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La Mujer De Mi Hermano

Электронная книга - «La Mujer De Mi Hermano». Краткое содержание книги:

Creo que mi mujer se está acostando con mi hermano, piensa Ignacio. Tiene treinta y cinco años y se pasa el día trabajando, es banquero. Lleva nueve años casado con la bellísima Zoe, a quien irrita comprobar que su marido le hace muy poco caso. En cuanto a Gonzalo, el hermano de Ignacio, se dedica a la pintura y es un seductor nato; y aunque su cuñada le gusta, ha decidido no intentarlo «por respeto a su hermano». De momento… Pero el triángulo está servido. Y es una bomba que va desencadenar secretos familiares, el furor contenido de los celos, la fuerza ingobernable del deseo…, y también la melancolía del desamor. Todo ello, narrado a un ritmo trepidante, en una historia que es a la vez tierna y descarada, tragicómica. El Jaime Bayly más deslumbrante.
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– Hola -dice, y le da un beso en la mejilla, y siente el fuerte aliento a alcohol que él despide.

Gonzalo entra al cuarto, cierra la puerta, se acerca a ella, la abraza y la besa en la boca, pero ella se retira, haciendo una mueca de disgusto.

– ¿Qué te pasa? -se sorprende él.

– No me siento bien. Estoy con náuseas.

– ¿Has tomado?

– No.

– ¿Qué tienes?

– No lo sé. Me siento rara.

Zoe no se atreve a decirle que lleva varios días de retraso en su menstruación: prefiere callar, no quiere asustarlo. Gonzalo abre el minibar, saca una pequeña botella de vino, la destapa y bebe un trago.

– Estás borracho -dice ella-. No tomes más.

– No jodas -sonríe él.

Zoe se sienta en la cama, se recuesta en un par de almohadas, apaga la tele, mira a los ojos a ese hombre al que se había prometido no ver en unos días y ahora tiene enfrente.

– No me gusta verte borracho -dice.

Gonzalo la mira a los ojos con cierto desdén.

– Me importa un carajo -contesta.

– ¿Cuál es tu problema, Gonzalo? ¿Por qué me tratas mal?

– No te trato mal, muñeca. He venido a verte. He venido a tratarte bien.

Zoe lo mira con una ternura que no puede evitar. Cree ver a un niño indefenso, torturado, vulnerable, que no sabe cómo pedir afecto.

– ¿Por qué te has ido de tu casa? -pregunta él, de espaldas a ella, mirando la tarde caer sobre esos techos antiguos y polvorientos.

– Ya te dije. No aguanto más a Ignacio. No puedo seguir durmiendo con él. Es una pesadilla.

– Eres una niña mimada, Zoe.

– ¿Quién eres tú para decírmelo? -se enoja ella-. Tú, el niñito mimado que nunca ha trabajado porque vive del dinero de su familia. Tú, el que se da la gran vida, ¿me vas a acusar a mí de ser una niña mimada? ¡Yo, por lo menos, terminé la universidad!

– Cálmate. No te pongas loquita. No he venido para que me regañes.

– ¿A qué has venido, entonces?

– He venido porque me has llamado -dice él, mirándola fijamente a los ojos, tratando de someterla a su carácter, que, cuando está embria-gado, parece tornarse violento.

Guardan silencio un momento y luego ella se anima a preguntar:

– ¿Estás enamorado de mí?

Gonzalo baja la mirada cuando responde:

– No. No quiero enamorarme.

– ¿Qué sientes por mí?

Ahora sí se atreve a mirarla, a desafiarla:

– Ganas de tirar rico.

– Eres un grosero, Gonzalo -se queja ella, débilmente.

– Quizás. Pero digo la verdad. Y a ti te gusta.

Es verdad, me gusta, piensa ella, pero lo oculta diciendo:

– Yo no quiero volver a tirar contigo. Nunca más.

– Sí, claro -se burla él, y toma más vino, y le mira las piernas con descaro, como si se sintiera seguro de que ese cuerpo espléndido será suyo cuantas veces lo desee.

– No te he llamado para tirar, Gonzalo.

– ¿Para qué carajo me has llamado, entonces? ¿Para decirme que te sientes mal?

Zoe se enfada y pierde la serenidad:

– ¡Sí! ¡Para decirte que no me viene la regla y estoy con mareos y tengo miedo!

Gonzalo se sorprende, detiene su incesante caminar por la habitación, se lleva las manos a los bolsillos y pregunta:

– ¿Miedo a qué?

– ¡A estar embarazada, idiota!

Cuando oye esa palabra, Gonzalo da un paso atrás. Durante años, ha evitado ser padre y por eso obligó a abortar a dos mujeres que queda-ron embarazadas de él. Gonzalo tiene muy claro que no quiere casarse ni tener hijos, así como tiene clarísimo que la felicidad, para él, consiste en vivir solo y pintar y gozar de plena libertad para seducir a cuantas mujeres le dé la gana.

– No digas bobadas, Zoe -mantiene la calma-. No puedes estar embarazada. Ignacio es estéril.

– ¡Pero tú no! -grita ella, furiosa-. ¡Y no nos hemos cuidado!

– ¡Baja la voz! -se irrita él-. ¿Hace cuánto no te viene la regla?

– Seis o siete días, no sé.

– ¿Seis o siete días? -insiste.

– Siete. Creo que siete.

