Noche Sobre Las Aguas
- Автор: Фоллетт Кен
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические детективы
Электронная книга - «Noche Sobre Las Aguas». Краткое содержание книги:
– Me ayudó a salir de un buen lío. Yo necesitaba alcanzar este avión, pero me encontraba atrapada en Liverpool, sin ningún medio de llegar a tiempo a Southampton, así que fui al aeródromo y le pedí que me trajera.
– Me alegro por ti, pero me resulta muy violento.
– No entiendo por qué estás violenta. Debe ser bonito enamorar locamente a dos hombres. Yo ni siquiera tengo uno. Diana la miró por el espejo. Más que hermosa, era atractiva, de facciones regulares y cabello oscuro, vestida con traje rojo muy elegante y una blusa de seda gris. Proyectaba un aire de confianza y energía. No me extraña que Mervyn te trajera, pensó Diana; eres su tipo.
– ¿Fue educado contigo? -preguntó.
– No mucho -contestó Nancy, con una sonrisa triste.
– Lo siento. Su punto fuerte no son los buenos modales. Diana sacó el lápiz de labios.
– Ya le estaba bastante agradecida por traerme. -Nancy se sonó delicadamente con un pañuelo. Diana observó que lucía una alianza-. Es un poco brusco, pero creo que es un hombre estupendo. He cenado con él. Me hace reír. Y es terriblemente apuesto.
– Es un hombre estupendo -reconoció Diana-, pero es arrogante como una duquesa y carece de paciencia. Yo le saco de sus casillas, porque dudo, cambio de opinión y no siempre digo lo que pienso.
Nancy se pasó un peine por el cabello, espeso y oscuro, y Diana se preguntó si se lo teñía para disimular mechas grises.
– Da la impresión de que hará lo imposible por recuperarte -dijo Nancy.
– Puro orgullo -contestó Diana-. Es porque otro hombre me ha robado. Mervyn es competitivo. Si le hubiera dejado para ir a vivir a casa de mi hermana, ni tan sólo se habría inmutado.
Nancy rió.
– Da la impresión de que no le concedes la menor posibilidad.
– Ni la más mínima.
De repente, a Diana se le pasaron las ganas de continuar hablando con Nancy. Sentía una hostilidad incontenible. Guardó el maquillaje y el peine y se levantó. Sonrió para disimular su repentina sensación de malestar.
– Voy a ver si consigo llegar a gatas hasta mi asiento -dijo.
– Buena suerte.
Cuando salió del tocador, entraron Lulu Bell y la princesa Lavinia. Al llegar al compartimento, Davy, el mozo, estaba convirtiendo sus asientos en una litera doble. A Diana le intrigaba saber cómo un asiento normal podía transformarse en dos camas. Se sentó y observó.
Primero, quitó los almohadones y sacó los apoyabrazos de sus huecos. Se inclinó sobre el marco del asiento, tiró hacia abajo de dos aletas fijas en la pared a la altura del pecho y dejó al descubierto unos ganchos. Inclinándose más, soltó una correa y alzó un marco plano. Lo colgó de los ganchos, de manera que formara la base de la litera superior. El lado externo encajó en una ranura practicada en la pared lateral. Diana estaba pensando que no parecía muy resistente, cuando Davy cogió dos puntales de aspecto fuerte y los fijó a los marcos superior e inferior, formando los pilares de la cama. La estructura ya parecía más sólida.
Colocó los almohadones del asiento sobre la cama de abajo y utilizó los del respaldo a modo de colchón de la cama superior. Sacó de debajo del asiento sábanas y mantas de color azul pálido e hizo las camas con movimientos rápidos y precisos.
El aspecto de las literas era confortable, pero muy poco íntimo. No obstante, Davy liberó una cortina azul oscuro, ganchos incluidos, y la colgó de una moldura en el techo, que Diana había considerado un simple elemento decorativo. Aseguró la cortina a los marcos de las literas con pernos. Dejó una abertura triangular, como la entrada a una tienda de campaña, para que el ocupante pudiera entrar. Por fin desdobló una pequeña escalerilla y la dispuso para poder subir a la litera de arriba.
Se volvió hacia Mark y Diana con su leve sonrisa complacida, como si hubiera ejecutado un truco de magia.
– Avísenme cuando estén preparados y terminaré de arreglarlo -dijo.
