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Электронная книга - «Santa Evita». Краткое содержание книги:

Diosa, reina, se?ora, madre, benefactora, ?rbitro de la moda y modelo nacional de comportamiento. Santa Evita para unos y para otros una analfabeta resentida, trepadora, loca y ordinaria, presidenta de una dictadura de mendigos.
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En el puerto de Santos, una delegación de la Sociedad Wagneriana depositó a bordo un largo baúl de madera con manuscritos de Toscanini. Eran anotaciones y retratos que el maestro había dejado a su paso por Brasil, setenta años antes. Hubo una rápida ceremonia en cubierta, junto la entrada de la bodega: una orquesta improvisada tocó la marcha fúnebre de la Eroica y el «Libera me» de Verdi. De pie ante el ataúd de Evita, Galarza no se perdió detalle del homenaje. Llevaba una Beretta en el bolsillo y pensaba usarla sin contemplaciones si alguien se le acercaba con una vela encendida o un ramillete de flores. Ya estaba harto de los ardides que el Comando de la Venganza había empleado para honrar a la Difunta. Cerró la mano sobre la pistola cuando los músicos abrieron los estuches de los instrumentos y estudió las caras, en busca de algún indicio sospechoso. Nada pasó, sin embargo. Las melodías, incompletas, se evaporaron rápido en el aire sofocante.

Apenas los visitantes se retiraron, a Galarza lo acosó la idea de que en la caja de manuscritos habían escondido una bomba incendiaria. El capitán en persona tuvo que bajar y abrirla, cuando ya el barco navegaba rumbo a Río de Janeiro. Sólo encontraron partituras anotadas, cartas de adolescente y fotos amarillas.

Toscanini había sido enterrado con gran pompa el 18 de febrero, relató el capitán esa noche, durante la comida. Más de cuarenta mil personas esperaron el paso del cortejo fúnebre frente a la Scala de Milán. «Yo», dijo, «fui una de ellas. Lloré como si se tratara de mi padre». Después del responso, las puertas del teatro se abrieron y la orquesta de la Scala ejecutó el segundo movimiento de la Eroica, el mismo que, con delicadeza, le habían dedicado los músicos de Santos. Una imponente procesión había seguido entonces a la carroza, adornada con palmas y penachos de luto, hasta las bóvedas del cementerio Monumental.

– Recuerda cuánto pesaba el ataúd? -preguntó Galarza, de improviso.

Una de las comensales protestó. No era un tema para la hora de comer, dijo. Sin darse por aludido, el capitán contestó, con seriedad:

– Ciento setenta y tres kilos. Salió en todos los diarios.

No he olvidado la cifra porque es la del día de mi cumpleaños: el día diecisiete del mes tres.

– Sería muy flaco -opinó Galarza.

– Piel y huesos -dijo el capitán-. Dése cuenta que murió casi a los noventa años.

– A esa edad ya ni siquiera se piensa -apuntó una de las señoras.

– Toscanini pensaba tanto -la corrigió el capitán- que tuvo una trombosis cerebral. Y aun así, madame, recuperó la conciencia. En la agonía, hablaba con músicos imaginarios. Les decía: Piú morbido, prego. Ripetiamo. Piú morbido. Ecco, bravi, cosi va bene, como cuando dirigía la Eroica.

Después de cruzar la línea del ecuador, Galarza comenzó a sentirse, sin razón alguna, menos solo. No le gustaba leer, no lo distraían los paisajes, odiaba el sol. Su único entretenimiento era bajar a la bodega y conversar con Persona. Llegaba antes del amanecer y más de una vez se quedaba hasta después de la salida del sol. Le refería las incontables enfermedades de su mujer y la infelicidad de una vida sin amor»Te hubieras separado», le decía Persona. «Hubieras pedido perdón». Oía fluir la voz entre las torres de la carga o al otro lado del casco, en el mar. Pero cuando regresaba al camarote se repetía que la voz sólo podía estar adentro de él, en alguna hondura del ser que desconocía. ¿Y si Dios fuera una mujer?, pensaba entonces. ¿Si Dios moviera sus pechos dulcemente y fuera una mujer? Eso a quién le importaba. Dios podía ser lo que quisiera. Nunca había creído en El, o en Ella. Y no era el momento de empezar.

El segundo sábado de mayo divisaron a lo lejos la costa de Córcega. El viaje llegaba a su fin. Poco después de la medianoche, Galarza llevó el tocadiscos a la bodega, lo dejó bajo el pedestal del ataúd, y se acostó en la misma posición de la Difunta, con los dedos entrelazados sobre el pecho. La música del allegretto lo invadió con una paz que compensaba todas las tristezas del pasado, la música dibujó llanuras y remansos y bosques de lluvia en el desierto de sus sentimientos. La amaba: se dijo. Amaba a Persona, y la odiaba. No tenía por qué haber, en eso, la menor contradicción.

