Un Regalo Extraordinario
- Автор: Стил Даниэла
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Un Regalo Extraordinario». Краткое содержание книги:
– Sé cuál sería la mía -dijo Everett en tono grave-. Yo mataría a ese cerdo. Pero supongo que eso tampoco ayudaría a Sarah. No la envidio, sentada allí un día tras otro, oyendo qué hijo de puta deshonesto es. Pero cada día sale de la sala con él y lo despide con un beso antes de irse a casa con sus hijos.
Mientras esperaban el postre, Everett decidió abordar una cuestión mucho más delicada. El día después de Navidad, Maggie había aceptado que pensaría en ellos. Habían pasado casi cuatro meses y, igual que Sarah, seguía sin decidir nada y evitaba hablar de ello con él. Aquella incertidumbre estaba empezando a matarlo. Sabía que lo quería, pero que no quería dejar el convento. Para ella también era una situación angustiosa. Al igual que Sarah, buscaba respuestas y un estado de gracia que le permitieran, finalmente, descubrir qué era lo acertado. En el caso de Sarah, todas las soluciones eran onerosas y, en cierto sentido, lo mismo le sucedía a Maggie. O tenía que dejar el convento por Everett, para compartir su vida con él, o tenía que abandonar esa esperanza y seguir fiel a sus votos para siempre. En ambos casos, perdía algo que amaba y necesitaba; aunque, también en ambos, ganaba algo a cambio. Pero tenía que elegir entre una cosa y la otra; no podía tener las dos. Everett la miró a los ojos, mientras trataba, delicadamente, de abordar la cuestión de nuevo. Le había prometido no presionarla y darle todo el tiempo que necesitara, pero ha-bía veces en las que quería cogerla, abrazarla y suplicarle que se fugara con él. Sabía que no lo haría. Si se acercaba y elegía vivir con él, sería una decisión precisa, meditada, no precipitada y, sobre todo, sería honrada y pura.
– Dime, ¿qué piensas de nosotros? -preguntó con cautela.
Ella miró fijamente la taza de café y luego lo miró a él. Everett vio la angustia en sus ojos y, de repente, pensó aterrorizado que había tomado una decisión y que no era favorable.
– No lo sé, Everett -respondió ella, suspirando-. Te quiero. Eso lo sé. Pero no sé qué camino debo seguir, en qué dirección debo ir. Quiero estar segura de que elijo el acertado, por el bien de los dos. -Le había prestado toda su atención y le había dedicado todos sus pensamientos durante los últimos cuatro meses, incluso antes, desde su primer beso.
– Ya sabes cuál es mi voto -dijo él con una sonrisita nerviosa-. Supongo que Dios te amará, hagas lo que hagas, y yo también. Pero me encantaría pasar la vida contigo, Maggie. -Incluso tener hijos, aunque tampoco la presionaba nunca sobre esto. Una gran decisión era suficiente por el momento. Si era pertinente, discutirían otras cuestiones más adelante. En ese momento, ella tenía que enfrentarse a una decisión mayor-. Tal vez tendrías que hablar con tu hermano. El pasó por lo mismo. ¿Cómo se sentía?
– Nunca tuvo una vocación muy fuerte. Y en cuanto conoció a su esposa lo dejó. Creo que ni siquiera se sintió desgarrado por tomar esa decisión. Decía que si Dios la había puesto en su camino, era porque tenía que ser así. Ojalá yo estuviera tan segura. Tal vez sea una forma extrema de tentación para ponerme a prueba, o quizá sea el destino que llama a la puerta.
Everett veía lo atormentada que seguía estando y no pudo evitar preguntarse si llegaría a tomar una decisión o si, al final, renunciaría.
– Podrías seguir trabajando con los pobres de las calles, como hasta ahora, o ser enfermera profesional o asistente social o ambas cosas. Puedes hacer lo que quieras, Maggie. No tienes que renunciar a lo que haces.