– Bueno, no es nada. ¿Nunca te has atrasado siete días?

– Sí, claro.

– ¿Entonces? ¿A qué viene esta escena dramática? No pasa nada. Te has atrasado un poquito. Es normal. Ya te vendrá.

– Y las náuseas? ¿Por qué estoy mareada? Hace un rato vomité.

Gonzalo la imagina embarazada, vomitando, y pierde todo interés en tener sexo con ella y se arrepiente de haber ido a verla al hotel, de haber sido débil y cedido al instinto ciego de poseerla en ese estado de embriaguez que intenta prolongar bebiendo más vino.

– No sé. Te habrá caído algo mal. Es problema tuyo.

Zoe escucha esas palabras y siente que son como una puñalada en la espalda: «Es problema tuyo.» Es un cobarde, piensa. En lugar de darme apoyo y ternura, me da la espalda. Sólo le interesa tener sexo conmigo. No debí llamarlo.

– Olvídalo. Tienes razón. No es nada. Ya me vendrá la regla -finge calmarse, porque ahora quiere que él se vaya.

– Toma un poco de vino -sugiere él.

– No. No me provoca.

Gonzalo se acerca y la besa. Ella lo rechaza suavemente.

– No, déjame.

Pero él insiste, continúa besándola.

– Déjame, Gonzalo.

– ¿Qué te pasa? -se molesta él-. ¿No me has llamado hace una hora diciéndome que querías tirar conmigo?

– Sí -dice ella, con voz débil-. Pero ahora no me provoca.

– Quítate la ropa -ordena él.

– No quiero.

– Haz lo que te digo.

– No puedo, Gonzalo. Tengo náuseas.

– Me importa un carajo. Yo también. Pero he venido a tirar y no me vas a dejar así, con las ganas.

– Eres un egoísta.

– Sí, y tú también eres una egoísta, cabrona.

Gonzalo le da la vuelta, le baja la falda con movimientos enérgicos, se excita cuando advierte que no lleva calzón, y ahora la tiene frente a él, echada en la cama, de espaldas, resignada, entregada.

– Voy a tirarte aunque no quieras.

Ella calla, cierra los ojos, lo desea después de todo. Gonzalo la penetra sin tomarse la precaución de ponerse un condón. Está borracho. Nada le importa demasiado. Sólo quiere sentir que esa mujer es suya y lo será siempre porque, a pesar de sus escrúpulos, sus remilgos y sus ma-lestares, sabe que él le hace el amor con una destreza y una violencia que ella no conocía y ahora, jadeando avergonzada, parece agradecer.

– ¿Te gusta, putita? Dime que te gusta.

– Sí, me gusta.

– ¿Te sientes mal? ¿Sigues mareada?

– No, ya me siento mejor.

– ¿Quieres que siga?

– Sí, Gonzalo. Sigue. No pares.

Mientras él la embiste con violencia, ella no logra abandonarse al placer y gozar como en otras ocasiones porque, extrañamente, es asaltada por la oscura inquietud de que aquel retraso de su menstruación podría ser el anuncio de que algo tremendo está por ocurrirle.

– Dime que me quieres, Gonzalo -ruega.

Pero él calla y sigue moviéndose y ella jadea pero también solloza porque comprende que ese hombre no la ama de veras, apenas la desea con ferocidad. Lo que ninguno de los dos sabe, cuando terminan juntos y caen rendidos sobre la cama, es que ésa será la última vez que harán el amor.

El suave balanceo de la mecedora en que doña Cristina se ha sentado quiebra de un modo apenas audible el silencio que reina en la habita-ción de Ignacio, iluminada sólo por la luz tenue y oscilante del televisor encendido sin volumen. Doña Cristina teje un chompón de bebé y, cuando se fatiga, bebe una manzanilla que ya está un poco fría. Teje por costumbre, porque lleva años tejiendo con la ilusión de que uno de sus hijos la convierta en abuela, y también porque no puede tener quietas las manos, necesita mantenerlas ocupadas. En su casa, tiene un baúl lleno de ropa para bebé que ha tejido en los últimos años, desde que murió su esposo. Aunque comprende que su hijo mayor no puede ser padre, no ha renunciado a la ilusión de que algún día se produzca el milagro, como se aferra igualmente a la esperanza de que el menor se anime a casarse y tener un hijo. Doña Cristina piensa que sería un desperdicio y una pena si todo el esfuerzo de su marido -la fortuna que legó, los negocios que con tanto esmero cuida Ignacio, el cuantioso patrimonio familiar- no pudiese ser cedido a los herederos naturales, a la siguiente generación, los hijos de Ignacio y Gonzalo. Por eso, y porque ya se siente mayor y un poco sola, le hace tanta ilusión que algún día la sorprendan haciéndola abuela. Por eso teje con tanta dedicación un chomponcito más que irá a parar al baúl de las ropas para el futuro nieto con quien ella sueña. A su lado, tendido en la cama, cubierto hasta el cuello por blanquísimas sábanas de seda, Ignacio permanece en silencio, la mirada fija en las imágenes del televisor, como si estuviera hipnotizado. Calla lo que no se atreve a confiarle a su madre, que está devastado por la traición de Zoe, pero su sola presencia lo reconforta, le devuelve la fe en la bondad humana, le recuerda que no todos son capaces de la perfidia y la vileza de las que se siente víctima.

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