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Электронная книга - «Domada por Amor». Краткое содержание книги:

Los solteros más codiciados y aventureros de Londres se han unido para formar el Bastion Club, una sociedad de élite para caballeros dedicada a determinar el futuro de sus miembros en lo referente al matrimonio.
Los hombres del Bastion Club han demostrado su valor luchando secretamente por su país. Ahora su líder se enfrenta a la más peligrosa de todas las misiones: encontrar una novia.
Actuando como el misterioso líder del Bastion Club conocido como «Dalziel», Royce Henry Varisey, X duque de Wolverstone, ha servido a su país durante décadas, enfrentándose a innombrables peligros. Pero como poseedor de uno de los títulos de nobleza más augustos de Inglaterra, ahora debe cumplir con la labor más crucial de todas: el matrimonio.
No obstante, las jóvenes y las grandes damas que podrían ser apropiadas son predeciblemente aburridas. Mucho más tentadora resulta la terca y distante ama de llaves de su castillo, Minerva Chesterton. Bajo su sereno exterior se esconde una mujer de ardiente sensualidad, que colmaría sus días de comodidades y sus noches de puro placer. Decidido a reclamarla, se embarca en una seducción para demostrar su maestría sobre cada centímetro de su cuerpo… y cada fibra de su corazón.
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Y ella se negaría. Tajantemente. Y cuanto más la presionara, más se obcecaría.

Tenía que admitir que durante un estúpido momento había considerado usar el viejo argumento de la virginidad y el honor como una posible razón de apoyo para su boda. Debería haberse imaginado cómo iba ella a reaccionar.

Se quedó mirando el vacío mientras el servicio lentamente se despertaba, haciendo malabarismos con las posibilidades, evaluando las posibles tácticas. Si le hubiera pedido matrimonio cuando lo pensó al principio, en lugar de dejar que lo distrajese con su desafío para seducirla primero, no se estaría enfrentando a esta complicación, aunque no tenía sentido lamentarse por lo que no podía ser cambiado.

Solo veía una salida. Tendría que guardar silencio sobre su intención de casarse con ella, y en lugar de eso hacer todo lo que estuviera en su poder para guiarla a la conclusión de que casarse con él era su verdadero y natural destino. Y más aún, su deseado destino.

Una vez que se diera cuenta de eso, le ofrecería la mano, y ella la aceptaría.

Si se aplicaba en la tarea, ¿cuánto podría tardar en conseguirlo? ¿Una semana?

Las grandes damas habían aceptado la semana que originalmente había estipulado rápidamente. Aquella semana ya había pasado, pero dudaba que ninguna de ellas viajara hasta el norte para castigarlo… aún no. Si se demoraba demasiado, alguien acudiría para sermonearle de nuevo y exhortarlo para que pasara a la acción, pero seguramente podía contar con otra semana.

Una semana que dedicaría a convencer a Minerva de que debía ser su duquesa.

Una semana para dejar claro que ya lo era, aunque aún no se hubiera dado cuenta.

Sonrió, justo cuando Trevor entró desde el vestidor.

Su ayuda vio su sonrisa, y vio la cama. Levantó las cejas inquisitoriamente.

Royce no vio ninguna razón para escondérselo.

– Mi ama de llaves… que pronto será tu señora -Fijó su mirada en el rostro de Trevor. -Un hecho que ella no sabe aún, así que nadie debe decírselo.

Trevor sonrió.

– Por supuesto que no, su Excelencia -Su expresión era de total ecuanimidad, y comenzó a recoger las ropas de Royce.

El duque lo estudió.

– No pareces demasiado sorprendido.

Incorporándose, Trevor sacudió la chaqueta de su señor.

– Tiene que elegir una dama, y considerándolo todo me resulta difícil imaginar que alguien pudiera hacerlo mejor que la señorita Chesterton -Se encogió de hombros. -No hay nada por lo que sorprenderse.

Royce suspiró, y salió de la cama.

– Por supuesto, me gustaría conocer cualquier cosa que descubras y que pudiera ser pertinente. ¿Conoces a su doncella?

Doblando el chaleco de Royce, Trevor sonrió.

– Una joven llamada Lucy, su Excelencia.

Anudándose la bata, Royce entornó los ojos ante esa sonrisa.

– Un consejo. Quizá yo me esté acostando con la señora, pero no sería buena idea que tú hicieras lo mismo con la doncella. Colgará tus testículos de un palo… la señora, no la doncella. Y, en esas circunstancias, yo tendría que dejarla hacerlo.

Los ojos de Trevor se abrieron de par en par.

