La guerra de los enanos
- Автор: Уэйс Маргарет, Хикмэн Трэйси
- Серия: Dragonlance Legends #2
- Год: 2002
- Язык: испанский
- Переводчик: Marta Perez
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La guerra de los enanos». Краткое содержание книги:
—¿Quién es tan importante que osa invocarte por encima de mí mismo? —indagó el nigromante con una sonrisa desdeñosa, aunque su piel se tornó más fría que la textura del globo.
—¡Nuestra Reina! Su mera voz distorsiona nuestro sueño, perturba nuestro descanso. Ven, maestro, te llevaremos. ¡Síguenos!
¡La Reina! El archimago se estremeció, incapaz de refrenar sus emociones. Las manos, intuyendo su flaqueza, reanudaron la pugna para arrastrarle, mas él apretó la garra e hizo una breve pausa. Necesitaba ordenar sus ideas, que se agitaban en su mente tan enloquecidas como el abigarrado torbellino de la esfera.
Se reprendió por no haber previsto la interferencia de la soberana, que había penetrado parcialmente en el mundo y, ahora, se movía entre los dragones perversos. Desterrados de Krynn por el sacrificio de Huma, el Gran Caballero, los reptiles del Bien y del Mal dormían en simas profundas, ocultas.
Takhisis, la Reina de la Oscuridad, había decidido respetar el conveniente letargo de los animales bondadosos y, en su encarnación de Dragón de Cinco Cabezas, despertaba a sus aliados, los unía a su causa mientras se esforzaba en apoderarse del mundo.
El Orbe, aunque compuesto de las esencias de todos los reptiles —benignos, malévolos y neutrales—, reaccionaba presto al mandato de su Reina especialmente en la época actual, cuando predominaba la malignidad. Y, debía admitirlo, su naturaleza de nigromante no hacía sino fortalecer la faceta negativa del ingenio.
«¿Son estas sombras alas de dragones, o acaso reflejos de mi alma?», dudó Raistlin al contemplar la arcana bola.
No era momento para reflexiones. Todos estos pensamientos surcaron su mente con tanta rapidez que, entre una inhalación de aire y otra, el hechicero tomó conciencia del grave peligro que corría. Si cometía el menor descuido, Takhisis lo reclamaría como su siervo.
—No, mi Reina —murmuró, sin soltar las manos que lo seducían desde el corazón del Orbe—. No ha de resultarte tan fácil.
Habló entonces a la mágica esfera, en tono más perentorio.
—Sigo siendo tu señor. Fui yo quien te rescató de Silvanesti y de Lorac, el demente soberano elfo. Fui yo quien te salvó de la hecatombe en el Mar Sangriento de Istar, pues yo soy Rais… —Titubeó, tragó su repentinamente amarga saliva y continuó con los dientes apretados—: Fistandantilus, el Amo del Pasado y del Presente. Como tal, exijo vuestra obediencia.
La luz parpadeó hasta oscurecerse, los dedos que se entrelazaban con los suyos comenzaron a deslizarse. Un espasmo de ira y temor atenazó sus vísceras, mas dominó al instante sus emociones y retuvo aquellos resbaladizos dedos, que, conscientes de su superioridad, se relajaron.
—Acataremos tu voluntad —prometió la voz de las tinieblas.
—Eso está mejor.
Aunque se había tranquilizado, el nigromante no osó emitir un suspiro de alivio. Sin permitirse ningún quiebro en su inflexión, como el padre que tras reprender a su hijo sabe que no debe permitirse vacilaciones para no perder la autoridad, manifestó su deseo.
—He de ponerme en contacto con mi aprendiz en la Torre de la Alta Hechicería de Palanthas. Atended a mi mandato, transportad mis ecos a través de las órbitas del tiempo. Dalamar escuchará así mis palabras.
—Di esas palabras, amo. Él las oirá como el palpito de su propio corazón, y en tus tímpanos vibrará su respuesta.
Raistlin asintió.
2
Escarceos amorosos y conspiraciones
Dalamar cerró el libro de hechicería y, frustrado, descargó el puño sobre la mesa. Estaba seguro de haber cumplido con todos los requisitos, de haber recitado los versículos sin el más mínimo error en su énfasis ni, tampoco, en el número de veces que debía repetir el cántico. Los ingredientes eran los adecuados, había visto cómo Raistlin los manipulaba en infinidad de ocasiones. Sin embargo, no logró el efecto deseado.
