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Retorno a la Tierra [Earthfall - es]

Электронная книга - «Retorno a la Tierra [Earthfall - es]». Краткое содержание книги:

El planeta Armonía, colonizado por humanos hace casi cuarenta millones de años atrás, ha estado siempre bajo el cuidado de una inteligencia artificial: el Alma Suprema, el ordenador que todo lo sabe y todo lo protege. Pero el Alma Suprema ha envejecido y está débil. Debe volver a la lejana Tierra para recobrar la ayuda del Guardián.
En Retorno a la Tierra, Nafai y su familia, los elegidos del Alma Suprema, realizan un viaje interestelar de un centenar de años que, pese a la hibernación de la mayoría, no deja de acrecentar el odio entre los partidarios de Nafai y los de su hermano Elemak. Llegados a la Tierra, los expedicionarios se enfrentarán a algunas de las especies que se han desarrollado en los cuarenta millones de años de ausencia de los humanos. En particular a quienes, fruto de la evolución de murciélagos y topos, han devenido en seres voladores y cavadores de túneles, conocidos como “ángeles” y “demonios”. Las religiones, los odios, las rivalidades y las luchas por el liderazgo hacen todavía más ardua una empresa ya de por sí francamente difícil.
Card nos ofrece, como ya hiciera en la premiada serie de Ender, un interesante retrato del ser humano y de sus motivaciones. Unos personajes entrañables, la lucha por el poder, las interacciones entre especies, la compleja explicación biológica de comportamientos, culturas y religiones sorprendentes son algunos de los elementos que mantienen viva la trama de una saga fascinante.
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—Eres cruel, Madre —dijo Oykib—. La pena de muerte por adulterio era una medida para el desierto, no para la colonia.

—¿Acaso el adulterio es menos fatal para nuestra comunidad porque aquí tenemos arroyos y árboles? —preguntó Rasa—. Creo que te crié para razonar mejor, Oykib.

—Acabemos con esta discusión —pidió Volemak—. Oykib debe viajar al desfiladero para comunicar la noticia.

—Creo que debería llevarse con él a Eiadh —señaló Rasa.

Los otros la miraron como si hubiera perdido el juicio.

—¿Después de lo que le ha dicho a Elemak? —preguntó Oykib—. ¿Quieres firmar su sentencia de muerte?

—¿Crees que es mejor dejarla aquí? —preguntó Rasa.

—Sí —afirmó Volemak—. Si la enviamos allí donde está Nafai, Elemak lo interpretará como la prueba de una relación entre ambos, algo que nunca ha existido. Rasa, ¿estás empeñada en empeorar las cosas?

Rasa se enfureció.

—Estoy empeñada en mejorar las cosas para muchos años, pero tú pareces empeñado en mejorarlas por el momento a costa del futuro.

Salió airadamente de la biblioteca. Volemak suspiró.

—Todo dirigente tiene sus críticos —dijo—. Habitualmente, sin embargo, no tiene que dormir con ellos.

—Ella tiene razón en todo lo que dice —señaló Shedemei—. Pero tú también tienes razón en todo lo que has decidido.

Volemak rió irónicamente:

—A veces, Shedemei, las medias tintas son inaceptables.

—No es cuestión de medias tintas. Tú tienes razón en el sentido de que en este momento sólo puedes tomar la decisión que has tomado. Pero ella tiene razón en cuanto a las consecuencias. Sevet y Kokor seguirán durmiendo con Elemak y Mebbekew y, por lo que sabemos, con cada cavador fogoso que pase por sus casas. Elemak y Mebbekew seguirán traicionando a sus esposas y odiando a las mismas mujeres que perjudican.

—¿Y qué debo hacer al respecto? —preguntó Volemak.

—Nada —contestó Shedemei—. Nada salvo presenciar cómo se desintegra nuestro orden social.

—A veces eres excesivamente científica, tía Shedya —dijo Oykib.

—En absoluto —dijo Shedemei—. No olvides que mis hijos han de vivir en el nuevo orden social que hemos creado aquí. Si te fijas, esto señala el momento del triunfo de Elemak sobre su padre. A pesar del juramento, a pesar de las muchas derrotas de Elemak, al fin ha logrado desbaratar la obra de su padre. Ahora vivimos en una sociedad a lo Elemak, porque los demás no tenemos la frialdad de corazón suficiente para imponer la ley y condenarlo a muerte.

—Es verdad —dijo Volemak—. Los demás no tenemos esa frialdad de corazón. ¿Tú la tienes?

—No —convino Shedemei—. Como he dicho, tu decisión es la única posible, aunque sea desastrosa. Ahora dejemos que Oykib se ponga en camino mientras los demás preparamos los cuerpos para cremarlos. En cuanto a mí, tengo que limpiar una habitación muy sucia.

Oykib se levantó.

—Iré montaña arriba, pero no me gusta dejar a Chveya en semejantes circunstancias.

—Estaré bien —lo tranquilizó Chveya.

