Noche Sobre Las Aguas
- Автор: Фоллетт Кен
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические детективы
Электронная книга - «Noche Sobre Las Aguas». Краткое содержание книги:
– ¡Basta, papá! -gritó Margaret.
– Debo pedirle que no utilice esa palabra mientras viaje a bordo de mi avión -dijo el capitán.
– ¿Es que le avergüenza ser judío? -preguntó papá con desdén.
Margaret observó que el capitán Baker empezaba a irritarse.
– Este es un avión norteamericano, señor, y nos regimos por patrones de conducta norteamericanos. Insisto en que deje de insultar a los demás pasajeros, y le advierto que tengo autoridad para ordenar a la policía local de nuestra próxima escala que le detenga y le encierre en prisión. Le convendría saber que en esos casos, aunque muy infrecuentes, las líneas aéreas siempre presentan cargos.
La amenaza de encarcelamiento impresionó a papá. Guardó silencio por un momento. Margaret se sentía muy humillada. Aunque había intentado parar a su padre y protestado contra su conducta, estaba avergonzada. Su grosería recaía sobre ella: era su hija. Sepultó la cara entre las manos. No podía aguantarlo más.
– Volveré a mi compartimento -dijo su padre.
Margaret levantó la vista. Papá se puso en pie y se volvió hacia mamá.
– ¿Vamos, querida?
Mamá se puso en pie. Papá le apartó la silla. Margaret experimentó la sensación de que todos los ojos estaban clavados en ella.
Harry apareció de repente, como surgido de la nada. Apoyó sus manos sobre el respaldo de la silla de Margaret.
– Lady Margaret -dijo, con una leve reverencia. Ella se levantó, profundamente agradecida por este gesto de apoyo.
Mamá se alejó de la mesa, impertérrita, la cabeza erguida. Papá la siguió.
Harry ofreció su brazo a Margaret. Era un pequeño detalle, pero significó mucho para ella. Aunque había enrojecido de pies a cabeza, consiguió salir del salón con dignidad.
Un rumor de conversaciones se desató en cuanto entró el compartimento.
Harry la guió hasta su asiento.
– Has sido muy amable -dijo Margaret de todo corazón-. No sé cómo darte las gracias.
– Oí el jaleo desde aquí. Imaginé que lo estabas pasando fatal.
– Nunca me había sentido tan humillada.
Papá, sin embargo, aún no se había rendido.
– ¡Esos idiotas se arrepentirán un día! -dijo. Mamá sentó en su rincón y le miró, inexpresiva-. Van a perder e guerra, acuérdate de mis palabras.
– Basta, papá, por favor -dijo Margaret.
Por fortuna, el único testigo del discurso fue Harry; el señor Membury había desaparecido.
Papá no le hizo caso.
– ¡El ejército alemán barrerá Inglaterra como un maremoto! ¿Sabes lo que ocurrirá después? Hitler instaurará un gobierno fascista, por supuesto.
De repente, una luz extraña brilló en sus ojos. Dios mio, parece que se haya vuelto loco, pensó Margaret. Mi padre esta perdiendo la razón. El hombre bajó la voz, y una expresión astuta acudió a su rostro.
– Un gobierno fascista inglés, por supuesto -continuo ¡Y necesitará un fascista inglés al frente!
– Oh, Dios mío -exclamó Margaret. Comprendió, desesperada, lo que estaba pensando.
Papá pensaba que Hitler le nombraría dictador de Inglaterra.
Pensaba que Inglaterra iba a ser conquistada, y que Hitler le haría regresar de su exilio para que fuera el líder del gobierno títere.
– Y cuando haya un primer ministro fascista en Londres. ¡bailarán a un son muy diferente! -concluyó papá con aire de triunfo, como si hubiera ganado alguna discusión.
Harry miraba estupefacto a papá.
– ¿Se imagina…? ¿Espera que Hitler le confíe a usted…?
– ¿Quién sabe? -dijo papá-. Debería ser alguien sin la menor relación con la administración derrotada. Si me llamaran a cumplir… mi deber para con mi país…, empezando desde cero, sin recriminaciones…
Harry parecía demasiado conmocionado para decir nada.
Margaret se encontraba sumida en la desesperación. Tenía que huir de papá. Ya no podía aguantarle. Se estremeció al recordar el resultado ignominioso de su último intento de huida, pero no iba a permitir que un fracaso la descorazonara. Debía intentarlo de nuevo.
