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Los hombres que no amaban a las mujeres [Män som hatar kvinnor - es]

Электронная книга - «Los hombres que no amaban a las mujeres [Män som hatar kvinnor - es]». Краткое содержание книги:

Harriet Vanger desaparecio hace treinta y seis anos en una isla sueca propiedad de su poderosa familia. A pesar del despliegue policial, no se encontro ni rastro de la muchacha. Se escapo? Fue secuestrada? Asesinada? El caso esta cerrado y los detalles olvidados. Pero su tio Henrik Vanger, un empresario retirado, vive obsesionado con resolver el misterio antes de morir. En las paredes de su estudio cuelgan cuarenta y tres flores secas y enmarcadas. Las primeras siete fueron regalos de su sobrina; las otras llegaron puntualmente para su cumpleanos, de forma anonima, desde que Harriet desaparecio. Mikael Blomkvist acepta el extrano encargo de Vanger de retomar la busqueda de su sobrina. Periodista de investigacion y alma de la revista Millennium, dedicada a sacar a la luz los trapos sucios de la politica y las finanzas, Blomkvist esta vigilado y encausado por una querella por difamacion y calumnia presentada por un gran grupo industrial que amenaza con arruinar su carrera y su reputacion. Contara con la colaboracion inesperada de Lisbeth Salander, una peculiar investigadora privada, socialmente inadaptada, tatuada y llena de piercings, y con extraordinarias e insolitas cualidades. Asi empieza esta magnifica novela que es la cronica de los conflictos de una familia, un fascinante fresco del crimen y del castigo, de perversiones sexuales y trampas financieras; un entramado violento y amenazante en el que, no obstante, crecera una tierna y fragil historia de amor entre dos personajes absolutamente inolvidables.
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– ¿Por qué? -preguntó Mikael algo desconcertado.

– No lo sé. Lo cierto es que nadie lo entiende; no hemos hecho ninguna campaña. Christer se ha pasado una semana encuestando aleatoriamente a los recién abonados para averiguar cuál es su perfil. Para empezar, se trata de suscriptores completamente nuevos. En segundo lugar, el setenta por ciento son mujeres. Normalmente, se suele tener un setenta por ciento de hombres. En tercer lugar, los podríamos definir como gente de ingresos medios, residentes en las afueras y con trabajos cualificados: profesores, directivos, funcionarios.

– ¿La rebelión de la clase media contra el gran capital?

– No lo sé. Pero si sigue así, vamos a ver un cambio profundo en el perfil de nuestros suscriptores. Hace dos semanas celebramos una reunión en la redacción y decidimos introducir algunas novedades; quiero más artículos sobre temas sindicales relacionados con la TCO, la Confederación General de Funcionarios y Empleados y textos similares, pero también más reportajes de investigación sobre asuntos feministas, por ejemplo.

– Ten cuidado con no cambiar demasiado -respondió Mikael-. Si estamos ganando nuevos suscriptores, será, sin duda, porque les gusta la revista tal y como es.

Cecilia Vanger había invitado también a Henrik Vanger a la cena, posiblemente para reducir el riesgo de entrar en desagradables temas de conversación. Había preparado un guiso de carne de caza que acompañó con vino tinto. Erika y Henrik dedicaron gran parte de la conversación a hablar sobre el desarrollo de Millennium y los nuevos suscriptores, pero la conversación se fue yendo, paulatinamente, por otros derroteros. De buenas a primeras, Erika se dirigió a Mikael y le preguntó cómo avanzaba su trabajo.

– Espero tener listo un borrador de la crónica familiar dentro de más o menos un mes para que Henrik pueda echarle un vistazo.

– Una crónica al estilo de la familia Adams -sonrió Cecilia.

– Tiene ciertos aspectos históricos -admitió Mikael.

Cecilia miró de reojo a Henrik Vanger.

– Mikael, en realidad a Henrik no le interesa la crónica familiar. Quiere que resuelvas el misterio de la desaparición de Harriet.

Mikael no dijo nada. Desde que había iniciado su relación con Cecilia, hablaba con ella de manera bastante abierta sobre Harriet.

Cecilia ya había deducido que ésa era su verdadera misión, aunque él nunca se lo hubiera confirmado formalmente. Sin embargo, no le había contado a Henrik que Cecilia y él habían tratado el tema. Henrik arqueó ligeramente sus pobladas cejas. Erika permaneció callada.

– Por favor, Henrik -dijo Cecilia-. No soy tonta. No sé exactamente qué acuerdo tenéis entre los dos, pero él esta aquí por Harriet. ¿A que sí?

Henrik asintió con la cabeza y miró de reojo a Mikael.

– Ya te dije que es muy lista.

Luego se dirigió a Erika:

– Supongo que Mikael te ha explicado qué es lo que hace en Hedeby.

Ella asintió.

– Y supongo que piensas que es algo descabellado. No, no es preciso que contestes. En efecto, es una misión absurda y descabellada. Pero necesito saber la verdad.

– No tengo nada que objetar al respecto -dijo Erika diplomáticamente.

– Seguro que sí -contestó Henrik.

Acto seguido, se dirigió a Mikaeclass="underline"

– Dentro de poco habrán pasado seis meses. Cuéntanos, ¿has encontrado algo que no hayamos investigado ya?

