Últimas tardes con Teresa
- Автор: Marsé Juan
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Últimas tardes con Teresa». Краткое содержание книги:
La Villa estaba silenciosa, ninguna luz en las ventanas ni en la terraza. La noche era más oscura que otras muchas que él guardaba amorosamente en la memoria y la gran mansión tenía un aspecto más imponente, una estructura más confusa y más austera que la que él recordaba, próxima y a la vez distante en medio de la oscuridad. Escondió a la abuela Rieju entre los pinos. Todo dormía en los alrededores, mecido por el chirrido de los grillos y por el vaivén de las olas, arropado en aquella belleza irreal que encerraba la profundidad del bosque, donde flotaba una blanca neblina procedente del mar. Manolo rodeó la villa por la parte trasera, caminando bajo los grandes eucaliptos del jardín, y se detuvo en la pared donde la hiedra trepaba hasta la terraza. Apenas visible bajo las brillantes hojas, un canalón de uralita subía también hasta lo alto. Según le parecía recordar de alguna conversación con Maruja, la habitación de Teresa comunicaba con esta terraza y era contigua al dormitorio de los niños, el cual daba justamente encima del cuarto de Maruja. Pero no había más que una ventana en este muro, la que él había saltado tantas veces. Manolo la miró: su fisonomía había cambiado, estaba medio oculta por la hiedra, con los batientes cerrados y fingiendo un hermético aire de defensa. Apartó la vista de ella con cierta precipitación, cogió un guijarro y lo tiró a la terraza. Repitió la operación variz3 veces, sin resultado. ¿Y si la habitación de Teresa no diera a esta terraza? Lástima haber llegado tan tarde, tenía la esperanza de encontrar a Teresa levantada, en el jardín, por ejemplo… Retrocedió unos pasos, pensativo, y se sentó en el suelo recostando la espalda en el tronco de un pino. Clavó los dedos en la tierra húmeda, sin saber qué hacer, vagamente estremecido por una boca anhelante que le atraía desde las sombras empapadas de la hiedra: la ventana de Maruja, y en ella unos brazos desnudos abriéndose, unas pupilas febriles alimentando su esfuerzo, su ritmo…
Maruja es esta mujer de la cual uno no recuerda que sus pechos fueron hermosos: recuerda un gesto de sus pechos, el diseño ligeramente amargo y duro de su boca, su espalda morena regresando tímidamente a las zonas de penumbra; uno puede a veces evocar un gusto a eucalipto o a menta que dormía en su saliva, y el ronroneo de su garganta mientras besaba, y también un frío antiguo al verla encoger sus débiles hombros frente al espejo, o su paso lánguido cruzando la habitación, desnuda y púdica. Podía verla otra vez subiendo al Carmelo en una ventosa tarde de invierno, con su abrigo a cuadros estrecho y pasado de moda y una banda de terciopelo rojo en el pelo, pero sobre todo, entre esas imágenes persistía el parpadeo temeroso de sus ojos en medio de un remolino de polvo en la calle Gran Vista, rodeada de niños armados con piedras y abundantes tapabocas que sólo dejaban ver sus ojitos curiosos, y persistía la trémula dulzura de su mano en el pecho, ciñendo las solapas del abrigo, la sumisión de sus piernas fervorosamente juntas y su manera comprensiva y hasta risueña de ladear la cabeza cuando le esperaba en el bar Delicias, de pie, inmóvil, sin avergonzarse de su condición de criada emputecida…
De pronto, Manolo se incorporó de un salto (“esto me pasa por pararme ante esa ventana, como si la pobrecilla aún me esperara dentro”) al presentir oscuramente que, sin darse cuenta, alimentándose lo mismo que aquellos malditos gusanos que ya debían anidar en el cuerpo de la muchacha (no quería pensarlo) en su interior él había empezado también a cobijar muchas partículas de aquella inquietante feminidad de Maruja, y que acaso este recuerdo iría también alimentándose de él, devorándole silenciosamente… Empezaba a sospechar que había cometido una tontería al venir, que lo mejor habría sido esperar noticias de Teresa. Descorazonado, entristecido, dirigió sus pasos hacia la extensa y desierta playa, iluminada