Últimas tardes con Teresa
- Автор: Marsé Juan
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Últimas tardes con Teresa». Краткое содержание книги:
Aquella misma tarde, en el bar Delicias se recibió una carta para Manolo. Un chiquillo fue a entregársela a su casa. Era de Teresa. El sobre sólo llevaba escrito: Manolo Reyes, Bar Delicias, Carretera del Carmelo. Dentro había tres cuartillas llenas hasta los bordes de una letra pequeña y apretada, muy bonita y armoniosa (evidentemente era la copia en limpio de un denso borrador) y con una sola tachadura.
La A de “amor mío” que encabezaba la misiva había sido trazada con mano firme y decidida, diríase que furiosa, pero mostraba un risueño apéndice en un costado parecido a un caracol. Venía seguidamente: “Perdón por el retraso, no tengo tu dirección y además creía poder estar de vuelta a Barcelona en seguida. En casa se han empeñado que pase aquí en la Villa lo que queda de mes, hasta que empiece el curso. ¡Bonita jugada!…” Seguían expresiones por el estilo. Cuando todo hacía esperar una indignada exposición de las causas que habían determinado esa fastidiosa decisión familiar, esa “bonita jugada”, la joven universitaria se lanzaba intrépidamente, con pluma febril, quemante, a un deleitoso análisis del “estado presente” de su espíritu (“exaltado”) y de ciertas noches blancas: hablaba de “anhelante espera” y de “indecible frialdad de sábanas”, concluyendo con la revelación de la causa (dudosa, por cierto) de tales ardores y devaneos, presuntamente gripales: “llevo dos días en cama, con fiebre, delirando” (este musical gerundio bailó unos segundos envuelto en un camisón rosa estilo imperio ante los ojos del murciano) “y hasta hoy no me he sentido con fuerzas para escribirte, pues pillé un fuerte resfriado con la lluvia, y la repentina muerte de Maruja y luego el no poder verte me deprimieron tanto que tuve que meterme en cama nada más llegar. Al principio estaba tan desorientada, tan desmoralizada…” Proseguía diciendo que, por otra parte, no había motivo para desesperar porque no pasaba nada excepto el fastidio de una separación momentánea. Acaso lo más enojoso era lo que esta actitud de sus padres (“que por otra parte no debería sorprendernos”) representaba para ella en el orden familiar: la confirmación de un mal que de alguna manera había condicionado su personalidad desde niña, y que después de conocer a Manolo se le había hecho más patente que nunca: “…de la estúpida educación familiar que se me ha dado, he aquí un nuevo ejemplo, he aquí cómo reaccionan, cómo entienden la defensa de la hijita descarriada y descocada, sin ver que ya es demasiado tarde. Quisiera morirme de rabia y de vergüenza. ¿Qué habrás pensado de mí, de todos nosotros? ¡Si supieras cuánto me aburro, Manolo, cuánto te echo de menos!” Añadía que, en este sentido, le parecía como si la Villa estuviera desierta, y aunque había gente, parientes lejanos e inoportunos (“un primo chulo y pretencioso de Madrid, que espera a que me ponga buena para ganarme al tenis”) era como si un naufragio la hubiese arrojado aquí entre personas y costumbres extrañas. Volvía a hablar de la soledad, y de pronto, una brisa marina y soleada, la teresiana oleada azul, el anhelado regreso a sus islas: “Pero no es eso lo que me desespera, Manolo, no es el ambiente hostil que me rodea. Es tu ausencia. Qué soledad por espantosa que fuese no sería un paraíso, qué horrible desgracia no sería una bendición, qué enfermedad no sería un lecho nupcial, qué miseria o dolor no sería una caricia comparadas con esta pena de no verte, amor mío, amor mío, amor mío, a esta privación insoportable de tus labios y de tus manos durante días y días que me parecen toda una eternidad de siglos…” Manolo, aunque emocionado e impresionado (lo que son los estudios, qué bien sabe expresar Teresina lo que uno siente) se dejó llevar por la impaciencia y saltó líneas en busca de noticias más concretas. Después de este apasionado fragmento- en el que una mente más cultivada que la del joven del Sur habría reconocido al instante el origen literario de ciertas imágenes- el tono descendía a un nivel de orden práctico e informativo: hablaba Teresa de una fastidiosa conversación con sus padres (“sostenida con infinitas reservas por ambas partes”) en la que no llegó a plantearse la verdadera cuestión del problema. Dicha conversación tuvo lugar la noche del mismo día que habían enterrado a la pobre Maruja, y “aunque nadie se refirió directamente a ello, deduje que esa chismosa de Dina, esa putilla de quirófano, habló de nosotros, y también Vicenta. Naturalmente, mamá echó el resto. No creo exagerar si te digo que mamá, ya antes de conocerte, temía que atentases contra la virtud de su hija. ¡Dichosa tontería! Si te recuerdo, además, que en casa me tienen por medio marxista, excuso decirte las locuras y concubinatos de que me creen capaz”. Pero insistía