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Nostromo

Электронная книга - «Nostromo». Краткое содержание книги:

Nostromo (1904), a story of revolution, politics, and financial manipulation in a South American republic, centres, for all its close-packed incidents, upon one idea—the corruption of the characters by the ambitions that they set before themselves, ambitions concerned with silver, which forms the republic’s wealth and which is the central symbol around which the novel is organized. The ambitions range from simple greed to idealistic desires for reform and justice. All lead to moral disaster, and the nobler the ambition the greater its possessor’s self-disgust as he realizes his plight.
Encyclopædia Britannica
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– Oiga, señor-prosiguió Nostromo-. Yo no he opuesto la menor dificultad a cumplir la orden. Tan luego como oí que se me necesitaba y eché de ver que iba a ser negocio desesperado, me resolví a sacarle adelante. No había un minuto que desperdiciar. Pero en primer lugar tuve que aguardar por usted, y luego, cuando llegué a la "Italia Una", el viejo Giorgio me gritó que fuera a buscarle el médico inglés. Después la pobre moribunda quiso verme, como usted sabe. Señor, yo me resistía a ir. Sentía ya la carga de esta maldita plata que me pesaba cada vez más, y calculaba que, al sentirse morir, había de pedirme que fuera otra vez a buscarle un sacerdote. El padre Corbelán, que es valiente, hubiera venido tan luego como le hubiera avisado; pero está muy lejos, se puso a salvo uniéndose con la cuadrilla de Hernández; y el populacho, que hubiera querido hacerle pedazos, al verse defraudado se ha puesto furioso contra todos los curas. Con dificultad hubiera accedido ningún padre a sacar la cabeza de su escondrijo en una noche como ésta, a no ser tal vez bajo de mi protección. Ella no lo ignoraba. Fingí no creer que estuviera a punto de morir, y, señor, me negué…, a buscar un sacerdote para una mujer moribunda…

Al decir esto, oyó rebullir a Decoud.

– ¡Ha hecho usted eso, capataz! -exclamó, y mudando de tono añadió-: Bien, ¿sabe usted? No estuvo del todo mal.

– ¿Usted no cree en los curas, don Martín? Tampoco yo. ¿Para qué iba a perder el tiempo? Pero el caso es que ella… ella cree, y mi negativa me aprieta ahora el corazón. Quizá haya muerto a estas horas; y aquí estamos nosotros perdidos en la oscuridad de este golfo sin el menor soplo de viento. ¡Malditas supersticiones! Se habrá muerto creyendo que yo la he privado de la gloria, supongo… ¡Ah! Este traslado de la plata va a ser mi ruina.

Decoud calló, sumido en profunda reflexión. Se esforzaba por analizar las emociones despertadas por lo que había oído. La voz del capataz sonó de nuevo.

– Ahora, don Martín, cojamos los remos y veamos de arribar a Las Isabeles. O eso, o hundir la gabarra si nos sorprende el día. No debemos olvidar que el vapor salido de Esmeralda con tropas está quizá llegando. He hallado aquí un cabo de vela, y tenemos que aventurarnos a correr el riesgo de llevar una luz encendida para dirigir la lancha por la brújula. No hay miedo de que el viento nos deje a oscuras. ¡Así caiga la maldición del cielo sobre este negro golfo!

Brilló una pequeña llama ardiendo vertical, y su luz bañó el recio costillaje y tablazón de la parte cóncava y vacía de la gabarra. Decoud pudo ver a Nostromo que se había puesto de pie para hacer más fuerza con el remo. El resplandor de la candela le iluminaba hasta la faja roja que le ceñía la cintura, reflejándose en la culata plateada del revólver y permitiendo distinguir el mango de madera de un largo puñal que asomaba en el lado izquierdo. Martín se aprestó a remar con todas sus fuerzas. Ciertamente no soplaba bastante viento para matar la candela, pero la llama osciló un poco al avanzar despacio el pesado lanchón. La carga de plata la inmovilizaba de tal modo, que, a pesar de sus esfuerzos, no lograron comunicarle un andar de más de una milla por hora. Pero bastaba para llegar a Las Isabeles mucho antes que amaneciera. Podían contar con seis horas largas de oscuridad; y la distancia del puerto a la Gran Isabel no excedía de dos millas.

Decoud se fatigaba en esta ruda faena, y culpaba de tan penoso esfuerzos a la impaciencia del capataz. De cuando en cuando descansaban, y entonces aguzaban el oído para recibir el rumor del barco procedente de Esmeralda. En aquella perfecta calma un vapor en movimiento se hubiera oído a gran distancia. En cuanto a ver algo, no había que pensar en ello; los dos hombres no podían verse uno a otro, y la misma vela de la gabarra, que seguía desplegada, era invisible. A menudo suspendían su trabajo de remar.

– ¡Caramba! -dijo Nostromo de pronto en uno de esos intervalos en que permanecían apoyados sobre los gruesos mangos de los remos-. ¿Qué es ello? ¿Se aflige usted, don Martín?

