a Faz de las Aguas [The Face of the Waters - es]
- Автор: Силверберг Роберт
- Год: 1993
- Язык: испанский
- Год: Grijalbo
- ISBN: 84-253-2535-8
- Переводчик: Diana Falcon
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «a Faz de las Aguas [The Face of the Waters - es]». Краткое содержание книги:
Se dio cuenta de que le costaba respirar, que jadeaba como si fuera él mismo y no la cubierta exterior lo que estuviera siendo constantemente sumergido para luego salir nuevamente al aire. Abajo, arriba, abajo, arriba. Sentía un golpeteo en el pecho. Se apoderó de él una especie de mareo alcohólico que lo despojó de toda posibilidad de pánico. Estaba girando demasiado violentamente como para sentir miedo: en su mente no había lugar para eso.
Pero ¿cuándo se hundirían, finalmente? ¿Ahora? ¿Ahora? ¿O la Ola nunca los dejaría en libertad, sino que los arrastraría interminablemente alrededor del mundo, haciéndolos girar como una rueda eterna con la fuerza de su terrible poder?
Llegó un momento en el que todo volvió a la estabilidad. Estamos libres de ella, pensó; navegamos por nuestra cuenta. Pero no se trataba más que de una ilusión. Pasados unos instantes volvieron a comenzar los giros, más intensamente que antes. Lawler sintió que la sangre le corría de la cabeza a los pies, de los pies a la cabeza, de la cabeza a los pies, de los pies a la cabeza. Le dolían los pulmones. Le ardían las fosas nasales a cada inspiración.
Se oyeron golpes y detonaciones que parecían venir del interior del barco —probablemente muebles que volaban de un lado a otro— y ruidos más fuertes que parecían venir del exterior. Oía voces distantes que gritaban, que chillaban a veces. Se oía el rugir del viento, o al menos la ilusión del rugir del viento. También estaba presente el retumbar —más profundo— de la misma Ola. Luego se produjo un fragoroso siseo que se transformó gradualmente en un gruñido; Lawler fue incapaz de identificarlo: alguna iracunda confrontación entre el agua y el cielo en su punto de reunión, tal vez. O quizá la Ola era algo formado por densidades variables, y las mismas aguas que la componían, mantenidas atropelladamente juntas por el ímpetu predominante de su fuerza gigantesca, estaban riñendo entre sí.
Entonces llegó finalmente otro período de quietud, y éste pareció durar, durar y durar. «Ahora nos estamos hundiendo», pensó Lawler. Estamos a cincuenta metros de la superficie, y descendiendo. Estamos a punto de ahogarnos. En cualquier momento, la presión del agua reventará la pequeña burbuja que es este barco y el agua entrará como un torrente y todo se habrá acabado.
Esperó la inundación inmediata. Sería una muerte rápida. El puñetazo del agua contra su pecho interrumpiría el flujo de sangre a su cerebro; quedaría instantáneamente inconsciente. Nunca conocería el resto de la historia: el lento deslizamiento hasta el fondo, las tablas aplastadas que se abrirían, las curiosas criaturas de las profundidades que entrarían a mirarlos, estudiarlos y finalmente comérselos.
Pero no ocurrió nada. Todo estaba en calma. Navegaban en un tiempo fuera del tiempo, silencioso y tranquilo. Entonces a Lawler se le ocurrió que ya debían de estar muertos, que ésta era la vida más allá de la muerte en la que nunca había sido capaz de creer, y se echó a reír y miró en torno de sí con la esperanza de encontrar al padre Quillan para decirle: «¿Es así como usted creyó que sería? ¿Una deriva interminablemente suspendida? ¿El yacer aquí, en el mismo sitio en el que murió, aún consciente, con un profundo silencio a su alrededor?».
Sonrió ante su propia necedad. La vida del más allá no sería una mera continuación de la presente. Ésta continuaba siendo la antigua y conocida. Allí estaban sus pies, que le eran tan familiares; ésas eran sus manos con las cicatrices desteñidas en las palmas; ése era el sonido de su propia respiración. Todavía estaba vivo. El barco debía de continuar a flote. La Ola había pasado de largo, por fin.
—¿Val? —dijo una voz—. Val, ¿estás bien?
—¿Sundria?