apenas por la agonía azul de las estrellas. Hacía frío, las olas rompían con impactos sordos a lo largo de la orilla, derramaban su espuma blanca y luego se deslizaban más allá, alejándose con un eco cada vez más tenue. Esta brisa, estas playas eran familiares a su piel; sin embargo, resultaba sorprendente que sólo hubiesen transcurrido dos meses desde que empezó a salir con Teresa, pues él habría jurado que hacía años, como si realmente la universitaria le hubiera dedicado un tiempo infinitamente superior al que dedicó, por ejemplo, a Maruja. Tenía el poco tiempo dedicado a Teresa un espesor sentimental que no tenía el de Maruja, y quiso recordar los momentos en que la posesión de este tiempo sin orillas había sido más completa, más real. Y descubrió de pronto cuán ingenuo y crédulo era, cómo había hecho el primo, él, que se creía tan listo. ¡Pensar que Teresa podía haber sido suya hace tiempo! ¡Ah, qué ciego, qué imbécil he sido!, se dijo al recordar a la universitaria en sus brazos, en la playa, en las calles oscuras (¡Dios mío, su dulce mirada implorante aquella noche al salir del bar de Encarna, mientras se besaban apoyados en la pared!) 9 en las laderas del Parque del Guinardó (su voz de niña constipada llamándole desde la hierba) o la mañana inolvidable en el terrado de las hermanas Sisters, arrullándose y acariciándose bajo un sol mágico… Pero él siempre se había contenido, y pensándolo bien, tal continencia (que obedecía precisamente a un deseo más poderoso que el de la simple posesión física) quizá no se había revelado ineficaz del todo: a juzgar por los arrebatos de Teresa en los días que precedieron al entierro de la infortunada Maruja, la universitaria era ahora más suya que nunca. Pero ¿de qué había servido todo eso si no le daban tiempo a consolidar sus relaciones? Podía acabar siendo un sacrificio inútil y estúpido, de esos para tirarse de los pelos durante toda la vida, desprovisto del bobo heroísmo santurrón de la Mayoría de novios, por supuesto, pero digno de igual lástima. Bajo el peso de esta soledad de ahora, el murciano se sentía engañado, burlado, y, sobre todo, desconcertado ante cierto cambio que había empezado a operarse en él, y que ahora descubría,,estupefacto: no en todas las ocasiones propicias había respetado a Teresa para obtener un beneficio, hubo también otra cosa, una voluntad ajena que se había introducido en él, un turbio sentimiento hecho de dignidad y de credulidad que le habían contagiado, que se le había ido pegando poco a poco. Él nunca fue eso que llaman un buen chico (ni probablemente tendría ocasión de serlo nunca, pensaba, a menos que se casara con Teresa); entonces ¿por qué diablos se había comportado como tal en no pocas ocasiones, en nombre de qué y por qué, vamos a ver, se había dejado llevar a una situación de respetabilidad, de dignidad, y que no tenía salida? ¿Por qué se había adscrito tan rápida e ingenuamente a las sagradas leyes de la compostura, en virtud de qué preceptos morales, convenio o trato, reglas de la prudencia, decoro o normas sociales se había convertido en menos de tres meses en un hipócrita frente a Teresa? ¿En razón de qué intereses podía haber sido tan desconsiderado con una muchacha enamorada, generosa, necesitada de ternura, de caricias…? Al revivir ahora los besos de Teresa, al mismo tiempo que se maldecía y se despreciaba, sintió crecer dentro de sí un grande, inmenso amor por la muchacha y su maltratada vocación fornicadora. Recordó con verdadera ternura de viudo la noche en que murió Maruja, cuando él y Teresa estaban pegados al teléfono y envueltos en aquella ardiente nube: allí sí, convertido ya en llama viva, allí decidió hacer suya a Teresa. Pero ay, esa noche llegaba tarde: demasiadas horas perdidas, persiguiendo la blanca gacela de la dignidad… Con todo, aún estaba a tiempo de rectificar, de volver a ser el resuelto hijoputa que siempre fue y que nunca debió dejar de ser, qué imprudencia, te ablandas y te joden vivo, así que paciencia y barajar, decidió ahora, pateando furiosamente unas algas podridas de la playa.
