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Retorno a la Tierra [Earthfall - es]

Электронная книга - «Retorno a la Tierra [Earthfall - es]». Краткое содержание книги:

El planeta Armonía, colonizado por humanos hace casi cuarenta millones de años atrás, ha estado siempre bajo el cuidado de una inteligencia artificial: el Alma Suprema, el ordenador que todo lo sabe y todo lo protege. Pero el Alma Suprema ha envejecido y está débil. Debe volver a la lejana Tierra para recobrar la ayuda del Guardián.
En Retorno a la Tierra, Nafai y su familia, los elegidos del Alma Suprema, realizan un viaje interestelar de un centenar de años que, pese a la hibernación de la mayoría, no deja de acrecentar el odio entre los partidarios de Nafai y los de su hermano Elemak. Llegados a la Tierra, los expedicionarios se enfrentarán a algunas de las especies que se han desarrollado en los cuarenta millones de años de ausencia de los humanos. En particular a quienes, fruto de la evolución de murciélagos y topos, han devenido en seres voladores y cavadores de túneles, conocidos como “ángeles” y “demonios”. Las religiones, los odios, las rivalidades y las luchas por el liderazgo hacen todavía más ardua una empresa ya de por sí francamente difícil.
Card nos ofrece, como ya hiciera en la premiada serie de Ender, un interesante retrato del ser humano y de sus motivaciones. Unos personajes entrañables, la lucha por el poder, las interacciones entre especies, la compleja explicación biológica de comportamientos, culturas y religiones sorprendentes son algunos de los elementos que mantienen viva la trama de una saga fascinante.
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Pero hacía años que no cantaba. No había cantado desde esa noche en que Kokor regresó a su casa y encontró a su esposo Obring retozando sobre la núbil entrepierna de Sevet. Koya, más impulsada por la cólera que por la sed de justicia, atacó a la persona que más odiaba en el mundo, su hermana Sevet. El golpe le afectó la laringe, y desde entonces Sevet no había cantado una nota. La lesión no era física. Podía hablar, y con voz matizada. Y tarareaba canciones de cuna a los niños cuando éstos nacieron. Pero el canto, la plenitud de la voz, había terminado. Y también la fama a cuya brillante sombra Vas tanto se había regodeado. Así que Sevet ya no tenía muchos atractivos. Lamentablemente, ella era hija de Rasa y todos se habían embarcado en esa locura que los llevó al desierto, así que el matrimonio no había terminado, aunque toda chispa de amor que hubiera existido entre ambos se extinguió la noche en que ella lo traicionó con ese patético, mísero, estúpido y aborrecible gusano que era Obring, el esposo de la hermana.

Así que Vas estaba tan solo como Eiadh, y por razones similares. Ambos habían descubierto que sus cónyuges eran moralmente nulos, incapaces de la menor decencia. Vas había soportado su matrimonio sin amor e incluso había engendrado tres hijos con aquella zorra, y nadie sabía cuánto odiaba tocarla. Y no era sólo por su cintura gruesa o la pérdida del brillo de la fama de Basílica. Era por la imagen de las piernas de esa mujer en torno a los muslos blancos, desnudos, fláccidos y velludos de Obring, y el saber que ella ni siquiera lo había hecho para traicionarle sino para mortificar a su maligna y obtusa hermanita Kokor. Vas ni siquiera contaba para Sevet mientras ella…

Habían pasado muchos años, muchos: un siglo de vuelo interestelar, por no mencionar los años en el desierto, y otro año en este nuevo mundo. Pero para Vas era ayer, un ayer perpetuo, así que recordaba claramente el juramento que había hecho cuando Elemak le impidió matar a Obring y Sevet para redimir su honor y su virilidad. Había jurado que algún día, tal vez cuando Elemak estuviera viejo, débil e indefenso, pondría las cosas en su lugar. Mataría a Obring y Sevet, y con la sangre fresca en las manos, iría a ver a Elemak. Elemak se reiría y le preguntaría cómo podía matarlos por eso después de tantos años. Y Vas le diría: Elemak, no fue hace tanto tiempo. Fue en esta vida. Y en esta vida me desquitaré. Con ellos, por su traición. Contigo, por impedir que me vengara en caliente. En frío, se necesita más sangre para que funcione. Ahora la tuya, Elemak. Muere en mis manos, así como mi orgullo murió en las tuyas.

