Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
La Mujer De Mi Hermano - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

La Mujer De Mi Hermano

Электронная книга - «La Mujer De Mi Hermano». Краткое содержание книги:

Creo que mi mujer se está acostando con mi hermano, piensa Ignacio. Tiene treinta y cinco años y se pasa el día trabajando, es banquero. Lleva nueve años casado con la bellísima Zoe, a quien irrita comprobar que su marido le hace muy poco caso. En cuanto a Gonzalo, el hermano de Ignacio, se dedica a la pintura y es un seductor nato; y aunque su cuñada le gusta, ha decidido no intentarlo «por respeto a su hermano». De momento… Pero el triángulo está servido. Y es una bomba que va desencadenar secretos familiares, el furor contenido de los celos, la fuerza ingobernable del deseo…, y también la melancolía del desamor. Todo ello, narrado a un ritmo trepidante, en una historia que es a la vez tierna y descarada, tragicómica. El Jaime Bayly más deslumbrante.
1 ... 64 65 66 67 68 69 70 71 72 ... 81
Перейти на страницу:

– Tu padre estará tan orgulloso de ti. Eres tan grande y noble como él.

Ignacio sonríe.

– ¿Te quedarías a dormir, mamá?

– Claro, mi amor. Tú sabes que no hay nadie en el mundo a quien quiera más que a ti.

– ¿Ni siquiera a Gonzalo? -pregunta él, con una sonrisa.

– Ni siquiera a Gonzalo -ríe ella, mientras lo abraza.

En el ascensor, sola, abrigada con una chaqueta impermeable, Zoe se estremece levemente de miedo. Es tarde, pero no puede dormir. Nece-sita caminar. Después de que Gonzalo se marchase con cierta brusque-dad del hotel, ella se ha sentido triste y vacía, arrepentida de haberlo llamado, todavía con náuseas, devastada por esa preocupación que no cesa, la de recordar que lleva más de una semana atrasada en su período menstrual. Aunque, en un momento de debilidad, ha estado a punto de llamar a su esposo, ha preferido quedarse sola en la habi-tación, en silencio, sin hablar con nadie, cambiando los canales del televisor, sintiéndose extraña, presa de una inquietud y un persistente malestar que no logra explicarse. Si bien está orgullosa de haberse marchado de su casa, de pronto se ha sentido abrumada por el miedo, miedo a estar embarazada, miedo a perder el rumbo, a quedarse sola y humillada, a que Ignacio la odie para siempre y Gonzalo no quiera verla más, miedo en fin a alejarse de tantas cosas buenas a las que estaba acostumbrada y que ahora, desde la precariedad en que se percibe a sí misma, cree inciertas. Zoe sale del ascensor, cruza el vestíbulo del hotel, saluda con una sonrisa al hombre uniformado que le abre la puerta y, ya en la calle, siente el frío raspando sus mejillas. De inme-diato, llama a un taxi, sube al vehículo y le pide al conductor que la lleve a la farmacia más cercana.

– ¿Se siente mal? -pregunta el hombre regordete al timón del auto-movil, mientras conduce, y Zoe le dirige una mirada distante, pues juzga impertinente la pregunta.

– No es nada -contesta-. Una pequeñez.

Desde el asiento trasero, Zoe observa las luces de neón que resplan-decen en los comercios todavía abiertos, las marquesinas de los cines y teatros, las tumultuosas fachadas de bares y cafés de moda, el pulso agitado de la noche que discurre lenta, ajena, ante sus ojos, al otro lado del cristal del automóvil. A esta hora, estaría en mi cama con Ignacio, los dos en pijama, viendo las noticias en la tele, piensa, y se estremece otra vez, y cruza los brazos como si quisiera abrigarse con ellos. ¿Qué estará haciendo Ignacio? ¿Me estará extrañando? ¿Habrá llamado a mis padres? ¿Se habrá preparado solo la cena o habrá salido a comer algo en la calle? ¿Me odiará? ¿Me estará buscando? ¿Estará feliz porque por fin podrá dormir solo? ¿Se sentirá aliviado porque me marché y tomé la decisión que él no se habría atrevido a tomar? ¿Estará en pijama viendo las noticias y pensando en mí o habrá salido a bailar con una chica guapa para olvidarme? Pase lo que pase, hice bien en irme de casa. Aunque me sienta así, golpeada, asustada, herida en mi orgullo, al menos siento algo, siento, estoy viva, no como aquellas noches eternas en casa, cuando no sentía nada y era una muerta en vida.

– Allí tiene la farmacia -le indica el conductor, señalando una pequeña puerta, iluminada por una cruz verde-. Abierta toda la noche.

– ¿Me espera, por favor?

– Será un placer, señora. Todo el tiempo que usted quiera.