Enterrando la cabeza entre las palmas, entornó los ojos y evocó el recuerdo de su Shalafi hasta que pudo oír su voz susurrante. Intentó recordar el tono, el ritmo exacto, revisó todas las fases al objeto de detectar su fallo.
De nada le sirvió; cada detalle se le antojó idéntico. «Bien —se dio por vencido—, tendré que aguardar su regreso».
Tras levantarse, el elfo oscuro pronunció una palabra mágica y el hechizo de luz perpetua en que había sumido una bola de cristal, colocada en el escritorio de la biblioteca del archimago, se desvaneció. No ardía ninguna fogata en la chimenea, la noche primaveral en Palanthas era tan benigna y agradable, que el aprendiz incluso se había atrevido a entreabrir el ventanal.
La salud de Raistlin era frágil hasta en los mejores momentos. No toleraba la más mínima brizna de aire fresco, prefería sentarse en su estudio arropado por el calor del fuego y los aromas de rosas, especies y podredumbre. En general, a su acólito no le importaba, pero cuando llegaba la primavera su alma elfa solía añorar el hogar boscoso que había abandonado para siempre.
Erguido junto al batiente, aspiró el perfume de vida renovada que ni siquiera los horrores del Robledal de Shoikan lograban alejar de la Torre y se concedió a sí mismo la licencia de pensar en Silvanesti.
Un elfo oscuro, un ser a quien le ha sido negada la luz. Eso representaba él para su pueblo. Al sorprenderlo investido de la Túnica Negra, un hábito que ningún miembro de su raza podía mirar sin estremecerse, al descubrir que practicaba las artes prohibidas a los de su condición inferior, los mandatarios le ataron los pies y las manos, amordazaron su boca y vendaron sus ojos. En tan triste estado, lo arrojaron a una carreta y lo condujeron a las fronteras de su territorio.
Privado como se hallaba de la visión, sólo guardaba en su memoria la fragancia de los álamos, de los brotes florales y de la rica tierra. Lo desterraron en la misma estación que ahora renacía.
¿Regresaría, si pudiera hacerlo? ¿Renunciaría a lo que ahora tenía a cambio de volver? ¿Sentía remordimientos, pesadumbre acaso? Sin proponérselo, Dalamar se llevó la mano al pecho y, debajo de sus ropajes, tanteó sus heridas. Aunque hacía ya una semana desde que el archimago le imprimiera su huella en la carne en forma de cinco abrasadoras llagas, no se había iniciado el proceso de cicatrización. Nunca lo haría, reflexionó resignado.
El dolor le hostigaría durante el resto de su vida. Siempre que se desnudara, vería aquellos estigmas, surcos que la piel no había de cubrir. Era el castigo que debía sufrir por traicionar al Shalafi.
Merecía su suerte, como le dijera a Par-Salian, máximo dignatario de la Orden, señor de la Torre de la Alta Hechicería de Wayreth y, en cierto modo, también de su persona, puesto que había aceptado convertirse en el espía de aquel grupo de magos que temían a Raistlin y desconfiaban de él más que de cualquier mortal.
¿Dejaría este peligroso lugar? ¿Deseaba reencontrarse con su hogar de Silvanesti?
Se asomó al exterior con una sonrisa sombría, reminiscente de la mueca de su maestro arcano, y, sin darse cuenta, desvió la mirada del pacífico, estrellado cielo hacia la estancia, hacia las interminables hileras de volúmenes encuadernados de azul que atestaban los anaqueles de la biblioteca. Visualizó, en una secuencia retrospectiva, las maravillosas, espeluznantes escenas a las que tuviera el privilegio de asistir en su calidad de aprendiz del archimago. Sintió el influjo devastador del poder en sus entrañas, un placer que se sobreponía al dolor.
No, nunca regresaría.
Interrumpió su ensoñación el repicar de una campana de plata. Sólo tañió una vez, con un sonido quedo y armonioso; sin embargo para quienes habitaban la Torre —tanto los que vivían en este plano como los que pululaban en el de ultratumba—, produjo el efecto de un gong que rasgase el aire. ¡Alguien pretendía entrar! Una criatura había sorteado los riesgos de la arboleda y había llegado a las puertas de la mole.
Presente en su imaginación la efigie de Par-Salian, que había rememorado minutos antes, el elfo quedó convencido de que el poderoso hechicero de Túnica Blanca aguardaba en su umbral. En su mente resonó la sentencia que profiriera frente al cónclave unas noches atrás: «Si alguno de vosotros intentara penetrar en la Torre durante su ausencia, le mataría sin vacilar».