La Casa De Riverton
- Автор: Morton Kate
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Casa De Riverton». Краткое содержание книги:
En el verano de 1924 todo es felicidad en la mansión de Riverton Manor… hasta la noche de la fiesta. Toda la alta sociedad se está divirtiendo entre el glamour y la elegancia del paraje. Pero en medio de la noche se escucha un disparo. El joven poeta Robbie Hunter se ha quitado la vida a orillas del lago de la mansión. Las hermanas Hartford, Hannah y Emmeline, serán las únicas testigos y se convertirán además en las protagonistas de toda la prensa del momento.
Unas cuantas décadas después, en 1999, Grace Bradley, la que fuera en su día doncella en Riverton Manor, recibe la visita de una joven directora de cine que está preparando una película sobre el suicidio del poeta. Tras años de silencio y olvido, los fantasmas del pasado empiezan a aflorar; y un terrible secreto intenta abrirse paso, un secreto que Grace no ha podido borrar jamás de su memoria. Los recuerdos siguen vivos en esta novela llena de amor, celos, odios y rivalidades, recuerdos que se gestaron en un verano de los decadentes años veinte.
– Pero ¿qué podemos hacer? -Lady Clementine estaba llegando al final de su sermón-. Es demasiado tarde para encargar otras.
Hannah logró dejar de lado sus preocupaciones para prestar atención a las palabras de la anciana.
– Supongo que tendremos que contentarnos con lo que tenemos -adujo, simulando que era capaz de afrontar la situación con entereza.
– ¿Pero podrás tolerarlo?
Hannah fingió resignación.
– Si es preciso, lo haré -afirmó. Durante unos segundos esperó una nueva pregunta. Luego, añadió alegremente-: Bien, si eso es todo…
– Ven conmigo arriba -la interrumpió lady Clementine-, te mostraré qué espantosas quedan en el salón de baile. No vas a creerlo.
Mientras lady Clementine seguía desmereciendo los arreglos florales, el desánimo comenzó a abrumar a Hannah. Sus ojos se pusieron vidriosos ante la mera insinuación de que la discusión sobre el tema se prolongaría.
Teddy se aclaró la garganta, plegó el periódico y lo dejó en la mesa que estaba junto a su sillón.
– Es un hermoso día de invierno -afirmó, sin dirigirse a nadie en particular-. Me gustaría salir a cabalgar para conocer mejor la finca.
Teddy era uno de los pocos invitados a los cuales el señor Frederick había permitido el acceso a sus establos.
Lady Clementine se interrumpió en mitad de una frase. La perspectiva de un objetivo superior pareció brillar en sus ojos.
– Un paseo a caballo -repitió serenamente-, qué maravillosa idea, señor Luxton. ¿Verdad, Hannah?
Hannah miró sorprendida a Teddy, que le dirigió una sonrisa cómplice.
– Estaría muy honrado si me acompañara -declaró él.
Antes de que ella pudiera responderle, lady Clementine se adelantó.
– Por supuesto, faltaría más. Nos complacerá acompañarlo, señor Luxton, si no le molesta, por supuesto.
Teddy no se inmutó.
– Me consideraré afortunado de tener… dos… guías tan encantadoras.
– Tú, jovencita, pídele a la señora Townsend que nos prepare un refrigerio -me ordenó. Su gesto denotaba ansiedad. Luego volvió a dirigirse a Teddy-. También a mí me encanta cabalgar -indicó con una leve sonrisa.
Dudley nos contó después que parecían una extraña procesión mientras se acercaban al establo, más extraña todavía cuando todos estuvieron montados a caballo. Al verlos desaparecer hacia el oeste no pudo contener la risa. Lady Clementine hacía buena pareja con la vieja yegua del señor Frederick, que excedía incluso el contorno de su amazona.
El paseo duró dos horas. Cuando regresaron para almorzar Teddy estaba empapado; Hannah, terriblemente callada; y a lady Clementine se la veía tan satisfecha como a un gato frente a un cuenco lleno de crema. La propia Hannah me refirió lo que había ocurrido durante el paseo, aunque no antes de que transcurrieran muchos meses.
Salieron del establo en dirección oeste y atravesaron un claro. Luego bordearon el río, pasearon bajo las copas de las enormes hayas que se alineaban entre los juncos de la orilla. Ambas riberas lucían su manto invernal y no había señal alguna de los ciervos que solían pastar en ellas durante el verano.
El trío cabalgó un trecho en silencio. Hannah iba al frente, Teddy la seguía y lady Clementine cerraba la marcha. Las ramas secas chasqueaban bajo los cascos de los caballos. El río seguía impetuosamente su curso hacia el punto donde desembocaba en el Támesis. A lo lejos, un ciclista pedaleaba hacia el pueblo a toda velocidad.
