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Nostromo

Электронная книга - «Nostromo». Краткое содержание книги:

Nostromo (1904), a story of revolution, politics, and financial manipulation in a South American republic, centres, for all its close-packed incidents, upon one idea—the corruption of the characters by the ambitions that they set before themselves, ambitions concerned with silver, which forms the republic’s wealth and which is the central symbol around which the novel is organized. The ambitions range from simple greed to idealistic desires for reform and justice. All lead to moral disaster, and the nobler the ambition the greater its possessor’s self-disgust as he realizes his plight.
Encyclopædia Britannica
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– "Señor -expuso-, tenemos que abordar el vapor en el mar, y entre tanto mantenernos a la descubierta buscándole hasta que hayamos consumido las provisiones. Y si, por desgracia, no le hallamos, necesitamos permanecer alejados de tierra hasta extenuarnos de hambre y tal vez volvernos locos, y morir, y navegar muertos a la deriva, hasta que alguno de los vapores de la Compañía encuentre la gabarra con los dos hombres muertos que han salvado el tesoro.

"Este es el único modo de salvarlo, señor; porque ha de comprender usted que para nosotros desembarcar en cualquier parte de la costa que diste menos de cien millas de Sulaco, con esta plata en nuestro poder, equivale a arrojarnos con el pecho descubierto contra la punta de un cuchillo. Llevo conmigo una enfermedad mortal en estos arcones de plata. Si me descubren, soy hombre muerto, y usted también, señor, por venir conmigo. Hay en la barca bastante plata para enriquecer, no ya a cualquier pueblo costero de ladrones y vagabundos, sino a una provincia entera. Se figurarían que el cielo mismo les envía este tesoro y nos cortarían el cuello sin vacilar. No me fiaría de bellas palabras del hombre más honrado en toda la costa salvaje de este golfo. Reflexione usted que, aun entregándoles la plata a la primera intimación, no salvaríamos nuestras vidas. ¿Lo comprende usted bien o necesito explicarme más?"

– No, no es necesario -replicó Decoud algo distraídamente-. Veo por mí mismo con harta claridad que la posesión de este tesoro es una enfermedad mortal para nosotros. Pero había que retirarle de Sulaco, y usted era el hombre abonado para tal empresa.

– "Sin duda -respondió Nostromo-.Con todo, no creo que su pérdida empobreciera mucho a don Carlos Gould. Queda todavía sobrada riqueza en la montaña. He oído rodar el mineral argentífero por los canalones en las noches tranquilas, cuando tenía la costumbre de ir a caballo hasta Rincón para ver a cierta muchacha, después de terminar mi trabajo diario en el puerto. Durante años las rocas han venido rindiendo su precioso metal con un fragor semejante al del trueno, y los mineros dicen que el corazón de la montaña guarda bastante para seguir tronando por Dios sabe cuánto tiempo.

"Y con ser así, hace tres días estuvimos peleando a vida o muerte por evitar que la multitud se apoderara de la plata, y anoche se me ha mandado a salir con ella a favor de la oscuridad sin soplar viento alguno que empuje el lanchón, como si se tratara de la última plata que resta en el mundo para dar pan a los hambrientos. Pero en fin, dejando eso a un lado, esta va a ser la más famosa y desesperada aventura de mi vida, con viento o sin él. Se hablará de ella cuando los niños se hayan hecho hombres, y los hombres viejos. ¡Ah! Me dijeron que los monteristas no deben apropiársela, sea lo que fuere del capataz Nostromo; y no caerá en sus manos, se lo aseguro a usted, ya que para salvarla me la han atado al cuello."

– Lo tengo por seguro -murmuró Decoud; pero lo que éste creía indudable era que su compañero miraba la empresa por un lado peculiar suyo, muy distinto del que a él le interesaba.

Nostromo interrumpió sus reflexiones sobre el modo con que suelen utilizarse las aptitudes de los hombres sin conocer a fondo sus sentimientos y carácter, para proponer a Decoud que montaran los remos largos y navegaran en dirección a Las Isabeles. No convenía que con la luz del amanecer pudiera verse el tesoro en el mar a cosa de una milla de la boca del puerto. De ordinario, cuanto más densa era la oscuridad, tanto más fuertes eran las ráfagas de viento con que el capataz había contado para mover el lanchón; pero aquella noche, el golfo, envuelto en su poncho de nubes, dormía en absoluta calma con la inmovilidad de la muerte.

