Domada por Amor
- Автор: Лоуренс Стефания
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Domada por Amor». Краткое содержание книги:
Los hombres del Bastion Club han demostrado su valor luchando secretamente por su país. Ahora su líder se enfrenta a la más peligrosa de todas las misiones: encontrar una novia.
Actuando como el misterioso líder del Bastion Club conocido como «Dalziel», Royce Henry Varisey, X duque de Wolverstone, ha servido a su país durante décadas, enfrentándose a innombrables peligros. Pero como poseedor de uno de los títulos de nobleza más augustos de Inglaterra, ahora debe cumplir con la labor más crucial de todas: el matrimonio.
No obstante, las jóvenes y las grandes damas que podrían ser apropiadas son predeciblemente aburridas. Mucho más tentadora resulta la terca y distante ama de llaves de su castillo, Minerva Chesterton. Bajo su sereno exterior se esconde una mujer de ardiente sensualidad, que colmaría sus días de comodidades y sus noches de puro placer. Decidido a reclamarla, se embarca en una seducción para demostrar su maestría sobre cada centímetro de su cuerpo… y cada fibra de su corazón.
– ¿Qué pasa?
Se detuvo a un paso de distancia, miró a Aurelia mientras se unía a ella, y después, cogidas de las manos ante él, lo miraron.
– Queríamos preguntarte si estás de acuerdo en que invitemos a alguna otra gente para la feria.
– Solía ser una de las festividades más importantes del año cuando vivíamos aquí -Aurelia levantó la barbilla, con los ojos fijos en su rostro. -Nos gustaría tener tu permiso para celebrar una fiesta en casa, justo como mamá solía hacer.
Royce miró los duros y arrogantes rostros aristocráticos de sus hermanas; sabía lo que esas sencillas palabras les habían costado. Tener que pedir permiso a su hermano pequeño, a quien siempre habían desaprobado, para celebrar una fiesta en el que había sido su hogar.
Su primer impulso fue decirles que preferiría que se fueran todos los invitados… dejándolo libre para perseguir a Minerva tanto por el día como por la noche. Pero sin importar la visión que tuviera de sus hermanas, aquel había sido su hogar, y no se sentía bien echándolas de allí… lo que significaba que tener a otros era necesario para distraerlas y cubrirse.
Ni Margaret ni Aurelia eran tan observadoras, y aunque Susannah lo era, ni siquiera ella había adivinado la naturaleza de su interés por Minerva. Ella era su ama de llaves; sus hermanas asumían que esta era la razón bajo cada palabra que intercambiaban.
Aurelia estaba impaciente.
– No habíamos pensado invitar más que a diez personas más… los que ya están aquí se quedarán.
– Si tú lo permites -Se apresuró a añadir Margaret.
Los delgados labios de Aurelia se apretaron; inclinó la cabeza.
– Así es. Pensamos…
Aunque era tentador dejarlas continuar con aquella situación tan violenta, prefería escuchar a Minerva jadeando, gimiendo y suspirando. Habló sobre la voz de Aurelia.
– Muy bien.
– ¿Estás de acuerdo? -preguntó Margaret.
– Que sea algo razonable… no más de lo que mamá solía hacer.
– Oh, sí -Los ojos de Aurelia se iluminaron, y su rostro se suavizó.
No quería sentir la chispa de lástima que ardió mientras las miraba; estaban casadas, tenían posición, casas y familias, y aun así estaban buscando… la felicidad. Asintió bruscamente y se giró.
– Hablad con Retford, y después decidle a Minerva lo que queréis hacer. Yo la pondré sobre aviso.
Los agradecimientos de sus hermanas se desvanecieron tras él mientras entraba en la torre y se dirigía a sus habitaciones.
Cuando, más de una hora más tarde, cerró la mano alrededor del pomo de la puerta de Minerva, la frustración lo embargaba. Había asumido que ella había dejado la reunión pronto para poder entrar en sus aposentos sin que la vieran; había esperado encontrarla allí, en su cama, esperando. Mientras atravesaba su sala de estar, la imagen que esperaba ver había llenado su mente…
En lugar de eso, por alguna razón equivocada, se había retirado a su cama. Giró el pomo, entró rápidamente y cerró la puerta. Estaba inclinada contra la ventana, con los brazos cruzados, mirando la noche.
Mientras cruzaba la habitación, Minerva se alejó de la ventana, con una mano apartó la pesada caída de su cabello, y después delicadamente disimuló un bostezo.
– Pensaba que subirías antes.