—Lo que me preocupa no tiene que ver con Elemak, Mebbekew, el adulterio y todo eso —dijo Oykib.

—¿ Qué te preocupa, entonces ? —preguntó Volemak—. Siempre me alegra conocer otra novedad que me impedirá conciliar el sueño por la noche.

—Fusum ha visto morir a Vas.

—Nunca hemos fingido ser inmortales —dijo Volemak.

Oykib sacudió la cabeza.

—Fusum ha visto morir a Vas. Algún día todos convendremos en que eso ha sido lo peor de lo sucedido hoy.

Se fue a casa a envolver pan para el viaje. Ahora se subía al desfiladero por un sendero, que se convertía en carretera a medida que limpiaban los matorrales y usaban picos y azadas para alisar los lugares más intransitables. Eran sólo dos horas hasta el paso de la cima, y luego otra hora por el bosque hasta la aldea.

Los últimos meses ésta había sufrido muchas transformaciones, mientras Nafai y los demás trabajaban con los ángeles para enseñarles modos de mejorar su vida. Si antes los ángeles conocían la posición de cada planta útil en veinte kilómetros a la redonda, ahora habían talado suficientes árboles para preparar un campo donde el ñame y la mandioca, los melones y el maíz, crecían al sol. Si antes los ángeles impedían que los herbívoros llegaran a sus plantas y los depredadores a sus casas poniendo trampas en cada sendero de su territorio, ahora tenían una cerca en torno a los campos, y sus pavos y cabras permanecían en corrales por la noche. Los ángeles ya podían producir suficientes alimentos para abastecer al doble de su población actual, y casi todo el excedente podía almacenarse.

Pero la agrícola no era la única revolución. Los ángeles parecían dispuestos a emular a los humanos en todo. Muchos habían construido casas en el suelo, como las de los humanos, aunque no tenían fuerza para construir edificios resistentes y el primer vendaval tumbaba las casas. Ellos lo sabían, y cuando había mal tiempo aún dormían colgados de las ramas de los árboles. Pero para ellos era importante tener una casa de estilo humano, y Nafai había desistido de tratar de disuadirlos.

Oykib encontró a Nyef y Hushidh trabajando con los ángeles que fabricaban herramientas.

—¿Qué ha sucedido? —preguntó Hushidh al instante—. ¿Quién ha muerto?

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Oykib.

—Tu semblante. Tu temor a hablarnos.

—¿Es Padre? —quiso saber Nafai. Era la pregunta más oportuna. Cuando Volemak muriese, todo cambiaría.

—No es Padre —le dijo Oykib—. Vas mató a Obring, al parecer en venganza por lo que sucedió entre él y Sevet en Basílica. Y cuando fue a matar a Elemak por infidelidades más recientes, Meb lo mató por la espalda.

—¿Elemak no mató a nadie?

—Pudo hacerlo, pero no tuvo la oportunidad —respondió Oykib—. Otra cosa, Fusum estaba presente cuando Mebbekew mató a Vas. Sucedió ante sus propios ojos. Con el mazo que Meb usaba para estirar nuestras pieles.

—¿Y cómo mató Vas a Obring?

—Un hachazo en el pecho y otro en la garganta. ¿Qué importa ahora?

—Importa, porque los cavadores han aprendido cómo matarnos —dijo Nafai. Oykib sonrió sombríamente.

—Eso mismo he pensado yo.

—Esto no es todo lo que has venido a contarnos —señaló Hushidh.

—No —dijo Oykib. Y les contó lo que Eiadh le había dicho a Elemak: que había estado enamorada de Nafai mientras estuvo casada con Elemak, que quería que sus hijos llegaran a ser como Nafai.

—Habría ahorrado tiempo cortándome la garganta —comentó Nafai.

—Y luego suicidándose —añadió Hushidh—. Para Elemak es como si los dos hubierais cometido adulterio. Y nadie odia el adulterio ajeno más que un adúltero.

—Es curioso cómo han cambiado las cosas en tan pocos años —dijo pensativo Nafai—. En Basílica, Eiadh simplemente no habría renovado el contrato de Elemak, y Sevet y Kokor irían por su sexto o décimo marido, y nadie hubiera muerto por ello.

—¿Crees que era más civilizado? —preguntó Hushidh—. Bajo la superficie alentaba la misma furia, el mismo anhelo de tener esposos leales. Obring no murió por algo que hizo en el desierto. Murió por lo que hizo en la ciudad.

—Pero no murió en la ciudad —dijo Nafai—. No importa. Si los cavadores saben que es posible matar a los humanos, será mejor contar esta historia a los ángeles. Por suerte aquí nunca he fingido ser un dios, así que les sorprenderá menos. Bajaremos a la aldea para el funeral, y llevaremos algunos ángeles con nosotros. Es preciso que vean un cuerpo humano consumiéndose en las llamas.

—Tal vez no sea una lección muy edificante —comentó Hushidh.

—¿Por qué? —preguntó Nafai—. ¿Crees que hay ángeles que en secreto ansían matar a los humanos?

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