Finalmente, Teddy puso su caballo a la par de Hannah y comentó con tono joviaclass="underline"
– Es un verdadero placer estar aquí, señorita Hartford, debo agradecerle su amable invitación.
Hasta ese momento Hannah había estado disfrutando del silencio.
– Es a mi abuela a quien tiene que dar las gracias, señor Luxton. Yo no tengo mucho que ver con todo este asunto.
– Ah… -exclamó Teddy-, lo tendré en cuenta para darle las gracias a ella.
Hannah se compadeció de Teddy, quien sólo había intentado entablar conversación.
– ¿Cuál es su ocupación, señor Luxton?
La pregunta de Hannah pareció aliviar a Teddy, que se apresuró a responder.
– Soy coleccionista.
– ¿Qué colecciona?
– Objetos hermosos.
– Pensé que trabajaba con su padre.
Teddy se sacudió una hoja de abedul que le había caído en el hombro.
– En materia de negocios, mi padre y yo no coincidimos, señorita Hartford. Él no valora lo que no tenga relación directa con la acumulación de riqueza.
– ¿Y usted, señor Luxton?
– Yo busco otro tipo de riqueza. La que proporcionan las nuevas experiencias. El siglo es joven, también yo. Hay demasiadas cosas fascinantes por descubrir, en vez de quedarse enclaustrado en el trabajo.
Hannah lo miró.
– Mi padre me ha contado que está emprendiendo la carrera política. Seguramente eso le impondrá cierta restricción a sus planes.
Teddy meneó la cabeza.
– La política me da más razones para ampliar mis horizontes. Los mejores líderes son aquellos que abren nuevas perspectivas, ¿no lo cree así?
Siguieron cabalgando un rato, hacia las praderas más alejadas, deteniéndose tan a menudo que la yegua rezagada pudo alcanzarlos. Cuando por fin llegaron a un claro, la yegua y lady Clementine se sintieron igualmente aliviadas: sus doloridas posaderas podrían descansar. Teddy ayudó a la anciana a bajar de su montura, extendió el mantel de picnic y dispuso las sillas plegables, mientras Hannah sacaba el termo del té y la comida.
Cuando terminaron los sándwiches de pepino y las bizcotelas, Hannah dijo:
– Creo que daré un paseo hasta el puente.
– ¿El puente? -preguntó Teddy.
– El que está más allá de los árboles -explicó Hannah, poniéndose en pie-, donde el lago se hace más estrecho y se une con el arroyo.
– ¿Le molestaría que la acompañara?
– En absoluto -respondió Hannah, aunque en realidad habría preferido estar sola.
Lady Clementine tuvo que elegir entre su obligación de carabina y su obligación para con su dolorido trasero. Tras reflexionar brevemente, anunció:
– Yo me quedaré aquí para vigilar los caballos. Pero no tardéis demasiado, me preocuparía. Hay muchos peligros en los bosques, como sabéis.
Hannah le dedicó una ligera sonrisa a Teddy y caminó hacia el puente. El la siguió, guardando una caballerosa distancia.
– Señor Luxton, lamento que lady Clementine le haya impuesto su presencia esta mañana.
– No se preocupe, he disfrutado de la compañía -respondió Teddy y miró a Hannah-. Alguna más que otra.
Hannah, sin dejar de mirar hacia adelante, se apresuró a decir:
– Cuando era más pequeña, mis hermanos y yo solíamos venir al lago para jugar en el cobertizo de los botes y en el puente. Es un lugar mágico -afirmó mirándolo largamente de reojo.
– ¿Un puente mágico? -preguntó incrédulo Teddy.
– Lo comprenderá en cuanto lo vea.
– ¿Y a qué solían jugar en ese puente mágico?
– Solíamos turnarnos para cruzarlo corriendo -explicó Hannah mirándole-. Parece muy simple, lo sé. Pero éste no es un puente mágico cualquiera. Está gobernado por un espíritu del lago particularmente aterrador y vengativo.
– ¿De verdad? -preguntó Teddy sonriendo.
– Generalmente lo cruzábamos sin problemas. Pero, de cuando en cuando, alguno de nosotros lo despertaba.
– ¿Y qué ocurría entonces?
– Entonces se libraba un duelo a muerte -explicó Hannah con una sonrisa-. Su muerte, por supuesto. Nosotros éramos excelentes espadachines. Afortunadamente era inmortal, de lo contrario el juego no habría perdurado.