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La Mujer De Mi Hermano

Электронная книга - «La Mujer De Mi Hermano». Краткое содержание книги:

Creo que mi mujer se está acostando con mi hermano, piensa Ignacio. Tiene treinta y cinco años y se pasa el día trabajando, es banquero. Lleva nueve años casado con la bellísima Zoe, a quien irrita comprobar que su marido le hace muy poco caso. En cuanto a Gonzalo, el hermano de Ignacio, se dedica a la pintura y es un seductor nato; y aunque su cuñada le gusta, ha decidido no intentarlo «por respeto a su hermano». De momento… Pero el triángulo está servido. Y es una bomba que va desencadenar secretos familiares, el furor contenido de los celos, la fuerza ingobernable del deseo…, y también la melancolía del desamor. Todo ello, narrado a un ritmo trepidante, en una historia que es a la vez tierna y descarada, tragicómica. El Jaime Bayly más deslumbrante.
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Ignacio cierra los ojos y disfruta intensamente del masaje que esa mujer obesa le da en la espalda. En lugar de ir al banco, ha decidido obsequiarse una mañana de pequeños placeres corporales, acudiendo a un exclusivo club privado del que es socio, como todos los directores del banco. Luego de sudar en la sauna, darse unos baños de vapor y entonarse con un chorro de agua helada en la ducha española, ha entrado al cuarto de masajes, donde, cubierto apenas por una toalla amarrada en la cintura, se ha echado sobre una colchoneta y, los ojos cerrados, el cuerpo laxo, ha esperado que las manos de la masajista recorran vigorosas su espalda. No habla con ella, no le gusta que le hagan preguntas: la mujer ya sabe que, cuando se ocupa de atender a Ignacio, debe hacerlo en riguroso silencio y esmerándose por masa-jearlo con más fuerza de la que emplea habitualmente. Reaccionando a los dedos de esa mujer que se hunden como punzadas en su espalda y le producen una sensación de dolor y placer a la vez, Ignacio ahoga un gemido y piensa que esos masajes pueden llegar a ser incluso más placenteros que el sexo rutinario al que solía entregarse con su esposa. Ahora la masajista retira la toalla y golpea con sus manos, de un modo acompasado, las nalgas de Ignacio, nalgas muy blancas y lampiñas, nalgas de las que él, secretamente, se siente orgulloso, pues cree que su trasero, siendo firme y sin vellos, puede verse atractivo. Mientras la masajista hunde sus dedos, suaviza la presión, frota apenas con un extremo de sus manos, junta las nalgas como si las aplaudiera, Ignacio esboza una sonrisa vagamente perceptible, los ojos cerrados, el cuerpo en reposo, y piensa en otras manos recorriendo sus nalgas, y se deleita recordando que su mujer debe de estar recibiendo las flores que le envió, y dice para sí mismo: no la necesito para ser feliz, más placer me da esta gorda masajista que Zoe en la cama, me ha hecho el favor de mi vida dejándome solo. Luego piensa: esta gorda es la mujer perfecta: no habla, no la veo, cobra barato y sabe dar placer. Ignacio sonríe con una felicidad que atribuye por completo al hecho insólito de sentirse libre, feliz, deliciosamente cínico y orgulloso de sí mismo. He convertido una mañana de mierda en una mañana feliz, piensa. Mi vida está cambiando de una manera extraña y sorprendente. Lo mejor que ha hecho Zoe en todos estos años conmigo es dejarme. Ahora estoy solo y me siento condenadamente bien. Si esta gorda sigue trabajá-ndome las nalgas con tanta destreza, la voy a nombrar directora del banco.

Han tocado la puerta. Zoe baja el volumen del televisor, se amarra una bata blanca que colgaba de la puerta del baño, comprueba mirándose en el espejo que en su cara están marcadas toda la tristeza y la angustia de las últimas horas, empieza a odiar ese hotel en el que pensó que sería tan feliz y, descalza, desnuda bajo la bata blanca, abre la puerta. Frente a ella, un botones uniformado sonríe, mostrándole la canasta de flores que le han enviado y dice:

– Son para usted, señora.

Zoe se queda sin aliento, pensando que Gonzalo se ha arrepentido por tantas cosas mezquinas que le dijo más temprano. Qué lindo detalle, piensa, sonriendo. Es una manera de pedirme perdón y decirme que me quiere después de todo. A lo mejor incluso le da un poquito de ilusión que esté embarazada. No sería tan terrible. Un bebé sólo puede traer cosas buenas.

– Muchas gracias -dice, y se emociona, se le humedecen los ojos-. Adelante, por favor. Déjalas donde quieras.

– Permiso, señora.

