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Электронная книга - «Un Regalo Extraordinario». Краткое содержание книги:

Una noche de marzo, en San Francisco, el esplendor, el glamur y el lujo del salón de baile del Ritz-Carlton están en su máximo apogeo. Sin embargo, unos instantes después todo será destrucción y ruina a causa de un terremoto. Las vidas de los cuatro protagonistas de esta magnética historia, una mujer de negocios, una cantante, un fotógrafo y una monja, confluirán en pleno cataclismo: sumidos en el caos, abocados a una situación límite, descubrirán su verdadero yo, y eso tal vez los impulse a iniciar una nueva vida.
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– Yo también -afirmó Everett, poniendo en marcha el coche. Tenderloin no estaba lejos de los tribunales, así que, unos minutos después, se detenía frente a la casa de Maggie.

– ¿Tu avión sale esta noche? -preguntó Maggie con tristeza.

– Eso creo. Me necesitarán en la oficina mañana por la mañana. Tengo que comprobar todas las fotos y coordinar el reportaje. ¿Quieres que vayamos a comer algo antes de marcharme? -No le apetecía en absoluto dejarla, pero llevaba más de un mes en San Francisco y Scoop quería que volviera.

– Me parece que no podría comer nada -respondió ella sinceramente. Luego se volvió hacia él con una sonrisa melancólica-. Te extrañaré, Everett.

Se había acostumbrado a que estuviera allí, a verlo cada día, en el juzgado y después. Habían cenado juntos casi cada noche. Su marcha iba a dejar un vacío terrible en su vida.

Pero también comprendía que le daría la oportunidad de ver qué sentía por él. Tenía que tomar decisiones importantes, no muy diferentes de las de Sarah; aunque ella no tenía nada que esperar con ilusión si se quedaba con Seth, excepto que saliera de la cárcel dentro de mucho tiempo. Su condena todavía no había empezado, ni siquiera la habían fijado. Y la suya sería igual de larga que la de él. A Maggie le parecía un castigo demasiado duro y cruel para Sarah. En su caso, había bendiciones en cualquier decisión que tomara, aunque también pérdidas. En cualquier opción se entretejían una perdida y un beneficio. Era imposible separarlos; por esa razón le resultaba tan difícil tomar una decisión.

– Yo también te echaré de menos, Maggie -dijo Everett sonriéndole-. Te veré cuando vuelva para la sentencia; también podría venir alguna vez a pasar el día, si quieres. Tú decides. Lo único que tienes que hacer es llamarme.

– Gracias -respondió Maggie en voz baja, mirándolo.

Él se inclinó y la besó. Ella sintió que su corazón volaba hacia él. Se abrazó a él unos momentos, preguntándose cómo podría renunciar a eso, pero consciente de que quizá tendría que hacerlo. Salió del coche sin decir nada más. Everett sabía que lo quería, igual que ella sabía que él la quería. No tenían nada más que decirse por el momento.

Capítulo 21

Sarah entró en el apartamento de Seth en Broadway para asegurarse de que estuviera bien. Parecía alternativamente aturdido, furioso y a punto de ponerse a llorar. No quiso ir a casa de Sarah y ver a los niños. Sabía que se darían cuenta de lo destrozado y desesperado que estaba, aunque no supieran nada del proceso. Era obvio que algo terrible les había sucedido a sus padres. En realidad, les había ocurrido meses atrás, la primera vez que él defraudó a sus inversores, convencido de que nunca lo pillarían. Sabía que no pasaría mucho antes de que Sully fuera también a prisión, en Nueva York. Y ahora él se enfrentaba a lo mismo.

Se tomó dos tranquilizantes en cuanto entró y se sirvió un vaso de whisky. Bebió un largo trago y miró a Sarah. No soportaba ver aquella angustia en sus ojos.

– Lo siento, cariño -dijo, entre trago y trago de whisky. No la abrazó ni la consoló. Pensaba en sí mismo. Al parecer, era lo que siempre había hecho.

– Yo también, Seth. ¿Estarás bien esta noche? ¿Quieres que me quede?

No quería, pero lo habría hecho por él, sobre todo teniendo en cuenta cómo bebía y tomaba pastillas. Corría el peligro de matarse, incluso sin pretenderlo. Necesitaba que alguien estuviera allí, con él, después del golpe del veredictoy, si tenía que ser ella, estaba dispuesta a hacerlo. Después de todo, era su esposo y el padre de sus hijos, aunque parecía no darse cuenta del daño que esto le estaba haciendo a ella. Según él lo veía, era él quien iría a la cárcel, no su esposa. Pero ella ya estaba en prisión, gracias a él; lo estaba desde que su vida se había hecho añicos la noche del terremoto, en mayo, once meses atrás.