El interrogado le aseguró que no había nada de eso. Nostromo se mantuvo un rato sin moverse, y luego indicó en voz baja a su compañero que se llegara a popa. En estando allí, le puso los labios al oído, y le comunico su creencia de que, además de ellos, había en la gabarra alguien más. Por dos veces había oído sollozos ahogados.

– Señor -le susurró con temor y asombro-, estoy cierto de que en el lanchón hay una persona llorando.

Decoud no había oído nada, y manifestó su incredulidad. Con todo eso, será fácil comprobar la verdad de lo que ocurría.

– Es de lo más asombroso -musitó Nostromo.

– ¿Se habrá escondido alguno a bordo mientras la gabarra estaba amarrada al muelle?

– ¿Y dice usted que era una especie de sollozo? -interrogó Decoud bajando la voz- Si está llorando, sea quien quiera, no puede ser muy peligroso.

Trepando por encima de los cofres del tesoro, se agazaparon en la parte delantera del mástil, y empezaron a palpar debajo del medio puente. De frente, en el sitio más estrecho, sus manos toparon con el cuerpo de un hombre, que permaneció callado como un muerto. Bastante sobresaltados para no hacer ruido alguno, le arrastraron hacia popa tirando de un brazo y del cuello de la chaqueta. No se movió, ni ofreció la menor resistencia, como si estuviera exánime.

La luz del cabo de vela cayó sobre un rostro redondo, de nariz aguileña, con bigotes negros y patillas recortadas. Le cubría una suciedad extrema. En las partes afeitadas de los carrillos había brotado un vello grasiento. Tenía los labios un poco entreabiertos, pero cerrados los ojos. Decoud reconoció con inmenso asombro al señor Hirsch, el tratante de pieles de Esmeralda. Lo mismo hizo Nostromo. Ambos quedaron mirándose estupefactos ante el hombre, que yacía con los pies descalzos más altos que la cabeza, fingiendo estúpidamente sueño, desmayo o muerte.

Capítulo VIII

Por un momento, a vista del extraordinario hallazgo, olvidaron sus inquietudes y padecimientos. Los del señor Hirsch parecían reducirse a un terror extremo. Por largo tiempo rehusó dar señales de vida, hasta que al fin las increpaciones de Decoud y tal vez más la impaciente indicación, hecha por Nostromo, de arrojarle al mar, ya que parecía estar muerto, le movieron a levantar primero un párpado y luego el otro.

Según refirió, no había hallado ocasión segura para partir de Sulaco. Estaba de huésped en casa de Anzani, el dueño del bazar de la plaza Mayor. Y cuando estalló la revuelta, antes de amanecer, escapó de la posada con tal prisa, que se olvidó de ponerse los zapatos. Corriendo a ciegas y en calcetines, se metió en el jardín de la casa de Anzani.

El miedo le infundio la agilidad necesaria para saltar varias cercas bajas, y de esta suerte fue a parar a los claustros, cubiertos de maleza, del arruinado convento de San Francisco, situado en una calle lateral. Abrióse camino por entre los intrincados y espinosos arbustos con la violencia de la desesperación, y esto explicaba los arañazos de su cara y manos y los desgarrones del traje. Allí permaneció oculto aquel día, con la lengua pegada al paladar a causa de la sed intensa producida por el calor y el miedo.

Hasta tres veces penetraron allí cuadrillas de revolucionarios dando gritos y lanzando imprecaciones contra el padre Corbelán, en cuya busca iban; pero al caer la tarde, mientras seguía tendido de bruces entre la espesura, creyó morirse de miedo por el silencio que reinaba en aquel lugar. No explicó con gran claridad lo que le había impulsado a dejar su refugio; pero el hecho es que había salido y logrado escurrirse fuera de la ciudad por las desiertas callejuelas de detrás del convento. Vagó en la oscuridad por los alrededores de la vía férrea, tan enloquecido de terror, que no se atrevió a acercarse a las hogueras, hechas por los piquetes de obreros italianos que custodiaban la línea. Ocurriósele vagamente que podría hallar sitio seguro en los cercados de la estación, pero, al intentarlo, los perros se abalanzaron a él ladrando, los hombres empezaron a dar voces, y sonó un tiro disparado a la aventura. Huyó de las puertas de la verja de madera, y sin saber cómo, tomó la dirección de las oficinas de la Compañía O.S.N. Dos veces tropezó con los cadáveres de los muertos durante la refriega del día; pero lo que más le asustaba eran los vivos. A ratos permanecía agazapado, luego se arrastraba, andaba a gatas, o levantándose corría un trecho, guiado por su instinto de conservación, siempre en dirección contraria a las luces del ruido de voces. Tuvo la idea de arrojarse a los pies del capitán Mitchell y pedir refugio en las oficinas de la Compañía. Todo estaba allí en tinieblas cuando él se acercó avanzando sobre sus manos y rodillas, pero de pronto alguien que estaba de centinela le preguntó: "¿Quién vive?"

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