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Las Huellas Del Hombre Muerto

Электронная книга - «Las Huellas Del Hombre Muerto». Краткое содержание книги:

Abby entro al elevador y las puertas se cerraron con el sonido de una pala levantando canto rodado. De pronto sintio el perfume de alguien mas y tambien de un limpiador con aroma de limon. El elevador se movio unos cuantos centimetros hacia arriba. Y ahora era demasiado tarde para cambiar de idea y salir: con el metal de las paredes presionandola, comenzo a caer por el vacio. Abby se dio cuenta de que acababa de cometer el peor error de su vida… En medio del caos de la manana del 9/11, el negociante Ronnie Wilson ve la oportunidad de su vida. Para salir de sus deudas, desaparecera y se re-inventara a si mismo en otro pais. / Abby stepped in the lift and the doors closed with a sound like a shovel smoothing gravel. She breathed in the smell of someone else's perfum, and lemon-scented cleaning fluid. The lift jerked upwards a few inches. And now, too late to change her mind and get out, with the metal walls pressing in around her, they lunged sharply downwards. Abby was about to realize she had just made the worst mistake of her life…Amid the tragic unfolding mayhem of the morning of 9/11, failed Brighton businessman and ne'er-do-well Ronnie Wilson sees the chance of a lifetime, to shed his debts, disappear and reinvent himself in another country.Six years later, the discovery of the skeletal remains of a woman's body in a storm drain in Brighton, leads Detective Superintendent Roy Grace on an enquiry spanning the globe, and into a desperate race against time to save the life of a woman being hunted down like an animal in the streets and alleys of Brighton. 'One of the most fiendishly clever crime fiction plotters'
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Luego apagó el motor, sacó una barrita de Mars de su bolsillo -de repente tenía un hambre voraz- y se dispuso cómodamente a esperar.

73

Octubre de 2007

Algo preocupaba al inspector Stephen Curry cuando volvió a su despacho después de la reunión con la policía municipal, que se había alargado mucho más de lo esperado.

Ésta también se había convertido en un almuerzo durante el que, entre sándwich y sándwich, trataron una gran variedad de temas, desde dos campamentos ilegales que causaban problemas en Hollingbury y Woodingdean a la elaboración de un informe de inteligencia sobre las últimas bandas de adolescentes y una plaga de palizas asociadas con ellos. Estos incidentes violentos estaban convirtiéndose en un problema cada vez más grave, ya que los jóvenes grababan las agresiones en vídeo y luego las colgaban como trofeos en redes sociales como Bebo y MySpace. Algunos de los peores ataques se habían producido en colegios, habían aparecido en el Argus y habían tenido un gran impacto en los niños y preocupado a los padres.

Eran casi las 14.30 y tenía una tonelada de trabajo que hacer. Hoy debía salir más temprano de lo normal, era su aniversario de boda y le había dado a Tracy su palabra (su palabra garantizada) de que no llegaría tarde a casa.

Se sentó a su mesa y repasó en el ordenador los registros de todos los incidentes que habían tenido lugar en su zona durante las últimas horas, pero ahora mismo no había nada que requiriera su atención. Todas las llamadas de emergencia habían sido respondidas sin retrasos y no había ningún incidente crítico importante que pudiera minar los recursos. Sólo constaba la colección habitual de delitos menores.

Entonces, recordando la llamada de Roy Grace, abrió su libreta y leyó el nombre «Katherine Jennings» y la dirección que había anotado. Acababa de ver entrar a uno de los sargentos del primer turno del equipo de la policía municipal, John Morley, así que descolgó el teléfono y le pidió que enviara a alguien a ver a la mujer.

Morley sujetó el auricular con el hombro, cogió un bolígrafo y con la mano izquierda marcó la página del expediente de un delito que estaba repasando relativo a un preso detenido en el turno de noche. Luego dio la vuelta a un trozo pequeño de papel que había sobre su mesa y en el que antes había escrito la matrícula de un vehículo, y apuntó el nombre y la dirección de la mujer.

El sargento era joven e inteligente y el peinado moderno y el chaleco antipuñaladas le daban un aspecto más duro de lo que era en realidad. Pero, como todos sus compañeros, estaba estresado porque trabajaba demasiado debido a la falta de personal.

– Podría haber numerosas razones por las que se mostrara angustiada con ese capullo de Spinella. A mí también me angustia.

– ¡Dímelo a mí! -coincidió con él Curry.

Al cabo de unos minutos, Morley se disponía a pasar los detalles a su libreta cuando el teléfono volvió a sonar. Era una operadora del centro de recursos que le pidió que se hiciera cargo de una emergencia de grado uno: una niña de ocho años que había desaparecido. Se había esfumado del colegio esta tarde y no estaba con su familia.