La mujer gateó hacia él por el estrecho pasillo, entre la confusión de objetos que habían estado dando tumbos. Tenía la cara muy pálida. Parecía aturdida; sus ojos tenían un destello helado. Lawler se removió, se quitó de encima una tabla que le había caído sobre el pecho sin que lo notara, y comenzó a salir de su ajustado escondite. Se encontraron a medio camino.
—Jesús —dijo ella, suavemente—. ¡Oh, Jesús Dios!
Se puso a llorar. Lawler la abrazó; se dio cuenta de que también él estaba llorando. Se estrecharon y lloraron juntos en la extraña quietud de sus sueños.
Una de las escotillas estaba abierta y por ella penetraba un grueso rayo de luz. Los dos salieron a la cubierta exterior cogidos de la mano. El barco estaba erguido y apoyado con toda normalidad sobre el agua como si nada hubiese ocurrido. La cubierta estaba mojada, y brillaba como nunca antes. Parecía como si un ejército de equipos de cubierta la hubiese estado limpiando durante un millón de años. La cabina del timón continuaba en su sitio, al igual que la bitácora, el alcázar y el puente. Los mástiles continuaban asombrosamente en su lugar, aunque el trinquete había perdido una de las vergas.
Kinverson ya estaba en cubierta, junto a la grúa, y Lawler vio a Delagard a popa, con las piernas separadas e inmóvil, estupefacto por la conmoción. Parecía haber echado raíces en la cubierta; era como si hubiese permanecido en aquel sitio durante todo el tiempo en que el barco fue sacudido por la zarpa de la Ola. Más allá de él, a estribor, estaba Onyos Felk, que se erguía de la misma forma pasmada e inmóvil.
Uno a uno, los demás comenzaban a abandonar sus escondites: Neyana Golghoz, Dann Henders, Leo Martello, Pilya Braun. Luego aparecieron Gharkid, que cojeaba ligeramente a causa de algún accidente sufrido durante el suceso, Lis Niklaus y el padre Quillan. Se movían con precaución, arrastrando los pies como sonámbulos, asegurándose de modo vacilante de que el barco continuaba intacto, tocando las barandillas, la fijación de los mástiles, el techo del castillo de proa. El único que faltaba era Dag Tharp. Lawler dio por supuesto que había permanecido bajo cubierta para intentar establecer contacto por radio con los otros barcos.
¿Los otros barcos? No se los veía por ninguna parte.
—Mira qué calmo está —dijo suavemente Sundria.
—Calmo, sí. Y vacío.
Tenía el aspecto que debió tener el mundo durante el primer día de la Creación. En todas direcciones se extendía un mar monótono, azul grisáceo y tranquilo, sin una sola onda, sin siquiera una ola, sin espuma, sin la más ligera ondulación: una nada plácida y horizontal. El paso de la Ola lo había despojado de toda su energía.
También el cielo estaba liso, gris y casi vacío. En el oeste distante flotaba una sola nube baja, con el sol poniéndose detrás de ella. Desde el este surgía una luz pálida. No quedaba ni rastro de la tempestad que había precedido a la Ola. Se había desvanecido tan completamente como la Ola misma.
¿Y los otros barcos?
Lawler caminó lentamente de un lado a otro y luego recorrió el camino inverso. Sus ojos recorrieron las aguas en busca de algún presagio: tablas que flotaran a la deriva, fragmentos de vela, ropas dispersas por la superficie, incluso nadadores que lucharan por su vida. No vio nada.
En ocasión de la primera tormenta, el vendaval de tres días, tampoco el mar mostraba ningún otro barco. Aquella vez, la flota había sido meramente esparcida por los vientos, y al cabo de algunas horas volvió a reunirse. Lawler temía que ahora las cosas serían diferentes.
—Allí está Dag —murmuró Sundria—. ¡Dios mío, mírale la cara!
Tharp salía en aquel momento por la escotilla trasera; estaba pálido, tenía la mirada inexpresiva, la mandíbula floja, los hombros caídos y los brazos colgándole laxamente a los lados. Delagard interrumpió su éxtasis, se volvió y preguntó con voz cortante:
—¿Y bien? ¿Qué noticias hay?
—Nada. No hay noticias —la voz de Tharp era un susurro hueco—. Ni un sonido. Lo he intentado e intentado. Adelante, Diosa, adelante, Estrella, adelante, Lunas, adelante, Cruz. Aquí el Reina. Adelante. Adelante. Adelante —parecía medio enloquecido—. Ni un sonido. Nada.