Noche Sobre Las Aguas
- Автор: Фоллетт Кен
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические детективы
Электронная книга - «Noche Sobre Las Aguas». Краткое содержание книги:
– Buenos días, Harry.
Harry volvió la cabeza, con la expresión de haber sido sorprendido haciendo algo malo. ¿En qué estarías pensando? reflexionó ella. La miró a los ojos y sonrió. Margaret sonríe a su vez, sin poder parar. Intercambiaron una estúpida sonrisa durante un largo minuto. Por fin, Margaret bajó la vista y se levantó.
– Buenos días, lady Margaret -dijo el camarero-. ¿Le apetece una taza de café?
– No, gracias, Nicky.
Debía estar hecha un adefesio, y tenía prisa por sentarse ante un espejo y cepillarse el pelo. Se sentía desnuda. Estaba desnuda, considerando que Harry se había afeitado, lucía una camisa limpia y tenía el aspecto radiante de una manzana madura.
Sin embargo, aún deseaba besarle.
Se calzó las zapatillas, recordando lo indiscreta que había sido al dejarlas junto a la litera de Harry, para recuperarlas una fracción de segundo antes de que su padre se fijara en ellas. Deslizó los brazos en las mangas de la bata y observó que los ojos de Harry miraban hipnóticamente sus pechos. No le importó; le gustaba que le mirara los pechos. Se ató el cinturón y se pasó los dedos por el pelo.
Nicky terminó su trabajo. Margaret esperaba que saliera del compartimento para poder besar a Harry, pero no fue sí.
– ¿Puedo hacer ya su litera? -preguntó el mozo.
– Desde luego -respondió ella, decepcionada. Se preguntó cuánto tiempo debería esperar para volver a besar a Harry. Recogió su bolsa de aseo, dirigió una mirada de pesar a Harry y salió.
El otro mozo, Davy, estaba disponiendo el bufet del desayuno en el comedor. Margaret robó una fresa al pasar, con la sensación de estar cometiendo un pecado. Recorrió todo el avión. La mayoría de las literas ya habían sido convertidas en asientos, y algunas personas bebían café con aspecto soñoliento. Vio que el señor Membury mantenía una animada conversación con el barón Gabon, y se preguntó de qué tema hablarían con tanto entusiasmo aquella dispar pareja. Faltaba algo, y al cabo de unos momentos comprendió de qué se trataba: no había periódicos de la mañana.
Entró en el lavabo de señoras. Mamá estaba sentada ante el tocador. De pronto, Margaret experimentó una abrumadora sensación de culpabilidad. ¿Cómo pude hacer aquellas cosas, estando mamá a pocos pasos de distancia?, pensó. El rubor cubrió sus mejillas.
– Buenos días, mamá -se obligó a decir. Para su sorpresa, su voz sonó muy normal.
– Buenos días, querida. Tienes la cara un poco roja. ¿Has dormido bien?
– Muy bien -dijo Margaret, y su rubor aumentó de intensidad-. Me siento culpable porque he robado una fresa del bufet -añadió en un momento de inspiración. Entró en el water para huir. Cuando salió, llenó la pila del lavabo con agua y se frotó la cara vigorosamente.
Lamentó tener que ponerse el vestido que había llevado el día anterior. Hubiera preferido cambiar. Se aplicó abundante colonia. Harry había dicho que le gustaba. Incluso había sabido que era «Tosca». Era el primer hombre que conocía capaz de identificar perfumes.
Se cepilló el pelo sin prisa. Era su atributo más bello y necesitaba acentuar su perfección. Tendría que preocuparme más de mi aspecto, pensó. No le había prestado mucha atención hasta hoy, pero de repente parecía haber adquirido una gran importancia. Debería utilizar vestidos que realcen mi figura, y zapatos bonitos que destaquen mis piernas largas, y colores a juego con el pelo rojo y los ojos verdes. El vestido que llevaba, de un color rojo ladrillo, era impecable, aunque holgado y algo deforme. Al mirarse en el espejo, pensó que necesitaba hombreras y un cinturón. Mamá no permitiría que se maquillara, por supuesto, de modo que debería conformarse con su tez pálida. Al menos, tenía bonitos dientes.
– Ya estoy -dijo, alegre.
Mamá no se había movido ni un centímetro.
– Supongo que vas a volver a charlar con el señor Van denpost.
– Supongo que sí, considerando que no hay nadie más en el compartimento y que tú continúas acicalándote.
– No seas descarada. Tiene algo de judío.
Bueno, no está circuncidado, pensó Margaret, y casi lo dije en voz alta por pura malicia, pero, en cambio, empezó a reír. Mamá se ofendió.
– No sé qué te hace tanta gracia. Has de saber que no permitiré que vuelvas a ver a ese joven en cuanto bajemos del avión.
– Te alegrará saber que me importa un pimiento.
Era cierto: iba a abandonar a sus padres, y le daba igual tener permiso o no.
Mamá le dirigió una mirada suspicaz.
– ¿Por qué me da la impresión de que no eres sincera.
– Porque los tiranos nunca confían en nadie.
Pensó que era una buena frase de despedida y se encaminó hacia la puerta, pero mamá la retuvo.
– No te vayas, querida -dijo, y sus ojos se llenaron de lágrimas.
¿Quería decir «No te vayas de la habitación» o «no abandones a la familia»? ¿Habría adivinado las intenciones de Margaret? Siempre había sido intuitiva. Margaret no dijo nada.
