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a Faz de las Aguas [The Face of the Waters - es]

Электронная книга - «a Faz de las Aguas [The Face of the Waters - es]». Краткое содержание книги:

Catorce son los seres humanos que a bordo del Reina de Hydros navegan por los peligrosos mares de un planeta acuático perdido en el espacio. Descendientes de los antiguos colonos terrestres, detestados por los aborígenes anfibios a causa de su voracidad y violencia, han sido desterrados por éstos. El suyo es un viaje a ninguna parte. Excepto que se considere una parte a un lugar envuelto en mitos y raros misterios, denominado La Faz de las Aguas. El capitán Delagard, un psicópata; el padre Quillan, en busca de una fe que ha perdido; el doctor Lawler, un hombre cínico y solitario. son algunos de los tripulantes de la nave. Una tripulación tan peligrosa para ella misma como las terribles asechanzas de un mar hostil. La Faz de las Aguas es una odisea de proporciones épicas, la parábola de un viaje de iniciación. En ella, Silverberg ha construido uno de los planetas más inquietantes e imaginativos de la ficción científica y una novela de intenso, insondable esplendor.
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—Sí. Lo has comprendido perfectamente.

—Así que todo está ya decidido. Aquí estamos, en el borde del mar Vacío, y nos internamos más en él a cada minuto.

—¿No te gusta, doctor? ¿Quieres bajarte del barco? Hazlo. Vamos a continuar adelante tanto si te gusta como si no.

—¿Y tus capitanes? ¿Crees que van a continuar contigo cuando se enteren de cuál es el verdadero destino?

—Puedes apostar a que lo harán. Ellos van adonde yo les digo. Siempre lo han hecho y siempre lo harán. Las hermanas puede que no nos sigan si se dan realmente cuenta de hacia dónde vamos, pero eso no estaría mal del todo. ¿De qué sirven de todas formas esas putas locas? Sólo nos crearán problemas cuando lleguemos a la Faz.

»Eso está fuera de discusión. Llegaremos allí y construiremos el más grande y rico asentamiento que Hydros haya visto jamás, y todos viviremos felices para siempre. Confía en mí; así será. ¿Quieres un poco más de brandy, doctor? Sí, creo que sí quieres. Toma, aquí tienes uno bien servido. Me parece que lo necesitas.

El padre Quillan, de pie junto a la borda y mirando extáticamente al vacío que parecía incluso más vacío que el interminable trozo de mar que ya habían atravesado, parecía estar en su modalidad pura y espiritual en aquel momento. Tenía el rostro enrojecido y los ojos brillantes.

—Sí —dijo—. Yo le dije a Delagard que debía realizar el viaje hasta la Faz.

—¿Cuándo fue eso? ¿Cuando aún estábamos en Sorve?

—Oh, no. Cuando estábamos en el mar. Fue poco después de que muriera Gospo Struvin. Delagard se tomó muy mal la muerte de Gospo, ya sabe. Vino a mí y me dijo: «Padre, yo no soy un hombre religioso, pero tengo que hablar con alguien y usted es el único de los presentes en quien confío. Tal vez usted pueda ayudarme». Y me habló de la Faz. Me contó cómo era, por qué quería ir allí; y del plan que él y Gospo habían trazado. Él no sabía qué hacer en aquel momento, cuando Gospo había desaparecido. Todavía quería dirigirse hacia la Faz, pero no estaba seguro de poder sacar adelante el viaje.

»Discutimos en profundidad acerca de la Faz de las Aguas. Él me explicó muy detalladamente la naturaleza de aquel lugar, según lo había oído describir mucho tiempo atrás por un anciano marinero. Cuando acabó de contarme la historia lo animé a que continuara con lo planeado, incluso sin Gospo. Comprendí la importancia del asunto y le dije que él era el único hombre de este planeta que podía alcanzar aquella meta. No debe permitir que nada se interponga en su camino, le dije. Continúe adelante, llévenos a ese paraíso, a esa isla virgen donde podremos comenzar desde cero; y él hizo virar el barco y comenzó a dirigirse hacia el sur.

—¿Y por qué —preguntó Lawler cautelosamente— cree usted que vamos a poder hacer algún comienzo viable en esa isla virgen? Sólo somos un puñado de gente hacia una tierra salvaje de la que no sabemos nada de nada.

—Porque —dijo Quillan con una voz calma, plana y sin entonaciones, pero lo suficientemente dura como para grabar sus palabras en una placa de metal— creo que la Faz es literalmente un paraíso. Creo que es el Edén. Literalmente.

