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Электронная книга - «Últimas tardes con Teresa». Краткое содержание книги:

Ambientada en una Barcelona de claroscuros y contrastes, Últimas tardes con Teresa narra los amores de Pijoaparte, típico exponente de las clases más bajas marginadas cuya mayor aspiración es alcanzar prestigio social, y Teresa, una bella muchacha rubia, estudiante e hija de la alta burguesía catalana. Los personajes de esta novela a la vez romántica y sarcástica pertenecen ya, por derecho propio, a la galería de retratos que configuran toda una época. Hito de la literatura española contemporánea, esta obra consolidó internacionalmente el nombre de su autor…
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– Oye -dijo Manolo a Teresa-. ¿Se quieren mucho? Teresa se encogió de hombros.

– Él a ella sí. Se vería perdido sin Mari Carmen. Pero ella… Verás, Mari Carmen está un poco decepcionada, ¿comprendes?

No.

– Alberto es un chico que prometía mucho cuando iba a la Universidad, tenía talento.

Pero se gana muy bien la vida ¿no?

No es eso, cariño. -Teresa cerraba los ojos, soñolienta, la cabeza apoyada en el hombro de él-. No se trata de saber ganarse o no la vida. Alberto es un intelectual…

– ¿Ella le pone cuernos?

– Ay, no sé, amor, no me hagas hablar. -Se rió-. Prefiero besarte.

Cuando paró la orquesta, los Bori entraron en la taberna y no se dejaron ver durante un rato. Algo ocurrió, porque al salir, de la manera más inesperada, se despidieron. “Nos vamos, es muy tarde”, dijo Alberto. A su lado, de espaldas, los brazos cruzados como si tuviera frío, Mari Carmen miraba a la orquesta y a las parejas que bailaban, muy pocas ya, casi inmóviles, adormiladas. Sus hombros estremecidos y frágiles transmitían algo de lo ridículo, vano y aburrido que ahora debía parecerle todo -aquel empeño en seguir abrazados, aquella música que había quedado reducida al ritmo asmático de la batería-, y su depresión debía resultarle ya insoportable porque apenas se despidió: un vago gesto con la mano y un desganado “chao” al encaminarse hacia el coche, sin mirar a nadie, sin descruzar los brazos, elegantemente encogida y sorteando las parejas como si preservara su pecho de alguna amenaza o contagio. Teresa se levantó y la siguió. Alberto Bori tendía la mano a Manolo, que le miró a los ojos procurando dar una franca sensación de seguridad:

Bueno, ya me dirás lo que hay… Necesito ese empleo, en serio, no te olvides. Estoy pasando un mal momento.

Nada, hombre, te llamo… O mejor llamo a Teresa. -Por alguna razón, Alberto Bori no pudo sostener la mirada franca del murciano-. Hasta pronto. -Al irse se cruzó con Teresa-. Chao, Tere. Divertiros.

Teresa se sentó junto a Manolo y le besó en la mejilla. -De parte de Mari Carmen, y que la disculpes por despedirse a la francesa… ¿Has quedado en algo con Alberto?

– Que llamará. Pero no confío mucho. ¿Quieres que te diga una cosa? Yo sólo confío en la gente seria… En tu padre, por ejemplo.

No pienses mal de Mari Carmen, es muy dada a la depresión, siempre que salimos acaba así. Pero es muy buena chica. Y Alberto también, ya verás como…

– Él es un mierda. Lo he visto en su cara.

– No digas eso, cariño. -Teresa apoyó la mejilla en el pecho de su amigo-. ¡Yo que pensaba que se te había pasado el mal humor!

– ¿Quién está aquí de mal humor? -dijo él sonriendo. Le besó la oreja-. Anda, llévame a casa ¿quieres? Estoy muerto.

– ¡Oh, no -exclamó ella-, con lo bien que lo estamos pasando…! Y además hoy dispongo de toda la noche, le he dicho a Vicenta que tal vez me quedaría a dormir en casa de los Bori…

Le miró con sus límpidos ojos azules, confiados, y se acurrucó en sus brazos. La noche empezaba a refrescar, una brisa repentina movió las hojas de los árboles y el techo de papelitos. “Tengo frío, mi amor -murmuró ella como en sueños-. No te vayas…” Manolo escondió el rostro en la nuca de la muchacha, y de pronto, algo en la atmósfera le dijo que iba a llover, y presintió oscuramente que el verano (aquella isla dorada que les acogía) no tardaría en tocar a su fin y con él tal vez Teresa. Alrededor, la fiesta callejera proseguía.

Media hora después, Teresa le acompañaba al Carmelo. Paró el coche en lo alto de la carretera. Manolo se despidió con un beso. “Por favor -dijo ella-, no te vayas aún…” Pero él, sintiéndolo mucho, tenía algo que hacer. Ni siquiera esperó que ella pusiera el “Floride” en marcha. Al doblar la esquina, ya cerca de su casa, encontró a un conocido: “Ramón -llamó-, ¿vas al Delicias?” “Sí.” “¿Hay partida esta noche?” “No sé… Ahora voy para allá.” “En seguida estoy con vosotros, el tiempo de cambiarme.” Su hermano no estaba en casa. Su cuñada y los niños dormían juntos y a pierna suelta. Se cambió en la oscuridad, sin hacer ruido, y salió con los tejanos y poniéndose el niki. Iba de prisa, con la cabeza gacha, y al llegar a la carretera casi se echó encima del automóvil parado.