– Ya he perdido a Elizabeth. No soportaría perderte a ti también.
– ¡Pero es culpa de papá! -estalló Margaret, y de repente deseó llorar-. ¿No puedes impedir que se comporte de esa forma tan horrible?
– ¿No crees que lo intento?
Margaret se quedó petrificada; su madre jamás había admitido ni un defecto de papá.
– No aguanto su forma de ser -dijo, abatida.
– Podrías tratar de no provocarle -respondió mamá.
– Plegarme a sus deseos en todo momento, quieres decir.
– ¿Por qué no? Sólo hasta que te cases.
– Si tú le plantaras cara tal vez cambiaría.
Mamá sacudió la cabeza con tristeza.
– No puedo ponerme de tu lado y contra él, querida. Es mi marido.
– ¡Pero está equivocado!
– Da igual. Ya lo comprenderás cuando estés casada. Margaret se sintió acorralada.
– Eso no es justo.
– No falta mucho. Te pido que le aguantes un tiempo más. En cuanto cumplas veintiún años será diferente, te lo prometo, incluso si no te has casado. Sé que es duro, pero no quiero que seas expulsada de la familia, como la pobre Elizabeth…
Margaret sabía que se sentiría tan afligida como mamá si se distanciaban.
– No quiero ni una cosa ni otra, mamá -dijo.
Avanzó un paso hacia el taburete. Mamá abrió los brazos. Se abrazaron de una forma desmañada, Margaret de pie y mamá sentada.
– Prométeme que no discutirás con él -pidió mamá. Su voz era tan triste que Margaret deseó de todo corazón prometerlo, pero algo la retuvo, y se limitó a responder:
– Lo intentaré, mamá, te lo aseguro.
Mamá la soltó y la miró. Margaret leyó resignación en su rostro.
– Gracias, de todas maneras -dijo mamá.
No había nada más que hablar.
Margaret salió.
Harry estaba de pie cuando Margaret entró en el compartimento. Se sentía tan desolada que perdió todo sentido del decoro y le echó los brazos al cuello. Al cabo de un momento de estupefacto asombro, él la abrazó y besó su cabeza. El estado de ánimo de Margaret mejoró al instante.
Abrió los ojos y captó la expresión pasmada del señor Membury, que había vuelto a su asiento. Le daba igual, pero se apartó de Harry y fueron a sentarse al otro extremo del compartimento.
– Hemos de hacer planes -dijo Harry-. Tal vez sea nuestra última oportunidad de hablar en privado.
Margaret sabía que mamá volvería enseguida, y que papá y Percy regresarían con los demás pasajeros. Después, Harry y ella no encontrarían un momento de soledad. El pánico se apoderó de ella al imaginarse a ambos separándose en Port Washington para no volver a reunirse jamás.
– ¡Dime donde puedo ponerme en contacto contigo!
– No lo sé… No he previsto nada, pero deja de preocuparte. Me pondré en contacto contigo. ¿En qué hotel os alojaréis?
– En el Waldorf. ¿Me telefonearás esta noche? ¡Has de hacerlo!
– Calma, claro que te llamaré. Daré el nombre de señor Marks.
El tono relajado de Harry dio a entender a Margaret que se estaba portando de una manera tonta… y un poco egoísta. Debía pensar en él tanto como en ella.
– ¿Dónde pasarás la noche?
– Buscaré un hotel barato.
Una idea asaltó a Margaret.
– ¿Te gustaría entrar a escondidas en mi habitación? Harry sonrió.
– ¿Lo dices en serio? ¡Ya sabes que sí!
Margaret se sintió feliz por haberle complacido.
– La hubiera compartido con mi hermana, pero ahora la tendré para mí sola.
– Caramba, estoy impaciente.
Margaret sabía cuánto le gustaba a Harry la vida por todo lo alto, y deseaba hacerle feliz. ¿Qué más le apetecería?
– Pediremos que nos suban a la habitación huevos revueltos y champán.
– Querré quedarme contigo para siempre.
Esa frase devolvió a Margaret a la realidad.
– Mis padres se trasladarán a la casa de Connecticut del abuelo dentro de unos días. Entonces, tendré que encontrar un sitio donde vivir.
– Lo buscaremos juntos. Quizá alquilemos habitaciones en el mismo edificio, o algo así.
– ¿De veras?
Margaret experimentó un estremecimento de dicha. ¡Alquilarían habitaciones en el mismo edificio! Exactamente lo que ella deseaba. Había temido que él se entusiasmara y quisiera casarse con ella, o que se negara a verla de nuevo. Sin embargo, la propuesta era ideaclass="underline" estaría cerca de él y le iría conociendo mejor, sin tomar decisiones alocadas y apresuradas. Y podría acostarse con él. Pero había un problema.
– Si trabajo para Nancy Lenehan, viviré en Boston.
– Es posible que yo también vaya a Boston.
– ¿De veras?
Apenas daba crédito a sus oídos.
– Es un lugar tan bueno como otro cualquiera. ¿Dónde está?
– En Nueva Inglaterra.
– ¿Es como la vieja Inglaterra?
– Bueno, me han dicho que la gente es muy presuntuosa.
– Será como estar en casa.
– ¿Qué clase de piso tendremos? -preguntó ella, excitada-. Quiero decir, ¿de cuántas habitaciones y todo eso? Harry sonrió.