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La guerra de los enanos

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La guerra de los enanos
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—¿Que no está? —repitió la mujer, descartando sus cábalas ante tan inesperada nueva—. ¿Adónde ha ido?

—Me extraña sobremanera que no te relatara sus proyectos —apuntó el elfo con fingida sorpresa—. Ha viajado al pasado para adquirir la sapiencia de Fistandantilus y, así pertrechado, atravesar el Portal donde anida…

—¿Significa eso que no ha desistido de su absurdo plan, a pesar de no acompañarle la sacerdotisa? —interrumpió la dama.

Antes de terminar su pregunta, Kit comprendió que se había puesto en evidencia. Nadie debía enterarse de que había ordenado al caballero Soth que asesinara a Crysania a fin de detener a Raistlin en su absurdo empeño de desafiar a la Reina de la Oscuridad. Mordiéndose el labio, volvió el semblante hacia su fantasmal esbirro.

Dalamar la imitó, con una sonrisa de satisfacción por haber capturado los pensamientos que se agitaban bajo aquella crespa, bella melena negra.

—¿Tenías noticia del ataque a la Hija Venerable? —indagó, tan ingenuo su acento que provocó la indignación de su interlocutora.

—¡No disimules conmigo! —le recriminó la Señora del Dragón—. Sabes de sobra que estoy al corriente, y también mi hermano. Quizá se haya vuelto loco, pero nunca fue un necio. —Se volvió para increpar a su acompañante—. Me aseguraste que estaba muerta.

—Y lo estaba —declaró Soth, el caballero espectral, saliendo de los vapores que le envolvían para plantarse ante la dama. Sus proverbiales llamas anaranjadas centelleaban en las invisibles cuencas oculares—. Ningún ser humano sobreviviría a mi asalto. Ni tu maestro —se dirigía a Dalamar— podría haberla salvado.

—No —concedió el elfo—, pero el dios de la sacerdotisa sí ostentaba ese poder. Y lo ejerció. Paladine hechizó a su servidora y atrajo su alma hacia él, aunque dejó su carcasa en la tierra. El gemelo del Shalafi y hermanastro tuyo, señora —se inclinó respetuoso ante la exasperada Kitiara—, llevó a la mujer a la Torre de la Alta Hechicería, desde donde los magos del cónclave la catapultaron a la presencia del único clérigo capaz de reanimarla: el Príncipe de los Sacerdotes de Istar.

—¡Imbéciles! —renegó la Dama Oscura, lívida su tez—. ¡La enviaron donde Raistlin quería que estuviese!

—Con pleno conocimiento de causa —apostilló Dalamar—. Yo mismo les informé.

—¿Tú? —Kit no daba crédito a sus oídos.

—Hay asuntos sobre los que debo ilustrarte —susurró el discípulo—. Nos llevará algún tiempo. Te suplico que me sigas hasta mis aposentos, donde nos instalaremos cómodamente.

Estiró el brazo y ella, tras un corto titubeo, aceptó la invitación. Una vez hubo asido su mano, el imprevisible acólito rodeó su cintura y la aproximó a su cuerpo. Kit intentó desembarazarse, pero, a decir verdad, no puso excesivo afán; así que Dalamar imprimió mayor firmeza a su abrazo.

—Para que mi encantamiento nos transporte a ambos —le explicó—, has de permanecer lo más cerca posible.

—Puedo ir caminando —le opuso la mujer—. No me entusiasma la idea de desplazarme a través de las brumas arcanas.

No obstante, mientras hablaba, clavó sus ojos en los de él y apretujó el cuerpo, con sensual abandono, contra sus musculosas formas.

—De acuerdo, como prefieras —se rindió el falso alumno, que parecía complacerse en torturarla.

El elfo oscuro se encogió de hombros y se desvaneció en una voluta de humo. Kit examinó su entorno, mas lo único que distinguieron sus sentidos fue la voz de su guía dándole instrucciones.

—Sube la escalera de caracol, señora, y en el escalón número quinientos treinta y nueve gira a la izquierda.

—Como ves —dijo Dalamar—, me juego en esta empresa tanto como tú. He sido enviado por los máximos exponentes de las tres Túnicas, la Negra, la Blanca y la Roja, para impedir que suceda semejante calamidad.