– Pero ¿qué haces aquí todavía?

Teresa, con los brazos sobre el volante, le miraba fijamente. -Te esperaba. Creías engañarme ¿no?

– Tonta…

– ¿Adónde vas?

– A dar un paseo. No puedo dormir… Y tú hazme caso, vete, es muy tarde. Si tus padres se enteran…

Ella sonrió tristemente. Sus ojos brillaban en la oscuridad. “Tienes miedo -dijo-. Nunca lo hubiera pensado de ti”, e inclinando la cabeza gimió: “¿Cómo quieres que te crea?” Manolo subió al coche y la abrazó tiernamente. “Teresa…” Al aplastar el rostro en los fragantes cabellos de la muchacha, presintió su disolución.

– Está bien, mujer, está bien, me quedo contigo. Aquí estoy, no llores… Sólo iba al bar ¿sabes? ¿Y quieres saber a qué? Pues a jugar un rato, tengo suerte con las cartas y necesito dinero… Ahora ya lo sabes.

– ¿Es verdad eso? ¿No me engañas? -Teresa le colgó los brazos al cuello. Él aplastó la boca en su hombro desnudo. Se sintió débil y cansado.

– A eso iba, de verdad. ¿Qué otra cosa puedo hacer mientras espero? Tú no puedes hacerte cargo de los problemas que tengo…

– Todo se arreglará, Manolo, esta noche no pienses más en ello. Quédate junto a mí, por favor. ¡Oh, sí, por favor…!

Dejó resbalar su cuerpo en el asiento. El olor de su piel y el brillo febril de sus ojos llorosos enardecieron a Manolo. La besó largamente. El gusto salobre de las lágrimas se mezclaba con la dulzura de sus labios. “Aquí hace frío”, murmuró ella. Eran más de las dos de la madrugada.

– Sí, vámonos.

Determinados ya a abandonarse a lo que la noche les reservara, prolongaron su deseo cuanto pudieron, en la misma calle en fiestas donde habían estado antes; volvieron a ocupar la misma mesa de mármol bajo los frondosos árboles; bailaron despacio, mirándose a los ojos, ausentes de todo -incluso de los acordes cada vez más desganados y desafinados de la orquesta. Luego de pronto cayeron cuatro gotas, un ligero chaparrón que duró unos minutos, la gente se refugió riéndose en los portales, amainó y todo volvió a quedar como antes. Participaron con las demás parejas en el fin de fiesta, se arrojaron a la cabeza bolas de confeti y serpentinas, se abrazaron, bailaron el baile del farolillo y los viejos valses de despedida y fueron los últimos en irse. La gente había empezado a desfilar y los vecinos entraban en sus casas, los músicos enfundaban sus instrumentos; los jóvenes de la junta de festejos de la calle, después de pasear en hombros a su presidente, según la tradición, amontonaron las sillas plegables junto al tablado, enfundaron el piano y apagaron las luces.

Tras ellos cerraron la pequeña taberna y luego, cogidos por la cintura, se alejaron lentamente calle abajo, en medio de una selva multicolor de serpentinas que colgaban del techo de papelitos y de guirnaldas estremecido por la brisa, mientras pisaban la muelle alfombra de confeti. La calle había recuperado su triste luz habitual, la amarillenta y sucia de los faroles de gas, pero aún ofrecía un esplendoroso sueño juvenil, algo de aquella materia tierna y vehemente que esta noche la había habitado durante unas horas, una sugestión de no se resignaba a ser borrada y aniquilada por el otoño. Y ahora ellos se la llevan consigo: los últimos noctámbulos les miran con curiosidad (la pareja de enamorados es extraña al paisaje, como su manera de vestir lo es entre sí) mientras se alejan despacio, pisando con indolencia la blanca espuma, hacia el automóvil parado en la esquina. Pero antes de llegar al “Floride”, la primera bofetada de viento otoñal les hace cerrar los ojos y las blancas alas del confeti surgen de sus pies y se despliegan en torno a ellos, envolviéndoles por completo, extraviándolos.

Era la madrugada del 12 de septiembre, recordaría la fecha por el desorden de flores y de besos que dejaron tras ellos, el triste abandono en que quedó todo. Todavía llevaban confeti en los cabellos y brillantes espirales de serpentinas grabadas en la retina cuando llegaron ante la verja del jardín de Teresa. Las estrellas se apagaban y una claridad rojiza se extendía al fondo de la Vía Augusta. Unas nubes grises, arremolinándose amenazadoras, cubrían el cielo del Tibidabo.

