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Электронная книга - «Los detectives salvajes». Краткое содержание книги:

La novela narra la búsqueda de la poetisa mexicana Cesárea Tinajero, por parte de dos jóvenes poetas y ocasionales vendedores de droga, el chileno Arturo Belano y el también mexicano Ulises Lima. Bolaño utiliza a estos personajes para componer una ficción en la que se mezclan las ciudades y los personajes, en un homenaje a la poesía.
La obra se divide en tres partes. La primera y la última comprenden la búsqueda de Tinajero por parte de Belano, Lima y un joven seguidor, Juan García Madero. En la segunda, un narrador innombrado sigue las pistas de los dos poetas a lo largo de 20 años y recorre el mundo, partiendo del DF, y pisando entre otros lugares, Managua, París, Barcelona, Tel Aviv, Austria y África.
Antes de partir, Lima y Belano forman un grupo, un movimiento de poesía, llamado los real visceralistas, un homenaje al estilo de Tinajero, que se desintegra poco después de su partida. El libro se estructura como una serie de testimonios tomados por un autor desconocido, de los miembros, sus allegados y las personas con las que Lima y Belano tuvieron contacto en sus viajes. Los testimonios, narrados en primera persona, no siguen nigún orden aparente, lo que ha servido a algunos críticos para comparar Los detectives salvajes con Rayuela de Cortazar.
Belano es considerado por algunos críticos como el alter ego de Roberto Bolaño.
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Diez días después me marché de Barcelona. El vigilante me fue a dejar a la estación. Le di mi dirección de Londres y la dirección del pueblo del Rosellón en donde iba a estar trabajando por si se animaba a venir. Cuando nos despedimos, no obstante, estaba casi segura de que no lo volvería a ver más.

El viaje en tren, por primera vez sola después de mucho tiempo, fue particularmente grato. Me sentía bien dentro de mi cuerpo. Tuve tiempo para pensar en mi vida, en mis proyectos, en lo que quería y en lo que no quería. Comprendí, podría decirse que de forma instantánea, que la soledad ya no sería algo que me preocupara. En Perpignan tomé un autobús que me dejó en un cruce de caminos y desde allí me fui caminando hasta Planézes, en donde presumiblemente me esperaban mis compañeros de viaje. Llegué poco antes de que se ocultara el sol y la visión de las colinas llenas de viñedos, de un tono marrón verdoso muy fuerte, contribuyó si cabe a serenarme aún más el ánimo. Al llegar a Planézes, sin embargo, los rostros que encontré no eran muy alentadores. Esa noche Hugh me puso al corriente de todo lo que había ocurrido en mi ausencia. Hans, sin que se supiera el motivo, se había peleado con Erica y ya no se dirigían la palabra. Durante unos días Steve y Erica hablaron de la posibilidad de marcharse, pero luego Steve se peleó a su vez con Erica y los planes de fuga cayeron en el olvido. Para colmo el pequeño Udo había vuelto a enfermarse y por su causa Monique y Hans casi llegaron a las manos. Según Hugh, Monique quiso llevar a su hijo a un hospital de Perpignan y Hans se opuso con la excusa de que en los hospitales más que curar enfermedades las provocaban. A la mañana siguiente Monique tenía los ojos hinchados de tanto llorar o tal vez de los golpes que le dio Hans. El pequeño Udo, de todos modos, se había curado solo o gracias a las hierbas que le daba de beber su padre. Por lo que concernía al propio Hugh, declaró que se pasaba la mayor parte del tiempo borracho, ya que el vino era abundante y gratis.

Aquella noche, durante la cena, no noté ningún síntoma alarmante de tensión en mis compañeros y al día siguiente, como si sólo me hubieran estado esperando a mí, comenzó la vendimia. La mayoría trabajábamos cortando los racimos. Hans y Hugh trabajaban de porteadores. Monique conducía el coche que llevaba la uva a la bodega de la cooperativa de un pueblo vecino. Además del grupo de Hans, trabajaban con nosotros tres españoles y dos chicas francesas con las que no tardé en hacer amistad.

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El trabajo era agotador y posiblemente su única ventaja consistía en que tras la jornada a nadie le quedaban ganas de pelearse con nadie. De todas maneras, motivos de fricción no faltaban. Una tarde Hugh, Steve y yo le dijimos a Hans que eran necesarios por lo menos dos trabajadores más. Hans estuvo de acuerdo con nosotros pero dijo que era imposible. Cuando le preguntamos por qué era imposible nos respondió que se había comprometido con el tío de Monique a hacer la vendimia con sólo once empleados, ni uno más.

