a Faz de las Aguas [The Face of the Waters - es]
- Автор: Силверберг Роберт
- Год: 1993
- Язык: испанский
- Год: Grijalbo
- ISBN: 84-253-2535-8
- Переводчик: Diana Falcon
- Жанр: Научная фантастика
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El rostro de anchas mandíbulas de Delagard estaba apesadumbrado. Se le aflojaron los músculos.
—¿Ninguno de ellos?
—Nada, Nid. No van a responder. No están allí.
—Tu radio no funciona.
—He captado islas. Hablé con Kentrup. Hablé con Kaggeram. Era una Ola muy mala, Nid, realmente mala.
—Pero mis barcos…
—Nada.
—¡Mis barcos, Dag!
Los ojos de Delagard adquirieron una expresión enloquecida. Cargó como si tuviera la intención de coger a Tharp por los hombros y sacudirlo para obtener noticias mejores. Kinverson apareció de la nada, se interpuso entre ellos, cogió a Delagard y lo sujetó mientras éste temblaba y se estremecía.
—Vuelve abajo —le ordenó Delagard al operador de radio—. Inténtalo otra vez.
—Es inútil —respondió Tharp.
—¡Mis barcos! ¡Mis barcos! —Delagard se volvió en redondo y corrió hasta la barandilla. Durante un momento sobrecogedor, Lawler pensó que iba a arrojarse por la borda. Pero lo que quería era simplemente golpear algo. Convirtió sus puños en cachiporras y aporreó la barandilla una y otra vez, asestando los golpes con una fuerza tan pasmosa que medio metro de la barandilla se abolló, dobló y desplomó bajo los impactos—. ¡Mis barcos! —aulló de nuevo Delagard.
Lawler sintió que él mismo comenzaba a estremecerse. Los barcos, sí, y todos los que estaban a bordo de ellos. Se volvió hacia Sundria y vio compasión en sus ojos. Ella sabía qué clase de dolor sentía él, pero ¿cómo era realmente posible que lo entendiera?
Para aquella mujer, habían sido todos extraños. Para él, en cambio, representaban todo su pasado: la substancia de su vida, para mejor o peor. Nicko Thalheim; Sandor, el anciano padre de Nicko; Bamber Cadrell, los Sweyner, los Tanamind, Brondo, las pobres y locas hermanas, Volkin, Yáñez, Stayvol, todos ellos, todos aquellos a los que había conocido en su vida; todo, su infancia, su juventud, su historia de hombre adulto, los custodios de los recuerdos compartidos durante una vida, todos ellos barridos con un solo gesto. ¿Cómo podía ella comprenderlo? ¿Había formado alguna vez parte de una comunidad establecida desde hacía mucho tiempo? ¿Alguna vez? Se había marchado de su isla natal sin pensárselo dos veces, y había vagado de un sitio a otro sin mirar nunca atrás. Uno no podía saber cómo era perder lo que uno nunca había tenido.
—Val… —dijo ella, suavemente.
—Estoy bien, ¿de acuerdo?
—Si al menos pudiera ayudarte de alguna manera…
—Pero no puedes —respondió Lawler.
Descendía la oscuridad. La Cruz comenzaba a remontarse en el cielo y colgaba en un ángulo curioso, extrañamente ladeado, inclinada de suroeste a noreste. No había viento. El Reina de Hydros se deslizaba lánguidamente por el mar calmo. Todos continuaban en el puente. Nadie se había molestado en volver a aparejar las velas, aunque ya hacía horas que había pasado la Ola; pero apenas importaba en aquella quietud, en aquellas aguas completamente quietas.
Delagard se volvió hacia Onyos Felk.
—¿Dónde crees que estamos? —le preguntó con voz exánime.
—¿Quieres que te lo diga sólo por medio de la barquilla y la corredera o quieres que lo calcule con mis instrumentos de observación celeste?
—Haz sólo una jodida conjetura, Onyos.
—En el mar Vacío.
—Eso puedo calcularlo por mí mismo. Dame la longitud.
—¿Crees que soy un mago, Nid?
—Creo que eres un idiota picajoso. Pero al menos puedes darme la longitud. Mira la jodida Cruz.
—Ya la veo, la jodida Cruz —dijo Felk, cáusticamente—. Me dice que estamos al sur del ecuador y mucho más al oeste de lo que estábamos cuando nos cogió la Ola. Si quieres algo más preciso, déjame bajar a ver si encuentro mis instrumentos.
