Los viajes de Tuf [Tuf Voyaging - es]
- Автор: Мартин Джордж Рэймонд Ричард
- Год: 1988
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-0012-7
- Переводчик: Albert Sole
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Los viajes de Tuf [Tuf Voyaging - es]». Краткое содержание книги:
—Así que ha vuelto —le dijo al aparecer Tuf en su campo visual como un globo a la deriva.
Haviland Tuf no se encontraba nada cómodo con la ausencia de gravedad. Con cierta dificultad logró aproximarse a la silla para los visitantes, la cual estaba firmemente anclada a lo que habría debido ser el suelo de la oficina, y se ató a ella, cruzando luego sus manos sobre la amplia curva de su estómago. Su peluca, ahora abandonada, empezó a flotar siguiendo las corrientes de aire.
—Su secretario se negó a transmitir mi mensaje —le dijo—. ¿Cómo llegó a sospechar que podía tratarse de mí?
Tolly Mune sonrió. —¿Qué otra persona era capaz de llamar a su nave Feroz Rugido del Veldt? —dijo—. Además, hoy está a punto de cumplirse el plazo de los cinco años y tenía la sensación de que pertenecía usted a ese tipo de personas que siempre son puntuales, Tuf.
—Ya veo —dijo Haviland Tuf. Con deliberada dignidad metió la mano en el interior de sus pieles sintéticas, abrió el cierre de su bolsillo interior y sacó de él una cartera de vinilo en la que se veían encajadas, las hileras de cristales de datos—. Señora, es para mí un sumo placer entregarle la suma de dieciséis millones quinientas mil unidades base, como pago de la primera mitad de la deuda que tengo con el Puerto de S’uthlam en concepto de restauración y aprovisionamiento del Arca. Descubrirá que los fondos se hallan sanos y salvos en los más adecuados depósitos financieros de Osiris, ShanDellor, Viejo Poseidón, Ptolan, Lyss y Nuevo Budapest. Los cristales le permitirán acceder a ellos.
—Gracias —dijo ella. Cogió la cartera, la abrió, examinando durante unos segundos su interior y luego la soltó. La cartera ascendió por el aire hasta reunirse con la peluca abandonada—. No sabía muy bien cómo, pero estaba segura de que encontraría usted ese dinero, Tuf.
—Su fe en mi agudeza como negociante me resulta de los más tranquilizadora —dijo Haviland Tuf—. y ahora, pasando a ese vídeo…
—¿Tuf y Mune? ¿Así que lo ha visto? —Ciertamente —dijo Tuf.
—¡Maldición! —dijo Tolly Mune con una sonrisa algo torcida—. y bien, Tuf… ¿qué le ha parecido?
—Me siento obligado a confesar que, por razones bastante obvias evocó en mí cierta fascinación enfermiza. La idea de un drama como ése posee un innegable atractivo para mi vanidad, pero su ejecución material dejaba mucho que desear.
Tolly Mune se rió. —¿Qué le molestó más? Tuf alzó uno de sus largos dedos. —Para resumirlo en una sola palabra, la falta de precisión.
Ella asintió. —Bueno, el Tuf del vídeo pesa más o menos la mitad que usted, diría yo. Además, su rostro posee una movilidad mucho mayor, su modo de hablar no era, ni de lejos, tan envarado y poseía la musculatura de un hilador joven, así como la coordinación de un acróbata, pero al menos le afeitaron la cabeza para aumentar la autenticidad del espectáculo.
—Llevaba bigote —dijo Haviland Tuf—, en tanto que yo no.
—Pensaron que eso le daba un aire más gallardo y aventurero. Si tanto le preocupa, piense en lo que hicieron conmigo. No me importa que le quitaran cincuenta años a mi edad y tampoco que realzaran mi aspecto hasta hacerme parecer una princesa de Vandeen. Pero, ¡esos condenados pechos!
—Sin duda deseaban resaltar al máximo la certeza de que pertenecía usted al reino de los mamíferos —dijo Tuf—. Todo ello podría considerarse como alteraciones menores dirigidas a presentar un espectáculo de mayor interés estético, pero me molestan mucho las salvajes libertades que fueron tomadas en cuanto a mis opiniones ya mi filosofía de la vida, lo cual considero asunto mucho más serio. En particular me molesta y debo discrepar en cuanto a mi discurso final, en el cual opino que el genio de la humanidad, en continua evolución, será capaz de resolver todos los problemas y que eso será efectivamente lo que pase en el futuro, de la misma forma en que la ingeniería ecológica ha liberado a los s’uthlameses, para que, al fin, puedan multiplicarse sin temor ni límite alguno evolucionando hasta lograr la grandeza final de la divinidad. Ello se encuentra en absoluta contradicción, con las opiniones de las cuales le hice partícipe por aquel entonces, Maestre de Puerto Mune. Si es capaz de recordar nuestras conversaciones le dije muy claramente que cualquier solución a su problema alimenticio, ya fuera de naturaleza ecológica o tecnológica, debía acabar ineludiblemente no siendo más que un parche momentáneo, caso de que su pueblo siguiera sin practicar algún control de la reproducción.