– Lo tendré en cuenta, su Excelencia. Bueno, ¿desea afeitarse?

Minerva se despertó cuando Lucy, su doncella, entró corriendo en la habitación.

Después de dejar a Royce, había vuelto a su habitación sin ver a nadie; se desvistió, se puso el camisón, se cepilló el enmarañado cabello, se metió en la cama… y para su sorpresa, se quedó profundamente dormida.

Bostezó, se desperezó… y sintió punzadas en lugares donde nunca las había sentido antes. Vio cómo Lucy abría las cortinas, y después sacudía su vestido; cuando Lucy se giró hacia el armario, clandestinamente miró la parte delantera de su camisón.

Parpadeo, y después miró a su alrededor.

– El negro con los botones en el escote, Lucy. Déjalo sobre la silla. Me levantaré pronto, pero no tienes que esperar. Puedo ponerme ese vestido sola.

Y la inocente Lucy no necesitaba ver las reveladoras marcas de sus pechos. No quería pensar lo que podría descubrir aún más abajo.

– Le he traído el agua para el baño. ¿Me necesita para algo más, señorita?

– No, gracias, Lucy. Puedes irte y desayunar.

– Gracias, señorita -Con una alegre sonrisa y una reverencia, Lucy se retiró. La puerta se cerró a su espalda.

Minerva exhaló, y se hundió en las colchas, dejando que sus pensamientos viraran a lo que había ocurrido la noche anterior y sus sucesos totalmente inesperados. Que Royce hubiera actuado tan directamente (y que ella hubiera respondido tan definitivamente) nunca se le había pasado por la cabeza. Pero lo había hecho, y ella también, ¿y ahora qué pasaba con ellos?

Siempre había asumido que sería un vigoroso amante. En ese sentido, había excedido sus expectaciones; su ser inexperto nunca había imaginado todo lo que, bajo sus manos, había experimentado. A pesar de su inexperiencia, lo conocía… había sido consciente de su ansia, de la necesidad real que lo había dirigido mientras la tomaba.

Mientras la poseía.

Repetidamente.

Cuando se despertó antes del amanecer la había penetrado desde atrás, y había procedido a demostrarle aún otro modo en el que podía poseerla (su cuerpo, sus sentidos, y su mente) total y completamente, con sus labios en el hueco bajo su oreja. Minerva, sus sentidos, habían sido libres para absorber los matices de su amor.

Que la deseaba, la anhelaba, lo aceptaba sin duda.

Nunca había imaginado ser el foco de ese grado de deseo, tener tanta pasión masculina concentrada en ella; el recuerdo envió un delicioso escalofrío a través de su cuerpo. No podía negar que lo había encontrado profundamente satisfactorio; mentiría si dijera que no estaría contenta de acostarse con él de nuevo.

Si se lo pedía, y lo haría. No había terminado con ella, y Minerva lo sabía; se lo había dejado claro en los momentos finales de esa mañana.

Gracias a Dios había tenido suficiente cerebro para aprovechar la oportunidad y dejar claro que no esperaba ni quería recibir un ofrecimiento suyo.

No había olvidado la otra oferta que tenía que hacer… a la dama que eligiera como su duquesa. No sabía si había hecho una petición formal ya o no, necesitaba asegurarse de que no decidiría usar su virginidad como razón para casarse con ella en algún maquiavélico momento.

Para él, casarse con ella sería preferible a tener que tratar con alguna joven desconocida que supiera poco sobre él.

Ella (Minerva) era una opción cómoda.

No tenía que pensar para saber su respuesta a eso. Sería un marido aceptable para cualquier dama que acepta ni la unión sin amor que él le ofrecía; mientras dicha dama no esperara amor o fidelidad, todo iría bien.

Para sí misma, el amor, real y permanente, era la única moneda por la que intercambiaría su corazón. La extensa experiencia de las uniones de los Varisey había reforzado su postura; su tipo de matrimonio no era para ella. Eludiéndolo, si era necesario resistiéndose activamente, cualquier sugerencia de matrimonio con Royce permanecía siendo un inalterable objetivo; en ese sentido nada había cambiado.

Y, para su inmenso alivio, pasar la noche en su cama no había seducido su corazón convirtiéndolo en amor; sus sentimientos hacia él no habían cambiado en ningún sentido… o solo en el lado lujurioso, no en términos de amor.

Pensando en cómo se sentía ahora respecto a él… frunció el ceño. A pesar de su resistencia, sentía algo más por él… inesperados sentimientos se habían desarrollado desde su regreso. Los sentimientos que la habían hecho entrar en pánico el día anterior, cuando había pensado que podía morir.

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