Lo había imaginado diez mil veces. Cuando Elemak intentaba matar a Nafai o Volemak y ellos lo detenían, lo vencían, lo humillaban, Vas observaba, rogando que no lo mataran, que lo reservaran para él. Diez mil veces había imaginado el modo en que Obring gemiría suplicando misericordia; y Sevet lo desdeñaría, sin creer que él la iba a matar hasta que el cuchillo la penetrara y Sevet pusiera esa expresión de inefable sorpresa. Sí, tendría que ser un cuchillo, un arma de mano, para sentir cómo la puñalada desgarraba el músculo, para sentir cómo el acero lubricado por la sangre mordía la carne, buscaba el corazón. La sangre manaría a chorros, manchándole el brazo en el último espasmo de la mísera vida de Sevet…

Ese día llegará, pensaba Vas. Pero primero, ¿por qué no prepararlo como corresponde? Elemak pensó que no tenía mayor importancia que otro hombre durmiera con mi esposa. ¿No será correcto y justo, pues, cuando esté agonizando, dulcificar sus últimos momentos de conciencia con estas palabras? Sí, Elemak, amigo mío, ¿recuerdas lo que me hizo mi esposa? Bien, tu esposa te lo hizo a ti, y lo hizo conmigo. Y Elemak me mirará a los ojos y sabrá que digo la verdad, y al fin comprenderá que yo no era una criatura pasiva, que nunca fui la obtusa herramienta por la que me tomó durante muchos años.

El único problema con ese sueño era Eiadh. Aunque no durmiera con Elemak, no significaba que tuviera interés por Vas. El no era tonto. Era un hombre observador. Sabía que Eiadh se sentía vulnerable. Sola. Y Vas podía ser compasivo. No acudiría a Eiadh coléricamente ni buscando vengarse de Elemak, en absoluto. Acudiría a ella como amigo, para ofrecer apoyo y consuelo, y una cosa llevaría a la otra. Vas había leído libros. Sabía que esas cosas pasaban. ¿Por qué no a él? ¿Por qué no con Eiadh, cuya cintura no se había engrosado, aunque había parido más hijos que Sevet? Eiadh, que todavía cantaba, no con la energía de una cantante famosa como Sevet, pero con radiante abandono, con una voz que podía despertar todos los anhelos del alma de un hombre. Sí, Eiadh, te he oído cantar y he sabido que alguna vez esa voz gemiría, que esa dulce garganta se echaría hacia atrás mientras tu cuerpo temblaba debajo del mío.

—¿Sí? —preguntó Eiadh.

Él ni siquiera había batido palmas. Ella debía de haberle visto llegar. Qué embarazoso.

—Eiadh.

—¿Sí? —repitió ella.

—¿Puedo pasar? —preguntó Vas.

—¿Hay algún problema? —preguntó Eiadh. Vas notó que pensaba en sus hijos.

—Que yo sepa no. Simplemente estoy preocupado por ti.

Eiadh no pareció entenderlo.

—¿Por mí?

—Por favor, ¿puedo pasar?

Ella se echó a reír, pero lo dejó entrar.

—Claro, Vas, pero no sé de qué me hablas. Sólo estoy bastante cansada, aunque todos se quejan de lo mismo. Si has venido a cortar las hortalizas para la cena, eres bienvenido.

—¿De verdad necesitas ayuda con las hortalizas?

—No, era un modo de decir. En realidad estoy cosiendo. Volemak insiste en que aprendamos a coser con estas espantosas agujas de hueso. Son tan gruesas que cada puntada abre un boquete en la tela, pero él piensa que llegará el día en que no tendremos más agujas de acero y… bien, para mí no tiene sentido. Ni siquiera en el desierto teníamos que… Pero te estoy aburriendo, ¿verdad?

—Perdona —dijo Vas—. No me aburres. Pero escuchaba más tu voz que tus palabras, si me disculpas que lo diga. Elemak es un hombre afortunado al tener una esposa que habla como si cantara.

Ella quedó desconcertada por el cumplido, pero rió ligeramente.

—No creo que Elemak se sienta muy afortunado —dijo.

—Entonces es un tonto. Alejarse de tanta bondad y belleza…

—Vas, ¿estás tratando de seducirme? —preguntó Eiadh.

Sonrojándose, Vas sólo pudo negarlo.

—De ninguna manera… ¿acaso has pensado…? Oh, qué embarazoso. He venido a hablar. Me sentía solo creía que tú… Pero si no consideras correcto que ambos estemos solos en la casa…

—No hay problema. Yo sé que mi virtud está a salvo contigo.

Vas sonrió con tristeza.

—Parece que la virtud de todos está a salvo conmigo.

—Pobre Vas. Tú y yo tenemos algo en común.

—¿De veras? —preguntó Vas. ¿Era posible que ella sintiera por él lo que él sentía por ella? Quizá no tendría que haber negado con tanta vehemencia su intención de seducirla.

—Aparte de lo obvio, quiero decir. Parece que ambos estamos destinados a interpretar un papel secundario en nuestra propia autobiografía.

Vas rió porque pensó que ella esperaba que lo hiciera.

—Con eso te refieres…

—Sólo quiero decir que ambos somos zamarreados de aquí para allá por las decisiones de otras personas. ¿Por qué abordarnos una nave estelar? ¿Se te ocurre algún motivo ? Sólo fue una cuestión de azar. Enamorarse de la persona menos indicada en el día menos indicado, y en el momento menos indicado de la historia.

—Sí. Ahora te entiendo. Pero ¿no podrían dos actores de reparto como nosotros montar su propia obra, en un pequeño escenario lateral, mientras los actores famosos pronuncian pomposos discursos ante el gran público de la historia? ¿No podrá haber alguna felicidad escondida en la oscuridad, donde el único público somos nosotros?

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