La torre de la golondrina
- Автор: Сапковский Анджей
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La torre de la golondrina». Краткое содержание книги:
La acción comienza con Ciri llegando a una cabaña de un ermitaño al que va contando su historia, y así en un enorme flashback nos pone al día de sus andanzas. A lo largo de los recuerdos de Ciri tendremos momentos llenos de acción, de crueldad, Ciri lo pasa mal, muy mal, de ternura, de humor. Todo esto esta narrado, no solo por Ciri, sino por los numerosos personajes que van apareciendo en sus andanzas, conformando un complejo puzle, que a veces es difícil de seguir, pero que consigue recrear un fresco de las aventuras de la joven en el que una vez que todo encaja asistimos a un final tan climático y abierto que nos dejará ansiosos por comenzar a leer La dama del lago, última entrega de la serie, donde suponemos que asistiremos a un final a la altura de las novelas, en realidad una sola, que conforman la serie.
Como en todas las entregas anteriores destaca la habilidad de Sapkowski para dotar de voces personales a todos y cada uno de los personajes que aparecen, tanto a los viejos amigos como a los nuevos que se incorporan en esta entrega, como el ermitaño o algunos de los bandidos,merito compartido con la excelente traducción, entrelazar una estructura narrativa alambicada en la que las distintas lineas de acción van concordando con la precisión de un reloj, aunque en esta ocasión flojean un tanto las historias de Geralt y Yennefer, mas que nada por lo poco que aportan al destino final de la serie, en comparación con la importancia del personaje de Ciri, lo que lastra el resultado final de esta entrega, que aun así es sin duda uno de los títulos imprescindibles de la fantasía.
– Venga, que alguien me diga -jadeó, mirando el cuerpo tembloroso- que el uso de los narcóticos no es perjudicial.
Un bandido que le atacaba con una maza alzada se tropezó y cayó con la nariz entre el fango, una flecha le salía de la ingle.
– ¡Ya voy, brujo! -gritó Milva-. ¡Ya voy! ¡Aguanta!
Geralt se dio la vuelta, pero ya no había a quién rajar. Milva disparó al último ladrón que quedaba en los alrededores. El resto huyó al bosque, perseguidos por los multicolores caballeros. A algunos los perseguía el Caballero del Ajedrez. Los alcanzó, porque desde el bosque se oía cuan terrible era su acoso.
Uno de los nilfgaardianos negros, no del todo muerto, se alzó de pronto y se lanzó a la huida. Milva alzó y tensó su arco en un decir amén, aullaron los timones, el nilfgaardiano cayó sobre las hojas con una flecha de pluma gris entre las paletillas.
La arquera suspiró con fuerza.
– Nos cuelgarán -dijo.
– ¿Ponqué dices eso?
– Esto es Nilfgaard. Y ya van para dos meses que mayormente yo echo abajo nilfgaardianos.
– Esto es Toussaint, no Nilfgaard. -Geralt se tocó un lado de la cabeza, sacó la mano llena de sangre-. Joder. ¿Qué pasa ahí? Míralo, Milva.
La arquera lo contempló con atención crítica.
– Sólo te ha arrancado la oreja -afirmó por fin-. No hay por qué preocuparse.
– Qué fácil es hablar para ti. A mí me gustaba mucho mi oreja. Ayúdame a vendarlo con algo porque me corre la sangre hasta el cuello. ¿Dónde están Jaskier y Angouléme?
– En la choza, con los peregrinos… Oh, mierda.
Retumbaron los cascos y tres jinetes surgieron de la niebla. Iban sobre alazanes de guerra, sus capas y estandartes se agitaban al viento. Antes de que sonara su grito de guerra, Geralt abrazó a Milva y la arrastró debajo de un carro. No había bromas con alguien que cargaba armado con una lanza de catorce pies y daba un alcance efectivo de diez pies por delante de la cabeza del caballo.
– ¡Salid! -Los alazanes de los caballeros pateaban la tierra alrededor del carro-. ¡Tirad las armas y salid!
– Nos cuelgarán -murmuró Milva. Podía tener razón.
– ¡Ja, tunantes! -gritó burlón uno de los caballeros, que llevaba un escudo con una cabeza de toro en sable sobre campo de plata-. ¡Ja, belitres! ¡Por mi honor que vais a colgar!
– ¡Por mi honor! -le apoyó la juvenil voz de otro, con escudo celeste-. ¡Aquí mismo os vamos a despedazar!
– ¡Pero bueno! ¡Quietos!
El Caballero del Ajedrez, montado sobre Bucéfalo, salió de entre la niebla. Había conseguido por fin alzarse la abollada visera, desde debajo de ella surgía ahora una abundante masa de pelos de bigote.
– ¡Liberadles presto! -gritó-. Éstos no son malandrines, sino gente honrada y de bien. La moza se puso con valentía en defensa de los peregrinos. ¡Y este señor es un buen caballero!
– ¿Un buen caballero? -Cabeza de Toro alzó la visera y miró a Geralt con incredulidad-. ¡Por mi honor! ¡No puede ser!
– ¡Por mi honor! -El Caballero del Ajedrez se golpeó en la pechera con un guante acorazado-. ¡Puede ser, mi palabra empeño! Este tan bravío caballero me salvó de la opresión cuando los bellacos me tiraron al suelo. Nómbrase don Geralt de Rivia.
– ¿Armas?
