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La voz

Электронная книга - «La voz». Краткое содержание книги:

Gulli, el viejo portero de uno de los más conocidos hoteles de Reykjavik, aparece desnudo y acuchillado hasta morir en su miserable habitación en el sótano. Pero Gulli es mucho más que un simple portero que se disfrazaba de Papa Noel todas las navidades, es un completo misterio. Veinte años en el hotel y nadie le conoce realmente. Erlendur Sveinsson decide alojarse en el mismo hotel en busca de la asesina, que, también de eso cree estar convencido, aún debe permanecer muy cerca, pese a que las vacaciones de Navidad están ya encima y el hotel completo. Mientras que al director tan sólo le importa que el asesinato permanezca oculto y su reputación intacta. Erlendur, sin embargo, recibe la visita de su hija, que de nuevo se adentra entre las brumas de la droga y el alcohol, dejando al inspector al borde de la desesperación y la impotencia.
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Elínborg estaba sentada en la sala de estar del servicio de psiquiatría, y una enfermera acompañó a la madre hasta allí. La veía rizándose el pelo con el dedo índice una y otra vez, mientras parecía recitar algo en voz tan baja que Elínborg no oía nada. Intentó hablar con ella pero era como si no estuviese allí. La mujer no mostró ninguna reacción ante sus preguntas. Parecía una sonámbula.

Elínborg pasó un buen rato sentada con ella, hasta que empezó a pensar en todos los tipos de galletitas que aún le quedaban por preparar. Se levantó para buscar a alguien que acompañara a la mujer a su habitación y encontró a un celador en el pasillo. Tendría unos treinta años y parecía practicar la halterofilia. Llevaba pantalones blancos y camiseta de manga corta, también blanca, y los poderosos músculos de sus brazos se hinchaban con cada movimiento. Iba rapado, y su rostro era redondeado y regordete, con unos ojos pequeños y hundidos. Elínborg no le preguntó su nombre.

La acompañó al salón.

– Vaya, si es la buena de Dora -dijo el celador. Se acercó a la mujer y la levantó, tomándola por un brazo-. Estás muy tranquila esta tarde.

La mujer se levantó, igual de abstraída que antes.

– Mira cómo te han drogado, pobrecilla -dijo el celador, y a Elínborg no le gustó el tono que empleó. Era como si estuviera hablándole a una niña de cinco años. ¿Y qué significaba eso de estar tranquila esta tarde? No pudo contenerse.

– Haz el favor de no hablarle como si fuera una niña pequeña -dijo más secamente de lo que pretendía.

El celador la miró.

– ¿Es que es asunto tuyo? -dijo.

– Tiene derecho a que se la trate con el mismo respeto que a cualquier otra persona -dijo Elínborg, reprimiéndose para no decir que era policía.

– Es posible -dijo el celador-. Y no creo que yo le esté faltando al respeto. Venga, Dora -dijo luego, llevando a la mujer por el corredor.

Elínborg caminaba justo detrás de ellos.

– ¿A qué te referías al decir que esta tarde está tranquila?

– ¿Tranquila esta tarde? -la imitó el celador, volviendo la cabeza hacia Elínborg.

– Dijiste que estaba tranquila esta tarde -dijo Elínborg-. ¿Tendría que estar de alguna otra forma?

– A veces llamo a Dora la Fugitiva -dijo el celador-. Está siempre escapándose.

Elínborg no le comprendió.

– ¿De qué me hablas?

– ¿No has visto la película? -dijo el celador.

– ¿Se escapa? -preguntó Elínborg-. ¿Del hospital?

– O cuando vamos de excursión a la ciudad -dijo el celador-. La última vez se escapó durante una excursión. Nos volvimos locos hasta que la encontrasteis en Hlemmur, en la estación de autobuses, y la trajisteis al hospital. Vosotros no fuisteis tan respetuosos con ella.

– ¿Nosotros?

– Sé que eres de la policía. Vosotros nos la entregasteis.

– ¿Qué día fue eso?

El hombre reflexionó un momento. Él estaba con ella y otros dos pacientes cuando se les perdió. En ese momento estaban en Laekjartorg. Recordaba perfectamente cuándo fue. Fue el mismo día en que superó su récord levantando pesas de banca.

La fecha coincidía con la agresión al niño.

– ¿No informasteis a su marido cuando se os escapó? -preguntó Elínborg.

– íbamos a llamarlo cuando la encontrasteis. Siempre les dejamos un margen de tiempo para que vuelvan. Si no, nos pasaríamos el tiempo en el teléfono.

