La guerra de los enanos
- Автор: Уэйс Маргарет, Хикмэн Трэйси
- Серия: Dragonlance Legends #2
- Год: 2002
- Язык: испанский
- Переводчик: Marta Perez
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La guerra de los enanos». Краткое содержание книги:
—Siempre me gustó —coreó el nigromante, quien prefirió ignorar la crítica—. Me lo enseñó Fizban. Espero que no lo hayas olvidado. Creo que el anciano habría sabido apreciar semejante despliegue de poder —añadió, puesta la mirada en el devastado paraje.
Con el animal en sus brazos, sin cesar de palpar suavemente sus sedosas orejas, Raistlin se alejó del claro. Mecido por los dedos del humano y sus hipnóticas frases, el conejo cerró los ojos y se dejó llevar sin recelo. Mientras, Caramon recogió la espada y los siguió renqueante.
—Esa dichosa trampa ha interrumpido la circulación de mi sangre —protestó, golpeando repetidas veces la planta del pie contra el suelo en un intento de normalizar su circulación.
Se habían acumulado unos densos nubarrones, que obstruían la luz de las estrellas y sofocaban por completo la de Lunitari. Al morir los últimos resquicios del fuego, el bosque quedó envuelto en una oscuridad tan insondable que ninguno de los hermanos podía vislumbrar la vereda.
—Supongo que ya no necesitamos ocultarnos —murmuró el mago—. Shirak.
Al ser invocadas sus virtudes, la bola de cristal que coronaba el bastón empezó a refulgir en un aura radiante, arcana. Los gemelos regresaron al campamento en silencio, en ese grato mutismo de la camaradería que no habían compartido durante mucho tiempo. Los únicos sonidos que rasgaban la quietud nocturna eran los relinchos de los caballos, los chasquidos metálicos de la armadura de Caramon y el crujir de los ropajes del hechicero en su caminar. En una ocasión, oyeron un seco estrépito y se volvieron alarmados: era una rama que, marchita por el incendio, se había desprendido de su tronco.
Al llegar a su destino, Caramon atizó las ascuas aún incandescentes de su fogata y comentó observando al conejo, que dormitaba en el regazo de Raistlin:
—Confío en que no lo consideres nuestro desayuno.
—No como carne de goblin —contestó el hechicero de buen humor.
Colocó a la criatura en la senda. Al entrar en contacto con el frío suelo, el conejo se despertó sobresaltado y, tras contemplar el lugar para cerciorarse de su paradero, corrió a refugiarse en la espesura.
El guerrero suspiró al mismo tiempo que, sin perder la sonrisa, se sentaba pesadamente junto a su rústica cama de campaña y se tanteaba el hinchado tobillo.
—Dulak —musitó Raistlin con objeto de extinguir el halo luminoso del bastón.
Tras depositar el cayado al lado del lecho, el nigromante se arrebujó en sus mantas.
Acostado en la penumbra, volvió la pesadilla. En ningún momento había cesado de acecharle, sólo precisaba del ambiente propicio para reaparecer. El mago se estremeció. Los escalofríos se entremezclaban en su ser con un sudor gélido que se manifestaba en el goteo de sus sienes. No osaba entornar los párpados y abandonarse al sueño, pese a lo extenuado que se sentía. ¿Cuántas noches hacía que no lo visitaba un descanso reparador?
—Caramon —invocó a su hermano en un cuchicheo.
—¿Qué quieres? —indagó éste en la negrura.
—Caramon —repitió el hechicero después de una breve pausa—, ¿recuerdas que cuando éramos niños me asaltaban a menudo visiones espantosas en la madrugada?
Le falló la voz, irritadas sus cuerdas vocales por una molesta ronquera. Su interlocutor nada contestó, así que se aclaró la garganta a fin de continuar.
—Sólo tú podías ahuyentarlas, velando mi reposo.
—Cierto —confirmó el aludido, con un tono cavernoso que apenas disimulaba sus emociones.
—Caramon… —intentó proseguir Raistlin, mas no pudo concluir la frase.
El dolor y el agotamiento se hacían irresistibles, no lograba serenarse frente al implacable avance de la pesadilla agazapada en su imaginación.
