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Nostromo

Электронная книга - «Nostromo». Краткое содержание книги:

Nostromo (1904), a story of revolution, politics, and financial manipulation in a South American republic, centres, for all its close-packed incidents, upon one idea—the corruption of the characters by the ambitions that they set before themselves, ambitions concerned with silver, which forms the republic’s wealth and which is the central symbol around which the novel is organized. The ambitions range from simple greed to idealistic desires for reform and justice. All lead to moral disaster, and the nobler the ambition the greater its possessor’s self-disgust as he realizes his plight.
Encyclopædia Britannica
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Sotillo, como Nostromo había sospechado, tenía el mando a bordo del transporte. Los acontecimientos ocurridos en Sulaco en las últimas cuarenta y ocho horas no le eran conocidos e ignoraba que el telegrafista de Esmeralda hubiera logrado poner al corriente de todo a su colega de Sulaco. A ejemplo de muchos oficiales y otras clases militares, de guarnición en la provincia, se había inclinado a abrazar el partido riverista por creer que tenía de su parte la riqueza de la concesión Gould. Había figurado entre los contertulios de la casa de ese nombre, y hecho alarde allí de sus convicciones blanquistas y ardiente entusiasmo por las reformas ante don José Avellanos, echando a la vez miradas de honrada franqueza sobre la señora de la casa y su amiga Antonia. Sabíase que pertenecía a una buena familia, perseguida y arruinada durante la tiranía de Guzmán Bento. Las opiniones que manifestó parecían perfectamente sinceras y muy conformes con su parentesco y antecedentes. No era un falsario, y, como la cosa más natural, expresaba sentimientos elevados, obsesionado por la creencia -a su entender fundada y práctica- de que el futuro esposo de Antonia Avellanos había de ser, naturalmente, amigo íntimo de la concesión Gould.

Hasta llegó a dejar entrever algo de esto en cierta ocasión a Anzani, mientras negociaba con él un pequeño préstamo -el sexto o el séptimo- en el despacho sombrío y húmedo, protegido por gruesa verja de hierro, en el fondo de la tienda principal de las Arcadas. Indicó, en efecto, al dueño del bazar que estaba en excelentes relaciones con la señorita emancipada, amiga y como hermana de la señora inglesa. Echando un pie adelante y puestos los brazos en jarras ante Anzani, parecía decirle, mirándole con altivez:

– ¿Qué te parece, miserable tendero? ¿Acaso un hombre como yo puede fracasar con cualquier mujer, y mucho menos con una muchacha emancipada, que en sociedad se permite las libertades más escandalosas?

Por supuesto, en la casa Gould guardaba un comportamiento muy diferente evitando toda fanfarronería y mostrando, al contrario, cierto aire melancólico. Como la mayoría de sus paisanos, se pegaba mucho de suaves palabras, y más aún de las proferidas por su propia boca. No tenía convicciones acerca de ninguna cosa como no fuera del poder irresistible de sus prendas personales. Pero en este punto su seguridad era tan completa, que ni siquiera la aparición de Decoud en Sulaco y su intimidad con los Gould y los Avellano le inquietó en lo más mínimo. Tan lejos estuvo de ellos que procuró trabar amistad con el rico costaguanero, recién llegado de Europa, esperando pedirle prestada una importante cantidad no tardando.

No le guiaba en la vida otra aspiración que la de obtener dinero para satisfacer sus dispendiosos gustos, a los que se entregaba sin miramientos y sin moderación. Se creía maestro consumado en galanteos, pero en realidad sus seducciones tenían la simplicidad de su instinto animal. En ocasiones, cuando estaba sólo, le acometían accesos de ferocidad; y lo propio ocurría en casos especiales, como al hallarse contratando mano a mano con Anzani algún préstamo.

Después de insinuar en las conversaciones su deseo de obtener el mando de la guarnición de Esmeralda, consiguió al fin que le nombraran para ese cargo. Aunque era un puerto de poca importancia poseía la ventaja de hallarse establecida allí la estación del cable submarino que ponía en comunicación las provincias occidentales con el resto del mundo y enviaba un ramal a Sulaco. Don José Avellanos le propuso, y Barrios contestó con una carcajada ruda y burlona: "¡Oh! ¡Sotillo! Que vaya. Es un excelente sujeto para guardar el cable, y conviene que les toque el turno a las señoritas de Sulaco." Barrios, que era sin disputa un valiente, no tenía en gran concepto a Sotillo.

