramos crédito a las habladurías. Se trataba de algún malentendido, dado que el señor Frederick no era una persona que manejara irresponsablemente sus negocios. Al decir esto, la mirada del señor Hamilton se desviaba a la señorita Starling, de quien esperaba una confirmación que nunca llegaba. La diligente mujer pasaba los días en el estudio del señor Frederick, del que salía unas horas más tarde, con aspecto sombrío y semblante pálido, para almorzar con nosotros en el comedor de los sirvientes. Estábamos tan sorprendidos como molestos por su reserva. Jamás dijo una palabra de lo que ocurría en el estudio, a puerta cerrada.

Debíamos evitar que lady Violet, en su lecho de enferma, se enterara de las novedades. El doctor declaró que ya no podía hacer más por ella y que si valorábamos nuestra vida debíamos mantenernos alejados. Porque no le había atacado un simple resfriado sino una gripe particularmente virulenta, que según se decía había llegado desde España. Dios demostraba cruelmente su poder, reflexionó el médico: millones de buenas personas que habían sobrevivido durante los años de contienda morían en los albores de la paz.

Ante el desesperante estado de su amiga, la macabra afición de lady Clementine por la tragedia y la muerte se atemperó un poco, así como su miedo. Ignoró las advertencias del médico y se acomodó en un sillón junto a lady Violet, desde donde le comentaba despreocupadamente lo que sucedía más allá de las paredes de esa caldeada y oscura habitación. Le habló del éxito del baile, del horrible vestido que lució lady Pamela Wroth, y le susurró que tenía suficientes motivos para creer que Hannah no tardaría en comprometerse con el señor Theodore Luxton, heredero de la cuantiosa fortuna de su familia.

Tal vez lady Clementine sabía más de lo que decía, o quizá sólo quería infundir esperanzas a su amiga cuando más las necesitaba. En cualquier caso, tenía el don de adivinar: el compromiso fue anunciado a la mañana siguiente. Cuando la gripe la venció, lady Violet pudo abandonarse felizmente en brazos de la muerte.

Pero no todos recibieron la noticia con la misma satisfacción. Desde el momento en que se anunció el compromiso y los preparativos para el baile se transformaron en planes de boda, Emmeline comenzó a deambular por la casa con paso decidido y cara de pocos amigos. Era evidente que estaba celosa. ¿De quién? Para mí no estaba claro.

Una noche de febrero, mientras le cepillaba el cabello a Hannah, Emmeline se quedó de pie junto ella. Iba tomando, uno tras otro, los objetos que estaban sobre el tocador. En un momento, eligió un pequeño gorrión de porcelana, al que puso nuevamente en su lugar con excesiva brusquedad.

– Ten cuidado -señaló Hannah-, se va a romper.

Emmeline ignoró la advertencia. Tomó un broche de perlas y se lo prendió en el cabello.

– Prometiste que no te irías -espetó, dando a conocer tanto sus sentimientos como los míos.

Hannah se puso tensa. La tormenta por fin había estallado.

– Dije que no buscaría empleo y cumplí. Nunca dije que no me casaría.

Emmeline tomó un frasco de talco, se espolvoreó la muñeca y lo dejó en su lugar.

– Sí, lo dijiste.

– ¿Cuándo?

– Continuamente -afirmó Emmeline oliendo su muñeca-. Decías continuamente que jamás te casarías.

– Eso era antes.

– ¿Antes de qué?

Hannah no respondió.

Emmeline descubrió el relicario de Hannah sobre el tocador. Acarició con sus dedos la superficie tallada.

– ¿Cómo puedes casarte con ese hombre?

– Pensé que te agradaba. A decir verdad, no parecías molesta cuando bailabas con él.

Emmeline se encogió de hombros.

– Entonces, ¿qué tiene de malo?

– Su padre, por ejemplo.

– No voy a casarme con su padre. Teddy es diferente. Quiere cambiar las cosas. Incluso cree que las mujeres deben tener derecho al voto.

– Pero tú no lo amas.

Hannah apenas dudó.

– Por supuesto que sí.

– ¿Como Romeo y Julieta?

– No, pero…

– Entonces no deberías casarte con él -declaró y tomó el collar del que pendía el relicario.

– Nadie ama como Romeo y Julieta -alegó mesuradamente Hannah. Sus ojos estaban pendientes de la mano de Emmeline-. Son personajes de ficción.

– Yo sí.

– Es una pena. Mira lo que les sucedió a ellos.

– David no estaría de acuerdo -soltó Emmeline, comenzando a abrir el relicario.

Hannah se irguió y alargó la mano tratando de recuperarlo.

– Dámelo -pidió en voz baja.

– No. -De pronto los ojos de Emmeline se enrojecieron y se llenaron de lágrimas-. Él pensaría que estás escapando, que me abandonas.

Hannah trató de arrebatarle el relicario pero Emmeline fue más rápida y lo apartó.

– Dámelo -repitió Hannah.

– ¡Él también era mío!

Emmeline arrojó el relicario sobre el tocador con toda su fuerza. Al chocar contra la superficie de madera, se abrió. Las tres quedamos paralizadas cuando de su interior emergió el minúsculo libro encuadernado a mano con la cubierta descolorida, que aterrizó junto al talco, dejando a la vista el título: Batalla contra los jacobitas.

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