Aunque en la ciudad, desde hacía cuatro días, había perdido la noción de las horas, del día y de la noche, aquí pudo calcular (el vagabundeo y la espera en esta playa parecía tan antiguo, tan familiar) que debían ser más de las tres. Puesto que había venido y no tenía nada mejor que hacer, esperaría a que amaneciera. Si hacía buen día, probablemente Teresa vendría a bañarse. Se internó por el bosque, saltó la valla (todavía sin reparar) y pretendió dormir en un hueco del suelo lleno de arenilla y hojas de pino. Se lo impidió el frío y el fragor del mar y regresó al jardín de la villa, a resguardo de la brisa, donde se ovilló sobre un sofá-balancín cubierto por un toldo de flecos.
Amaneció un radiante día de sol. Le neblina se retiró hacia el interior del bosque rápidamente, como si un viento la chupara con avidez. Él estaba entumecido y aún creía soñar, pero al apartar el brazo de la cara, por entre las brillantes agujas de sol, la visión (un joven alto y moreno que avanzaba hacia él con una raqueta de tenis bajo el brazo y una toalla colgada al hombro) adquirió una insospechada y alegre realidad. En el silencio de la mañana, la grava del jardín de los Serrat crujía bajo las blancas zapatillas del desconocido. Era esbelto, flexible, ancho de espaldas, llevaba una camiseta azul con el flojo cuello subido y sus níveos pantalones cortos dejaban ver unas piernas bronceadas y musculosas. Caminaba directamente hacia él, pero con la cabeza levantada al sol, los ojos entornados, haciendo visera con la mano. El murciano comprendió que aún no había sido visto por el desconocido y, con un rápido movimiento, se dejó caer del sofá-balancín hacia atrás, rodando hasta ocultarse tras una tupida mata de geranios. Antes de llegar a él, y ofreciéndole a Manolo una repentina imagen de sí mismo (su mismo pelo oscuro y lacio, su mismo perfil enérgico y altanero) el joven dobló por un sendero que conducía a la pista de tenis. Poco después, con parecida indumentaria y también con raqueta, apareció el señor Serrat y siguió el mismo camino que el joven. Manolo retrocedió, escogió un escondite más seguro entre los pinos y siguió espiando el jardín. Teresa no daba señales de vida. Él esperó. Estuvo oyendo el golpe de la pelota en las raquetas, los gritos de admiración o de decepción, a menudo simulando un deleitoso desespero (era el señor Serrat, cuyo juego lento y jadeante no podía sin duda competir con el de su joven rival) que terminaba con una descarga de mutuos elogios. A eso de las diez apareció la señora Serrat y una nueva sirvienta, joven y regordeta, que depositó una bandeja con café y tostadas en una mesita cubierta con un parasol. La voz de la señora resonaba alegre y cristalina en medio de la mañana, estableciendo por un instante una feliz relación, una serena plenitud de ocios y de acordes armónicos con las voces jubilosas que provenían de la cancha de tenis. Apareció luego un hombre de aspecto campesino con una manga de riego, la señora habló un momento con él y después entró en la casa por la cristalera del fondo, volvió a salir, volvió a entrar, todo esto es una mierda, una soberana coña veraniega que la ausencia de Teresa hace aún más insoportable. Cerca del mediodía, al pasarse la mano por la cara, notó la barba crecida y sospechó que su aspecto era lamentable. Así no llegarás muy lejos, se dijo. Sediento y cansado, con los huesos molidos, decidió que lo mejor era regresar a Barcelona y esperar noticias. No le importó hacer ruido con la moto al Ponerla en marcha (que Teresa supiera, por lo menos, lo cerca que él había estado) y poco después salía a la carretera. Los pequeños y medrosos 600 circulaban estrictamente por su derecha. No pudo alcanzar los cien. Expirando, tísica, con todos sus huesos crujiendo, la Rieju le depositó en Barcelona casi dos horas más tarde y él la abandonó, ya cadáver, detrás del Hospital de San Pablo, para continuar a pie remontando la calle Cartagena.