El Juego Del Ángel
- Автор: Zafón Carlos Ruiz
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El Juego Del Ángel». Краткое содержание книги:
Con estilo deslumbrante e impecable precisión narrativa, el autor de La Sombra del Viento nos transporta de nuevo a la Barcelona del Cementerio de los Libros Olvidados para ofrecernos una gran aventura de intriga, romance y tragedia, a través de un laberinto de secretos donde el embrujo de los libros, la pasión y la amistad se conjugan en un relato magistral.
– Son sólo unos rasguños.
– Quiero que le vea un médico.
– No.
– A mí no se atreva a decirme que no -replicó con dureza-. Ahora se va usted a meter en esa bañera y se va a dar con agua y jabón y se va a afeitar. Tiene dos opciones: lo hace usted o lo hago yo. No se crea que me da reparo.
Sonreí.
– Ya sé que no.
– Haga lo que le digo. Yo mientras voy a buscar un médico.
Iba a decir algo, pero alzó la mano y me silenció.
– No diga ni una palabra. Si se cree que usted es el único al que le duelen las cosas, se equivoca. Ysi no le importa dejarse morir como un perro, al menos tenga la decencia de recordar que a otros sí nos importa, aunque la verdad no sé por qué.
– Isabella…
– Al agua. Y haga el favor de quitarse los pantalones y los calzones.
– Sé bañarme.
– Cualquiera lo diría.
Mientras Isabella iba a buscar un médico me rendí a sus órdenes y me sometí a un bautismo de agua fría y jabón. No me había afeitado desde el entierro y mi aspecto en el espejo era lobuno. Tenía los ojos inyectados en sangre y la piel de un pálido enfermizo. Me enfundé ropas limpias y me senté a esperar en la galería. Isabella regresó a los veinte minutos en compañía de un galeno que me había parecido ver alguna vez por el barrio.
– Éste es el paciente. De lo que él le diga, ni caso, porque es un embustero -anunció Isabella.
El doctor me echó un vistazo, calibrando mi grado de hostilidad.
– Usted mismo, doctor -invité-. Como si yo no estuviese.
El médico empezó el sutil ritual de medición de presión, auscultamientos varios, examen de pupilas, boca, preguntas de índole misteriosa y miradas de soslayo que constituyen la base de la ciencia médica. Cuando me examinó los cortes que Irene Sabino me había hecho con una navaja en el pecho, enarcó una ceja y me miró.
– ¿Y esto?
– Es largo de explicar, doctor.
– ¿Se lo ha hecho usted?,Negué.
– Le voy a dejar una pomada, pero me temo que le quedará la cicatriz.
– Creo que ésa era la idea.
El doctor siguió con su reconocimiento. Yo me sometí a todo, dócil, contemplando a Isabella, que miraba ansiosa desde el umbral. Comprendí lo mucho que la había echado de menos y cuánto apreciaba su compañía.
– Menudo susto -murmuró con reprobación.
El doctor examinó mis manos y frunció el ceño al ver las yemas de los dedos casi en carne viva. Procedió a vendármelas una a una, murmurando por lo bajo.
– ¿Cuánto hace que no come?
Me encogí de hombros. El doctor intercambió una mirada con Isabella.
– No hay motivo de alarma, pero me gustaría visitarle en mi consulta mañana a más tardar.
– Me temo que no será posible, doctor -dije.
– Allí estará -aseguró Isabella.
– Entretanto le recomiendo que empiece a comer algo caliente, primero caldos y luego sólidos, mucha agua pero nada de café ni excitantes, y sobre todo reposo. Que le dé un poco el aire y el sol, pero sin esfuerzos. Tiene usted un cuadro clásico de agotamiento y deshidratación, y un principio de anemia.
Isabella suspiró.
– No es nada -aventuré.
El doctor me miró dudando y se incorporó.
– Mañana en mi consulta, a las cuatro de la tarde. Aquí no tengo ni el instrumental ni las condiciones para poder examinarle bien.
Cerró su maletín y se despidió de mí con un saludo cortés. Isabella le acompañó a la puerta y los oí murmurar en el rellano durante un par de minutos. Me vestí de nuevo y esperé como un buen paciente, sentado en la cama. Oí la puerta al cerrarse y los pasos del médico escaleras abajo. Sabía que Isabella estaba en el recibidor, esperando un segundo antes de entrar en el dormitorio. Cuando lo hizo finalmente, la recibí con una sonrisa.
– Voy a prepararle algo de comer.
– No tengo apetito.
– Me trae sin cuidado. Va a comer y luego vamos a salir a que le dé el aire. Y punto.
Isabella me preparó un caldo que, haciendo un esfuerzo, rellené con mendrugos de pan y engullí con semblante afable aunque me sabía a piedras. Dejé el plato limpio y se lo mostré a Isabella, que había estado de guardia a mi lado como un sargento mientras comía. Acto seguido me llevó al dormitorio, buscó un abrigo en el armario. Me colocó guantes y bufanda y me empujó hasta la puerta. Cuando salimos al portal corría un viento frío, pero el cielo relucía con un sol crepuscular que sembraba las calles de ámbar. Me tomó del brazo y echamos a andar.
– Como si estuviésemos prometidos -dije.
– Muy gracioso.
Anduvimos hasta el Parque de la Cindadela y nos adentramos en los jardines que rodeaban el umbráculo. Llegamos hasta el estanque de la gran fuente y nos sentamos en un banco.
– Gracias -murmuré.
Isabella no respondió.
– No te he preguntado cómo estás -ofrecí.
– No es ninguna novedad.
– ¿Cómo estás?
