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Электронная книга - «Domada por Amor». Краткое содержание книги:

Los solteros más codiciados y aventureros de Londres se han unido para formar el Bastion Club, una sociedad de élite para caballeros dedicada a determinar el futuro de sus miembros en lo referente al matrimonio.
Los hombres del Bastion Club han demostrado su valor luchando secretamente por su país. Ahora su líder se enfrenta a la más peligrosa de todas las misiones: encontrar una novia.
Actuando como el misterioso líder del Bastion Club conocido como «Dalziel», Royce Henry Varisey, X duque de Wolverstone, ha servido a su país durante décadas, enfrentándose a innombrables peligros. Pero como poseedor de uno de los títulos de nobleza más augustos de Inglaterra, ahora debe cumplir con la labor más crucial de todas: el matrimonio.
No obstante, las jóvenes y las grandes damas que podrían ser apropiadas son predeciblemente aburridas. Mucho más tentadora resulta la terca y distante ama de llaves de su castillo, Minerva Chesterton. Bajo su sereno exterior se esconde una mujer de ardiente sensualidad, que colmaría sus días de comodidades y sus noches de puro placer. Decidido a reclamarla, se embarca en una seducción para demostrar su maestría sobre cada centímetro de su cuerpo… y cada fibra de su corazón.
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No volvió. Royce le dio media hora, y después dejó la locuaz reunión y la siguió por las escaleras hasta la torre. Aminoró la velocidad y miró las sombras que poblaban el pasillo hasta su habitación, dudó un momento, y después continuó. Hasta sus aposentos, hasta su dormitorio.

Ella estaba allí, sobre su cama.

Se detuvo en el umbral, sonrió, y ese gesto se vio cargado con cada ápice de impulsos predatorios que recorrían sus venas.

No había dejado encendida ninguna vela, y la luz de la luna entraba por la ventana, bruñendo su cabello, que estaba extendido sobre sus almohadones, dorando las curvas de sus hombros desnudos con un brillo opalescente.

Se dio cuenta de que no llevaba camisón.

Estaba recostada entre los almohadones; debía de haber estado mirando la noche empapada de luna, pero había girado la cabeza para verlo. A través de la oscuridad, Royce sintió que la mirada de Minerva se deslizaba sobre él… sintió que la anticipación crecía, se tensaba.

Permaneció donde estaba y dejó que aumentara.

Dejó que creciera y se fortaleciera hasta que, cuando finalmente se movió y caminó hacia ella, sintió como si una invisible cuerda de seda se hubiera enredado a su alrededor y estuviera tirando de él.

La visión de ella allí, un anhelado regalo, una recompensa, alimento el hambre en su interior un grado más y dejó una primitiva vibración en su sangre.

Ella era suya. Y podía tomarla como su ser ducal decretara.

Su anhelante rendición estaba implícita en su silencio a la espera.

Caminó hasta el aparador junto a la pared. Se quitó la chaqueta, la tiró en una silla cercana, se desabrocho el chaleco mientras planeaba cómo aprovechar mejor la oportunidad para avanzar en su propósito.

Para avanzar en su campaña.

Desnudarse era un obvio primer paso; dilatando deliberadamente los momentos antes de unirse a ella con una actividad que subrayara que su intención era incrementar su ya dilatada conciencia, de él y de todo lo que harían pronto.

Se quitó el alfiler de diamante de su pañuelo y lo dejó sobre el aparador, y después desató sin prisa la tela de lino.

Cuando se quitó la camisa, escuchó que ella se agitaba bajo las sábanas.

Cuando tiró sus pantalones a un lado y se giró, ella dejó de respirar.

Caminó lenta y deliberadamente hasta su lado en la cama. Por un instante, se mantuvo mirándola; la mirada de Minerva subió lentamente desde las ingles de Royce hasta su pecho, y finalmente hasta su rostro. Atrapando sus enormes ojos, extendió la mano hasta las sábanas, y las levantó mientras hacía una señal con la mano.

– Ven. Levántate.

La anticipación la recorrió, como una afilada y feroz ola extendiéndose bajo su piel. Con la boca seca, Minerva examinó su rostro, los duros ángulos y los sombríos rasgos, la implacable y poca informativa expresión que establecía: un hombre primitivo. Se humedeció los labios, y vio que los ojos de Royce seguían aquel pequeño movimiento.

– ¿Porqué?

Los ojos del duque volvieron hasta los de Minerva. No respondió, simplemente mantuvo levantadas las sábanas, y esperó.

El aire frío se deslizó bajo las sábanas levantadas y encontró su piel. Royce, Minerva lo sabía, estaría radiando calor; lo único que tenía que hacer para evitar el frío era levantarse y dejar que él la atrajera hasta su cuerpo.

– ¿Y entonces qué?