Oyó un repiqueteo de piezas metálicas y una imponente sombra se materializó ante él, pero el mago salió de su espanto al reconocer al hombretón, quien, atento a su llamada de auxilio, se acomodó contra un tronco y depositó la espada atravesada sobre las piernas.
—Duerme, Raist —le invitó, y su áspera manaza le dio unas palmadas, toscas pero cariñosas, en el hombro—. Montaré guardia.
Relajado, el mago cerró los ojos y dejó que le invadiera un agradable sopor. Lo último que agitó su conciencia, en una suerte de ensoñación, fue la proximidad de sus fantasmas, el perfil de sus huesudas manos resueltas a asfixiarlo y obligadas a retirarse por el destellante pertrecho de su gemelo.
7
Crysania confiesa su fracaso
El caballo de Caramon piafaba desasosegado mientras éste, a horcajadas en su grupa, se inclinaba hacia adelante a fin de otear la arracimada aldea del valle. Con el ceño fruncido, el guerrero miró a su hermano si bien no distinguió su rostro, oculto bajo la negra capucha. Una lluvia pertinaz, que se había iniciado poco después del alba, caía monótona a su alrededor desde unas nubes aserradas que, inmóviles, parecían adherirse a los altos árboles. Aparte de los riachuelos que se formaban en las hojas, ningún sonido perturbaba la calma.
Raistlin meneó la cabeza antes de hostigar con suavidad a su equino. Caramon lo siguió a un vivo trotecillo para no quedar rezagado y desenvainó su espada que, al deslizarse, emitió un ruido chirriante.
—No necesitarás armas, hermano —le advirtió el mago sin volverse.
Los cascos chapoteaban en el barro del camino, sus amortiguados ecos resonaron con excesivo estruendo en el aire denso, saturado. Pese al aviso de su gemelo, el luchador mantuvo la mano sobre la empuñadura hasta que llegaron a los aledaños del pueblo. Desmontando, entregó al hechicero las riendas de su animal y se aproximó cauteloso a la posada que descubriera Crysania la noche anterior.
Al asomarse al interior vio la mesa preparada para la cena, la vajilla rota. Un perro acudió a su encuentro lleno de esperanza y le lamió la mano entre alegres cabriolas. Los gatos, en cambio, se camuflaron bajo las sillas para fundirse en las sombras furtivos, en una actitud casi de culpa. El hombretón acarició al can con aire ausente pero, cuando se disponía a entrar, Raistlin lo llamó.
—He oído un relincho cerca de aquí —le anunció.
Esgrimiendo su espada, el fornido luchador dobló la esquina del edificio en dirección a la cuadra. Regresó unos segundos más tarde, bajada la guardia y visiblemente preocupado.
—Es el caballo de la sacerdotisa —informó—. Desensillado y alimentado. —El nigromante asintió como si esperara esta noticia, mas nada dijo. Se limitó a ajustarse la capa encerrado en su mutismo.
El guerrero examinó la aldea. El agua fluía por los tejados y se derramaba profusa, en torrentes, a través de los aleros, mientras que la puerta del albergue se balanceaba en sus oxidados goznes, rechinando de manera discorde. Ninguna luz brotaba de los hogares, ningún niño henchía el aire de alegres risas, ninguna mujer fisgaba junto a su vecina a los recién llegados ni tampoco se divisaba, en el desolado paraje, a grupos de hombres que se quejaran del mal tiempo camino del trabajo.
—¿Qué sucede aquí, Raist? —inquirió Caramon a su acompañante.
—Han sufrido una epidemia.
Al escuchar tal revelación, el musculoso humano contuvo el aliento y se cubrió la boca y la nariz con el embozo. Entre los pliegues del suyo, el hechicero torció los labios en una sonrisa irónica.
—No temas, hermano —lo tranquilizó—. ¿Has olvidado que nos protege una sacerdotisa auténtica?
—¿Dónde está? —gruñó el interpelado a la vez que asía las riendas de sus corceles y, tras ayudar a apearse a su gemelo, los ataba a un poste.
Ahora fue el archimago quien contempló las hileras de casas que les flanqueaban.
—Supongo que allí —dictaminó al fin.
De nuevo Caramon siguió con la mirada el lugar que señalaba, y atisbo un oscilante resplandor tras la ventana de una cabaña que se erguía en el otro extremo de la calle.