Isabella se encogió de hombros.
– Mis padres están encantados desde que volví. Dicen que ha sido usted una buena influencia. Si supieran… La verdad es que nos llevamos mejor. Tampoco es que los vea mucho. Paso casi todo el tiempo en la librería.
– ¿Y Sempere? ¿Cómo lleva lo de su padre?
– No muy bien.
– ¿Y a él, cómo lo llevas tú?
– Es un buen hombre -dijo.
Isabella guardó un largo silencio y bajó la cabeza.
– Me ha pedido que me case con él -dijo-. Hace un par de días, en Els Quatre Gats.
Contemplé su perfil, sereno y ya robado de aquella inocencia juvenil que yo había querido ver en ella y que probablemente nunca había estado allí.
– ¿Y? -pregunté finalmente.
– Le he dicho que lo iba a pensar.
– ¿Y vas a hacerlo?
Los ojos de Isabella estaban perdidos en la fuente.
– Me dijo que quería formar una familia, tener hijos… que viviríamos en el piso encima de la librería, que la sacaríamos adelante pese a las deudas que tenía el señor Sempere.
– Bueno, tú eres aún joven…
Ladeó la cabeza y me miró a los ojos.
– ¿Le quieres?
Sonrió con infinita tristeza.
– Yo qué sé. Creo que sí, aunque no tanto como él cree quererme a mí.
– A veces uno, en circunstancias difíciles, puede confundir la compasión con el amor -dije.
– No se preocupe por mí.
– Sólo te pido que te des algo de tiempo.
Nos miramos, amparados en una infinita complicidad que ya no necesitaba de palabras, y la abracé.
– ¿Amigos?
– Hasta que la muerte nos separe.
De regreso a casa nos detuvimos en un colmado de la calle Comercio a comprar leche y pan. Isabella me dijo que iba a pedirle a su padre que me trajera un pedido de finas viandas y que más me valía comérmelas todas.
– ¿Cómo van las cosas en la librería? -pregunté.
– Las ventas han bajado muchísimo. Yo creo que a la gente le da pena venir porque se acuerdan del pobre señor Sempere. Y la verdad es que, tal como están las cuentas, la cosa no pinta bien.
– ¿Cómo están las cuentas?
– Bajo mínimos. En las semanas que llevo trabajando allí he estado repasando el balance y he comprobado que el señor Sempere, que en gloria esté, era un desastre. Regalaba libros a quien no podía pagarlos. O los prestaba y no se los devolvían. Compraba colecciones que sabía que no podría vender porque los dueños amenazaban con quemarlas o tirarlas. Mantenía a base de limosnas a una pila de poetastros de medio pelo que no tenían dónde caerse muertos. Ya puede imaginarse el resto.
– ¿Acreedores a la vista?
– A razón de dos por día, sin contar las cartas y los avisos del banco. La buena noticia es que no nos faltan ofertas.
– ¿De compra?
– Un par de tocineros de Vic están muy interesados en el local.
– ¿Y Sempere hijo qué dice?
– Que del cerdo se aprovecha todo. El realismo no es su fuerte. Dice que saldremos adelante, que tenga fe.
– ¿Y no la tienes?
– Tengo fe en la aritmética, y cuando hago números me sale que en dos meses el escaparate de la librería estará repleto de chorizos y butifarras blancas.
– Alguna solución encontraremos.
Isabella sonrió.
– Esperaba que dijese usted eso. Y hablando de cuentas pendientes, dígame que ya no está trabajando para el patrón.
Mostré las manos limpias.
– Vuelvo a ser un agente libre -dije.
Me acompañó escaleras arriba, y cuando iba a despedirse la vi dudar.
– ¿Qué? -pregunté.
– Había pensado no decírselo, pero… prefiero que lo sepa por mí que por otros. Es sobre el señor Sempere.
Pasamos dentro y nos sentamos en la galería frente al fuego, que Isabella reavivó echando un par de troncos. Las cenizas del Lux Aeterna de Marlasca seguían allí y mi antigua ayudante me lanzó una mirada que hubiera podido enmarcar.
– ¿Qué es lo que me ibas a contar de Sempere?
– Lo sé por don Anacleto, uno de los vecinos de la escalera. Me contó que la tarde en que el señor Sempere murió le vio discutir con alguien en la tienda. Él volvía a casa y dice que las voces se oían hasta en la calle.
– ¿Con quién discutía?
– Era una mujer. Algo mayor. A don Anacleto no le parecía haberla visto nunca por allí, aunque dijo que le resultaba vagamente familiar, pero con don Anacleto nunca se sabe, porque le gustan más los adverbios que las peladillas.
– ¿Oyó sobre qué discutían?
– Le pareció que estaban hablando de usted.
– ¿De mí?
Isabella asintió.
– Su hijo había salido un momento a entregar un pedido en la calle Canuda. No estuvo fuera más de diez o quince minutos. Cuando regresó se encontró a su padre caído en el suelo, detrás del mostrador. Todavía respiraba pero estaba frío. Para cuando llegó el médico ya era tarde…
Me pareció que se me caía el mundo encima.
– No se lo tenía que haber dicho… -murmuró Isabella.
– No. Has hecho bien. ¿No dijo nada más don Anacleto sobre esa mujer?
– Sólo que los oyó discutir. Le pareció que era sobre un libro. Un libro que ella quería comprar y el señor Sempere no le quería vender.
– ¿Y por qué me mencionó? No lo entiendo.
– Porque el libro era suyo. Los Pasos del Cielo. El único ejémplar que el señor Sempere había conservado en su colección personal y que no estaba a la venta…