Se detuvo ante ella; con las manos en las caderas, la miró. Ella parecía tenuemente despeinada, y tenía los ojos entornados por el sueño. Lo único que quería era tenerla entre sus brazos, pero…
– He subido antes -dijo tranquilamente, pero su tono la hizo parpadear. -Esperaba encontrarte en mi cama. Pero no estabas allí. Entonces tuve que esperar a que el resto se fueran a la cama antes de poder venir aquí. Pensaba que había dejado claro qué cama íbamos a usar.
Ella se tensó; lo miró con los ojos entornados.
– Eso fue anoche. Corrígeme si me equivoco -Su dicción contenía la misma precisión aguda que la de él, -pero cuando se tiene una relación ilícita, lo normal es que sea el caballero el que se una a la dama en su habitación. En su cama -Miró su cama, y después lo miró con mordacidad.
Frunció los labios, mantuvo su mirada, y asintió.
– Quizá. En este caso, sin embargo -Caminó suavemente a su alrededor, y la cogió en brazos.
Ella jadeó, se agarró a su chaqueta, pero no se molestó en preguntar a dónde la llevaba cuando se dirigió a la puerta y extendió la mano hacia el pomo.
– ¡Espera! Alguien podría verme.
– Todos están en la cama. En la cama de quien sea -Disfrutando. Cogió el pomo.
– ¡Pero tengo que volver aquí por la mañana! No puedo andar por los pasillos solo con la bata.
Royce miró a su alrededor, y vio la capa que estaba en la esquina. La llevó hasta ella.
– Coge tu capa.
Minerva lo hizo. Antes de que pudiera hacer alguna objeción más la llevó hasta la puerta y atravesó la amplia galena, y después bajó el corto pasillo hasta sus aposentos. Las profundas sombras los ocultaron durante todo el camino; entró en su sala de estar, cerró la puerta a su espalda, y entonces la llevó hasta su dormitorio.
Hasta su cama.
La dejó sobre la colcha dorada y escarlata, y después la miró.
Con los ojos entornados, Minerva frunció el ceño.
– ¿Por qué es tan importante que use tu cama?
– Porque es aquí donde te quiero -Eso era absolutamente verdad… por una vez su instinto más primitivo coincidía con la mejor estrategia.
Minerva escuchó su convicción. Abrió los ojos de par en par.
– ¿Por qué, por el amor de Dios?
Porque éste es tu lugar. En lo que concernía a su ser más primitivo, no había duda de ello, y usar su cama podía subrayar subliminalmente lo que pensaba de ella, que su verdadero lugar era junto a él… un frente en su campaña para imprimir ese verdadero papel en ella. Los sucesos habituales de la vida del castillo ayudarían a esta causa, pero el día había sido desesperanzadoramente tranquilo; había tomado medidas para asegurarse de que el día siguiente fuera distinto. Mientras tanto…
Se descalzó, se quitó la chaqueta y el chaleco, los tiró ambos a un lado, y entonces agarró sus esbeltos tobillos y la atrajo hacia sí hasta que sus rodillas estuvieron en el borde de la cama. Dejando sus pantorrillas y sus pies colgando, atrapó sus piernas entre las suyas y se inclinó sobre ella; colocó sus manos planas a cada lado de sus hombros, y la miró a sus enormes ojos.
– Porque te quiero aquí, desnuda en mi cama, cada noche de ahora en adelante. Y yo siempre consigo lo que quiero.
Minerva abrió la boca, pero él no tenía interés en hablar más. Se abatió sobre ella y cubrió sus labios con los suyos, los capturó, los saboreó detenidamente, y se sumergió en su anhelante boca.
Disfrutando de la bienvenida que no había podido negarle; no importaba lo que pensara, ya era suya. Aunque Royce tenía que esforzarse más de lo que había pensado para conseguir la supremacía; a pesar de su inexperiencia, ella lo desafiaba descaradamente, incluso en aquel campo de batalla en el que nunca había esperado encontrarse con él. Utilizando habilidades que había perfeccionado a través de las décadas, alimentó su deseo, atrajo sus sentidos hasta él, y después los encadenó, los apagó, los sometió a su voluntad.
Porque eran suyos.
Cuando lo hizo se apartó del apasionado intercambio lo suficiente para apoyar su peso en un brazo, con la otra mano apresó el nudo de su bata.
Minerva no podía creerse lo desesperada que estaba… no podía creer que Royce, sin ningún esfuerzo, la hubiera reducido a tal estado de licencioso anhelo, donde el deseo, caliente y urgente, fluía por sus venas; donde la pasión se extendía bajo su piel y ardía más profundamente en su interior.
Esperando entrar en erupción, manar… y atraparla.
Necesitaba sentir las manos de Royce sobre su piel… necesitaba sentir su cuerpo sobre el suyo.
Necesitaba, con una urgente desesperación que no podía descifrar, sentirlo en su interior, enlazado y unido a ella.