Zoe baja del auto, camina unos pasos por la vereda, teniendo cuidado de no pisar algunos excrementos que los perros han dejado tras sus paseos nocturnos, y entra en la farmacia. Una señora algo mayor, de anteojos y pelo canoso, con las mejillas regordetas, la saluda de inme-diato y le pregunta en qué puede servirle. Está viendo la televisión, una teleserie de moda, y apenas si se distrae para mirar fugazmente a Zoe y hacerle la pregunta de rigor:

– ¿La puedo ayudar en algo?

Zoe se acerca a ella, aliviada de que no la acompañen otros clientes en la farmacia, y dice en voz muy baja:

– Quiero hacerme la prueba de embarazo.

– No la oigo -se queja la mujer, al otro lado del mostrador, la mirada fija en el televisor.

Cómo me vas a oír, si tienes la tele a todo volumen, vieja estreñida, piensa Zoe, pero se esmera en sonreír y dice de nuevo, levantando la voz:

– El test de embarazo, por favor.

La mujer la mira por encima de los cristales de sus anteojos, al tiempo que pregunta:

– ¿Cuántos días lleva atrasada?

– Ocho, quizás nueve -responde Zoe.

– Está bien -dice la mujer-. Porque antes de una semana, a veces se equivocan. ¿Qué marca quiere?

– No sé. La mejor. La más cara.

La señora de la farmacia le alcanza una pequeña caja, pero Zoe cambia de opinión:

– Me llevo todas las marcas, una prueba de cada una.

– Con una basta -discrepa la mujer-. ¿Quiere todas, me dice?

– Todas, sí -responde Zoe con firmeza.

Después de pagar, regresa al taxi con una pequeña vasija de plástico y le dice al conductor que la lleve de regreso al hotel. Todavía no puede creer que, en una farmacia cualquiera, tarde en la noche, haya pronun-ciado esas palabras: «Quiero hacerme la prueba de embarazo.» Le parece, por un momento, estar fuera de la realidad, pero luego atribuye esa percepción al cansancio y a los mareos que la han agobiado en las últimas horas. Llegando al hotel, se apresura en volver a la habitación, escondiendo la bolsita de plástico dentro de su chaqueta. Nada más entrar a la habitación, cierra la puerta con llave, se despoja de la casaca y lee las instrucciones de las pruebas rápidas que ha comprado en la farmacia. Curiosamente, antes de entrar al baño a hacerse las pruebas, queda en calzón y sostén y, mirándose al espejo, se sorprende al cerrar los ojos y rezar: «Dios, que sea lo que tú quieras. Si estoy embarazada, lo tendré de todas maneras.» Luego entra en el baño, orina con cuidado en una pequeña taza de plástico, introduce la tarjeta y espera con creciente desasosiego el resultado, que no tarda más de un par de minutos en aparecer con nitidez: positivo.

Zoe tira la tarjeta al piso, se mira en el espejo, se lleva las manos a la cabeza y estalla en una risotada nerviosa.

Son las nueve y veinte de la mañana. Ignacio ha acudido a un desa-yuno de negocios en el mejor hotel de la ciudad.

No ha dormido bien, esconde unas ojeras pronunciadas tras las gafas oscuras, siente que necesita un golpe de cafeína para sacudirse del cansancio y por eso le pide al camarero un café con leche. Como de costumbre, ha llegado puntualmente a su cita, las nueve clavadas, vistiendo un traje impecable que él mismo, el día anterior, ha recogido de la lavandería. Ignacio escucha a dos amigos banqueros, sentados a la mesa con él, quienes, al tiempo que lo animan con vehemencia a invertir su dinero en un proyecto que están desarrollando, comen huevos revueltos y gesticulan con un énfasis que a Ignacio le parece excesivo y que no hace sino multiplicar su desconfianza hacia ellos. Hablan mucho, piensa. Están demasiado seguros, se creen muy listos, se creen invencibles: no me inspiran confianza. De pronto, desde la cafetería, desvía la mirada hacia el vestíbulo principal de ese hotel de lujo y ve, sorprendido, que su hermano Gonzalo cruza con paso presu-roso el salón de recibo y se dirige a los ascensores. Luego se detiene, presiona el botón y espera a que se abra un ascensor. Desde esa posición, no alcanza a ver a Ignacio, quien, fingiendo interesarse en la conversación, mantiene fija la mirada más allá, donde su hermano, las manos en los bolsillos, la ropa descuidada de siempre, los anteojos oscuros con los que oculta la cara trasnochada, espera a que se abra el ascensor que lo llevará a un encuentro que ahora Ignacio puede imaginar bien: ¿qué diablos hace Gonzalo tan temprano en este hotel, sino visitando a mi mujer, que debe de estar alojada acá? Aunque lo invade una rabia profunda y sólo tiene ganas de ponerse de pie y seguirlo para confirmar sus peores sospechas, permanece sentado, im-perturbable a los ojos de sus amigos, y sigue con la mirada los números rojos que se marcan en el pequeño tablero electrónico sobre el ascen-sor, indicando los pisos por los que va subiendo, hasta que cree ver que el ascensor al que subió su hermano se ha detenido en el piso siete.

1 ... 64 65 66 67 68 69 70 71 72 ... 81
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)