Ambos se relajaron en las habitaciones que, suntuosas y privadas, le habían sido asignadas al ayudante del amo de la Torre. Después de que el elfo desintegrara en el aire los restos de una cena tan copiosa como refinada, los dos personajes se sentaron junto a una fogata que había sido encendida más para iluminar la sala que porque su calor fuera preciso en la tibia noche primaveral. Además, las danzarinas llamas inducían a la conversación.

—En ese caso, no entiendo que no lo detuvieras —le reprochó la dama, al mismo tiempo que depositaba su copa en un velador—. ¿Tan difícil es? Un puñal en la espalda constituye un método rápido y sencillo —comentó, reproduciendo la acción mediante un rotundo movimiento de la mano—. ¿O acaso los magos estáis por encima de tales mezquindades?

—No se trata de estar por encima, como tú dices —replicó Dalamar, quien optó por ignorar el desdén que ribeteaba aquellas palabras—. Los magos nos valemos de medios más sutiles para deshacernos de nuestros enemigos, pero tampoco es ésa la cuestión. Yo nunca emplearía mis ardides contra tu hermano.

Se convulsionó en un escalofrío y bebió el vino de manera precipitada.

—Memeces —gruñó Kitiara.

—En absoluto —la corrigió él, aunque sin ofenderse por su desprecio—. Escúchame con atención, quizás así lo comprendas. No conoces a tu hermano y, lo que es peor, no le temes. Tu ignorancia te abocará a un destino fatal.

—¿Temerle? —repitió la mujer, desoyendo tan inquietante advertencia—. ¿Cómo podría inspirarme miedo esa ruina descarnada y enfermiza? Bromeas —aseveró entre risas. Mas su jocosidad se difuminó al inclinarse hacia su anfitrión—. No, hablas en serio. Lo leo en tus ojos.

—Ni siquiera la muerte, con su abrumadora realidad, me espanta tanto como Raistlin —se reafirmó el elfo.

Esbozada una acerba sonrisa, Dalamar aferró la costura de su pectoral y la desgarró para revelar las huellas indelebles que trazara la mano del archimago. Kitiara, desconcertada, contempló las llagas y alzó de inmediato la vista hacia el lívido rostro de su oponente.

—¿Qué arma te infligió estas heridas? No la reconozco.

—Sus dedos —contestó él con voz desapasionada—. Estos cinco estigmas fueron un mensaje para Par-Salian, un desafío escrito a sangre y fuego cuando me encargó que transmitiera sus saludos al cónclave.

La guerrera había presenciado escenas dantescas a lo largo de su existencia. Había asistido a sesiones de tormento en los calabozos de los montes llamados Señores de la Muerte y también se había enfrentado a decapitaciones o ajusticiamientos en los que, bajo su presidencia, se desollaba vivos a los prisioneros. Sin embargo, aquellos surcos rezumantes y la imagen que evocaban de los delgados dedos de su hermano penetrando en la carne de su ayudante le causaron un irrefrenable temblor.

La dama se hundió en su silla y revisó en su mente todo cuanto Dalamar le había relatado. Sus cavilaciones la incitaron a pensar que, quizás, había infravalorado las dotes de Raistlin. Grave su expresión, sorbió el licor como si deseara infundirse ánimos.

—De modo que se obstina en traspasar el Portal —recapituló despacio, modificadas sus opiniones ahora que le era dado estudiar tan lacerantes líneas en la piel del elfo—. Cruzará su umbral en compañía de la sacerdotisa y penetrará en el abismo. ¿Qué hará entonces? Sin duda es consciente de que no puede rivalizar con la Reina de la Oscuridad en su propio plano.

—Por supuesto, conoce sus limitaciones tanto como su fuerza —confirmó el discípulo—. Sabedor de que ella se impondría en la pugna, se propone engatusarla para que entre en el mundo. En el momento en que la soberana se asome a sus dominios, está persuadido de que podrá destruirla.

—¡Qué insensatez! —se escandalizó Kitiara, si bien su protesta afloró en un murmullo inarticulado—. Ha perdido el juicio —sentenció, a la vez que posaba de nuevo la copa a fin de evitar que su alterado pulso derramara el líquido—. Sólo ha visto a la Reina cuando no era más que una sombra, cuando un obstáculo obstruía su avance. Ni siquiera ha atisbado cómo es en la plenitud de sus facultades.

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