Lawler parpadeó.

—¿Lo dice en serio? ¿El auténtico Edén en el que vivían Adán y Eva?

—El auténtico Edén, sí. Edén es cualquier parte que no haya sido tocada por el pecado original.

—De modo que Delagard sacó de usted esa idea de que la Faz es un paraíso. Tendría que haberlo imaginado. Y supongo que cree también que Dios vive allí. ¿O es sólo su residencia de vacaciones?

—No lo sé. Pero me gustaría pensar que está allí. Él siempre está donde está el paraíso.

—Claro —dijo Lawler—. El Creador del Universo vive justo aquí, en Hydros, en una isla pantanosa cubierta por una maraña de algas marinas… No me haga reír, padre. Ni siquiera estoy seguro de que usted crea en Dios. La verdad es que durante la mitad del tiempo tampoco usted está seguro de ello.

—No siempre estoy seguro, es cierto —respondió el sacerdote.

—Cuando pasa por sus momentos «muertos».

—Sí. Los momentos en los que me siento absolutamente convencido de que evolucionamos de los animales inferiores sin absolutamente ningún propósito. Cuando pienso que todo el largo proceso de evolución desde la ameba al hombre de la Tierra, desde los microorganismos a cualquier clase de animal sensitivo de cualquier planeta, es tan automático como los movimientos de un planeta alrededor de su sol, e igualmente carente de sentido. Cuando pienso que nada lo puso en movimiento. Que nada lo mantiene en funcionamiento excepto su naturaleza innata.

—Eso es lo que cree durante la mitad del tiempo.

—La mitad, no; pero sí algunas veces. La mayor parte del tiempo no es así.

—Y cuando no descree, entonces, ¿qué?

—Entonces creo que hubo una Causa Primera que lo puso todo en movimiento (por razones que puede que nunca conozcamos) y que lo mantiene en funcionamiento debido a su gran amor por sus criaturas. Porque Dios es amor, como dijo Jesús, en la parte de la Biblia que usted no llegó a leer: «Quien no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor». Dios es comunicación. Dios es el final de la soledad, la máxima comunión. El que un día nos reunirá a todos en su seno, independientemente de nuestra valía, donde viviremos para siempre en la gloria, libres de toda clase de dolor.

—Y eso es lo que usted cree durante la mayor parte del tiempo…

—Sí. ¿Cree usted que podría hacerlo?

—No —dijo Lawler—. Ojalá pudiera, pero no puedo.

—Así que entonces…usted cree que todo carece de propósito.

—No exactamente. Pero nunca sabremos cuál es ese propósito, ni a quién pertenece. Las cosas ocurren, de la forma en que desapareció el Sol Dorado durante la noche, y no necesariamente averiguamos el por qué. Y cuando muramos, no habrá seno alguno que nos recoja, ninguna vida posterior en la gloria. No habrá nada.

—Ah —exclamó Quillan, mientras asentía con la cabeza—. Mi pobre amigo… Usted pasa cada día de su vida en el estado que yo alcanzo en los momentos de más árida desesperación.

—Quizá sea así. Pero de alguna manera lo soporto.

Lawler entrecerró los ojos y recorrió con la vista la brillante superficie del mar en dirección suroeste, como si esperara que una gran isla oscura apareciera a la vista en cualquier momento. La cabeza le latía. Deseaba ahogar el dolor en tintura de alga insensibilizadora.

—Cuando rezo por usted, lo que pido es que algún día no muy lejano pueda curar por fin su dolor —dijo Quillan.

—Ya veo —comentó Lawler con tono apagado.

—¿Lo ve realmente? ¿Cree que es así?

—Lo que veo es que en su hambre de paraíso, usted no se lo pensó dos veces para vendernos a todos a Delagard.

—Esto lo dice usted con mucha crueldad —protestó Quillan.

—Sí, supongo que sí. Lo siento —dijo con ironía—. No creo que tenga ninguna razón para sentirme irritado, ¿verdad?

—Hijo mío…

—¡Yo no soy hijo suyo!

—Es usted hijo de Dios, al menos.

Lawler suspiró. Dos lunáticos, pensó: Delagard y Quillan. Uno dispuesto a cualquier cosa en nombre de la redención, y el otro por conquistar mundo. Quillan apoyó suavemente su mano sobre una mano de Lawler y sonrió.

—Dios lo ama —dijo suavemente—. Él lo llevará a su gracia, no tema.

—Dime lo que sepas acerca de la Faz de las Aguas —le pidió Lawler a Sundria—. Absolutamente todo lo que sepas.

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