Mikael evitó la mirada de Henrik. Enseguida recordó la extraña sensación que le invadió la noche anterior al estar hojeando el álbum de fotos. Aquella sensación llevaba acompañándole durante todo el día, pero no había tenido tiempo de sentarse y volver a abrir el álbum. No estaba seguro de si lo había soñado o no, pero sabía que se le había pasado por la mente algún pensamiento que estuvo a punto de tomar forma y convertirse en una idea decisiva e importante. Acabó por alzar la vista y mirar a Henrik Vanger negando con la cabeza.

– No he encontrado absolutamente nada.

El viejo lo observó con una atenta expresión en su rostro. Renunció a comentar la respuesta de Mikael y finalmente asintió.

– No sé qué pensáis vosotros, jóvenes, pero ya va siendo hora de que me retire. Gracias por la cena, Cecilia. Buenas noches, Erika. Pásate a verme mañana antes de irte.

En cuanto Henrik Vanger cerró la puerta, reinó el silencio. Fue Cecilia quien lo rompió.

– Mikael, ¿qué es lo que le ha pasado?

– Que Henrik Vanger es igual de sensible a las reacciones de la gente que un sismógrafo. Anoche, cuando pasaste a verme, estaba hojeando un álbum de fotos.

– Vi algo. No sé qué, no consigo precisar qué es. Fue algo que casi se convierte en idea, pero se me escapó.

– Pero ¿en qué estabas pensando?

– Simplemente no lo sé. Luego llegaste tú, y yo… mmm… tuve cosas más agradables en las que pensar.

Cecilia se ruborizó. Evitó la mirada de Erika y salió disparada a la cocina para preparar café.

Era un cálido y soleado día de mayo. La naturaleza había eclosionado, mostrando su mejor verdor, y Mikael se sorprendió a sí mismo canturreando la vieja canción tradicional Llega la época de las flores.

Erika pasó la noche en el cuarto de invitados de Henrik. Tras la cena, Mikael le había preguntado a Cecilia si quería compañía; ella le contestó que debía preparar las juntas de evaluación y que, además, se encontraba cansada y deseaba descansar. El lunes a primera hora de la mañana Erika se despidió de Mikael con un beso en la mejilla y abandonó la isla de Hedeby.

Cuando Mikael entró en la cárcel a mediados de marzo, la nieve todavía cubría el paisaje con su pesado manto. Ahora los abedules estaban echando sus primeras hojas y el césped de alrededor de su casa se mostraba abundante y rebosante de salud. Por primera vez tuvo la oportunidad de dar una vuelta por toda la isla. Hacia las ocho se fue a casa de Anna y pidió prestado un termo. Habló brevemente con Henrik, que se acababa de levantar, y éste le dejó su mapa de la isla. Quería echarle un vistazo a la cabaña de Gottfried, que, indirectamente, aparecía varias veces en la investigación policial, ya que Harriet había pasado algún tiempo allí. Henrik explicó que la cabaña pertenecía a Martin Vanger, pero que generalmente permanecía deshabitada desde hacía ya algunos años. Sólo en contadas ocasiones algún familiar se alojaba allí.

Mikael logró pillar a Martin Vanger justo de camino a su trabajo en Hedestad. Le explicó sus planes y pidió prestada la llave. Martin le observó con una divertida sonrisa.

– Supongo que la crónica familiar ha llegado al capítulo de Harriet.

– Sólo quería echar un vistazo…

Martin Vanger le rogó que esperara un momento y, en un abrir y cerrar de ojos, volvió con la llave.

– Entonces, ¿no te importa?

– Por mí, puedes instalarte allí si quieres. La verdad es que se trata de una casa mucho más agradable que la que tienes. La única pega es que está situada en la otra punta de la isla.

Mikael preparó café y unos sándwiches. Antes de salir, llenó una botella de agua y lo metió todo en una mochila que se colgó del hombro. Siguió un camino estrecho y medio cubierto de vegetación, que se extendía a lo largo de la bahía de la parte norte de la isla. La cabaña de Gottfried se encontraba al final de la punta, a unos dos kilómetros del pueblo, pero Mikael tardó sólo media hora en recorrer el trayecto a paso lento.

Martin Vanger tenía razón. Al salir de una curva del estrecho camino, un frondoso paraje apareció junto al agua. La vista era maravillosa. Enfrente quedaba la desembocadura del río; a la izquierda, el puerto de Hedestad, y a la derecha, el puerto industrial.

Le sorprendió que nadie hubiese ocupado la cabaña de Gottfried. Se trataba de una construcción rústica de madera, con troncos transversales de mordiente oscuro, el tejado de teja, los marcos de las ventanas pintados de verde, y un porche pequeño y soleado delante de la puerta de la entrada. Sin embargo, resultaba evidente que el mantenimiento de la cabaña y el jardín había sido desatendido durante bastante tiempo; la pintura de las puertas y de las ventanas se había desconchado, y lo que debería haber sido césped eran ahora unos arbustos de un metro de alto. Haría falta una buena jornada de trabajo, provisto de guadaña y sierra, para arreglar ese jardín.

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