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Электронная книга - «El contenido del silencio». Краткое содержание книги:

Gabriel, un joven ejecutivo cuya vida desahogada y apacible transcurre en Londres, lleva diez años sin saber nada de su hermana, hasta el día en que recibe una llamada que le informa de que muy probablemente ésta haya fallecido en un suicidio colectivo llevado a cabo en Tenerife. Su inmediato viaje a las islas para testificar como único pariente vivo de la desaparecida tendrá un efecto devastador y a la vez catártico, que le hará replantearse todo su pasado y su futuro en un itinerario no sólo físico sino también, y sobre todo, interior.
Helena, la amiga íntima de Cordelia, será su guía durante la inmersión en la vida de su hermana. Un inmersión común que precipitará a ambos a confrontar sus miedos, vacíos y huidas.
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Y luego, poco a poco, cómo Patricia había ido estrechando cada vez más el círculo de sus amistades, restringiendo sus movimientos, controlando sus entradas y salidas. Siempre desde el amor, o desde su reflejo, con seductora dulzura, con sutilidad, sin prisa y sin pausa, con esa insólita capacidad que tenía para tornarse repentinamente débil y pequeña, para lograr que se deseara tanto protegerla y que hubiera forzosamente que amarla, como si rigiera para ella un código especial. «¿Vas a salir hoy, de verdad? A mí no ine apetece y no me gustaría estar sola, ¿no podemos quedarnos los dos juntos? ¿No te gustaría más estar conmigo?» Gabriel nunca había sido hombre de muchos amigos, y Patricia se ocupó de que poco a poco perdiera el contacto con los pocos que tenía. A ella, aquél le parecía demasiado grosero, y el otro un borracho, y el de más allá no tenía conversación, y el de más cerca nunca pagaba sus rondas, y nunca quería quedar con ellos y sus novias. Su prometida era, además, una experta en sembrar la desconfianza y el recelo. Siempre daba la impresión de saber más que Gabriel, de que, por alguna extraña lotería genética -porque ella le había convencido de que era la mujer más intuitiva, más perspicaz o más lista del mundo- le asistía toda la razón cuando emitía juicios sobre alguien. Por ejemplo, en lugar de decir «No me gusta tu amigo dive», decía -Gabriel no podía recordar con claridad la voz de Patricia, no su color, su timbre ni su matiz; era aniñada y despaciosa, eso sí lo recordaba. Gabriel sólo podía aproximarse en la cabeza a su forma de hablar, pero hay palabras que nunca se olvidan, ya que se repiten con intensidad, una y otra vez, después de ser pronunciadas-, decía: «dive es un arribista, cariño, sólo se acerca a ti por tu posición y lus contactos; todo el mundo lo sabe, y tú ni siquiera lo sospechas; te lo digo por tu bien, ten cuidado.» Y establecía semejante presunción con tanta autoridad que Gabriel pensaba: «Debe de tener razón, da la impresión de saber de qué habla.» Parecía que nada escapaba a la mirada estática y mineral de Patricia, que lo controlaba todo desde las profundidades de sus acerados ojos, demasiado azules, demasiado grandes en su rostro de porcelana. Poco a poco, Gabriel fue reduciendo su contacto social a cenas de trabajo y salidas con Patricia y su madre. Se sentía como si socialmente se hubiera acomodado en una zona de penumbra, un lugar parecido a la sala de espera de una estación de autobuses en una ciudad perdida del norte, gélido y silencioso. Reduciendo su superficie de sustentación, aprendió a replegarse. Mes tras mes, se sumergía en un estado de retracción afectiva, de embotamiento generalizado. Sus amigos parecían cada vez más lejanos, sus antiguas amantes, su hermana, figuras borrosas en la distancia. Recordaba haberlos querido, haber amado a algunas, pero ya no trataba de tener noticias de ellos ni de darles las suyas, no sentía por ellos ni inquietud ni entusiasmo. Dejó de salir y de relacionarse, y no mantenía otra relación profunda más que la de Patricia, todas las demás eran acquaintances, situaciones obligadas y fórmulas de cortesía. Gabriel ocultaba su dolor para preservar su dignidad, no se participa en las conjuras de los demás sin herirse uno mismo. De modo que mantenía las distancias, los gestos eran dulces pero las palabras escaseaban, y la mirada, cada vez más distraída, se cargaba de condescendencia. Había algo forzado, algo que olía a falso en el helado dominio de sí misma que Patricia mostraba. Sin duda, siempre era mejor mantener una distancia, no perder la calma ni los papeles, pero eso significaba que también había que separar los cuerpos para que no chocaran, enfriar los sentimientos para que no fueran demasiado ardientes, para que nadie se inflamase. En realidad, Patricia se convirtió en la misma guadaña que segó el amor que había crecido por ella. Con sus engaños sutiles, con sus veladas humillaciones, ella había colaborado activamente en la destrucción de las últimas ilusiones de Gabriel, y su acoso acabó por imponerse contra la cobardía de él. El mejor recurso de Gabriel contra Patricia acabó por ser la propia Patricia.

Desde Canarias, tan lejos de Londres, y después de haber escuchado el relato de Virgilio, en el que se vio reflejado como en un espejo distorsionante, Gabriel empezó a pensar que quizá él, el joven educado y contenido, tan apegado al orden, en el ámbito del trabajo y en el de las relaciones sociales, tan deseoso de complacer a los demás, de hacer bien las cosas, había sido, como Virgilio, la presa perfecta. Y, como Virgilio, no había tenido valor para dejar a Patricia, para decirle simplemente «no quiero casarme contigo», en lugar de «quiero posponer la boda». Su exagerada conciencia, su pánico al fracaso, el remordimiento y la presión del error le habían encadenado a Patricia. Cordelia no había podido liberarse, pero él sí podía. Y, armado de esta convicción, marcó el teléfono de su prometida, cuyas llamadas llevaba evitando durante más de una semana. Sabía que ella estaría despierta.

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