La guerra de los enanos
- Автор: Уэйс Маргарет, Хикмэн Трэйси
- Серия: Dragonlance Legends #2
- Год: 2002
- Язык: испанский
- Переводчик: Marta Perez
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La guerra de los enanos». Краткое содержание книги:
—Duerme —afirmó el general, en un tono ronco que enmascaraba una emoción ignota para la desconcertada sacerdotisa.
Las ruinas del pueblo apenas se dibujaban tras el manto de niebla. Los armazones de los edificios se habían venido abajo hasta amontonarse en cúmulos de blanca ceniza, los árboles no eran sino columnas humeantes cuyas ramificaciones se elevaban en densas volutas. Bajo el atento escrutinio de la mujer, el chaparrón volatilizó los restos al fundirlos con el fango y dispersarlos en un sinfín de riachuelos. Y no fue esto todo: la ventolera, que había amainado al extinguirse el sortilegio, reanudó su embate y, tras hacer jirones la neblina, transportó sus vapores hacia rincones inexplorados. El caserío se desvaneció como si nunca hubiera existido.
Yerta de frío, Crysania se recogió en su capa y giró el rostro en dirección a Caramon, quien se afanaba en colocar a Raistlin sobre la silla y lo zarandeaba a fin de ponerlo en condiciones de cabalgar.
—Hay algo que deseo preguntarte —dijo la dama al luchador mientras la ayudaba a montar—. ¿Qué prueba es esa que ha mencionado tu hermano? He advertido la expresión que adoptabas al oírle. ¿De qué se trata? Intuyo que tú le has comprendido.
El interpelado no contestó de inmediato. A su lado, el nigromante se balanceó incierto hasta que, inclinando la cabeza, se extravió en sus sueños. Tras asistir a Crysania, el corpulento humano fue hacia su caballo y se encaramó a la grupa; una vez instalado, se hizo con las riendas que se deslizaban entre los dedos del amodorrado hechicero. Ascendieron a continuación la montaña, sin que el luchador oteara ni una sola vez el panorama que dejaban a su espalda.
En silencio, guió a los corceles por la senda, pendiente del mago que, relajados sus músculos en su inoportuno descanso, se reclinó en la crin del equino. Al ver que daba tumbos, el solícito guerrero lo enderezó con mano enérgica pero sin brusquedad.
—Caramon, aguardo una explicación —persistió la mujer ya en la cumbre del cerro.
Él la espió antes de contemplar, entre suspiros, el paisaje. Al sur, lejos de ellos, se erguía Thorbardin bajo una masa de nubes que encapotaba el horizonte.
—Afirma la leyenda que, antes de enfrentarse a la Reina de la Oscuridad, Huma fue puesto a prueba por los dioses. El Gran Caballero hubo de luchar contra el viento, el fuego y el agua. Su última conquista, la más difícil —apostilló quedamente—, fue la de la sangre.
Cántico de Huma
(continuación)
LIBRO III
Huellas en la arena
El ejército de Fistandantilus prosiguió su avance hacia el sur, llegando a Caergoth cuando las últimas hojas se desprendían de los árboles y la gélida mano del invierno se cernía sobre la tierra.
La orilla del Mar Nuevo detuvo a la tropa, pero Caramon, sabedor de que tendría que atravesarlo, había forjado ciertos planes de antemano. Tras dejar al mando del grueso de sus seguidores a su hermano y sus subordinados de confianza, el general condujo a un destacamento de sus hombres mejor adiestrados hasta el mar. La acompañaban asimismo todos los herreros, leñadores y carpinteros que se habían unido a él durante la larga marcha.
Estableció el guerrero su cuartel general en la ciudad de Caergoth. Eran innumerables las ocasiones en que había oído mencionar este puerto en su vida anterior, o quizá debería decirse futura. Tres siglos después del Cataclismo, el lugar se convertiría en un burgo costero bullente de animación, próspero y alegre. Ahora, sin embargo, cuando acababan de cumplirse cien años de la caída de la montaña ígnea sobre Krynn, Caergoth era sinónimo de desconcierto. De ser una comunidad de granjeros en medio de los llanos de Solamnia, había pasado a recibir la inesperada visita del mar y, claro, sus habitantes luchaban contra lo que se les antojaba una terrible amenaza.