– ¿No hará mucho calor ahí dentro? -preguntó Diana.
– Cada litera cuenta con su propio ventilador. Si miran hacia arriba, lo verán.
Diana levantó la vista y vio una rejilla provista de una palanca para abrirla y cerrarla.
– Tienen también su propia ventanilla, luz eléctrica, colgador para la ropa y un estante -continuó Davy-. Si necesitan algo, aprieten este botón y acudiré.
Mientras estaba trabajando, los dos pasajeros de babor, el apuesto Frank Gordon y el calvo Ollis Field, habían cogido sus bolsas y marchado hacia el lavabo de caballeros. Davy empezó a preparar las literas del otro lado, que requería un proceso algo diferente. El pasillo no estaba en el centro del avión, sino más cercano a babor, y en este lado sólo había un par de literas, dispuestas más a lo largo que a lo ancho del avión.
La princesa Lavinia regresó con un salto de cama azul marino, largo hasta los pies, ribeteado de encaje azul, y con un turbante a juego. Su rostro era una máscara de dignidad petrificada; era obvio que consideraba dolorosamente indigno aparecer en público de aquella guisa. Contempló la litera con pavor.
– Moriré de claustrofobia -gimió.
Nadie le hizo caso. Se quitó las zapatillas de seda y se introdujo en la litera inferior. Cerró la cortina y la ajustó bien, sin decir buenas noches.
Un momento después, Lulu Bell hizo acto de aparición con un ligero conjunto de gasa rosa que apenas disimulaba sus encantos. Desde el incidente de Foynes, su comportamiento con Diana y Mark se había ceñido a las reglas estrictas de cortesía, pero ahora parecía haber olvidado de repente el pique.
– ¿A que no adivináis lo que me han contado sobre nuestro compañeros? -dijo, sentándose junto a ellos y apuntando con el pulgar a los asientos que ocupaban a Field y Gordon.
– ¿Qué te han dicho. Lulu? – preguntó Mark, lanzando una nerviosa mirada a Diana.
– !El señor Field es un agente del fbi!
No era tan sorprendente, pensó, Diana. Un agente del fbi no era más que un policía.
– !Y Frank Gordon es su prisionero! -añadió Lulu.
– ¿Quién te ha contado esto? -preguntó Mark, escéptico.
– En el lavabo de señoras sólo se habla de eso.
– Eso no significa que sea verdad, Lulu.
– ¡Sabía que no me creerías! Ese chico escuchó una discusión entre Field y el capitán del barco. El capitán estaba muy cabreado porque el fbi no avisó a la Pan American de que había un criminal peligroso a bordo. Se produjo un auténtico enfrentamiento y, al final, la tripulación le quito la pistola al señor Field.
Diana recordó que había pensado en Field como la carabina de Gordon.
– ¿Qué ha hecho ese tal Frank?
– Es un gángster. Mató a un tío, y violó a una chica y prendió fuego a un club nocturno.
A Diana le costaba creerlo. ¡Ella misma había conversado con aquel hombre! No era muy refinado, ciertamente, pero era guapo y vestía bien, y había flirteado con ella sin pasarse. Era fácil imaginarlo como un timador, un evasor de impuestos, o mezclado en juegos ilegales, pero le parecía imposible que hubiera matado gente a sangre fría. Lulu era una persona excitable, capaz de creerse cualquier cosa.
– Resulta difícil de creer -dijo Mark.
– Me rindo -dijo Lulu, con un ademán desdeñoso-. No tenéis sentido de la aventura. -Se puso en pie-. Me voy la cama. Si empieza a violar gente, despertadme.
Trepó por la escalerilla y se deslizó en la litera de arriba. Corrió las cortinas, se asomó y habló a Diana.
– Cariño, comprendo por qué te enfadaste conmigo en Irlanda. Lo he estado pensando, y me parece que recibí mi merecido. Sólo fui amable con Mark. Una tontería, supongo. Estoy dispuesto a olvidarlo en cuanto tú lo hagas. Buenas noches.
Era lo más parecido a una disculpa, y Diana carecía de ánimos para rechazarla.
– Buenas noches, Lulu -dijo.
Lulu cerró la cortina.
– Fue culpa mía tanto como suya -dijo Mark-. Lo siento, nena.