– ¿Sabe su marido que la llamáis La Fugitiva?

– No la llamamos así. Es solo cosa mía. Él no lo sabe.

– ¿Sabe que se escapa?

– Yo no le he dicho nada. Siempre regresa.

– No puedo creerlo -suspiró Elínborg.

– Hay que sedarla un montón para que no eche a correr -dijo el celador.

– ¡Eso lo cambia todo!

– Ven, Dora -dijo el celador, y la puerta del servicio de psiquiatría se cerró tras él.

Elínborg miró fijamente a Erlendur.

– Estaba tan segura de que había sido él. De que era cosa del padre. Y ahora es posible que ella se escapara a casa, agrediera al niño y volviera a desaparecer. ¡Si la pobre criatura se decidiese a abrir la boca!

– ¿Por qué iba a agredir ella a su hijo?

– No tengo ni idea -dijo Elínborg-. A lo mejor oye voces.

– ¿Y los dedos rotos y los moretones a lo largo de años? ¿Siempre habría sido ella?

– No lo sé.

– ¿Has hablado con el padre?

– Vengo de verlo.

– ¿Y?

– Naturalmente, no me tiene especial aprecio. No ha podido ver al niño desde que entramos en su casa y lo dejamos todo patas arriba. Ni te cuento todo lo que me ha llamado…

– ¿Qué dijo de su mujer, de la madre? -la interrumpió Erlendur, impaciente-. Tiene que haber sospechado de ella.

– El niño no ha dicho nada.

– Excepto que echa de menos a su padre -dijo Erlendur.

– Sí, excepto eso. Su padre se lo encontró arriba, en su habitación, y creyó que había vuelto del colegio en ese estado.

– Tú fuiste al hospital a ver al niño y le preguntaste si fue su padre quien le pegó, y su reacción te convenció de que había sido el padre.

– Debo de malinterpretar al niño -dijo Elínborg, abatida-. Leí algo en su forma de reaccionar…

– Pero no disponemos de nada que demuestre que haya sido la madre. Ni tenemos nada que demuestre que no fue el padre.

– Le dije al padre que había ido al hospital a hablar con su mujer y que no se sabe adonde fue el día en que se produjo la agresión a su hijo. Se quedó muy sorprendido. Como si nunca se le hubiera ocurrido pensar que su mujer podía escaparse del hospital. Sigue pensando que fueron los otros chicos en el patio del colegio. Dijo que el niño nos lo diría si hubiera sido su madre quien le agredió. Está convencido.

– ¿Por qué no la denuncia el niño?

– El pobrecillo está en estado de shock. No sé.

– ¿Tal vez por amor? -dijo Erlendur-. Pese a todo lo que le ha hecho.

– O por miedo -dijo Elínborg-. Quizá por un miedo espantoso a que vuelva a hacerlo. O quizás esté protegiendo a su madre con su silencio. Es imposible decirlo.

– ¿Qué quieres que hagamos? ¿Retiramos la acusación contra el padre?

– Iré a hablar con la oficina del fiscal a ver qué dicen.

– Empieza por ahí. Dime otra cosa, ¿llamaste a la mujer que estuvo en el hotel con Stefanía unos días antes de que apuñalaran a Gudlaugur?

– Sí -dijo Elínborg distraída-. Le había pedido que mintiera por ella, pero cuando llegó el momento no pudo hacerlo.

– ¿Tenía que mentir por Stefanía?

– Empezó contándome que estuvieron aquí en el bar, pero parecía muy nerviosa, no sabía mentir y se echó a llorar por el teléfono cuando le dije que necesitaba citarla en comisaría para que prestara declaración. Me dijo que Stefanía la había llamado, que las dos eran viejas amigas de una sociedad musical, y le había pedido que dijera que estuvo con ella en este hotel si se lo preguntaban. Me dijo que se negó, pero Stefanía sabía ciertas cosas sobre ella, aunque no quiso decirme de qué se trataba.

– Todo esto ha sido una endeble mentira desde el principio -dijo Erlendur-. Los dos lo sabemos desde que empezó a contármelo. No sé por qué intenta alargar las cosas de esta forma, a menos que sepa que es culpable.

– ¿Quieres decir que ella mató a su hermano?

– O que sabe quién lo hizo.

Siguieron sentados durante un rato y tomaron café, hablaron del niño, de sus padres y de las difíciles circunstancias familiares, lo que llevó a Elínborg a preguntarle a Erlendur una vez más qué pensaba hacer en Nochebuena. Él dijo que la pasaría con Eva Lind.

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