“Mañana lloverá”, dijo Manolo. Se miraron a los ojos. A él le parecía que los dedos del destino estaban a punto de rozar su frente. Cruzaron la verja y se adentraron por el jardín. Teresa abrió con su llave. “Vicenta duerme”, advirtió en voz baja. Avanzaron a oscuras y cogidos de la mano hasta llegar al salón. Teresa encendió las luces. Entonces sonó el teléfono del vestíbulo. Teresa se precipitó a descolgar ante el temor de que Vicenta pudiera despertarse. El teléfono estaba en una mesita, entre una gran planta de hojas esmaltadas y la barandilla de la escalera. “¿Sí…?” “¿Eres tú, Tere? -dijo una voz femenina, adormilada, susurrante-. ¿Te he despertado? Perdóname…” “No, no -dijo Teresa, que había reconocido la voz de Mari Carmen-. Estaba leyendo…” Un silencio. “Sí, te he despertado, y lo siento. -No había ningún tono de disculpa en la voz, al contrario, era como un satisfecho run-run de paloma-. No son horas de llamar, pero ya sabes, fastidiar a las amigas por la noche es mi especialidad.” Un nuevo silencio, susurros, risas lejanas, jadeos. Luego Teresa oyó durante un rato la respiración anhelante de Mari Carmen. “¿Dónde estás, Mari?” “¿Dónde voy a estar? En casa, en la cama. ¿De verdad no te hemos despertado?” “No, mujer, tranquilízate…” “Es que Alberto no quería que te llamara…” Repentinamente soltó una risa nerviosa, como si le hicieran cosquillas, su voz se hizo lejana, y Teresa captó un sordo rumor de sábanas revueltas, de cuerpos removiéndose en el lecho. Se volvió a Manolo, que la esperaba en la puerta del salón, y le hizo señas para que se acercara. “¡Qué par de locos!”, dijo cuando él llegó, tapando el auricular con la mano. Conteniendo la risa, invitó al muchacho a escuchar con ella y juntaron las caras. El vestíbulo estaba casi a oscuras. De nuevo la voz de Mari Carmen Bori, llegándoles desde un pozo: “¿Oye…? Perdona, chica. Primero una cosa: ¿te has acordado de decirle a Manolo que me disculpe por la despedida?” “Sí, mujer, sí…” “Bueno. Otra cosa: ¿tiene teléfono tu Manolo?” “No.” “Es igual… ¡¿Quieres estarte quieto, pesado?! -añadió riendo, y luego a Teresa-: Es Alberto, que está haciendo el indio todo el rato. Nos hemos dicho cuatro cosas divertidas, ¿sabes? Mira, tengo buenas noticias, y estoy tan contenta que no he resistido a la tentación de llamarte: tu Manolo está colocado, dalo por hecho. Que me llame pasado mañana sin falta. Acabo de despertar a varias personas y supongo que aún me estarán maldiciendo, pero tu amor podrá empezar a trabajar el mes que viene. Seguro, sabes que yo hago las cosas bien.” “¡Eres un cielo, Mari!”, exclamó Teresa mirando a Manolo. “Lo que yo quería: en la sección de ventas. Estupendo ¿no? Pero que se mueva desde ya, que haga unos cursos por correspondencia, aunque sea, cualquier cosa, porque tendrá que ponerse al corriente de todo en muy poco tiempo.” “Sí, claro, le ayudaremos entre todos…” “Alberto cree que podrá empezar sobre una base de cinco o seis mil…” Teresa notó el aliento de Manolo pegado a su cuello. Un nuevo silencio al otro lado del hilo, luego murmullos, risas y caídas amortiguadas, mientras la mano de él se deslizaba por su estómago y apretaba sus costillas, obligándola a volverse lentamente. Teresa experimentó una indecible sensación de bienestar, provocada en parte por la ternura conyugal que le llegaba desde el otro extremo del hilo, pero también una remota inquietud: qué repentino entusiasmo el de Mari en favor del chico. Y su voz revolcándose como en un lecho de hojarasca…: “¿Estás ahí, querida? Perdona, es ese monstruo, que no me deja hablar…” Riendo, ella también, Teresa levantó el codo por encima de la cabeza de Manolo, sin apartar el auricular de su oreja y de la de él, apartó el cable que molestaba, se dio la vuelta obedeciendo a las manos que la acariciaban y recostó la espalda contra la pared. Las grandes hojas verdes de la planta olían intensamente en la oscuridad. No podía moverse, y dejó que la boca de él rozara sus labios, oír crujir la falda de su vestido y a él moviéndose furtivamente, acoplando su cuerpo al de ella -para poder oír mejor a Mari Carmen, al parecer: ‘‘En fin, Tere -la oyeron decir ahora con una voz que se debatía con algo (se oía también la voz de Alberto, ronroneando)-. No olvides decírselo al chico, y que pasado mañana llame aquí o a la oficina de Alberto. Chao, querida, sé feliz. Y cuidado con hacer locuras ¿eh? Alberto me dice que te diga que el amor te sienta divinamente… Cualquier día te llamo para charlar un rato, tú y yo a solas. Adiós.” “Sois un par de locos encantadores, de veras -dijo Teresa en un susurro-. Gracias. Hasta pronto.” “Buenas noches, querida.”

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