Los detectives salvajes
- Автор: Боланьо Роберто
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Los detectives salvajes». Краткое содержание книги:
La obra se divide en tres partes. La primera y la última comprenden la búsqueda de Tinajero por parte de Belano, Lima y un joven seguidor, Juan García Madero. En la segunda, un narrador innombrado sigue las pistas de los dos poetas a lo largo de 20 años y recorre el mundo, partiendo del DF, y pisando entre otros lugares, Managua, París, Barcelona, Tel Aviv, Austria y África.
Antes de partir, Lima y Belano forman un grupo, un movimiento de poesía, llamado los real visceralistas, un homenaje al estilo de Tinajero, que se desintegra poco después de su partida. El libro se estructura como una serie de testimonios tomados por un autor desconocido, de los miembros, sus allegados y las personas con las que Lima y Belano tuvieron contacto en sus viajes. Los testimonios, narrados en primera persona, no siguen nigún orden aparente, lo que ha servido a algunos críticos para comparar Los detectives salvajes con Rayuela de Cortazar.
Belano es considerado por algunos críticos como el alter ego de Roberto Bolaño.
Mary Watson, Sutherland Place, Londres, mayo de 1978. En el verano de 1977 viajé a Francia con mi amigo Hugh Marks. Yo entonces estudiaba Literatura en Oxford y vivía con el escaso importe de una beca de estudiante. Hugh cobraba de la Seguridad Social. No éramos amantes, sólo amigos, la verdad es que uno de los motivos de que saliéramos juntos de Londres aquel verano fueron las relaciones sentimentales que cada uno sufría por su lado y la certeza de que entre nosotros todo aquello era impensable. A Hugh lo había dejado una escocesa abominable. A mí me había dejado un chico de la universidad, uno que siempre iba rodeado de chicas y del cual yo creía estar enamorada.
En París se nos acabó el dinero, pero no las ganas de seguir viajando, así que salimos de la ciudad como pudimos y empezamos a dirigirnos hacia el sur en autostop. Cerca de Orleans nos cogió una furgoneta Volkswagen. El conductor era alemán y se llamaba Hans. Como nosotros, viajaba hacia el sur en compañía de su mujer, una francesa llamada Monique, y de su hijo de pocos años. Hans tenía el pelo largo y la barba abundante, una pinta como la de Rasputín, pero en rubio, y había dado la vuelta al mundo.
Poco después recogimos a Steve, de Leicester, que trabajaba en una guardería, y unos kilómetros más adelante a John, de Londres, que estaba en el paro como Hugh. La furgoneta era grande y cabíamos todos, y además, eso lo noté enseguida, a Hans le gustaba tener compañía, gente con la que hablar y poder contarle sus historias. A Monique, en cambio, no se la notaba tan cómoda en compañía de tantos extraños, pero ella hacía lo que dijera Hans y además tenía que ocuparse del niño.
Poco antes de llegar a Carcasona, Hans nos dijo que tenía un asunto en un pueblo del Rosellón y que si queríamos él podía conseguirnos un buen trabajo a todos. A Hugh y a mí nos pareció fantástico y de inmediato le dijimos que sí. Steve y John preguntaron de qué se trataba. Hans nos dijo que teníamos que vendimiar en unas tierras que pertenecían a un tío de Monique. Y que cuando acabáramos de vendimiar las tierras del tío podíamos seguir nuestro camino con bastantes francos en el bolsillo, puesto que mientras trabajáramos la comida y el alojamiento serían gratuitos. Cuando Hans terminó de hablar a todos nos pareció un buen trato y salimos de la carretera principal y empezamos a recorrer una serie de aldeas minúsculas, todas rodeadas de viñedos, por caminos de tierra, un lugar, se lo dije a Hugh, parecido a un laberinto, un lugar, y esto no se lo dije a nadie, que en otras circunstancias me hubiera asustado o repelido, por ejemplo, si en lugar de ir con Hugh, y también con Steve y con John, hubiera ido sola. Pero por suerte no iba sola. Iba con mis amigos. Hugh es como mi hermano. Y Steve me cayó simpático desde el primer momento. John y Hans eran otra cosa. John era una especie de zombi y no me gustaba demasiado. Hans era pura fuerza, un megalómano, pero se podía contar con él o eso creía yo entonces.
Cuando llegamos a donde el tío de Monique resultó que el trabajo no iba a empezar hasta dentro de un mes. Hans nos reunió a todos dentro de la furgoneta, debían de ser las doce de la noche, y nos explicó la situación. Las noticias no eran buenas, dijo, pero él tenía una solución de emergencia. No nos separemos, dijo, vamonos a España, a trabajar en la recogida de naranjas. Y si eso no resulta esperemos, pero en España, en donde todo es más barato. Le dijimos que no teníamos dinero, que apenas nos quedaba algo para comer, ni pensar en aguantar un mes, a lo sumo teníamos para tres días más de vacaciones. Entonces Hans nos dijo que por el dinero no nos preocupáramos, que él se hacía cargo de los gastos hasta que estuviéramos trabajando. ¿A cambio de qué?, dijo John, pero Hans no le contestó, a veces se hacía el que no entendía el inglés. A los demás, la verdad es que nos pareció una propuesta caída del cielo, le dijimos que estábamos de acuerdo, eran los primeros días de agosto y a ninguno le apetecía volver tan pronto a Inglaterra.
Esa noche dormimos en una casa desocupada del tío de Monique (en el pueblo no había más de treinta casas y por lo que nos dijo Hans la mitad eran de él) y a la mañana siguiente partimos rumbo al sur. Antes de llegar a Perpignan subimos a otra autoestopista. Era una chica rubia, un poco gordita, llamada Erica, de París, y al cabo de una charla de pocos minutos decidió lormar parte de nuestro grupo, es decir seguir con nosotros hacia Valencia, trabajar durante un mes en la recogida de naranjas y luego volver a subir hasta aquella aldea perdida del Rosellón y hacer la vendimia juntos. Como nosotros, tampoco iba sobrada de dinero por lo que su manutención también correría a cargo del alemán. Con la llegada de Erica, además, la furgoneta agotaba su cupo y Hans nos comunicó que ya no volvería a detenerse con ningún otro autoestopista.
Durante todo el día rodamos hacia el sur. Nuestro grupo era alegre pero después de tantas horas de carretera más bien estábamos deseando una ducha y una comida caliente y nueve o diez horas de sueño ininterrumpido. El único que se mantenía con la misma energía que al principio era Hans, que no paraba de hablar y de contar historias que le habían pasado a él o a gente conocida por él. El peor lugar de la furgoneta era el asiento del copiloto, es decir el asiento al lado de Hans, y nosotros nos turnábamos para ocuparlo. Cuando me tocó a mí hablamos de Berlín, ciudad en la que viví de los dieciocho a los diecinueve años. De hecho yo era la única pasajera que sabía algo de alemán y conmigo Hans aprovechaba para hablar en su idioma. Pero no hablábamos de literatura alemana, que es un tema que a mí me fascina, sino de política, algo que siempre termina por aburrirme.
Cuando cruzamos la frontera Steve tomó mi lugar y yo me fui a uno de los últimos asientos de la furgoneta, en donde estaba dormido el pequeño Udo, y desde allí seguí escuchando la cháchara de Hans, sus planes para cambiar el mundo. Creo que nunca un desconocido se había portado de forma tan generosa conmigo y me había caído tan mal.