en que no había llegado a plantearse la cuestión de sus sentimientos: “simplemente, se decidió que la muerte de Maruja me había afectado de tal modo que había llegado el momento de ocuparse seriamente de mí; papá opina que me dejo impresionar demasiado, que todavía soy una niña, que han sido muchas emociones las de este verano, que estoy agotada, con los nervios en punta, en fin, que necesito reposo y que por supuesto en ningún sitio estaré mejor que en la Villa; un cambio de aires; o mejor de ideas. De ti no se habló, en realidad”. Aquí, Manolo pensó que era sintomática la actitud de papá Serrat: porque Teresa aseguraba que nunca había visto a su padre interesarse tanto por ella, “por mi manera de pensar”, ni siquiera cuando estuvo detenida por lo de las manifestaciones estudiantiles. Al parecer habían discutido acerca de la Universidad y de los vientos políticos que en ella bebían actualmente los estudiantes. “Muy divertido. No sé si puedes llegar a hacerte cargo, pero en papá esto es algo insólito”, y añadía que antes de conocer ella a Manolo, su padre jamás había mostrado un interés serio por estas cosas, precisamente lo que le gustaba era burlarse (“de mis amigos sobre todo, y especialmente de Luis Trías de Giralt”) y con bastante gracia, dicho sea de paso (“papá es un terrible guasón, aunque no lo parezca”). En cuanto a lo nuestro, proseguía más adelante, preciso era reconocer que nadie le había levantado la voz, nadie le había hecho una escena. “Pero no nos engañemos, hay que atenerse a los hechos: en el ánimo de mis padres está planteada la verdadera cuestión, el temor no por lo que haya podido hacer hasta hoy esa locuela de Teresa, con sus ideas extremistas, sino ante lo que pueda hacer mañana. No es una cuestión de moralidad; sobre esto habría mucho que hablar, pero te aseguro que, en el mundo en que yo vivo, ni siquiera las más virtuosas y respetables personas creen que perder la virginidad por gusto y antes de tiempo sea tan grave como hacer una mala boda”. Seguían algunas consideraciones atrevidas pero innecesarias (según opinión del murciano) acerca de esa “inaudita, asombrosa buena conciencia que tiene de sí misma la burguesía de nuestro país”, y luego una curiosa definición de la naturaleza del conflicto en que se debatía su familia respecto a ella (“confunden mi amor por ti con mis ideas progresistas, porque la hija les salió rana”) consciente ya, seguramente, de que ésta era por cierto la misma confusión que ella había experimentado en brazos del muchacho al conocerle. Y acerca de eso concluía con una arrogante declaración de principios: “Hoy, por lo que a mí respecta, Manolo, el amor ha reemplazado a la solidaridad (aquí aparecía la única tachadura: la palabra solidaridad no debió convencerla una vez escrita y la tachó, pero, si duda al no encontrar el equivalente deseado, había vuelto a escribirla), o mejor dicho, la ha puesto en el lugar de mi corazón que le corresponde -un lugar también preferente, porque amo a mi país- pero limpia ya de conjuros, de romanticismo ideológico y de tontería… Y perdona este galimatías, cariño, pero es que me hace mucho bien poner en orden mis ideas”. Añadía que, por otra parte, se pasaba las horas en su cuarto, aburrida, leyendo o mirando el mar desde la terraza. “¡Qué fastidioso, qué absurdo, me resulta todo sin tu presencia! Si supieras cuánto te necesito, si pudiera verte, hablarte de lo que siento en estos momentos, tenerte a mi lado aunque sólo fuera un instante”. Volvía a recordarle que hasta octubre no empezaba el curso, y que entonces todo se arreglaría (“no dejaremos ya que nada vuelva a separarnos”) pero, mientras tanto… ¿Qué hacer? ¿No habría un medio que les permitiera verse antes? Y aquí, a través de compactos, densos renglones de tinta.azul aseguraba que había tratado de no pensar en él, pero que había sido inútil. Unos puntos suspensivos (en leve línea descendente) sofocaban renovados ardores: “Eres el único hombre de verdad que he conocido, a tu lado he aprendido a vivir, he empezado a sentirme mujer…”
Venía luego la despedida y más abajo una postdata confusa y precipitada, con letra temblorosa y en algún punto descolorida, como si alguna lágrima hubiese aclarado la tinta (o tal vez no eran más que salpicaduras de agua de mar, pues algunos granitos de arena contenidos en el sobre denotaban que la carta, o cuando menos esta postdata, había sido escrita en la playa). El significado de este texto tardó algo en hacérsele claro al muchacho: “Sé rebelde, orgulloso y atrevido hasta la muerte. Una noche soñé que te veía bajo los pinos, mirando mi terraza, una noche que viniste a ver a Maruja. ¿Nunca te fijaste en lo bonita y frondosa que está la hiedra? Me paso las noches en vela, con mis pensamientos y mi fiebre de ti, amor, mientras esta familia aburguesada y cursi a la que me avergüenzo de pertenecer, duerme. Siempre tuya. Besos. Teresa”.