– No me está permitido revelarlas -bufó el brujo-. Ni el nombre verdadero, ni los atributos. Hice el juramento de caballero. Soy el andante Geralt.
– ¡Oooh! -gritó de pronto una voz descarada y bien conocida-. ¡Mirad lo que nos ha traído el gato! ¡Ja, abuelilla, ya te dije que el brujo nos iba a venir en socorro!
– ¡Y en el momento justo! -gritó, Jaskier, acercándose junto con Angouléme y un grupillo de peregrinos, el laúd en una mano y en la otra su inseparable tubo-. Ni un segundo demasiado pronto. Tienes sentido de lo dramático, Geralt. ¡Debieras escribir obras para el teatro!
De pronto se quedó callado. Cabeza de Toro se inclinó en su silla, los ojos le brillaban.
– ¿Vizconde Julián?
– ¿Barón de Peyrac-Peyran?
Otros dos caballeros salieron de entre los robles. Uno, con un casco de olía adornado con un cisne blanco de alas abiertas de acertado parecido, conducía a dos prisioneros de un lazo. Otro caballero, andante pero práctico, preparaba unas sogas y miraba en busca de unas buenas ramas.
– Ni Ruiseñor ni Schirrú. -Angouléme advirtió la mirada del brujo-. Una pena.
– Una pena -reconoció Geralt-. Pero intentaremos arreglarlo. Señor caballero…
Pero Cabeza de Toro -o mejor dicho, el barón de Peyrac-Peyran- no le prestaba atención. No veía, parecía, más que a Jaskier.
– Por mi honor -dijo arrastrando las palabras-. ¡No me engaña la vista! Es el vizconde don Julián en carne y hueso. ¡Ja! ¡Cómo se va a alegrar nuestra señora la condesa!
– ¿Quién es ese vizconde Julián? -se interesó el brujo.
– Yo soy -dijo Jaskier a media voz-. No te mezcles en esto, Geralt.
– Cómo se va a alegrar doña Anarietta -repitió el barón de Peyrac-Peyran-. ¡Ja, por mi honor! Os vamos a llevar a todos al castillo de Beauclair. ¡Nada de excusas, vizconde, no prestaré mi oído a excusa alguna!
– Unos cuantos de los desertores han huido. -Geralt se permitió un tono bastante frío-. Propongo capturarlos primero. Luego pensaremos qué hacer con un día que comenzara tan interesante. ¿Qué le decís a eso, señor barón?
– Por mi honor -dijo Cabeza de Toro- que de todo ello no saldrá nada. Es imposible perseguirlos. Los criminales huyeron al otro lado del río, y nosotros no debemos plantar al otro lado ni siquiera la punta de un casco del caballo. Aquella parte del bosque de Myrkvid es un santuario intocable, y en el espíritu de los tratados firmados con los druidas por nuestra amada condesa Anna Henrietta, piadosa señora de Toussaint…
– ¡Los bandoleros han huido allí, joder! -le interrumpió Geralt, enfureciéndose-. ¡En ese santuario intocable se dedicarán a matar! Y vos me venís con no sé qué tratados…
– ¡Hemos dado palabra de caballero! -El barón de Peyrac-Peyran, como resultó, parecía más digno de llevar una cabeza de carnero que de toro-. ¡No está permitido! ¡Los tratados! ¡Ni un pie en el terreno de los druidas!
– A quien no le está permitido, no le está permitido -bufó Angouléme, llevando de las riendas a dos caballos de los bandidos-. Deja esa chachara vacía, brujo. Vamos. Tengo aún algunas cuentas pendientes con Ruiseñor, y tú, por lo que imagino, querrías todavía tener una charlilla con el medioelfo.
– Voy con vusotros -dijo Milva-. Presto me buscaré una yegua.
– Yo también -balbuceó Jaskier-. Yo también voy con vosotros.
– ¡Pero bueno, esto no! -gritó el barón cabecitoro-. Por mi honor, el señor vizconde Julián irá con nosotros al castillo de Beauclair. La condesa no nos perdonaría que, habiéndolo encontrado, no lo trajéramos. A vosotros no os detendré. Sois libres en obras y pensamientos. Como compañeros del vizconde Julián, su merced doña Anarietta os recibiría con honores y os hospedaría en el castillo, pero en fin, si despreciáis su hospitalidad…
– No la despreciamos -le interrumpió Geralt, mitigando con una mirada amenazadora a Angouléme, quien a espaldas del barón realizaba diferentes gestos repugnantes y ofensivos-. Lejos estamos de despreciarla. No dejaremos de ir a inclinarnos ante la condesa a ofrecerle el homenaje que se merece. Pero en primer lugar concluiremos lo que tenemos que concluir. Nosotros también dimos nuestra palabra, se puede decir que también firmamos un pacto. En cuanto lo concluyamos, nos dirigiremos sin tardanza al castillo de Beauclair. Iremos hacia allí sin falta.
«Aunque no sea más que por dar cuenta -añadió significativamente y con énfasis- de que deshonor alguno ni menoscabo se le cause a nuestro amigo Jaskier. Es decir, puf, Julián.
– ¡Por mi honor! -sonrió de pronto el barón-. ¡Ningún deshonor ni menoscabo alguno se le causará al vizconde Julián, estoy presto a dar mi palabra. Puesto que olvidé deciros, vizconde, que el conde Raimundo murióse hace dos años de apoplejía.