Al cabo de unos momentos, se armó un lío padre. Morley avisó primero por radio al inspector de guardia y luego gritó las instrucciones a su equipo de agentes y policías de barrio que patrullaban por la ciudad. Mientras se encargaba de todo aquello, corrió al fondo de la sala abarrotada, en la que había media docena de escritorios metálicos comunitarios, cajas de suministros y una hilera de colgadores y ganchos para chaquetas, sombreros y cascos, y cogió su gorra.

Luego se llevó a un par de agentes que habían llegado al turno de tarde antes de la hora y se dirigió hacia la puerta medio corriendo, hablando todavía por teléfono.

Al pasar los tres hombres por delante de la mesa de Morley, la corriente de aire levantó el trozo de papel con el nombre y la dirección de Katherine Jennings, lo elevó de la superficie llana y lo tiró al suelo.

Diez minutos después, una ayudante de personal entró en la sala y dejó encima de la mesa del sargento Morley varias copias de la última directriz sobre formación multicultural en el seno de la policía para que las distribuyera. Al marcharse, vio el trozo de papel en el suelo. Se agachó, lo recogió y lo tiró, diligentemente, a la papelera.

74

Octubre de 2007

El aire fresco y las fritangas grasientas habían surtido efecto con la resaca, decidió Roy Grace. Se sentía casi humano otra vez mientras regresaba por Church Street y entraba en el aparcamiento de varias plantas.

Metió el ticket en la máquina, hizo una mueca de dolor al ver la cantidad que aparecía en la pantalla, como cada vez que aparcaba aquí, y subió la escalera hasta su nivel pensando en Terry Biglow.

Tal vez estuviera ablandándose, porque vio que sentía lástima por aquel hombre, aunque no por su repugnante compañero. En su día, Biglow había tenido cierto estilo y seguramente era el último de una generación de delincuentes de la vieja escuela que, por lo menos, respetaban a la policía.

Parecía que el pobre capullo no iba a durar mucho. ¿Qué pensaba un hombre como él cuando se acercaba el final de su vida? ¿Le importaba haberla desaprovechado completamente, no haber aportado nada al mundo? ¿Haber contribuido a destrozar innumerables vidas y acabar con nada, absolutamente nada? Ni siquiera salud.

Abrió el coche, luego se sentó dentro y revisó las notas que había tomado sobre el encuentro. Cuando iba por la mitad, llamó a Glenn Branson y le comunicó la noticia de que Ronnie había tenido otra mujer llamada Lorraine. Luego le dijo que avisara a Bella Moy y fueran a interrogar al matrimonio que Terry Biglow había dicho que eran los mejores amigos de Ronnie Wilson, los Klinger. Actualmente, Stephen Klinger dirigía un gran emporio de antigüedades en Brighton y debía ser fácil encontrarle.

Cuando colgó, sonó el teléfono. Era Cleo.

– ¿Qué tal la resaca, comisario Grace? -le preguntó.

Era extraño, pensó. Sandy siempre le había llamado «Grace» a secas y ahora, de vez en cuando, Cleo también lo hacía. Al mismo tiempo, sin embargo, le parecía cautivador.

– ¿Resaca? ¿Cómo lo sabes?

– Porque me llamaste desde el pub sobre las once y media y me prometiste amor eterno con voz de borracho.

– ¿Ah, sí?

– Vaya, sufres pérdida de memoria. Debió de ser una sesión muy bestia.

– Lo fue. Cinco horas escuchando las penas matrimoniales de Glenn Branson. Suficiente para empujar a un hombre a la bebida.

– Empieza a parecer que su matrimonio está acabado.

– Sí, parece que va en esa dirección.

– Yo… Mm… Necesito un favor -dijo Cleo, cambiando de tono. De repente era todo dulzura y suavidad.

– ¿Qué clase de favor?

– Una hora de tu tiempo, entre las cinco y las seis.

– ¿Qué quieres que haga?

– Bueno, he tenido que ir a la escena de un suicidio especialmente desagradable, un tipo que se ha metido una escopeta del doce en la boca en el cobertizo de su jardín, y la juez de instrucción no está contenta con las circunstancias. Quiere a un patólogo del Ministerio del Interior, así que nuestro buen amigo Theobald va a practicarle la autopsia esta tarde, lo que significa que no puedo llevar a Humphrey a su adiestramiento.

– ¿Adiestramiento?

– Sí, así que he pensado que sería una buena oportunidad para que tú y Humphrey os hicierais amigos.

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