– Estaré bien. Pillaré una borrachera del carajo. Tal vez me pase todo el mes borracho, hasta que aquel pedazo de gilipollas me envíe al trullo cien años. -No era culpa del juez sino de Seth. Sarah lo tenía muy claro pero, por lo visto, Seth no-. ¿Por qué no vuelves a casa, Sarah? No me pasará nada.

No parecía muy convincente y ella estaba preocupada. Todo giraba en torno a él, como siempre. Pero en una cosa tenía razón: él iría a la cárcel y ella no. Tenía razones para estar alterado, aunque se lo tuviera merecido. Ella podía volver la espalda a lo que había pasado. Él no. Además, dentro de un mes, la vida que él había conocido hasta entonces se acabaría. La de Sarah ya se había acabado. Esa noche, Seth no habló de divorcio, pero tampoco habría soportado que ella lo mencionara. De todos modos, ella no podría haber pronunciado esas palabras. Todavía no había dado forma a su decisión ni a las palabras necesarias en su cabeza.

Finalmente, la cuestión salió a relucir una semana después, cuando él fue a dejar a los niños en casa de Sarah, tras una visita. Solo habían estado con él unas horas. No podía soportar pasar más tiempo con ellos en aquellos momentos. Estaba demasiado angustiado y tenía muy mal aspecto. Sarah estaba espantosamente delgada. La ropa le colgaba por todos lados y se le habían afilado los rasgos. Karen Johnson, del hospital, no paraba de decirle que se hiciera un chequeo, pero Sarah sabía que no había ningún misterio en lo que le pasaba. Su vida se había roto en pedazos y su marido iba a ir a prisión por mucho tiempo. Lo habían perdido casi todo, y pronto perderían lo poco que les quedaba. Ahora no tenía a nadie en quien apoyarse, salvo ella misma. Era así de sencillo.

Cuando dejó a los niños, Seth la miró, con una pregunta en los ojos.

– ¿No crees que deberíamos hablar de lo que vamos a hacer con nuestro matrimonio? Me parece que me gustaría saberlo antes de ir a la cárcel. Y si vamos a permanecer juntos, tal vez deberíamos vivir juntos estas últimas semanas. Probablemente pasará mucho tiempo antes de que podamos hacerlo de nuevo.

Sabía que ella quería otro hijo, pero ella no podía pensar en eso ahora. Había renunciado en cuanto sus actividades delictivas salieron a la superficie. Ahora, lo último que deseaba era quedarse embarazada, aunque era cierto que quería tener otro hijo, pero no con él ni en ese momento. Esto le aclaraba muchas cosas. Y lo que él proponía, vivir juntos durante las siguientes tres semanas, también la afectó. No se veía viviendo con él de nuevo, haciendo el amor con él, cogiéndole todavía más cariño del que ya sentía y que luego tuviera que dejarla para ir a prisión. No podía hacerlo. Tenía que enfrentarse a ello. El tenía razón: mejor ahora que más tarde.

– No puedo hacerlo, Seth -dijo, con voz angustiada, una vez que los niños se fueron arriba con Parmani, para bañarse. No quería que oyeran lo que tenía que decir a su padre. No quería que recordaran ese día. Algún día sabrían lo que había sucedido, cuando tuvieran la edad suficiente, pero, ciertamente, no ahora ni tampoco más tarde de una manera desagradable-. No puedo… no puedo volver. Aunque lo deseo más que cualquier otra cosa. Desearía que pudiéramos dar marcha atrás al reloj, pero no creo que podamos. Sigo queriéndote y, probablemente, siempre te querré, pero no creo que pueda volver a confiar en ti nunca más.

Era doloroso, pero brutalmente honesto. Seth permaneció allí, clavado, deseando que sus palabras hubieran sido otras. La necesitaba, sobre todo cuando tuviera que ir a prisión.

– Comprendo -asintió, y luego se le ocurrió algo-. ¿Habría sido diferente si me hubieran absuelto?

En silencio, Sarah negó con la cabeza. No podía volver con él. Lo había sospechado durante meses y, finalmente, se había enfrentado a ello en los últimos días del juicio, antes del veredicto. Pero no había tenido el valor de decírselo, ni siquiera de admitirlo en su interior. Sin embargo, ahora no le quedaba más remedio. Había que decirlo, para que ambos supieran dónde estaban.

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