—¿Mucho más al oeste? —preguntó Delagard.
—Mucho. Muchísimo más. Realmente hemos recorrido una larga distancia.
Lawler observó el cielo —aunque comprendía muy poco— mientras Felk, después de rebuscar durante largo rato entre el caos que había bajo cubierta, salió con los instrumentos de su oficio; los toscos, los rústicos instrumentos que probablemente hubieran hecho reír entre dientes con condescendencia a un marinero de la Tierra del siglo XVI. Trabajaba silenciosamente, murmurando para sí de vez en cuando mientras fijaba la posición de la Cruz, meditaba y volvía a fijarla. Pasado un rato, Felk miró a Delagard.
—Estamos mucho más al norte de lo que quiero creer —dijo.
—¿Cuál es nuestra posición?
Felk se lo dijo. Delagard pareció sorprendido. Bajó por la escalerilla y permaneció ausente un largo rato, tras el cual regresó con la carta de navegación. Lawler se aproximó más mientras Delagard descendía con un dedo por la línea de longitud.
—Ah. Aquí. Aquí.
—¿Puedes ver lo que está señalando? —preguntó Sundria, detrás de Lawler.
—Estamos en el corazón del mar Vacío. Estamos tan cerca de la Faz de las Aguas como lo estamos de cualquiera de las islas que hemos dejado atrás. Es el centro de la nada, sin duda, y estamos solos en él.
2
Muerta estaba ahora toda esperanza de convocar a los barcos, de oponer la voluntad de toda la comunidad de Sorve contra Delagard. La totalidad de ella había sido reducida a sólo trece personas. En aquel momento, todos los que estaban a bordo de la nave sobreviviente sabían cuál era el auténtico destino del viaje. A algunos, como Kinverson, como Gharkid, parecía no importarles: un destino era tan bueno como cualquier otro para hombres como ellos. Otros —Neyana, Pilya, Lis— era muy improbable que fueran a oponerse a Delagard respecto a cualquier cosa que quisiera hacer, sin importar cuan extraña fuese; y al menos uno, el padre Quillan, era el aliado confeso de Delagard en su búsqueda de la Faz.
Eso dejaba a Dag Tharp, Dann Henders, Leo Martello, Sundria y Onyos Felk.
Felk aborrecía a Delagard. Bien; uno para mi bando, se dijo Lawler. En cuando a Tharp y Henders, ya habían tenido una desavenencia con Delagard acerca de la dirección del viaje: no se encogerían ante la posibilidad de otra. Martello, sin embargo, era hombre de Delagard, y Lawler no estaba seguro de hacia dónde se decantarían sus simpatías en caso de un enfrentamiento decisivo. Incluso Sundria era una incógnita. Lawler no tenía ningún derecho de dar por supuesto que se pondría de su lado, independientemente de la intimidad que estuviera tejiéndose entre ellos. Podía perfectamente sentir curiosidad hacia la Faz, anhelar descubrir su verdadera naturaleza. Después de todo, su vocación era el estudio de la vida de los gillies.
Así que eran cuatro contra todos los demás, o seis en el mejor de los casos. Ni siquiera la mitad de la tripulación. No eran suficientes, pensó Lawler.
Comenzaba a pensar que la idea de controlar a Delagard era fútil. Delagard era una fuerza demasiado poderosa como para poder controlarla. Era como la Ola: a uno podía no gustarle el sitio al que lo llevaba, pero no había mucho que se pudiera hacer al respecto. Realmente no.
Al día siguiente de la catástrofe Delagard bullía con energía inagotable, mientras preparaba el barco para continuar el viaje. Los mástiles fueron reparados y las velas izadas. Si Delagard había sido antes un hombre impulsivo y decidido, ahora parecía completamente demoníaco, una implacable fuerza de la naturaleza. La analogía con la Ola parecía la más adecuada, pensaba Lawler. La pérdida de sus preciosos barcos parecía haber empujado a Delagard a cruzar algún umbral de la voluntad al interior de un nuevo territorio de la determinación. Furioso, rápido, sobrecargado de energía, Delagard era el centro de un torbellino de fuerza cinética que hacía que resultara imposible acercársele. «¡Haz esto! ¡Haz aquello! ¡Asegura eso! ¡Mueve aquello!» No dejaba espacio en torno de sí como para que alguien como Lawler se le acercara y dijese: «No vamos a permitir que lleves este barco al lugar que te dé la gana, Nid».