Esta vez sería diferente. El ejemplo de Elizabeth la iluminaría. Elaboraría con toda minuciosidad el plan. Se aseguraría de contar con dinero, amigos y un sitio donde dormir.
Esta vez saldría bien.
Percy salió del lavabo de caballeros. Se había perdido casi todo el drama, pero cuando apareció, sin embargo, dio la impresión de que había vivido su propio drama. Tenía la cara encendida y parecía muy excitado.
– ¡No os lo podéis ni imaginar! -anunció al compartimento en general-. Acabo de ver al señor Membury en el lavabo… Tenía la chaqueta desabrochada y se estaba introduciendo los faldones de la camisa en los pantalones… ¡y lleva una pistolera debajo de la chaqueta, con pistola y todo!
15
El clipper se aproximaba al punto de no retorno.
Eddie Deakin, distraído, nervioso, inquieto, se reintegro a sus tareas a las diez de la noche, hora de Inglaterra. El sol ya les había ganado la delantera, dejando al aparato en tinieblas. El tiempo también había cambiado. La lluvia azotaba las ventanas, las nubes ocultaban las estrellas y vientos veleidosos abofeteaban al poderoso avión sin demostrar el menor respeto, agitando a los pasajeros.
El tiempo solía ser peor a menor altitud, pero pese a ello el capitán Baker volaba casi al nivel del mar. Estaba «cazando el viento», buscando una altitud en que el viento del oeste, que soplaba de cara, fuera menos violento.
Eddie estaba preocupado por la poca cantidad de combustible que quedaba. Se sentó en su puesto y empezó a calcular la distancia que el avión podía recorrer con el combustible contenido en los depósitos. Puesto que el tiempo era algo peor de lo previsto, los motores habrían consumido más carburante del que habían pensado. Si no quedaba suficiente para llegar a Terranova, deberían regresar antes de sobrepasar el punto de no retorno.
¿Qué le pasaría entonces a Carol-Ann?
Tom Luther lo había planeado todo con sumo cuidado, y habría tenido en cuenta la posibilidad de que el clipper se retrasara. Tendría alguna forma de ponerse en contacto con sus compinches, para confirmar o alterar la hora de la cita.
Pero si el avión regresaba, Carol-Ann seguiría en manos de los secuestradores durante veinticuatro horas más, como mínimo.
Durante la mayor parte de su período de descanso, Eddie se había quedado sentado en el compartimento de delante, removiéndose en el asiento y mirando por la ventana. Ni siquiera había intentado dormir, sabiendo que le resultaría imposible. Imágenes de Carol-Ann le habían atormentado constantemente: Carol-Ann llorando, atada, o cubierta de moretes; Carol-Ann asustada, suplicante, histérica, desesperada. Cada cinco minutos deseaba descargar su puño contra el fuselaje, y luchaba sin cesar contra el impulso de subir corriendo la escalera y preguntar a su sustituto, Mickey Finn, cuánto combustible se había consumido.
Su aturdimiento le había llevado a provocar a Tom Luther en el comedor. Se había comportado como un idiota. La mala suerte les había destinado a la misma mesa. Después, Jack Ashford, el navegante, había leído la cartilla a Eddie, y éste se había dado cuenta de lo estúpido que había sido. Ahora, Jack sabía que algo ocurría entre Eddie y Luther. Eddie se había negado a proporcionar más detalles a Jack, y éste lo había aceptado…, por ahora. Eddie se había jurado mentalmente proceder con más cautela. Si el capitán Baker llegaba tan sólo a sospechar que estaban chantajeando a su mecánico, abortaría el vuelo, y Eddie ya no podría ayudar a Carol-Ann. Una preocupación más sobre sus espaldas.
Durante el segundo turno de cena había quedado olvidada la actitud de Eddie hacia Tom Luther, en la excitación de la pelea entre Mervyn Lovesey y lord Oxenford. Eddie no la había presenciado, pues se encontraba en el compartimento delantero, sumido en sus preocupaciones, pero los camareros se lo habían contado todo al poco rato. Eddie opinaba que Oxenford era un animal al que convenía bajar los humos, tal como había hecho el capitán Baker. Eddie sentía pena por el muchacho, Percy, que había sido criado por un padre semejante.