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Электронная книга - «Santa Evita». Краткое содержание книги:

Diosa, reina, se?ora, madre, benefactora, ?rbitro de la moda y modelo nacional de comportamiento. Santa Evita para unos y para otros una analfabeta resentida, trepadora, loca y ordinaria, presidenta de una dictadura de mendigos.
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– Qué tamaño -dijo con admiración el cura-. No me la imaginaba tan grande.

– No es Ella -explicó Galarza-. Tuvimos que rellenar el cajón con piedras y ladrillos.

– Mejor así. Parece un macho. Un hombre hecho y derecho.

De cerca, Madurini tenía un sorprendente parecido con Pío XII: la misma tez cerúlea, los mismos dedos largos y afilados que se movían en cámara lenta, la misma nariz de águila sobre la que se encaramaban unos anteojos redondos, de aros metálicos. Se instaló al volante del ómnibus e indicó a Galarza que ocupara el asiento de al lado. Las monjas se arremolinaron en los de atrás. Parecían excitadas. No dejaban de parlotear.

– Creí que me habían robado -dijo Galarza, con alivio-. Se me secó la garganta.

– Fue una confusión estúpida -opinó el cura-. Nadie tuvo la culpa. Con un cajón de semejante tamaño, cualquiera se equivoca.

– No la perdí de vista en todo el viaje. Quién iba a pensar que por un momento de distracción, al final…

– No se caliente más. Las hermanas frenaron a los de la carroza y les explicaron todo.

Después de atravesar los pasos escarpados de los Apeninos, el cura se desvió por un camino de tierra. A los costados se desperezaban trigales y campos de flores. Unos pocos molinos trituraban a lo lejos sus propias sombras esqueléticas.

– ¿Alguien lo siguió, padre?

– Llámeme Alessandro. Los del Servicio me mandaron un documento falso. Hasta que termine esta historia me llamo Alessandro Angeli.

– De Magistris -dijo Galarza-. Giorgio de Magistris. -Lo reconocí en seguida, por la cicatriz. Es impresionante.

Llegaron a Pavia poco antes de las doce. Se detuvieron media hora en una hostería junto a la estación de trenes donde el cura orinó entre suspiros y devoró dos platos desmedidos de fideos con hongos. Luego desapareció con el ómnibus en un campo de arroz y regresó acalorado.

– No hay peligro -dijo-. ¿Alguien lo siguió en el barco, Giorgio?

– No creo. Estuve atento. No vi nada raro.

– Ahora tampoco hay nadie. Quedan cuarenta kilómetros planos. Tenemos que atravesar un bosque.

– ¿Adónde vamos ahora? -preguntó Galarza. Quería estar seguro.

– Las pólizas de embarque dicen que la Difunta debe ser entregada a Giuseppina Airoldi, de via Mercali 23, Milán. La hermana Giuseppina viene aquí atrás, y tiene su domicilio en este ómnibus. Podemos llevar el cuerpo donde queramos.

Era un sábado cálido. Por las estrechas calles cercanas a la puerta Garibaldi, en Milán, caminaban mujeres en bata, arrastrando las chancletas, con las sienes estremecidas por pequeños abanicos de arrugas. Los pájaros chillaban con desafino y se lanzaban sobre el ómnibus desde la cresta de las araucarias. Poco después de las dos se detuvieron ante las columnas del cementerio Monumental. A través de las rejas asomaban las tumbas del Famedio: en el centro, la estatua de Manzoni suspiraba entre ángeles negros de alas quebradas.

Caminaron entre hileras de cipreses hasta el límite oeste del cementerio. Los monumentos se iban degradando del mármol a la piedra y de insolentes cúpulas góticas a crucifijos sin pretensiones. En el jardín 41 sólo había lápidas. Madurini se había puesto en el ómnibus la sotana y los ornamentos funerarios y ahora rezaba, con voz monótona, los latines del responso. Una de las monjas agitaba el incensario. Persona fue deslizada a duras penas hacia la fosa de cemento de su próxima eternidad. Mientras los enterradores batallaban con el ataúd, Madurini sopló al oído de Galarza:

– Tiene que llorar, Giorgio. Usted es el viudo.

– No sé cómo. Así, tan de repente.

Sobre la tumba contigua estaba apoyada la lápida de mármol gris que iban a emplazar sobre el foso. Galarza leyó: Marta Maggi de Magistris 1911-1941. Giorgio a sua sposa carissima.

Todo se ha terminado, pensó Galarza. No la voy a ver más. Sintió alivio, sintió pena, y los sollozos acudieron sin esfuerzo a su garganta. No lloraba desde que era niño, y ahora que el llanto invadía sus ojos con una sed áspera y dolorosa, le parecía una bendición.

Hacía ya casi un mes que el Coronel esperaba el cuerpo. Un domingo a la noche, Fesquet y dos suboficiales habían recuperado la copia enterrada en la iglesia de Olivos, sustituyéndola por el original. «El 24 de abril, esa mujer sale en el Cap frió», le informaba el teniente en un radiograma cifrado. «Llega el 20 de mayo al puerto de Hamburgo. Va consignada a nombre de Karl von Moori Koenig, radioaficionado. El cajón es de pino, recuerde, con la leyenda LV2 La Voz de la Libertad.» Pero el mensaje siguiente lo inquietó: «Embarco en el Cap frió. Yo mismo llevo el cuerpo».