Sólo por el cable de Esmeralda era por donde la mina de Santo Tomé podía estar en constante relación con el gran financiero, cuya tácita aprobación constituía la fuerza del partido riverista. Este partido tenía sus adversarios en el mismo Esmeralda; y Sotillo gobernó allí con represiva severidad, hasta que la marcha desfavorable de los acontecimientos en el remoto teatro de la guerra civil le indujo a creer que, al fin y al cabo, la rica mina de plata estaba destinada a ser presa de los vencedores. Pero había que proceder con cautela. Empezó mostrándose huraño y misterioso con la fiel municipalidad riverista de Esmeralda. De allí a poco se traslució, sin saber cómo, que el comandante de la plaza celebraba reuniones con los oficiales a altas horas de la noche; y a consecuencia de ello los señores del Municipio se retrajeron de cumplir sus deberes, permaneciendo encerrados en sus casas. De pronto, un día, todas las cartas procedentes de Sulaco llegadas por tierra fueron llevadas a la comandancia desde la oficina de correos escoltadas por un piquete de soldados, sin pretexto, disculpa, ni explicación de ningún género. Era que Sotillo había sabido por Cayta la derrota definitiva de Rivera.

Esta fue la primera señal manifiesta de haber cambiado de convicciones el jefe militar de Esmeralda. Al poco tiempo pudo observarse que conocidos demócratas, amenazados hasta entonces de arresto, grillos, y hasta castigos corporales, entraban y salían por la puerta principal de la Comandancia, donde dormitaban los caballos de los ordenanzas bajo sus pesadas sillas, mientras los soldados, con uniformes andrajosos y sombreros de paja puntiagudos, descansaban perezosamente en un banco, sacando los pies desnudos fuera de la línea de sombra; y un centinela, con chaqueta de bayeta roja, agujereada en los codos, permanecía a pie firme en el rellano de la escalinata mirando con altivez a la gente del pueblo bajo que se descubría al pasar.

Las ambiciones de Sotillo no iban más allá de su seguridad personal y de la probable contingencia de saquear la ciudad a su cargo, pero temía que su tardía adhesión le granjeara escasa gratitud por parte de los vencedores. Se había fiado por demasiado tiempo del poder de la mina de Santo Tomé. La correspondencia apresada le confirmó en sus anteriores noticias sobre una gran cantidad de lingotes de plata depositados en la Aduana de Sulaco. Apoderarse de tal tesoro significaría que se declaraba a favor de Montero; y un servicio tan importante no podría menos de ser remunerado. Con la plata en su poder, estaría en el caso de obtener ventajosas condiciones para él y las tropas que mandaba. No tenía noticias ni del levantamiento popular de Sulaco, ni de la llegada del presidente a esta ciudad, perseguido de cerca por el hermano de Montero. Creía ser el dueño de la situación en aquella parte de la República. Sus primeras determinaciones fueron incautarse de la oficina del cable telegráfico y apresar el vapor del gobierno, anclado en la estrecha caleta que forma el puerto de Esmeralda. Esto último se efectuó sin dificultad por una compañía de soldados, que se lanzaron en tropel a los portalones, mientras estaba el barco amarrado al muelle. Pero el teniente encargado de arrestar al telegrafista se detuvo en el camino entrando en el único café de Esmeralda, donde distribuyó aguardiente a sus hombres, y él tomó media botella de licor a costa del dueño del establecimiento, que era un conocido riverista. Todo el piquete de soldados se emborrachó y procedieron a desempeñar su cometido marchando por la calle con salvajes gritos y disparos a las ventanas.

Este cómico percance, que pudo resultar peligroso para la vida del telegrafista, le permitió a éste enviar a Sulaco aviso de lo que ocurría: El teniente, después de subir tambaleándose las escaleras con el sable a rastras, entró en el despacho del empleado y le besó ambas mejillas, en uno de esos repentinos cambios de humor propios del estado de embriaguez. Le asió por las solapas cerca del cuello, y le aseguró con lágrimas de alegría que todos los oficiales de Esmeralda iban a ser nombrados coroneles. Así ocurrió que, cuando el alcalde de la ciudad llegó un poco después, halló a todo el pelotón durmiendo en las escaleras y en el pasillo, y al telegrafista, que despreció aquella ocasión de escapar, ocupado en transmitir con el manipulador. El alcalde le llevó preso, la cabeza descubierta y las manos atadas a la espalda, pero no dijo nada a Sotillo de lo que había observado, y el último continuó ignorante del aviso enviado a Sulaco.

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