El Cante Biancamano atracó en Génova a las ocho de la mañana. El palacio San Giorgio estaba engalanado con enjambres de escarapelas y gallardetes; el gran faro tenia la luz inútilmente encendida. Mientras tendían la planchada y descargaban los equipajes, Galarza divisó, en la plaza de la aduana, una formación militar. Dos caballeros de uniforme y bicornios emplumados empuñaban espadas o bastones junto a una carroza de caballos. La banda de los bersaglieri ejecutaba el «Va, pensiero», de la ópera Nabucco, cantado por un coro invisible. Entre las estatuas de la plaza iban y venían bandadas de monjas con las tocas rígidas de almidón. Un cura de palidez alarmante escrutaba la cubierta del barco con unos gemelos de teatro. Cuando descubrió a Galarza, lo señaló con el índice y le pasó los gemelos a una de las monjas. Luego, corrió hacia el muelle y le gritó una frase que se perdió en el alboroto de los maleteros. Tal vez dijera «Noi siamo dell’Ordine di San Paulo»; tal vez «Ci vediamo domani a Rapallo». El viajero estaba mareado, confundido. Se había preparado para la travesía pero no para las sorpresas de la llegada. Oyó, de pronto, un redoble de tambores. Hubo un instante de silencio. El cura se inmovilizó. Los caballeros de bicornio levantaron con marcialidad los bastones. Uno de los oficiales de la nave, que pasaba cerca de Galarza, frenó su marcha e hizo la venia.

– ¿Qué pasa? -le preguntó el viajero-. ¿Por qué hay tanto barullo?

– Zilto! -dijo el oficial-. ¿No ve que están por desembarcar los manuscritos del maestro?

Una avalancha de trompetas desplegó la marcha triunfal de Aída. Como si obedeciera la señal de los primeros compases, el ataúd de Evita fue deslizándose por una cinta rodante desde la bodega hacia el muelle. Estalló una salva de fusilería. Ocho soldados con morriones de luto alzaron la caja y la depositaron penosamente en la carroza, donde la cubrieron con la bandera italiana. Los caballeros empuñaron las riendas y la carroza comenzó a alejarse. Todo sucedió tan rápido y la música fue tan envolvente, tan fragorosa, que nadie vio las señas desesperadas de Galarza ni oyó sus protestas:

– ¿Adónde se llevan eso? Eso no es de Toscanini! ¡Es mío!

También el cura y las monjas se habían evaporado en la muchedumbre. Prisionero en la cubierta, cercado por sillas de ruedas, cajas y baúles que eran desplazados hacia la planchada con lentitud desesperante, Galarza no conseguía abrirse paso. Divisó al capitán demasiado lejos, en el puente, despidiéndose del rebaño de pasajeros, y trató de llamar su atención. No le salía la voz.

Después de tres o cuatro eternos minutos, el ataúd reapareció entre los galpones de los almacenes generales. Lo adornaban unos pocos ramos de flores pero, por lo demás, todo estaba igual que antes, como si regresara de un paseo inofensivo. Sólo Galarza estaba desquiciado, enfermo de pánico. Uno solo de los caballeros guiaba la carroza; el otro trotaba detrás, con el bastón aún en alto, junto al cura y al cortejo de monjas. Al entrar en el muelle, todos los personajes se colocaron disciplinadamente en los mismos lugares que ocupaban cuando el barco estaba llegando: la banda de bersaglieri, los soldados, los cargadores de baúles. Sólo algunos de los pasajeros, desatentos, se alejaban con sus familias. Hubo un raro paréntesis de silencio y, antes de que se alzara, vibrante, la marcha triunfal de Aida, se oyó exclamar a uno de los oficiales:

– Guarda un po! Che confusione!

– Un error garrafal -confirmó un tripulante, detrás de Galarza.

Diez o doce marineros comedidos retiraron de la carroza el ataúd de Evita. Lo desabrigaron de la bandera y lo depositaron con desdén sobre los adoquines del muelle, mientras el cajón de los manuscritos de Toscanini se deslizaba solemnemente por la cinta rodante. Galarza aprovechó el desconcierto que sucedió a las descargas de fusilería para bajar corriendo por la planchada.

Antes de que pudiera acercarse al ataúd que casi había perdido, el cura salió de algún lugar que estaba oculto por la carroza y le puso una mano en el hombro. Galarza se lo quitó de encima con el codo sano y, al volverse, tropezó con una expresión beatífica.

– Lo estábamos esperando -dijo el cura-. Soy el padre Giulio Madurini. Qué le parece lo que ha pasado. Por poco se arruina todo.

Hablaba con un acento argentino impecable. Galarza sospechó.

– ¿Dios? -le dijo. Los del Servicio habían decidido usar la misma contraseña del Coronel, que era también la del golpe contra Perón.

– Es justo -respondieron el cura y las monjas a coro, con el tono de los que rezan las letanías.

También las monjas debían ser parte de la trama urdida por Corominas porque se hicieron cargo de todo. Retiraron el equipaje de Galarza y contrataron a una cuadrilla de estibadores para transportar el ataúd hasta un ómnibus de parroquia. A pesar de su volumen, Persona entró sin dificultad en el enorme espacio que había debajo de los asientos.

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