Por un lado, le alegraba que las amenazas a Fesquet hubieran surtido efecto. Más de una vez le había escrito que estaba dispuesto a denunciarlo como maricón ante un consejo de guerra. No se jactaba: lo haría. Por otro lado, las cosas habían ido demasiado lejos. Fesquet había desertado. De otro modo, ¿con permiso de quién viajaba en el Cap frió? Quizá la desesperación lo había vuelto loco. O fingía una enfermedad. Quién sabe, quién sabe, se desesperó el Coronel. Ni siquiera podía ya detenerlo y ordenarle que regresara: se había puesto fuera de su alcance. Vaya a saber si, en esos extremos de la desesperación, los reflejos de Fesquet seguían intactos. Mandó al Cap frió un par de telegramas preguntándole, en clave: ¿Se ha fijado si alguien lo sigue? ¿Ha tomado precauciones para que nadie se acerque al ataúd, en la bodega? ¿Quiere que le consiga un parte médico para que pueda regresar al Servicio? Repitió los telegramas durante tres días, pero nadie le contestó.

Su vida entera estaba en ese barco. Bonn, en cambio, le parecía una pérdida de tiempo. Había alquilado los dos pisos altos de un edificio señorial, sobreviviente de la guerra. Los vecinos de las plantas bajas eran también funcionarios de la embajada: vivía en un mundo cerrado, sin escapatoria, en el que cada quien conocía de antemano todas las frases que dirían los otros. A veces, el Coronel se aliviaba de sus deberes -que consistían, sobre todo, en traducir de los diarios alemanes las noticias militares para enviarlas a Buenos Aires como si reflejaran sus propias investigaciones-, entrevistándose en secreto con vendedores de armas y confidentes de los países del Este. Bebían juntos y hablaban de viejas batallas perdidas, sin recordar cuando habían sucedido. Hablaban de todo, menos de la verdad.

A falta de otras distracciones, el Coronel asistía, resignado, a las fiestas casi diarias de los diplomáticos. Entretenía a las señoras con historias procaces del «tirano prófugo», al que imaginaba engordando en los calores de Venezuela. Le parecía inverosímil que todavía despertara pasiones: la última de sus mujeres lo había alcanzado en Panamá y aún lo perseguía en Caracas. Era una bailarina de flamenco, treinta y cinco años menor, que tocaba el piano a dúo con Roberto Galán.

El Coronel no toleraba que Evita hubiera amado a ese anciano con locura: El es mi sol, mi cielo, todo lo que yo soy le pertenece, decía su testamento. Todo es de él, empezando por mi propia vida, que le entregué con amor y para siempre, de una manera absoluta. Qué ciega debía ser Ella, se dijo el Coronel, qué ciega o huérfana o desamparada para lamer con tanta sed la única mano que la había acariciado sin rebajarla. Pobrecita, qué tonta y qué grandiosa, se repetía. Quiero que sepan en este momento que lo quise y lo quiero a Perón con toda mi alma. ¿Y eso, de qué servía? Él la había traicionado, la había dejado en manos del embalsamador cuando lo derrotaron; él era el culpable de que su cuerpo anduviera nómade por el mundo, codiciado, insepulto, sin identidad ni nombre. ¿Qué era Persona ahora en el Cap Frío? Un trasto. La Jefa Espiritual de la Nación era un equipo de radio. Si se hundía el barco, nadie pensaría en salvarla. sería el excarnio eterno del ex déspota. Al Coronel lo atormentaban esos pensamientos, pero no los decía. En las fiestas, sólo quería mostrarse despreocupado.

Los domingos, para escapar de los rezongos de sus hijas, se guarecía en la embajada, donde recibía los informes de los agentes que vigilaban el exilio de doña Juana. Enlutada, forzada a una vida de clausura en Santiago de Chile, la madre salía tan sólo para visitar el casino de Viña del Mar, donde los croupiers la reconocían de lejos y le abrían sitio en las mesas de juego. Se había teñido el pelo blanco con ligeros reflejos celestes y pasaba las mañanas interrogando a los adivinos del barrio de Providencia. Dos enigmas no la dejaban dormir tranquila: el paradero de Evita y las veces que se repetiría la segunda docena en el juego de esa noche.

Uno de los adivinos era informante del Coronel. Había conquistado la confianza de doña Juana leyendo, en dos ases de tréboles y una dama de diamantes, que Evita descansaba al fin en terreno sagrado. “Su hija yace bajo una cruz de mármol”, le había dicho, en estado de trance. Pocas horas después de esa profecía, el presidente argentino interrumpió un desconsiderado silencio de casi dos años y contestó las cartas de súplica de la madre: «Distinguida señora, sé que su hija recibió ayer cristiana sepultura. Usted ya nada tiene que temer. Es dueña de regresar a Buenos Aires cuando lo desee. Nadie la va a molestar. En ello empeño mi palabra de honor».

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