El botones entra en la habitación, deja la canasta de flores sobre una pequeña mesa redonda, al tiempo que Zoe saca un billete de su cartera y se lo entrega. El muchacho sonríe, hace una pequeña reverencia y se retira en seguida. Nada mejor que un chico guapo trayéndome flores de sorpresa del hombre que amo, piensa Zoe, y respira hondo, como si quisiera prolongar ese inesperado momento de felicidad. Luego advierte que, entre las flores, cuelga un pequeño sobre blanco. No tarda en retirarlo del arreglo, abrirlo y leer la tarjeta que ella está segura le ha escrito Gonzalo con amor. Se queda perpleja cuando lee: «Querida Zoe: ¡Muchas felicidades! Cuenta conmigo para lo que quieras. Saludos a Gonzalo y un abrazo para ti con el cariño de siempre, Ignacio.»

– ¡No! -grita, dolida, sin poder creérselo.

Luego se deja caer sobre la cama, la tarjeta todavía en su mano derecha. No puede ser que Ignacio sepa todo, piensa. Ahora sí estoy jodida. ¡Cómo se ha enterado de que estoy aquí! ¿Por qué me manda flores? ¿Sabe que estoy embarazada? ¿Por qué le manda saludos a Gonzalo? ¿Sabe que me he acostado con él? ¿Gonzalo me ha traicio-nado y se lo ha contado todo? Maldición, esto no puede ser verdad. Estoy jodida. Ignacio me ha mandado estas flores no porque me quiera sino para decirme que está al tanto de todo y yo soy una cucaracha y él un caballero tan distinguido. Esto no puede ser verdad, no me puede estar sucediendo a mí, tiene que ser una broma: ¡esta película horrible no puede ser mi vida!

Zoe estira el brazo, cierra los ojos y siente el hincón de la aguja penetrando en su piel.

– No se ponga tensa -le dice la enfermera, pero ella no puede evitarlo, se enoja y dice:

– Hágalo rápido y no me dé consejos.

La enfermera le saca una muestra de sangre en pocos segundos y retira la aguja. Zoe entreabre los ojos, comprueba que el tubo de plástico de la jeringuilla está lleno de su sangre, siente un mareo y dice:

– ¿Me tenía que sacar tanta sangre?

– Es la cantidad usual, señora -responde secamente la enfermera.

Zoe se levanta de la silla reclinable, sobreponiéndose a la sensación de debilidad, y pregunta:

– ¿A qué hora estarán listos los resultados?

– Venga por la tarde -dice la enfermera, mientras adhiere un papel con el nombre de Zoe en el frasco que contiene su sangre.

Al salir de la clínica privada, Zoe toma un taxi y pide al conductor que la lleve al parque más grande de la ciudad. El día está fresco y soleado. No le apetece volver al hotel, encerrarse en su habitación, leer una vez más la tarjeta de Ignacio. Podría estar conduciendo su automóvil, pero lo ha dejado en el parqueo del hotel porque se siente débil y mareada. Baja la ventanilla, aspira el aire algo enrarecido por los humos del tráfico, echa de menos la calma bucólica de su casa y decide que comerá algo en el parque, pues no ha desayunado y ya le suena el estómago de hambre. Llegando al parque, paga al conductor, desciende del vehículo y camina con la lentitud de una persona que parecería estar reponiéndose de una grave enfermedad. Pálida, ojerosa, fatigada, vistiendo un abrigo negro que la cubre hasta las rodillas, camina hasta llegar a un café frente al estanque, se sienta a una mesa circular, de color rojo, y, tan pronto como se acerca el camarero, le pide un pan con queso y un café con leche. Tengo un bebé en mi barriga, piensa. Estoy segura. Me siento rarísima. No puede ser otra cosa: estoy embarazada. Supongo que tendré que abortar. No puedo tener un hijo con Gonzalo. Está claro que él no lo quiere. Sería un escándalo. No creo que pueda soportarlo. Pero ¿seré capaz de abortar? Toda mi vida he querido tener hijos. Me he pasado años tratando de quedar embarazada de Ignacio. Nunca pudimos. Y ahora que, por desgracia, podría tener un bebé, ¿lo voy a dejar ir, sólo por miedo? Lo sensato sería abortar, pero no sé si podré hacerlo. Si no me queda más remedio que tenerlo, ¿qué voy a hacer? Me tendría que ir lejos, a la ciudad de mis padres, quizás incluso a vivir con ellos, y apartarme para siempre de Ignacio y Gonzalo. Tendría que recomenzar mi vida. No podría quedarme acá. Ignacio me haría la vida imposible. No toleraría la humillación de saberse engañado por su hermano. Su madre sería capaz de matarme con sus propias manos. No podría aguantarlo: sería demasiado. Un bebé debería traer alegría y amor al mundo, y este bebé, si estoy embarazada, sólo vendría con problemas y angustias para todos. Por eso no puedo tenerlo. Por eso no puedo estar embarazada. Dios quiera que sea sólo una sugestión mía y que en la tarde me digan que no lo estoy. Sería la mujer más feliz del mundo. Tomaría un avión, me iría a casa de mis padres y dormiría una semana entera. Pero ¿y si estoy embarazada? No puedo sino hacer una cosa: abortar sin decírselo a nadie y vivir con esa pena el resto de mis días.

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