Un escalofrío de anticipación incluso mayor (una señal reveladora que a Royce no le pasó desapercibida) amenazó con abrumarla. Levantó la mano, posó los dedos sobre los del duque y dejó que la sacara de la cama.

Royce caminó hacia atrás, atrayéndola hacia él, hasta que ambos estuvieron bajo el haz plateado de la luna, hasta que ambos estuvieron bañados por el pálido brillo. El aliento de Minerva se suspendió, atrapado en su pecho; no podía apartar sus ojos de él… Un magnífico macho, poderoso y fuerte, con cada musculosa curva, cada cresta y cada línea, grabada con plata fundida.

Sus dedos se tensaron sobre los de ella, tiró de ella hacia sí, la atrajo inexorable, e irresistiblemente, entre sus brazos. En un abrazo que era tanto frío como cálido; sus manos se deslizaron hábilmente sobre su piel, acariciándola, recorriéndola, mientras sus brazos se cerraban lentamente y la atrapaban, y después la ceñían aún más, contra la caliente dureza de su totalmente masculino cuerpo.

Sus manos se extendieron sobre la espalda de Minerva; sus oscuros ojos la observaron, bebieron de su expresión mientras sus cuerpos se encontraban, los pechos desnudos contra el desnudo torso, sus caderas contra sus muslos… Minerva cerró los ojos y se estremeció.

La dura asta de su erección era como un hierro de marcar contra su tenso vientre.

El ama de llaves inhaló, abrió los ojos, solo para encontrar a Royce cerrando la distancia. Sus labios encontraron los de ella, los cubrieron, los poseyeron, no solo con fuerza conquistadora sino con una lánguida pasión, una más evocativa, totalmente irresistible… una declaración de intenciones que no tenía por qué hacer más estridente; ella sería suya siempre que lo deseara… ambos lo sabían.

El conocimiento la penetró mientras le daba sus labios, y después su boca, y después se unían en un caliente duelo de lenguas; Minerva había acudido a su habitación con el pensamiento de gratificarlo en la mente. Gratificarlo no requería ninguna acción activa de ella; ella podía simplemente dejarlo tomar todo lo que deseara, seguir su guía, y él se sentiría satisfecho.

Pero ¿y ella?

La pasividad no era su estilo, y ella quería que aquello, aquella noche, fuera un regalo suyo… algo que ella quería darle, no algo que se viera obligada a entregar.

Porque él no había tomado las riendas, y era la oportunidad de Minerva. Así que las tomó ella… deslizó una mano entre sus muslos y la cerró firmemente sobre el asta de su erección. Sintió que la certeza brotaba cuando él se tensó, como si su roce tuviera el poder de distraerlo por completo.

Aprovechando el momento, deslizó la otra mano para que se uniera con la primera, uniéndolas alrededor de su rígido miembro en un homenaje táctil… y a través del beso sintió cada partícula de su conciencia centrándose en el lugar que ella acariciaba.

Rompiendo el beso lentamente, Minerva movió las palmas de sus manos… observó el rostro de Royce, confirmando que su tacto, sus caricias, poseían el poder de capturarlo. Sus brazos se relajaron mientras su atención cambiaba; su abrazo se debilitó lo suficiente para que ella se apartara un poco.

Lo suficiente para mirar abajo y poder ver lo que estaba haciendo y experimentando mejor.

Royce la había dejado tocarlo antes, pero en ese momento se había sentido abrumada… había demasiado de él que explorar. Ahora, más familiarizada con su cuerpo, más cómoda estando desnuda en su presencia, menos distraída por el milagro de su pecho, por los pesados músculos de sus brazos, por las largas y poderosas columnas de sus muslos; ahora que ya no se sentía esclavizada por sus besos, podía extender sus exploraciones de lo que más deseaba aprender… que lo complacía a él.

Minerva lo acarició, y después dejó que sus dedos deambularan; su pecho se hinchó mientras tomaba aliento profundamente.

Miró su rostro, sus ojos, el oscuro deseo que ardía en él, brillando desde debajo de la espesa cortina de sus pestañas. Apretó la mandíbula, y los músculos se tensaron con una tensión que estaba extendiéndose lentamente por su cuerpo.

Sabía que no podía dejarla demasiado tiempo.

En una ráfaga de recuerdos, Minerva recordó una tarde en Londres hacía mucho tiempo, y los ilícitos secretos compartidos por sus compañeros más salvajes.

Sonrió… y dejó que la mirada de Royce se agudizara sobre sus labios. Sintió que la verga entre sus manos se movía ligeramente.

Mirando esos oscuros ojos encendidos por la abrasadora pasión, supo exactamente lo que estaba pensando.

Supo exactamente lo que quería hacer, lo que necesitaba hacer, para equilibrar la escala de concesiones mutuas entre ellos.

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