Las delicadas manos de don Martín sufrían cruelmente al manejar el grueso astil del enorme remo. El hombre se aplicó a la labor con brío apretando los dientes. También él se hallaba prendido en las redes de una existencia emocional, y aquella extraña faena de empujar una lancha se le antojaba el comienzo natural de un nuevo estado y adquiría una significación ideal, a causa del amor de Antonia. A pesar de todos sus esfuerzos, la gabarra apenas se movía. Nostromo juraba entre dientes y sus refunfuños alternaban con el chapoteo regular de los remos. "No avanzamos nada -murmuró-. Desearía poder divisar las islas."

Por efecto de su impericia don Martín se fatigaba más de lo necesario. De cuando en cuando circulaba por todo su cuerpo una especie de debilidad muscular que partía de sus dedos doloridos, yendo seguida de una oleada de calor. Sin descansar en las últimas cuarenta y ocho horas había combatido, discurseado, sufrido mental y físicamente, fatigando su espíritu y su cuerpo. No había dormido; había tomado muy poco alimento y soportado sin tregua la agitación de sus pensamientos y emociones. El mismo amor de Antonia, del que sacaba su fuerza e inspiración, había alcanzado el punto de tensión trágica durante su apresurada entrevista junto al lecho de don José, gravemente postrado. Y ahora, de pronto, se veía sepultado en el interior de un golfo oscuro, cuya misma lobreguez, silencio y calma de muerte acrecentaban su tormento imponiéndole la necesidad del esfuerzo físico. Con un singular temblor de placer se imaginó la gabarra hundiéndose hasta tocar el fondo del mar. "Siento amagos de delirio", pensó. Dominó el temblor de todos sus miembros, de su pecho, el temblor interior de su organismo, exhausto de fuerza nerviosa.

– ¿Descansaremos, capataz? -propuso en tono de decaimiento-. Aún tenemos por delante muchas horas de noche.

– Cierto. Supongo que no distamos de las islas más que una milla aproximadamente. Deje usted reposar los brazos, señor, si es eso lo que quiere usted decir. No hallará usted otra clase de descanso, se lo prometo, después de haber ligado su suerte a este tesoro, cuya pérdida no empobrecería a nadie. No, señor; no hay descanso hasta que hallemos un vapor destinado al norte, o en caso contrario nos halle a nosotros otro barco, muertos sobre la plata del inglés. O antes que eso…, no, ¡por Dios!, abriré con el hacha un boquete en el costado de la gabarra por debajo de la línea de flotación, sin aguardar a que el hambre y la sed me roben las fuerzas. Por todos los santos y diablos juro que echaré a pique el tesoro antes que entregárselo a ningún extraño. Ya que los caballeros se han dado el gustazo de encomendarme tal encargo, aprenderán que no se han equivocado al escogerme para la empresa.

Decoud se había tendido acezando sobre los arcones de la plata. Todas sus impresiones y sentimientos de lo pasado hasta donde su memoria le permitía recordar, le parecían el más desatinado de los sueños. Hasta el amor apasionado de Antonia, que le había sacado de las profundidades de su escepticismo, en estos momentos se le presentaba despojado de toda apariencia de realidad. Pasajeramente se sintió invadido de una indiferencia en extremo lánguida, que no carecía de cierto encanto.

– Seguramente ellos no imaginaron que había usted de mirar este negocio como cosa tan desesperada -dijo.

– Pues ¿cómo lo había de mirar? ¿Como una broma? -refunfuñó el hombre que en los libros de contabilidad de la Compañía O.S.N. en la oficina de Sulaco figuraba con el título de "Capataz del Muelle", frente a la cifra de su salario-. ¿Ha sido broma despertarme de mi sueño después de dos días de pelea en las calles, para hacerme exponer la vida a una mala carta? Además han debido tener en cuenta que, según dice todo el mundo, no soy jugador afortunado.

– Sí, y también habla todo el mundo de su buena fortuna con las mujeres, capataz -replicó Decoud con acento cansado, intentando calmar a su compañero.

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