Al contemplar desde un punto elevado el lugar donde se terminaban las calles, un abrupto acantilado que caía aplomado hasta las lejanas y recientes playas, Caramon pensó en Tarsis. La hecatombe había privado a esta última ciudad del mar, dejando las embarcaciones embarrancadas en la arena cual peces moribundos, mientras que aquí el oleaje cubría los que en un tiempo fueran campos de cultivo.
El hombretón recordó con añoranza las naves varadas de la antigua urbe, al advertir que en Caergoth apenas había unas pocas, del todo insuficientes para sus necesidades. Ordenó a algunos de sus soldados que recorrieran la franja litoral en ambos sentidos y adquirieran o requisaran, de hallar oposición, cuantos barcos pudieran hacerse a la mar, contratando también a sus respectivas tripulaciones. Obedientes a su mandato, los enviados regresaron a Caergoth a bordo de desvencijados cascarones, que los artesanos remozaron y armaron de tal manera que fueran capaces de transportar pesadas cargas en la travesía del Estrecho de Schallsea, rumbo a Abanasinia.
Caramon recibía cotidianamente noticias sobre los progresos de los ejércitos enaniles, de cómo habían fortificado Pax Tharkas, cómo habían importado mano de obra —enanos gully, por supuesto— para trabajar sin descanso en las minas y fraguas donde, día y noche, se confeccionaban pertrechos que luego eran llevados a Thorbardin en sólidos carros, a fin de engrosar los arsenales ocultos en la montaña.
Los emisarios de los Enanos de las Colinas y los bárbaros no sólo le informaron acerca de sus rivales. El general averiguó que se había producido una gran concentración tribal en Abanasinia, cuyos moradores optaron por arrinconar sus feudos para luchar juntos en pro de la supervivencia. Sus pequeños aliados le comunicaron también que, al igual que sus primos, estaban manufacturando nuevas armas con el concurso de legiones gully, dedicados en exclusiva a esta tarea.
Caramon decidió incluso solicitar la ayuda de los elfos, mediante una discreta misiva a su cabecilla. Tal empeño le causó una sensación extraña, ya que el dignatario a quien dirigió sus súplicas no era otro que Solostaran, el Orador de los Soles, quien había muerto unas semanas antes en su propio tiempo. Raistlin se mofó de su intento de inducir a los qualinesti a guerrear, conocedor de la respuesta. Mas, pese a su aparente desdén, el archimago abrigaba secretas esperanzas, alimentadas en las largas horas nocturnas, de que esta vez su actitud fuera distinta.
No fue así, los mensajeros del general no tuvieron ni siquiera la oportunidad de entregar el pergamino. Antes de que desmontaran de sus caballos, surcó el aire una lluvia de zigzagueantes flechas, que, al clavarse en el suelo, formaron un mortífero círculo en su derredor. Los atacados otearon los bosques de álamos que configuraban la zona y vieron a centenares de arqueros, todos ellos con la cuerda tensa y un dardo presto a traspasarles. No intercambiaron el menor diálogo. Tuvieron que regresar sin más contestación que uno de aquellos proyectiles de inequívoco significado.
No sólo el hecho de invocar el auxilio de un elfo muerto provocaba en el luchador sentimientos desestabilizadores; la guerra misma lo abrumaba como algo que escapaba a su voluntad. Al recapacitar sobre lo que había oído discutir a Raistlin y Crysania, el hombretón sospechó que todas sus acciones ya habían sido realizadas con anterioridad. Tal pensamiento se le antojó una pesadilla, se transformó en una obsesión no menos pavorosa que la de su gemelo, aunque sus motivos eran distintos.