Por las tardes, después de terminada la faena, solíamos ir a un río a bañarnos. El agua estaba fría, pero el río era lo suficientemente profundo como para nadar y de esa manera entrar en calor. Después nos enjabonábamos, nos lavábamos el pelo y volvíamos a la casa a cenar. Los tres españoles estaban alojados en otra casa y hacían su vida aparte aunque a veces los invitábamos a comer con nosotros. Las dos chicas francesas vivían en la aldea vecina (en donde estaba la cooperativa) y cada tarde se iban en moto a sus respectivos hogares. Una se llamaba Marie-Josette y la otra Marie-France.

Una noche, todos habíamos bebido más de la cuenta, Hans nos contó que había vivido en una comuna danesa, la comuna más grande y mejor organizada del mundo. No sé cuánto tiempo habló. A veces se excitaba y daba golpes en la mesa o se levantaba y nosotros, sentados, lo veíamos crecer, estirarse de forma desmesurada, como un ogro, un ogro al que estábamos atados por su generosidad y por nuestra falta de dinero. Otra noche, mientras todos dormían, lo escuché hablar con Monique. Hans y ella tenían la habitación justo encima de la mía y seguramente aquella noche no habían cerrado la ventana. Fuera lo que fuera yo los escuché, hablaban en francés y Hans decía que no podía evitarlo, sólo eso, que no podía evitarlo, y Monique le decía que sí, que sí, que debía hacer un esfuerzo. Lo demás no lo entendí.

Cuando ya estábamos a punto de terminar el trabajo, una tarde apareció por Planézes el vigilante y fue tanta la alegría que me dio verlo que le dije que lo amaba y que tuviera cuidado. No sé por qué se lo dije pero al verlo aparecer, caminando por la calle principal del pueblo, tuve la sensación de que un peligro cierto nos acechaba a todos.

Sorprendentemente él me dijo que también me amaba y que le gustaría vivir conmigo. Se le veía feliz, cansado, había llegado al pueblo en autostop después de recorrer casi toda la zona, pero feliz. Aquella tarde, lo recuerdo, nos fuimos a bañar todos al río, todos menos Hans y Monique, y cuando nos desnudamos y nos tiramos al agua el vigilante permaneció en la orilla, completamente vestido, de hecho con demasiadas ropas, como si tuviera frío pese al calor que hacía. Y después sucedió algo que aparentemente no tiene ninguna importancia, pero en lo cual yo percibí la mano de alguien, de la casualidad o de Dios. Cuando nos bañábamos aparecieron por el puente tres trabajadores de temporada y se pusieron a mirarnos, a Erica y a mí, durante un largo rato, eran dos hombres mayores y un adolescente, tal vez el abuelo, el padre y el hijo, vestidos con ropas de trabajo muy maltratadas, y al final uno de ellos dijo algo en español y el vigilante les contestó, vi la cara de los trabajadores mirando hacia abajo y la cara del vigilante mirando hacia arriba (hacia un cielo muy azul), y después de las primeras palabras hubo otras, todos hablaron, los tres jornaleros y el vigilante, parecían, primero, preguntas y respuestas, y luego simplemente era como si hicieran observaciones banales, una simple conversación sostenida por tres personas que están en un puente y un vagabundo que está debajo, y todo sucedía mientras nosotros, Steve, Erica, Hugh y yo nos bañábamos y nadábamos de un lado para otro, como cisnes o como patos, en principio ajenos a la conversación en español, pero en parte objeto de ésta, y en particular Erica y yo motivo de gozo visual, y de espera. Pero de pronto los jornaleros se marcharon (sin esperar a que saliéramos del agua) y dijeron adiós, esa palabra por supuesto que la entiendo en español, y el vigilante también les dijo adiós y allí se acabó todo.

Por la noche, durante la cena, todos se emborracharon. Yo también me emborraché, pero no tanto como los demás. Recuerdo que Hugh gritaba Dionisos, Dionisos. Recuerdo que Erica, que estaba sentada a mi lado en la larga mesa, me cogió de la barbilla y me dio un beso en la boca.

Yo estaba segura de que algo malo iba a pasar.

Le dije al vigilante que nos fuéramos a la cama. No me hizo caso. Hablaba, en su pésimo inglés mezclado con palabras francesas, de un amigo que había desaparecido en el Rosellón. Buena manera de buscar a tu amigo, dijo Hugh, bebiendo con desconocidos. Vosotros no sois desconocidos, dijo el vigilante. Luego se pusieron a cantar, Hugh, Erica, Steve y el vigilante, creo que una canción de los Rolling Stones. Poco después aparecieron dos de los españoles que trabajaban con nosotros, no sé quién los había ido a buscar. Y yo todo el tiempo pensaba: algo malo está a punto de ocurrir, algo malo va a pasar, pero no sabía qué podía ser ni qué podía hacer yo para evitarlo, salvo llevarme al vigilante a mi cuarto y hacer el amor con él o persuadirlo de que se durmiera.

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