—Usted era el héroe —dijo Tolly Mune—. No podían consentir que pareciera hablar en contra de la vida, ¿verdad?
—También he encontrado otros defectos en el argumento. Quienes hayan tenido el infortunio de asistir a la emisión de dicho vídeo, habrán recibido una imagen salvajemente distorsionada de lo que sucedió hace cinco años.
Desorden es una gata inofensiva, aunque algo juguetona, cuyos antepasados llevan siendo animales domésticos desde el amanecer de la historia humana y creo recordar que cuando usted se apoderó traidoramente de ella utilizando un tecnicismo legal y forjando con él un artero plan para obligarme a entregar el Arca, tanto ella como yo nos rendimos pacíficamente. No hubo nunca hombre alguno de los servicios de seguridad que fuera hecho pedazos por sus garras y, por descontado, mucho menos seis de ellos.
—Me arañó una vez en la mano —dijo Tolly Mune—. ¿Alguna cosa más?
—Sólo puedo sentir aprobación hacia la política y conducta de Josen Rael y el Alto Consejo de S’uthlam —dijo Tuf—. Es cierto que dicho Consejo y en particular el Primer Consejero Real actuaron de modo poco ético y falto de escrúpulos pero debo proclamar que en ningún momento ordenó Josen Rael que se me sometiera a tortura y que tampoco mató a ninguno de mis felinos para doblegar mi voluntad.
—Tampoco sudaba tanto —dijo Tolly Mune—, jamás llegó a babear. La verdad es que era un hombre bastante decente. —Suspiró—. Pobre Josen…
—Y, finalmente, llegamos al meollo de la cuestión. Sí, ciertamente, el meollo, el punto crucial. Una palabra extraña si uno se toma el tiempo necesario para paladearla, pero totalmente adecuada a la discusión actual. El meollo, Maestre de Puerto Mune, era y es la naturaleza de nuestra apuesta. Cuando traje aquí a mi nave para que fuera reparada y aprovisionada, su Consejo decidió apoderarse de ella. Me negué a venderla y dado que no tenían ningún pretexto legal para confiscar el Arca, confiscó a Desorden en tanto que alimaña y luego amenazó con destruirla a menos que yo sellara con mi pulgar el documento de transferencia. ¿Le parece esencialmente correcto todo lo anterior?
—Me lo parece —dijo Tolly Mune con una sonrisa amistosa. —Logramos resolver este callejón sin salida mediante una apuesta. Yo intentaría solventar la crisis alimenticia sufrida por S’uthlam mediante la ingeniería ecológica, impidiendo con ello la hambruna inminente que les amenazaba. Si fracasaba, el Arca era suya. Si tenía éxito se me devolvería a Desorden y además se llevarían a cabo todas mis peticiones anteriores concernientes a la nave y se me concederían diez años para pagar la factura.
—Cierto —dijo ella. —Por lo que yo recuerdo, en ningún momento se incluyó el conocimiento carnal de su cuerpo en los términos de dicho pacto, Maestre de Puerto Mune. Yo sería desde luego el último en negar la bravura que demostró en los momentos de adversidad, cuando el Consejo cerró los tubos neumáticos y clausuró los muelles. Puso en peligro tanto su carrera como su persona; hizo pedazos una ventana de plastiacero; voló a través de kilómetros de inhóspito vacío, llevando sólo un dermotraje y contando como único medio de locomoción con unos propulsores de aire; logró esquivar a las patrullas de seguridad durante todo el trayecto y, finalmente, escapó por un escaso margen a la destrucción cuando su Flota Defensiva Planetaria me atacó. Incluso un hombre tan sencillo y desprovisto de fantasía como yo, debo admitir que dichos actos poseen cierta cualidad heroica. E, incluso, romántica, y en los tiempos de la antigüedad podrían haber acabado originando una leyenda. Sin embargo, el propósito de ese tan melodramático como osado viaje era devolver a Desorden sana y salva a mi custodia, tal y como había sido estipulado en nuestro acuerdo, y no el entregar su cuerpo, Maestre Mune, a mis… —Tuf pestañeó —a mis afanes concupiscentes. Lo que es más, usted dejó perfectamente claro entonces que sus actos fueron motivados por el sentido del honor y el miedo a que la influencia corruptora del Arca contaminara a sus líderes. Tal y como yo lo recuerdo, ni la pasión física ni el amor romántico jugaron parte alguna en sus cálculos.