Ya se lo había dicho en otras ocasiones. Pero el problema para ella no era tanto su trabajo cuanto sus votos. Los dos sabían que ese era el conflicto. Lo que él no sabía era que Maggie llevaba tres meses hablando con el provincial de la orden, con la madre superiora, con su confesor y con un psicólogo especializado en los problemas que solían surgir en las comunidades religiosas. Estaba haciendo todo lo posible para tomar la decisión sabiamente; no luchaba ella sola. A él le habría animado saberlo, pero ella no quería darle falsas esperanzas, por si al final decidía no irse con él.
– ¿Puedes darme un poco más de tiempo? -preguntó con aire afligido. Se había fijado el mes de junio como fecha límite para tomar una decisión, pero tampoco se lo dijo, por las mismas razones.
– Claro -respondió él y la acompañó de vuelta a su casa, al otro lado de la calle.
En alguna ocasión había subido a su apartamento y se había quedado horrorizado por lo pequeño, austero y deprimente que era. Ella insistía en que no le importaba, y decía que era mucho más grande y bonito que cualquier celda de cualquier monja en un convento. Se tomaba el voto de pobreza muy en serio, igual que todos los demás que había hecho. No se lo dijo, pero él no podría vivir en aquel piso ni un solo día. El único adorno era un sencillo crucifijo colgado en la pared. Aparte de eso, el apartamento estaba desnudo, salvo por la cama, una cómoda y una única silla, rota, que había encontrado en la calle.
Después de acompañarla, fue a una reunión y luego volvió a la habitación del hotel para escribir su artículo diario sobre el juicio. En Scoop les gustaba lo que les enviaba. Sus artículos estaban bien escritos y había conseguido algunas fotos estupendas fuera de la sala.
La defensa dedicó casi un día entero a presentar su alegato final. Seth estaba con el ceño fruncido y aspecto preocupado; Sarah cerraba los ojos a menudo, escuchando con concentración absoluta, y Maggie, sentada al fondo de la sala, rezaba. Henry Jacobs y su equipo de abogados defensores habían elaborado una buena causa y defendido a Seth lo mejor que habían podido. En aquellas circunstancias, habían hecho un buen trabajo. Pero las circunstancias no eran buenas.
Al día siguiente, el juez dio instrucciones al jurado, agradeció a los testigos su testimonio, a los letrados su excelente trabajo, en bien del acusado y del gobierno, e invitó al jurado a que se retirara para deliberar. Después, se levantó la sesión, en espera de la decisión del jurado. Sarah y Seth se quedaron allí, con los abogados, esperando. Todos sabían que podían pasar días. Everett se reunió con Maggie. Esta se había parado unos momentos para hablar con Sarah, que aunque insistía en que estaba bien, no lo parecía. Luego salió a la calle con Everett, charló con él unos minutos y se marchó porque tenía una cita. Iba a reunirse de nuevo con el provincial, pero no se lo dijo a Everett. Le dio un beso en la mejilla y se marchó. El volvió a entrar para esperar con los demás mientras el jurado deliberaba.
Sarah se sentó al lado de Seth, en unas sillas al fondo de la sala. Habían salido unos momentos a tomar el aire, pero nada servía de ayuda. Sarah se sentía como si estuviera esperando que les cayera encima otra bomba. Ambos sabían lo que se avecinaba. La única duda era lo duro que sería el golpe y la destrucción que causaría.
– Lo siento, Sarah -dijo Seth en voz baja-. Lamento mucho haberte hecho pasar por esto. Nunca pensé que pudiera suceder. -Habría estado bien que hubiera pensado en ello antes, en lugar de después, pero Sarah no se lo dijo-. ¿Me odias? -La miró, interrogador, a los ojos.
Ella negó con la cabeza, llorando como no dejaba de hacer últimamente. Todas sus emociones salían a la superficie.
Sentía como si no le quedaran recursos emocionales. Los había gastado todos para permanecer a su lado.
– No te odio. Te quiero. Solo desearía que nada de esto hubiera sucedido.
– Yo también. Ojalá me hubiera declarado culpable, para obtener una sentencia más leve, en lugar de hacerte pasar por toda esta mierda. Pensaba que, a lo mejor, podíamos ganar.